Cambios

Hay periodos en la vida que son como versiones aceleradas de lo que cotidianamente es nuestro ir y venir en este mundo. Como si todo se concentrara y pasaran muchas cosas a la vez. Mi segundo año en Francia fue así. Terminamos de construir nuestra casa y empezamos a vivir en ella. Nació mi Emma, mi chiquita bretona. Tuvimos la posibilidad de ir a México juntos, los cinco.

Después, las cosas se “tranquilizaron”. Mis muchachos siguieron avanzando en la escuela, yo seguí con mi trabajo como freelance para una empresa española, mi hija crecía. Obviamente que hubo sobresaltos, cosas extraordinarias tanto bellas como horribles (sobre todo el deceso de mi tía), pero en general, las cosas fluían.

Este año no ha sido así. Muchas cosas que pusimos en movimiento hace tiempo empezaron a sentirse reales y de pronto pasaron muchas cosas.

Empezamos el año con la declaración de la nacionalidad francesa. Un papelito simple que llegó en enero por correo, avisándonos que los tres (mis dos hijos mayores y yo), ya podíamos considerarnos legalmente franco-mexicanos.

De ahí vino la escalada de papeleo para tramitar cédulas de identidad y pasaportes franceses para los tres. Cambiar documentos a diestra y siniestra en los que yo estaba inscrita como extranjera. Burocracia.

Después vino la cirugía de Manolo, mi hijo mayor. Mis hijos normalmente son muy sanos, pero de pronto una hernia, papeles, hospitalización, cirugía. A pesar de que fue algo sencillo, una cirugía en la familia se vive como algo muy intenso. Esa enfermedad me permitió, además, poder descubrir hasta qué punto es interesante tener una cobertura médico-social que funciona. No voy a decir que el sistema de seguridad social francés es perfecto, pero es mil veces más tranquilizante y utilizable que lo que una familia de no muchos recursos tiene en México.

Entonces, gracias a una serie de afortunadas coincidencias y peros burocráticos, tuve una conversación interesante y sanadora con una hermosa persona. La traductora que ha traducido todos mis papeles (desde hace seis años cuando me casé), me preguntó cuál era mi proyecto profesional. Yo estaba ya muy cansada del trabajo freelance. El estrés de trabajar sin tener una certeza laboral, sin saber si la semana entrante aún tendría trabajo, aunado a que el pago estaba muy por debajo del estándar francés y europeo, me tenía realmente agotada.

Y desde hacía tiempo maduraba la idea de regresar a la docencia. Mis años como profesora de inglés fueron geniales. Si bien las condiciones laborales allá en México, como profesora en una escuela particular, tampoco eran maravillosas, el hecho de trabajar con adolescentes es algo que me hace sentir que hago algo. Que mi trabajo sirve para ayudar, para construir socialmente. Y como las instituciones escolares de las que mis hijos han formado parte aquí en Francia me han dejado un excelente sabor de boca por su inclusividad y trabajo de integración de alumnos con orígenes muy diferentes, estaba decidida a dar el paso y volver a intentar trabajar como profesora. Así se lo comenté a la señora traductora. Y ella me respondió que por qué no lo intentaba en la universidad. Que ella había trabajado más de veinte años en una universidad privada no lejos de mi casa y que ahí siempre estaban ávidos de contratar hispanoparlantes para dar clases de español.

Así que actualicé mi Currículum Vitae, y lo llevé, cobijado con una carta de recomendación de la traductora. Y oh sorpresa, apenas una semana después me llamaron para que cumpliera con un reemplazo urgente de dos meses.

Y heme ahí, dando clases en la universidad.

Y me di cuenta que quizá era el momento de dejar mi trabajo freelance, que si bien me había dado muchas satisfacciones y aprendizajes, me estaba agotando y ocupando mi tiempo y mi mente.

Gracias al tiempo que gané (aunque extrañando los recursos económicos que perdí al renunciar), me concentré a tiempo completo en aprender a manejar.

Todavía no pasé el examen de manejo, pero remonté mis reticencias y ahora estoy siguiendo un programa de “manejo supervisado” con mi marido, después de haber aprendido (con mucho trabajo y paciencia) a controlar la palanca de velocidades y a manejar.

Esta reestructuración de mi tiempo, me permitió concentrarme en seguir buscando opciones laborales, en construir un proyecto profesional, en darme tiempo para pensar en lo que yo quiero hacer con mi vida.

Afortunadamente, todo salió bien con el reemplazo y ahora en septiembre tendré 4 grupos (uno de inglés y 3 de español) en la Universidad.

Y seguiré buscando cómo acomodar mejor mi vida laboral, para tener un sueldo decente y que mi familia disfrute una vida más tranquila.

Además en mayo, Manuel (mi hijo mayor), se fue a hacer un intercambio a Alemania. Lo vi tomar un avión él solo, y enfrentar la vida en otro país. Las cosas no salieron de la mejor forma, y el chico alemán no quiso pasar su tiempo acá como correspondía. Pero Manolo pasó un mes y medio de aprendizajes y retos en Alemania, y volvió a casa mucho más grande y maduro.

Mis hijos crecen.

Yo encuentro poco a poco un lugar para mí en este lugar tan lejos de mi hogar.

Mi proyecto en Francia ya no es sólo la hermosa familia recompuesta que fabrico día a día junto a mi amado bretón.

Cambios.

Que sigan llegando.

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Una lista

En esta especie de diario electrónico de mi vida como migrante mexicana en Francia, muchas veces escribo sobre cosas “profundas”, sobre diferencias y semejanzas de la vida entre mi país de origen y el país en el que vivo hoy en día.

Hoy tengo más bien ganas de escribir sobre las cosas más simples. Esas cosas que me encantan de mi día a día en mi pueblito de la Bretaña francesa y que me ayudan a convencerme, todas las mañanas, de que no haga mis maletitas y me eche a correr de regreso pa’ mi cerro.

Tengo una especie de mantra, una lista que me repito y me repito, diciéndome que si bien existe esa otra lista de cosas que extraño hasta que duele, está esta lista, la de cosas chiquitas que hacen de mi cotidianidad algo agradable y divertido.

  1. Amo vivir cerca de los árboles, del verde, los bosques y la naturaleza. La Bretaña no es la región más densamente poblada de Francia, y acá en el sur de la península bretona, aún menos. Nuestras “ciudades” no son enormes, y si a eso le sumamos la humedad del ambiente, eso da como resultado amplios espacios verdes que se extienden por todas partes. Nunca había disfrutado tanto de caminar a la sombra de los árboles. Ahora hasta reconozco los robles, los castaños y los avellanos. Quién diría.
  2. El mar, el mar, el mar. Yo crecí lejos de la playa, de ríos caudalosos, vaya, el único lago que tenía cerca era el de Chapultepec. Visitar el mar en todo momento del año es un placer.
  3. El agua. Más allá de las discusiones sobre si tiene algún u otro químico, el agua por acá es realmente potable. ¿Tienes sed? Toma tu vaso y llénalo directamente de la llave. Un privilegio absoluto.
  4. Mi tetera eléctrica. Yo que crecí con mi café soluble en la cocina de mi abuela, amo la idea de la tetera eléctrica. No tengo que usar la estufa para calentar mi agua y poder tomar mi cafecito mañanero o mi té de la tarde. Quiero exportar a México y que todo mundo comparta mi amor por este sencillo electrodoméstico.
  5. El aislamiento térmico. Cada vez que en verano me quejo del calor, la gente me dice “pero en México hace más calor”… pues sí, pero no en los alrededores de Pachuca. Mi pueblo hidalguense es más bien frío, el viento sopla todo el año. Los inviernos son fríos con ganas. En mi casita hacía tanto frío en enero que veíamos nuestro vaho mientras cenábamos. Mi tía y yo habíamos puesto una especie de carpa con cobijas sobre las camas de los niños para que no durmieran respirando ese aire helado. Acá no sólo es común tener calefacción, sino que en años recientes, se ha hecho obligatorio y cada vez más común el aislamiento térmico de las casas. Así que tienes casas mucho más cálidas en invierno y frescas en verano sin gastar mucho en calefacción o ventilación. Otro privilegio.
  6. Mi regadera. La amo. Sobre todo la llave, es una cosa tan simple, te indica la temperatura a la que quieres el agua, así no hay ese paso de “calor infernal” a “frío glacial”. Unos segundos y el agua está lista. Rica. Para mí eso es muchísimo más que un lujo.
  7. Que a mi hija que tiene 4 años, no le dejen tarea en la escuela. Y que no me pidan diario que le haga dibujos, maquetas, títeres, etcétera. Perdón, pero las manualidades no son lo mío.
  8. Que la gente esté acostumbrada a respetar los pasos peatonales. Mi salvaje interna me pide que cruce la calle “a valor mexicano”, pero me adapto y me parece que si se respetara aún más, habría todavía más seguridad vial.
  9. Las frutas rojas. Antes de venir a Francia, jamás había probado una grosella fresca o una frambuesa. Vaya, ni una cereza. ¡Y son tan ricas!
  10. Tomar conciencia sobre las estaciones y los productos que corresponden a cada una. Sólo como jitomates y pepinos en verano. Y fresas en junio. Y paso los largos meses de invierno comiendo poros y coles. Y estoy contenta. Mi forma de cocinar ha evolucionado y me siento feliz de comprar mis verduras locales y gustosas. Un poquito como cuando compraba los quelites juntados del cerro en el tianguis de mi pueblo. Lo local es más sabroso.

¿Son cosas muy bobas? Quizás. Pero están justo abajito de “mis hijos son felices” y “mi marido y mi hija son franceses”, en mi lista de cosas que me hacen quedarme aquí todos los días, más allá de que México y mi pueblito hidalguense y mi caótica Ciudad de México viven en mi corazón.

Al fin y al cabo, es la cotidianidad lo que construye nuestra vida. Dicho lo anterior, voy a preparar unos ejotitos con huevo. Platillo que acá es desconocido y que forma parte de mis menús más repetidos.

Francia, México y Uruguay

En la memoria de mis hijos, que llegaron de 6 y 9 años a vivir a Francia, México es un lugar lleno de buenos recuerdos y emociones hermosas, la mayor parte de ellas, ligadas al amor que les dieron mis dos tías tan queridas.

Sobre todo mi hijo mayor, que entró a la escuela tarde (sólo hizo un año de prescolar), pasó sus primeros años rodeado del amor de esas dos mujeres que si bien no tuvieron hijos propios, supieron darnos mucho a todas sus sobrinas y siguieron dando con los sobrinos-nietos. Los picnics con naranjas en el patio de la casa, cantando “Cielito Lindo”, son un espacio dorado en los recuerdos de mis hijos.

Para ellos, México también soy yo. Yo y mi cocina mixta, mis frijoles refritos, mis ejotes con huevo. Yo y mi amor por los nopales, mi forma de hablar español, mis historias y mis cuentos.

Pero son niños (¿muchachos?) con mucha suerte. Y de eso me di cuenta de forma muy evidente gracias al mundial de futbol. Yo había “perdido” el gusto por el futbol después de un doloroso divorcio, puesto que con el padre de mis hijos yo había disfrutado de ver numerosísimos partidos. Pero el futbol, en mi corazón, es de otro hombre que llegó mucho antes a mi vida: mi papá. Él fue jugador de futbol, periodista deportivo, y pocas cosas amó más en su vida que el deporte más popular del mundo.

Y a falta de hijos hombres…a mí me decía “Charly”, me sentaba en sus piernas y me explicaba cómo funcionaba el fuera de lugar.

Este verano, de la mano de la nostalgia de mis hijos por ese México de su pequeña infancia, sentados viendo el partido de la selección mexicana ante Alemania, me sentí nuevamente al lado de don Carlos, mi papá. Lo escuché narrándome el único campeonato del Atlas de Guadalajara en su historia, y el porqué era el equipo ideal para que yo me hiciera su seguidora. Y respiré aliviada, fue como curar una herida, una que tardó 10 años en sanar. Ese divorcio tan difícil parece que al fin está cicatrizando en mi corazón.

Pero estos muchachos míos no tienen sólo ojos para México. A pesar de que su papá vive tan lejos, ellos mantienen contacto con él. Y no solamente eso, yo misma he hecho un esfuerzo y les hablo de Uruguay, la tierra de su abuela paterna, un país que yo conocí hace casi 20 años y que me dejó la mejor de las impresiones. Fue el lugar en que no me sentí señalada por ser extranjera: me sentí bienvenida. Ni siquiera el divorcio pudo teñir de un color oscuro mis recuerdos de Uruguay. Al lado de mi escritorio, aún tengo un porta-lápices labrado a mano que compré en Colonia, muy cerca del Río de la Plata y de Montevideo.

Así que mis hijos, con ese amor charrúa en las venas, también vibraron (y sufrieron) con el paso de la celeste por el mundial. El futbol me abrió la ventana para hablarles más de ese lugar tan hermoso en el que también tienen raíces. Ellos nacieron en México, pero no son 100% mexicanos, y eso es una riqueza.

Y finalmente, hay otro espacio enorme en su corazón para este lugar en el que ahora formamos una familia. Hay un bretón, que es francés por supuesto, que les dio todo su corazón desde la primera vez que se vieron. Él los ama como si él los hubiera engendrado, él los cuida cuando se enferman, los acompaña a los entrenamientos y competiciones de esgrima y se sienta a hacer la tarea de matemáticas con ellos.

Leen juntos, cocinan juntos, y se divierten enormemente juntos.

En el corazón de mis hijos, Francia también son sus amigos, sus profesores, la historia y la naturaleza que han ido descubriendo al crecer aquí. Y su hermana, por supuesto, esa niña de cabellos rizados que vino a unir a todos los miembros de esta familia.

Así que mañana domingo, disfrutaremos juntos un partido más en que la selección que juega nos lleva a pensar en un sitio querido, un lugar en el que tenemos invertidas emociones, raíces, pasado y futuro.

Eso y mis hijos tienen amor para todo mundo, porque igual admiran y reconocen el esfuerzo del equipo croata con el que Francia jugará la final.

Muchas personas piensan que el futbol embrutece a la gente. Para nosotros, es simplemente un eslabón más en la cadena de cosas que nos unen con tantos lugares y nos hacen sentir amor por sitios diferentes. También es una herramienta de descubrimiento y aprendizaje. Y una oportunidad para pasar momentos en familia. ¿Quién me hubiera dicho, cuando mi papá me explicaba el futbol y yo era una niñita, que años y años después sería yo la que les explicara a mis hijos las reglas del juego? A veces la vida es en realidad cíclica y redonda como una pelota.

Vida Social

Desde hace 5 años (un poco antes de venir a residir a Francia), trabajo como freelance en marketing. Redacto, comparto, comunico.

Trabajo desde casa, y ello ha sido un privilegio porque he podido disfrutar de tres maravillosos años al lado de Emma, mi bretoncita que en septiembre ya se va a la escuela.

Pero trabajar en casa y en español no ha sido una ayuda significativa para mi construcción social en Francia. Vivo en las afueras de un pequeño poblado y todavía no he pasado el examen de manejo (aunque ya me estoy poniendo las pilas). Aquí en mi calle las casas son grandes y con jardines bonitos y amplios. La gente no sale caminando de su casa casi para nada, porque las escuelas están a dos kilómetros, el centro del pueblo está a unos 5 km, los supermercados, a unos 4 y medio…

Eso hace que la gente salga en coche, y no les ves el rostro.

Mi vida es sencilla y agradable. Levanto a los muchachos y ellos ya solos se van a la escuela, vuelvo y trabajo acompañada de Emma que colorea, dibuja y juega a Star Wars…

A la tarde, tomo mi café con mi bretón y mis hijos mayores, cocino, limpio…me voy a mis clases de karate dos o tres veces por semana.

Casi no charlo ni platico con nadie mas que con mi familia y eso es complicado.

Nunca he sido súper amiguera. En México creo que sólo dejé dos amigas de corazón que cada vez que viajo, procuro visitar. Ellas siempre están al pendiente de mí y yo de ellas.

Pero si creo que las pláticas superficiales son importantes para tener un cierto sentido de pertenencia social.

Había logrado un buen acercamiento y crear un lindo grupo de amigos, pero tuve un “paso en falso” social y el grupo se evaporó, lo que además, arrastró a una amistad de mis hijos en la caída, y ha generado mucha tristeza en mi hijo mayor.

De pronto me encuentro con que casi no practico mi francés (en mis clases de karate no platicamos mucho, lo que resulta normal).

Hablo en francés sólo con mi bretón y eso es en cierta medida “trampa”, porque de no conocer una palabra, puedo recurrir al inglés o al español.

No estoy triste, pero sí un poco preocupada por esta vida ermitaña que yo no elegí.

Así que como con cualquier problema de salud, estoy viendo formas de solucionarlo.

De momento, disfruto de estos últimos meses de tranquilidad con Emma en casita sin las prisas de la escuela, que a los 3 añitos no es lo mismo que mandar a dos adolescentes a la secundaria.

 

Raíces

No tengo hijos cien por ciento mexicanos.

Mis niños grandes son mitad mexicanos y mitad uruguayos. Con una pizca de sangre gallega y otra de sangre vasca (¡si son tipo de sangre O negativo!).

Y Emma es francesa, pero mitad mexicana.

El hecho de que ella naciera en el mismo hospital en el que nació su papá me llama mucho la atención…puesto que mis pasos y mis partos me han llevado muy lejos del hospital en el que yo nací.

Antes de dejar México para instalarme en Francia, un amigo me recomendó traerme, como recuerdo de dónde están mis raíces, un frasquito con tierra de mi jardín. Lo que hice fue ir a mi Distrito Federal y robarme un frasquito de tierra de la Alameda Central, pues aunque amé el pueblo en el que pasaron mis hijos sus primeros años y en donde mi abuela compró su casa, mi lugar es la capital mexicana.

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La Alameda Central

Sin embargo, creo que soy una planta que echa raíces fácilmente.

Estoy segura que podría haber terminado mis días en Uruguay siendo muy feliz. Amé Montevideo, esa ciudad pequeña pero que es una capital hecha y derecha. Es bello para mi pensar que sangre uruguaya corre por las venas de mis hijos. Fue un lugar que amé conocer. La tierra de Benedetti, de Galeano… imagino un atardecer tomando mates en El Cerro de Montevideo y sonrío para mis adentros. También me gusta pensar en que gracias a que vivimos en Francia, me será más fácil llevarlos a Galicia, la tierra del Manolo original (mi ex-suegro), un hombre excelente cuya empatía y simpatía heredó mi primogénito. O al País Vasco español, a la Donostia que mi abuela dejó en su niñez.

Sus raíces están allá, acá y un poco en todas partes, y con las suyas, también las mías.

Porque igual que me pasó en Buenos Aires, en donde dejé amistades y una ex-familia política que admiro y aprecio, aquí en Bretaña he aprendido a ver las calles como “mis” calles, y a sentirme parte del lugar. Aunque sigo cocinando a la mexicana, disfruto de la vinagretta bien llena de mostaza sobre una ensalada de lechuga y brotecitos de “canónigo”, una verdurita de cuya existencia no sabía nada, que en francés se llama “mâche”…y que es deliciosa.

Me encanta la historia regional de la Bretaña. Independientes, diferentes, poseedores de su propia lengua, los bretones son un ejemplo de la historia europea, llena de pequeñas naciones culturalmente sólidas que han quedado, con los siglos, integradas en un Estado más grande.

Aquí, cerca del pequeño Golfo del Morbihan (que como dato cultural, en bretón quiere decir “pequeño mar”) encontré un rincón de tierra en que la gente es amable con nosotros, en la que el cabello negro de mis hijos y mi pequeñita es cuestión de admiración y no de discriminación.

El Golfo del Morbihan

Aquí he descubierto el paraíso de los festivales medievales, de las ruinas paleolíticas y de la cocina con mantequilla. Aquí está el bosque cerca de la playa, aquí hay rutas indicadas y bien trazadas para hacer caminatas por diversión.

Así como hay cosas que extraño enormemente, hay muchas otras que han llenado mis días, que me han hecho descubrir que una persona puede volver a echar raíces a pesar de la edad, que es suficiente con respirar profundamente y abrir los ojos para descubrir que en todos lados hay “tierra” propicia.

El idioma

Yo soy una sangre fría terrible.

No sé si eso es una virtud o un defecto. Pero no tengo pena de hablar en público y muy pocas cosas me hacen sonrojarme.

Bueno, pues así, sabiendo poquitito francés, lo básico, me vine a vivir a Francia.

Y mis hijos igual. Ellos sabían decir “bonjour”, “merci” y poco más. Nos enfrentamos a un monstruo cornudo y gigante llamado “idioma francés”. Debo reconocer que ellos lo derrotaron de una forma más fácil. La escuela, las tareas, los amigos, su curiosidad y sus ganas de comunicarse con mi bretón sin intermediarios. De planear con él, de reir con él sin mi traducción de por medio.

Empezaron con la lectura en la escuela, siguieron con la gramática y avanzaron con los dictados. He de reconocer que a mi me gusta la forma en que enseñan francés en Francia. Hay énfasis en gramática, conjugación, ortografía… y no sólo “proyectos didácticos” bizarros, que es como se enseña el español en México. Y ahí fuimos aprendiendo los tres. Con mi bretón yo seguía (sigo) recurriendo al inglés en muchas ocasiones. Cuando iba de visita con mis suegros, ellos no entendían lo que yo decía y yo regresaba llorando. Sentía que nunca iba a poder dominar este toro.

Después conocí a mi primera y maravillosa amiga francesa, una escritora de libros infantiles que se ofreció a darle clases gratuitas a los niños. Y a conversar conmigo. Simplemente. Eso fue lo que más me ayudó. Descubrir que parchando y sustituyendo palabras, pero podía entablar una conversación en francés con alguien.

Más adelante vinieron trámites bancarios, migratorios y finalmente, el embarazo. Tuve que salir y hablar y contar y repetir mi historia clínica. En francés.

Aprendí a usar la palabra “accouchement” al hablar de un parto.

Y mi sangre fría y mi boca que no se detiene ante nada, volvieron por sus fueros. Recuperar el habla es importante para cualquier inmigrante. Poder expresarte en el idioma del lugar en el que vives, es fundamental. Para mi, como comunicadora continua, era vital. Yo sin hablar hasta por los codos, no soy yo.

Aún no siento haber dominado el idioma. Para nada. Mi acento es marcado y evidente, sobre todo al pelearme con sus millones de vocales y pequeños guiños lingüísticos.

La e se separa en e, é, y è. Ah, y la ë. La u tiene una gemela malvada…Y sacrílegamente consideran que la “y” es una vocal. Oigan, si yo crecí cantando “Las cinco vocales”.

Los pronombres relativos aún se me van entre las manos y aunque los entiendo al escuchar, no puedo usarlos al expresarme yo sola.

Pero…voy caminando en la calle y entiendo las conversaciones ajenas.

Voy al banco o al hospital y hago mis trámites yo sola.

Me atrevo a escribir mis primeros textos en francés.

Y ya detesto menos a ese monstruo que parecía querer arruinarme la vida.

¿Qué hice?

Escuché música en francés. Leí…leo en francés. Bastante. Y hablo. Sin vergüenza de mi acento, sin vergüenza de mi origen o de olvidar alguna palabra. Sin vergüenza absoluta.

Claro que todo tiene un lado negativo, mejor hablo el idioma, más puedo discutir con mi familia política, pero bueno, eso es otra historia.

Baby shower

Hace 7 años y un poquito, en México, viviendo con mis tías… me animé. Y yo sola, con ayuda suya, me organicé un Baby Shower muy sencillo y caserito, sin muchas invitadas, sin juegos muy pesados y con Manolo, mi hijo mayor, dando vueltas por todos lados. Hice mis invitaciones a mano, y lo que más recuerdo, es que en ellas estaba escrito “Una pequeña reunión para darle la bienvenida a Antón que llegará muy pronto”.

Pienso en esa fiesta y me da muchísima nostalgia.

Veo fotos de mamás que esperan a sus hijos para abril como yo, y que organizan sus fiestas de bienvenida rodeadas de su familia y amistades y me punza el dolor. En ciertos días, simplemente lloro frente al teléfono porque quiero que mi tía esté aquí y me cuide.

Acá en Francia no es muy usado el “baby shower”. Y además, las pocas personas que estimo, ya me han regalado cosas muy útiles, y me han ofrecido su ayuda incondicional para el día en que mi chiquita llegue. Así que no, esta vez no habrá fiesta anticipada. Hay que asumir las diferencias de costumbres.

Y además, me ha pasado algo hermoso.

Mi camino vital me ha llevado a distintos lugares. Y además, Internet me ha regalado sorpresas variadas. Tengo amigas en España y Argentina. Gente querida en México. Y a últimas fechas, hasta amigas en otras zonas de Francia.

Justo cuando me venía la tristeza, estas amistades regadas por el mundo empezaron a pedirme mi dirección. Para enviarle cositas a la nena que ya casi llega. Así que tendrá zapatitos tejidos en Argentina junto con sus baberos mexicanos y su ropita francesa.

¿Qué más puedo pedir?

Las verdaderas amistades, aprende todo expatriado, no siempre están a un lado. A veces se quedan a diez mil kilómetros o más, pero siempre están contigo.

Y la vida te ofrece numerosas nuevas formas de disfrutar la vida, diferentes a las que antes conocías.

Sentirse rodeado de amor de aquí al otro lado del mundo es algo que te hace sentir, que no importa cuan lejos estés…porque de alguna forma, siempre estás en casa.

Coronando esta sensación de ternura infinita que me obsequió la generosidad de mis amistades desperdigadas por el mundo, ayer llegó a casa un envío muy especial.

Mi tía cosió las sabanitas para la camita de la nena.

Sus fundas.

Y sus mantitas.

emma

Esas mantitas de algodón que usé con los hermanos de esta pequeña inquieta que habita aún dentro de mi vientre. Para cubrirme cuando les daba pecho en el metro, el camión y a media Alameda Central. Para colocarlas cuidadosamente sobre la cama o el sofá y jugar con ellos. Para envolverlos cuando no hacía suficiente frío para una cobija o cobertor. Para cubrirlos del sol.

Las dos ocasiones anteriores, fueron las manos de mi madre y mi tía las que tejieron las orillas en ganchillo (crochet) de esas mantitas.

Hoy me toca a mí. Y de alguna forma, siento que hacerlo yo sola equivale a que me gradué como mamá. Ya lo hice dos veces, y con esta tercera, a pesar de estar tan lejos de esas dos personas que me enseñaron cómo funciona la maternidad, sé que no lo haré tan mal. Ya las tuve a mi lado. Ahora, me toca caminar sola.