Manejar

Conducir en una zona rural francesa no es un gusto. No es un privilegio de ricos que puedan darse el lujo de tener un carro por adulto en la familia. Es una necesidad vital. Y un proceso que como migrante en este hermoso pueblito bretón, ya he pospuesto demasiado (aunque no sea por gusto).

Voy a tratar de explicar por qué es tan importante, porque en ocasiones incluso para quienes viven en Francia pero en zonas urbanas, es difícil de entender a qué punto es importante aprender a manejar aquí (y quizá la razón por la que los jóvenes empiezan a aprender apenas es legalmente posible).

Yo vivo en el borde de dos municipios. Uno de ellos es un poblado turístico, una pequeña aglomeración semiurbana con una muy buena y bien conectada estación de tren, escuelas, bancos, supermercados y todo lo que hace falta para la vida cotidiana. Eso y muchos, muchos turistas en verano. En el centro del pueblo hay edificios de departamentos y casas pegaditas entre ellas. Es fácil ir caminando a todos lados en un radio de 3-4 km.

Pero conforme te alejas del centro, las casas tienen jardines más grandes, están más separadas entre ellas y no encuentras ningún comercio a proximidad. No hay “tiendita de la esquina” como en México. No hay nada. Hay casas y más casas. Las escuelas empiezan a estar más lejos (no mucho, pero suficiente para que ir caminando con niños pequeños implique una cantidad de tiempo que raya en lo absurdo). Y muchas de las personas que viven en estas calles de casas grandes de techo de dos aguas y tejas de pizarra negra, no trabajan en este pueblo. Trabajan en alguna de las pequeñas ciudades o en las zonas industriales intermunicipales. Léase: todas las mañanas la gente sale a trabajar y desde que lo hacen, salen en coche.

Depositan a sus niños pequeños en la escuela (o en las guarderías que forman parte del sistema escolar si los tienen que dejar más temprano) y parten en auto a su trabajo. Vuelven a casa en auto. No pisan la banqueta más que para salir a tirar la basura.

El hecho de que la gran mayoría (realmente, un 99,9%) de la gente tenga coche, maneje y se desplace así, juega en contra de la idea del transporte colectivo. Existen líneas de autobús que pasan una vez cada 2 horas aproximadamente, y que salen de la estación de tren. Y que normalmente te llevan sólo a sitios turísticos o a contadas cabeceras de los municipios cercanos.

Es tal el nivel de absurdo que para mí, la cabecera del municipio al que en realidad está mi casa, es inalcanzable a pie. Está a unos 8 km y al menos la mitad del trayecto es ruta rural, sin banqueta o espacio alguno para que un peatón camine. Es más factible para mí recorrer los 4 km que me separan del centro del municipio vecino. Donde no puedo, evidentemente, realizar ni un trámite.

Ahora bien, el espíritu de vida “a la mexicana” diría que podría yo agarrar el coche y conducir sin licencia… bueno, ese no pasa muy bien acá. Acá las multas son generosas, y hay al menos un intento bastante efectivo de encuadrar a la población que maneja en reglas coherentes. Si conduces, debes tener tu coche funcionando (para eso hay que pasar un control técnico-mecánico bastante exigente, seguro al día y por supuesto, la licencia de manejo).

Y me parece perfecto. Yo nunca había manejado (una vez arranqué un coche en una emergencia…fin de la experiencia como chofer en mi vida), pero me parece lógico que andar empujando mecánicamente un armatoste que puede matarte y quitarle la vida a otros, se tome con pinzas y responsabilidad.

El asunto es que esta existencia de reglas se traduce en que sacar la licencia de manejo sea un proceso burocrático largo y caro. Pian pianito, como dijera mi papá, voy avanzando en los pasos que se requieren para obtenerlo y salir de este encierro.

Habiendo crecido en la caótica capital mexicana, jamás me había imaginado un sitio sin transporte público. Pero heme aquí, en el pueblito de las banquetas casi inexistentes, de los pocos peatones y la omnipresencia del automóvil que contrasta con las bellísimas carreteras rurales rodeadas de bosque. Y pues, a darle: licencia de manejo, voy por ti.

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Un dolor de cabeza

Desde hace años sufro de migrañas ocasionales. No es una situación constante, pero de vez en cuando viene el episodio de dolor de cabeza.

Antes eran más intensos y frecuentes. Se asociaban con bajas de tensión arterial.

Y por algo tan cotidiano como eso puedo observar las diferencias entre mi México y mi Francia. (El uso de los posesivos no es al azar. Soy firme creyente de que no existe un México ni una Francia. Son sitios diversos que cada quien vive a su manera y de acuerdo a sus posibilidades).

En mi México, en mi pueblito hidalguense y como profesora de escuela privada sin seguridad social ni muchos recursos económicos, habría ido al Centro de Salud en que no habría pagado consulta gracias a mi Seguro Popular. Pero no me habrían dado nada. En algún momento me recetaron suero oral para rehidratarme y subir mi tensión. O me recetarían paracetamol e ibuprofeno.

O al final, como muchos mexicanos, iría yo directamente a la farmacia a comprar genéricos de estos dos medicamentos. A la libre. A la loca. Sola y sin prescripción médica.

Acá en Francia, ya pasé por estos episodios de migraña tan intensa y fui con mi “médico familiar”. Este nombre se asigna al médico que te trata de forma regular. Si vas a consulta generalista con tu médico familiar, pagas menos caro. Puedes cambiar de médico familiar sin problema. Gracias a mi bretón, toda la familia cuenta con seguridad social. Estamos bajo su número de seguro y además, como él es empleado regular, tiene una “mutual” complementaria. El sistema de salud en Francia es así: yo voy con el médico y pago mi consulta. Pero doy mi número de seguridad (que está en una tarjeta verde que no debo olvidar si voy al doctor). Posteriormente el instituto que centraliza las aportaciones de trabajadores y patrones, la seguridad social en sí, me reembolsa un alto porcentaje de esa consulta.

Si tengo que comprar medicamentos, la seguridad social reembolsa menos, pero como nuevamente, tanto mi marido como trabajador como su patrón como empleador, pagan la “mutual” complementaria, entre ambas instituciones me reembolsan todo lo que gaste en medicamentos.

Hay servicios que no están tan cubiertos al 100%, como el dentista o los anteojos.

Pero volviendo a mi dolor de cabeza, la doctora me mandó a hacer diversos estudios. Afortunadamente, estoy muy bien de salud (no tengo problemas de colesterol, alta glucosa o anemia), me hicieron también una tomografía y mi cerebro está en buena forma. Me hicieron muchos exámenes y todo salió bien. Simple y sencillamente tengo una condición crónica de migraña. La doctora me envió con un fisioterapeuta que me dio 15 sesiones de masajes en el cuello y las sienes que funcionaron a las mil maravillas. Todo lo reembolsó la seguridad social. Y cuando recaigo, tomo un medicamento especial para migrañas intensas y pensado además para que no interfiera con mi lactancia (que sigue en forma 2 años y medio después).

Yo sé que el sistema de salud francés no es perfecto. Y que yo no experimenté la totalidad del sistema de salud mexicano (jamás tuve siquiera una hoja rosa del seguro… viví mi vida laboral en la frontera exterior del sistema local). También sé que tengo la fortuna de tener un esposo que acá sí forma parte del sistema y eso ha facilitado enormemente mi vida. Que él haya pagado sus cotizaciones puntualmente desde que empezó a trabajar. Que la doctora que elegí azarosamente (me queda cerca de casa) como médico de familia es genial e incluso apoya la lactancia con conocimiento de causa.

Pero también es verdad que este sistema, con fallas y todo, es más accesible que lo existente para una gran mayoría de la población en México. Hay lentitud burocrática, pero hay accesibilidad a tratamientos que allá sería imposible, al menos para mí y muchas de las personas que quiero y conozco.

Es raro des-acostumbrarse a ir a la farmacia y comprar cualquier cosa.

Como es raro acostumbrarse a atravesar las calles por el paso peatonal…

Como es raro vivir, día tras día, jugando de visitante. Pero acá seguimos.

Vacaciones a la francesa

Hay una idea bien establecida en la mentalidad colectiva en Francia. Las vacaciones como punto en que todo mundo tiene derecho a descansar y a hacer un corte con la vida cotidiana. Existe incluso un verbo en francés que sirve para hablar de cuando pasas un tiempo fuera de casa y ello te permite olvidar la carga de trabajo del día a día en el hogar: “dépayser”. De hecho, hay una cierta idea de que todo mundo debería tener derecho a descansar.

Tristemente poco a poco el Estado social francés se ha debilitado, en esta época de globalización, pero ciertos elementos persisten y están bien anclados en la mentalidad social.

Para mí, mexicana de clase humilde, madre soltera trabajando con un contrato en negro en una escuela particular, la sola idea de llevarme a mis hijos de vacaciones, formalmente ir a otra ciudad, hubiera sido casi imposible. Íbamos al cine, o a hacer paseos de un solo día. Es caro viajar. Es caro tomar un autobús e ir a otra ciudad. Mis hijos mayores ni siquiera conocían el mar, descubrieron el océano en las costas bretonas. De Hidalgo, en el centro de México a la costa (cualquiera de las dos costas, la atlántica o la pacífica), hay una gran distancia que se traduce en miles de pesos para una pequeña familia.

Acá en Francia, no somos ricos, pero aun es posible para una familia humilde y trabajadora vacacionar porque hay muchas otras opciones. Por ejemplo, y puede parecer tonto, pero no lo es, hay muchas formas de hospedarse. No está el límite del hotel. Hay departamentos o casitas semi lujosas pero que al rentar por semana o incluso por mes, no es tan caro. Y existen, para la gente que no tiene muchos recursos, los campings.

En mi mente, un “camping” era solamente un lugar en donde plantar una tienda de campaña. Y sí, existe eso. Pero tienen baños y acceso regaderas, para empezar. Y en muchos campings, también existe la opción de rentar un “bungalo” en verano y desde la primavera, un “mobil home”. Esas dos opciones de mini-casitas con todos los servicios popularizan mucho la idea de ir de vacaciones. Ya contar con una cocina sencilla abarata los costos, pues no hay que comer fuera (o limitarse a comer sandwiches) todos los días. Para una familia de cinco, como nosotros, es una opción maravillosa.

Otro elemento que ayuda mucho es el estado de las carreteras. Para vacacionar, no es necesario tomar la autopista de paga: cuando vacacionas normalmente no llevas mucha prisa. Así que puedes ir por las carreteras “estatales” o “nacionales”, pequeñas rutas encantadoras que atraviesan sinuosamente la campiña francesa. Incluso tomar la autopista de paga se amortiza para una familia numerosa como la nuestra.

Y finalmente, está el hecho de que para bien o para mal, Francia es un país muy, muy turístico. En algunos momentos hay sitios tan turísticos que parecen museos vivientes. Pero esa importancia del turismo se traduce en mucha señalización para encontrar sitios encantadores, museos grandes y pequeños en cada rincón del país, tranquilidad y numoerosas opciones.

En primavera, para el cumpleaños de mi pequeñita bretona, viajamos al sur, dejando por unos días nuestra querida Bretaña. Salimos de la tierra de los techos de pizarra negra para pasar, al sur del río Loira, a la tierra de los techos de teja roja. Vimos el Atlántico en otra forma, la entrada maravillosa del río Garona (tan impresionante que posee su propio nombre: el estuario de la Gironda) y visitamos muchísimos museos pequeñitos y geniales.

No, no nos fuimos al Caribe como hacen muchos franceses con más recursos. Pero sí, pudimos “dépayser”. Salir de casa, recorrer el campo, la playa y ciudades con encanto.

Reconozco y acepto que amo la idea tan democrática de las vacaciones a la francesa.

Y me encanta la cara de mis hijos al descubrir nuevos rincones de este precioso país.

¿A dónde nos llevarán nuestros pasos en las próximas vacaciones? No lo sabemos. Otros países europeos son accesibles gracias a que no están tan lejos: Bélgica, España (¿por qué no Barcelona?), Italia. Poco a poco y ahorrando, iremos descubriendo más destinos hermosos. Y deseando que este entorno social que nos permite soñar, no desaparezca.

La secundaria

Vivir en Francia me ha dado la oportunidad no de comparar, sino de conocer otra forma de vivir la vida. A veces me sorprende lo diferentes que pueden ser las pequeñas cosas: las cosas de todos los días. La escuela ha sido una de estas cosas que cambian en detalles ínfimos pero que al final construyen algo muy distinto. Si yo pienso en mis años como mamá allá en la escuela mexicana hay dos palabras que vienen a mi mente (y no tienen nada que ver con nivel académico…): uniforme y útiles escolares.

Puede resultar absurdo, pero cuando eres madre soltera y los gastos educativos de dos hijos descansan sólo sobre tus hombros, estos pequeños detalles constituyen tu día a día. Las manualidades de todos los días, los dos-tres pares de zapatos que el niño necesita sólo para la escuela, muchísimos cuadernos y útiles. Vas remando día a día con estas cosas. Y no que lo académico deje de ser importante, para nada. Yo ya he hablado de lo bien que la escuela pública me trató en México como alumna y como mamá, y de lo dura que fue mi experiencia como mamá, profesora y alumna en el sector privado. Pero esa es mi experiencia y no se puede generalizar. Ahora que planchar camisas de uniforme, eso es algo parejo para todos. Y bolear zapatos negros… ay cuántos recuerdos.

En Francia la escuela pública también nos ha tratado bien. La primaria fue para mi Manolo, mi hijo mayor, una experiencia preciosa en los tres años que le tocó cursar acá. Y Antón, mi niño de enmedio que llegó acá a iniciar su primaria, la ha disfrutado enormemente.

Desde septiembre, también hemos experimentado ya la secundaria, y nuevamente la escuela pública de mi pueblito bretón no me ha decepcionado. Pasé el verano pasado con dolor de estómago de nervios: la secundaria no fue una etapa fácil para mí y tenía miedo por mi niño que además de todo, lo viviría como extranjero. Desconocía el sistema, las reglas, el funcionamiento.

Pero todo ha sido tan fácil de aprender, que resultó casi automático.

El collège, como se le dice coloquialmente a los “Colegios de Educación Secundaria” acá en Francia dura cuatro años. Y la nomenclatura no podría ser más divertida: empiezas en sexto y terminas en tercero…ehhh, si, es así. La educación post-primaria es una cuenta regresiva que termina el último año de bachillerato (terminal se llama) cuando haces EL examen, el examen del “bac” con el que inicias tu vida adulta e intentarás ingresar a la educación superior.

Entonces, Manuel empezó su “sixième”, y desde el primer día volvió feliz.

Feliz de que la escuela hace lo posible por guardar grupos de amigos que vienen de la primaria en la misma clase y él conservó a dos de sus mejores amigos con él.

Feliz con la pasión con la que la profesora de Historia (su asignatura preferida), imparte la clase.

Y feliz con la comida deliciosa que sirven en el “self” (el restaurante escolar, que como es de autoservicio…self service abreviado).

Evidentemente no vamos a hablar de la escuela perfecta. Hay bemoles y peros, como en todas partes. Hay profesores desmotivados, alumnos que hacen desorden…lo normal. Pero hay un equipo docente que lidia con sus clases con un compromiso que yo como docente no vi jamás allá en mi país.

Y eso que no lidiábamos con clases multinacionales como la de Manolo, en que además de él, hay una chica colombiana, dos nenes turcos, dos albaneses, dos iraquís y un niño chino. Hay además un niño con problemas de audición y dos niñas disléxicas. Y todos conviven. Y para los profesores ningún niño es más o menos importante que otro. Tuve la oportunidad de estar en un consejo de clase, en el que todos los profesores que imparten clase al grupo de Manolo discutieron las calificaciones de los chicos del grupo antes de enviar las boletas. Fue una experiencia muy interesante y enriquecedora.

Pero además de eso, están los detalles. La entrada es a las 8 am (yo en secundaria entraba a las 7 de la mañana). Tienen una pausa de 2 horas al medio día, para comer y además tener tiempo, ya sea para jugar, correr, charlar…o inscribirse a clubs diversos. Hay clubs deportivos, de tecnología, baile, canto, lectura… y tienen precios muy accesibles, de tal forma que si hay muchachos que en las tardes no tienen los recursos para realizar actividades deportivas o culturales, lo pueden hacer en ese horario.

Está el hecho de que estudian dos idiomas extranjeros. Sí, quizá es verdad que no todos los chicos salen bi o trilingües de la escuela al concluir el bachillerato, al menos tienen las bases de dos idiomas y pueden tener la curiosidad de profundizar en su aprendizaje. En el último año del collège los chicos realizan campamentos de idiomas en España o Inglaterra, o intercambios estudiantiles con chicos alemanes.

A diferencia de México (desconozco cómo se da en otros países de América Latina), todos los alumnos estudian juntos la misma clase de Tecnología, en la que se abordan distintas temáticas de áreas diferentes, de dibujo técnico a informática. Y todos los alumnos estudian Artes Plásticas y Música. Un horario cargado, pero pocas tareas en casa. Una experiencia que ha resultado más sencilla de vivir como mamá que lo que fue mi experiencia como alumna y profesora en México. Quizá ayuda la personalidad de Manolo, que es el amigo de todos y el alma de la fiesta.

Estamos terminando “la sixième” y el único gran pero (además de que la profesora de Artes Plásticas sospecha que Manolo tiene problemas artísticos porque prefiere dibujar en blanco y negro) ha sido el día de la “comida mexicana” que fue un absoluto desastre. Comida tex-mex, sombreros de charro coloridos que acá denominan simplemente sombreros… si ese día a Manolo no le dio un síncope, fue casi un milagro.

Perspectiva

Siempre pienso que no existe nada como “un solo México” como no existe tal cosa como “Francia”. Y eso aplica para todos los países en todas las latitudes. Expresamos nuestra experiencia personal del país que conocemos íntimamente, y éste puede diferir diametralmente del que otra persona experimentó, siendo el mismo país, la misma región, el mismo idioma.

Aun así, hay algo innegable. Hay una gran separación en la forma en que es posible vivir la vida entre el Norte y el Sur. Entre Europa y América Latina.

La última vez que fui a México, me tocó ver cosas que metieron toda mi estructura en perspectiva. Allá en mi pueblo mexicano, vi a ex-compañeros de escuela de mi Manolo, mi hijo mayor ya trabajando. Ayudando en el “puesto de tortas”, en la venta de barbacoa, en grandes cremerias… Y todo esto no se ve mal. Es normal. Es casi la regla que los chicos estudien y trabajen hasta la secundaria y después sólo si eres muy bueno en la escuela sigas estudiando.

No es que antes no viera estas cosas. Pero conforme mis propios hijos van creciendo, conforme la realidad cambia a mi alrededor, veo otras cosas. Ahora tengo un adolescente en la secundaria y quiero que tenga todas las oportunidades de aprender, descubrir, ser. Pero igual conocí a muchos de sus compañeros cuando estaban en prescolar porque fui su profesora. Y quisiera que todos tuvieran las mismas opciones.

Otra cosa que me dolió mucho fue recordar, pero de forma muy dura, dsc02615la ausencia de un entorno medicalmente apto para personas de bajos recursos o necesidades especiales en un pueblo como el mío. Mi tía que falleció hace cuatro meses tenía tiempo padeciendo artritis degenerativa y su movilidad era cada vez más complicada. ¿Hospital público? A 40 minutos de camino, sin ambulancias. ¿Medicina pública local? Casi inexistente. ¿Médicos privados? Caros, poco accesibles, poco empáticos, pues abusan de ser prácticamente la última y única opción de una población que no cuenta con alternativas.

Tengo una amiga argentina que vive acá en Francia que me dice que por algo las personas llegan en mejores condiciones a edades más avanzadas acá en Europa. El cuidado especializado de ancianos, desde el ámbito social, médico… si bien no es perfecto, existe. Existe incluso en comunidades apartadas y rurales. Hay redes. Hay alternativas.

Sé que son realidades incomparables.

Sé que no gano nada llenando mi cabeza de “hubieras”. “Si mi tía hubiera vivido acá”, “si yo hubiera podido…”.

Mi papá sabiamente decía que el “hubiera” es el tiempo pendejo.

Así que en lugar de concentrarme en los hubieras, me concentro en los “hay”.

Hoy por hoy vivo acá, en Francia. En la Bretaña. En un pueblo que ya aprendí a amar.

Hoy por hoy, aprendo. Que por cada ventaja siempre hay una desventaja y no por eso hay que doblar las manos y dejar de aprender, de luchar, de vivir.

Hoy por hoy, veo con otros ojos las realidades de ambos lados del Atlántico, sin un sentido fatalista, pero aprovechando lo que hay a mi alcance.

Me repito diariamente mi mantra para recordarme qué me hace feliz de vivir aquí (además del amor de mi bretón): la biblioteca pública, la piscina pública, mi doctora familiar, la secundaria de Manolo, vivir cerca del mar…

Y guardo en mi corazón el dolor por las diferencias, el respeto por las luchas de tantas personas, en sitios tan diferentes, por ser felices y disfrutar la vida.

Tres

Es curioso como los seres humanos medimos el tiempo: en el número de vueltas que la Tierra da alrededor del sol.

Pues bien, hace tres vueltas de este tipo que mis hijos y yo dejamos México para instalarnos en este rincón occidental de Francia.

Mis oídos aún no se acostumbran a escuchar francés día y noche. A pesar de ello, ya hay palabras de este idioma integradas en mi vocabulario mental. Cuando tomo un paquete de arroz o de pasta, todavía me sorprende ver los ingredientes escritos en francés. Pero ya soy capaz de mantener una conversación sin la ayuda de mi marido con extraños y amigos. Sí, ya tengo amigos franceses.

La sorpresa que me producen cosas tan simples como que amanezca a las 9 de la mañana en invierno o el sol se esconda a las 11 de la noche en pleno verano no se ha reducido en lo más mínimo. Vivir en otra latitud es magia y sigo agradecida con la vida por la oportunidad de descubrir este pequeño espacio verde del mundo.

¿Que si ya me acostumbré a la burocracia “à la française”? No, todavía no. La forma en que funciona, todo tan detallado, minucioso, elaborado, simplemente es complejo y duro de roer, incluso para los franceses. Pero ya memoricé (que no entendí…eso es otra cosa) los nombres extraños que los grados escolares poseen en Francia. ¿Que el primer grado de la educación secundaria se llama “sexto” y primero de primaria…CP (course preparatoire…)? Ya no lo reflexiono. Lo acepto y lo repito como perico, que es más fácil. Igual que mi año de nacimiento. A fuerza de repetirlo y repetirlo en francés, ya no pienso en la lógica extraña que los números tienen en este idioma.

Cuando llegué, traía de la mano dos niños pequeñitos que no hablaban francés. Hoy tengo un adolescente “collégien” que lleva excelentes calificaciones, mide más de 20 centímetros más que hace tres años y que disfruta su adolescencia, sus clases de esgrima y la cocina francesa. Hoy, tengo un niño de 9 años que ama tanto a la Bretaña que quiere aprender bretón. Ambos son felices, tienen amigos, conocen de memoria eventos de la historia local y hablan con tal fluidez ambos idiomas que puedo decir que son perfectamente bilingües. Y estamos aprendiendo a hablar alemán (Guten Tag!)

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Cuando llegué, no sabía a qué punto el ver los árboles de mi jardín llenarse de flores en primavera sería como renacer cada año después de los duros meses de frío y lluvias invernales.

Cuando llegué, no sabía cuánto se podía multiplicar la nostalgia cuando allá lejos en casa alguien que amas se va de forma definitiva y tú no estás para decir adiós.

Cuando llegué, amaba a mi bretón, pero hoy, hoy somos compañeros. Él me dio la mano mientras mi bretoncita adorada (que ya casi cumple sus 2 años) llegó a este mundo a iluminarnos con su sonrisa.

Cuando llegué, no sabía lo hermoso que sería escuchar con esa vocecita de bebé, algunas palabras en español, el idioma de mamá.

Hoy salgo de la mano de Manolo, mi hijo mayor, vemos el termómetro y si hace 0°C a medio día, decimos “no hace tanto frío”.

Cambio la ropa en los roperos al cambiar las estaciones.

Renuncié a usar paraguas…la lluvia bretona no es apta. Tengo un bonito impermeable, mucho más efectivo.

Hoy, todos los días por la mañana, me sigo repitiendo la lista de cosas que amo de este lugar, para que me ayuden a tolerar bien las que extraño tanto de mi pueblo allá en México. La piscina pública. La biblioteca. La calefacción en invierno. La facilidad de ser atendido por un médico cuando hace falta.

Ello no opaca que quiera escuchar el ruido de una máquina de hacer tortillas. O sentarme a la luz del atardecer en la cocina de mi tía y tomar un café con ella, acompañado de galletas marías. O escuchar la risa de mi hermana. Pero el resto, las cosas del diario, esas puedo no necesitarlas. Puedo vivir con lo que tengo acá, y ver su belleza. No tengo mangos, tengo frambuesas. No saben igual, pero ambos son deliciosos.

Todavía no aprendo a manejar: pero ya estoy tomando cartas en el asunto.

Sé que si volviera a México podría re adaptarme a la vida allá fácilmente.

Pero también sé que debería pasar algo muy fuerte para hacerme volver. Hoy por hoy, nuestra vida está aquí y seguimos aprendiendo a ser mexicanos en Francia. A no olvidar y a integrarnos al mismo tiempo. No es fácil, pero es posible.

Un brindis por estos tres, y a esperar lo que sigue.

 

Adiós verano

Mi madre vivió seis meses en Londres para estudiar inglés. La becó el periódico para el que trabajaba. Siempre que cuenta la historia de su paso por esa ciudad narra con humor el cómo los londinenses ante el menor aviso de sol, sacaban sus toallas y tomaban el sol aún en los parques urbanos. Hacían días de campo y corrían a los sitios al aire libre. Ahora que vivo en Europa me he dado cuenta de que a ella le da risa porque su paso por este continente fue efímero. Cuando los meses se acumulan y sigues viviendo en esta parte del mundo, aprendes a conocer los largos inviernos. Las noches que inician a las 6 de la tarde y terminan hasta las 9 de la mañana. Las lluvias continuas y constantes de noviembre a abril o mayo. Entonces, te enamoras del verano y sus días de sol.

Y no es sólo porque hay vacaciones largas y maravillosos días largos. Ver anochecer a las 10 y media de la noche es algo mágico. Es simplemente que el sol se hace presente de forma más frecuente y es posible salir más. Disfrutar cosas que sólo pueden vivirse a plenitud con tibieza en el aire y con luz solar. El mar siempre es bello, pero el ver el atardecer sin veinte abrigos y bufandas, pasadas las diez de la noche, es mágico. Y si, dan ganas ridículas de hacer días de campo, y de tomar una cerveza fría (en eso aún no me he afrancesado y no he caído enamorada del vino) en el jardín. Y julio y agosto se llenan de encuentros, comidas al aire libre y días de descanso. Todo eso hace cada vez más duro despedirse del verano.

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No tiene nada que ver con mi fobia personal hacia los días lluviosos. Es simplemente que conforme septiembre transcurre y los días se van haciendo más cortos, el viento sopla más frío y la temperatura desciende, hay muchas cosas que se guardan. Las tardes invitan menos a la convivencia y más a permanecer en casa, sólo en familia. No es malo. Es diferente.

A mi me gusta la luz del sol. Los días calurosos, las sandalias, las bebidas frescas y los helados a la orilla del río me hacen feliz.

Puedo imaginar por qué los antiguos habitantes de estas latitudes poblaron las noches de brujas y hombres lobo. Hay que quedarse, sin casi ninguna fuente de luz, esperando la luz por tantas horas. Lo oscuro invita a la imaginación, intimida e impone respeto.

Con el fin del verano llega la vuelta a clases y nuevos ciclos.

En nuestro caso, estamos descubriendo la secundaria “a la francesa”: el collège. Mi hijo mayor ya no es un niño y eso es emocionante.

Pero toda la emoción de los nuevos comienzos no me es suficiente. Quisiera que la tibieza del sol siguiera acompañándome mientras trabajo, como lo hace en los inviernos gélidos pero soleados del Altiplano Central de México. Ese toquecito de nostalgia me calienta el corazón, pero no iluminará mi escritorio con la maravillosa luminosidad del sol veraniego.

Adiós verano. Gracias por esos momentos maravillosos y hasta el año entrante.

Fin de cursos

Quien haya crecido en México, habrá vivido una fiesta de fin de cursos a todo lo amplio.

Cuando sales del kinder (educación preescolar), te verás ataviado de una toga y un birrete, cual si hubieras finalizado la universidad.

Al egresar de la primaria o la secundaria, es muy común que se baile un vals, que se haga una fiesta con trajes de noche… se festeja. Y cada fin de ciclo se festeja a lo grande.

Como alumna, bailé mi vals al salir de sexto año de primaria (hace ya algunos que otros ayeres), con un bonito vestido de blanco de noche en el que me sentía incómoda. Era un vestido de mujer y yo todavía tenía cuerpo de niña. Aún así, bailé y celebré con mis compañeros en un lindo y sencillo salón de fiestas capitalino.

Como mamá, participé de la organización de dos salidas de preescolar y tengo hermosas fotos de mis pequeños, antes de entrar a la primaria, disfrazaditos de pequeños graduados, con enormes sonrisas y abrazando con amor a mis tías.

Hoy es el último día de clases para Manolo en la primaria y acá en Francia…pues que no hay nada especial.

Por un lado, extraño la parafernalia festiva que impera en México al fin de cursos. Los globos metálicos, los arreglos florales, la decoración… extraño que se le dé una gran importancia a la finalización de cada ciclo.

Por otro lado, amo la sencillez francesa. Para empezar, es más económico todo. No hay reunión para planear la graduación, ni gastos exagerados. No hay vestidos ni trajes caros.

Sí hay una foto de clase, como todos los años. La fiesta o kermesse de la escuela, con canciones, stands de juegos y pistolas de agua.

Sí hay dinámicas de despedida al interior de la escuela e involucrando a quienes son los auténticos interesados: los niños que salen de la primaria.

Hay lágrimas, y despedidas.

Pero no habrá una escuela entera entonando “Las Golondrinas” y deseándole buena suerte a sus egresados.

Las grandes diferencias en la forma en que vivimos la vida cotidianamente se hacen evidentes en momentos así. Allá en México, quizá la vida es más azarosa y entonces nos aferramos a cualquier pretexto para festejar. Acá se “reservan” para los grandes momentos.

A primera vista podría parecer insípido. Pero hay calidez en la sencillez en la forma en que acá se viven las cosas.

Hoy Manuel hizo por última vez el camino a pie que tantas alegrías y lágrimas nos ha dado estos dos años y medio. Casi dos kilómetros de caminata que hemos hecho bajo el sol, la lluvia, el viento o el frío, riéndonos, cantando, pisando charcos congelados o viendo volarse y romperse nuestros paraguas. Solos los tres, o ahora con Emma.

E iba feliz, sin presiones extras de practicar un vals…sin mochila y con un juego de mesa en las manos.

Me gusta esta austeridad…total, la fiesta la haremos en casa esta noche. Que no todos los días tu hijo mayor se va a la secundaria.

 

Ciclos

Hace seis años, en septiembre, llevé a un pequeño delgadito y más chiquito que sus compañeros a empezar la primaria.

Era un periodo difícil en nuestra familia, con la separación y el divorcio y los problemas que de todo ello se derivaron. Y ahí estaba él, con la mitad de su uniforme regalado y unos zapatos demasiado grandes para sus piesitos. Pero no había dinero para comprar otro par. Ahí estaba, sin conocer las letras, sin saber leer, pues por malas decisiones, sólo había hecho un año de educación preescolar, el cual fue caótico y complicado para él.

Y entró valiente y no dio vuelta atrás.

En dos meses aprendió a leer. Le ha llevado más tiempo mejorar su caligrafía y su motricidad.

Fue él el que en tercer año ya tenía calificaciones excelentes. Que a los ocho años descubrió su pasión por la lectura y ahora no para de leer.

Fue él quien, junto a su hermano pequeño, me impulsaron a tomar la decisión que cambió nuestra vida: casarme con mi bretón.

Y fue él quien se comió su orgullo, sus excelentes calificaciones, su beca y la promesa de ser el abanderado de la escuela, para repetir segundo y tercero de primaria, al mismo tiempo y en francés.

Y es él de quien profesores y asistentes en la escuela me dicen que es culto, agradable, bien educado y muy comprometido con aprender.

No, no estoy diciendo que mi hijo sea perfecto.

Ni es el más inteligente del mundo.

Pero es un héroe. Un camaleón y un luchador.

Él se levantó cuando todos se burlaban de él por ser el más blanco de su clase (sí, aunque no lo crean, en México también hay discriminación de ese tipo aunque muchos digan que no existe). Fue al psicólogo conmigo, salimos adelante. Él hacía su tarea solo y ayudaba a su hermano mientras yo trabajaba toda la tarde.

Él aprendió a hablar, a jugar y a vivir en francés al tiempo que aprendía a hacer operaciones con números decimales.

Él conoce la escuela en México, la escuela en Francia. Y no, señoras y señores, no extraña el uniforme, ni extrañamos las largas tardes haciendo tareas. Y aprende sin hacer mil manualidades y va bien.

Y porque quiso, de la nada, antes de finalizar su año escolar, hizo una exposición sobre México ante su clase. En francés.

Y ahora emprenderá la aventura del “collège”, la secundaria.

Un ciclo se cierra. Ahora él se irá solo a la escuela, tomando el autobús escolar.

Ya no irá pisando charcos congelados conmigo, como lo hizo todos estos años.

Entre dos realidades y dos países, él ha empezado a construir una personalidad que me encanta. Quizá porque se parece tanto a la mía.

El lee. Y hace esgrima. Y se enoja porque la gente desconoce la historia.

Él es mi Manolo, y ha terminado la escuela primaria.

 

Papá

Mi pequeña francesita, mi Emma bretona está a punto de cumplir un año.

A su lado, he aprendido muchas cosas. Vi a mi hijo mayor retomar su papel (que adora) de hermano cuidón y protector. Y vi a mi pequeño Antón convertirse en un hermano mayor. Y ha sido maravilloso. Verlo gatear junto a su hermanita, y escuchar sus reflexiones, tan adultas para un niño de 8 años, sobre el paso del tiempo. “Mamá, dile a Emma que no crezca tan rápido”.

Aprendí que hay gente maravillosamente flexible en su mentalidad y que no me voltean a ver raro si amamanto a mi pequeña ya no tan pequeña, o si insisto en portearla los 3 kilómetros diarios que hago de la escuela a la casa y de regreso cuando acompañamos a sus hermanos por la mañana. Hay personas que no son tan flexibles y amables. Hay quien ha detenido su auto, bajo la lluvia sólo para decirme que estaría mejor si usara una carriola.

Aprendí a ser mamá lejos del apoyo de mis tías. Ellas siempre habían estado ahí en los momentos terribles en que una mamá se siente agotada y lo único que quiere es ir al baño. Así, tranquila, por cinco minutos. Emma y yo pasamos solas toda la mañana y parte de la tarde, y yo me esfuerzo por trabajar y darle la atención que ella merece. Sin la mano experta de mi tía que crió a siete sobrinas…

Aprendí que se es mamá al tiempo que se es quien es. Yo soy mamá a la mexicana, pero también mamá “a la Carla”. Emma nos ve leyendo a todos en casa y ya ama los libros. Con sus pasos temblorosos que indican el estorboso pañal, nos sigue con libros por toda la casa para que le leamos. Y luego los chupa. También me hace muy feliz ver que me entiende cuando le hablo en español, y truena su boquita cuando le digo “besitos”. No voy a guardar en un armario todo lo que me hace ser yo para ser la mamá de esta pequeña, por más lejos que esté de casa.

Pero sobre todo, gracias a este bretón que se ha puesto como objetivo de vida el hacerme feliz, he aprendido lo lindo que es compartir completamente el trabajo de la paternidad. Yo he dado pecho a Emma en todo momento y en todo lugar, en gran medida gracias a su apoyo. Y él no desesperó en esos primeros meses en que Emma no dejaba que él la cargara porque quería mamá todo el tiempo. Pacientemente, esperó su momento. Y llegó. Emma empezó cada vez más a pedirle los brazos a ese sonriente muchacho barbón que regresa todos los días a medio día, aunque reduzca su tiempo de pausa, para comer con nosotras. Y ahora, lo espera sentadita frente a la puerta, gritando “¡Papá!”. En cuanto él cruza la puerta ella corre y se lanza a sus brazos con los bracitos abiertos. Todas las noches, es él quien le pone su pijama y la pone a mi lado para que nos durmamos los 3 juntos, cómplices de amor y felicidad. Es él el que ha pasado las noches corriendo a la cama de los niños grandes, cuando tuvieron fiebre, y limpiando vómito…porque yo estaba con Emma pegada a los brazos y a la teta. Es él que los busca todos las tardes en la escuela y corre a llevarlos a la esgrima o a la casa de sus amigos. Es él. Está. Y es maravilloso.

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Hija de un padre maravilloso pero semi ausente, separada con una experiencia de paternidad dividida y competitiva, me siento muy cómoda en este nido y en este viaje compartido. Jugando a “ni si ni no” (un hartante juego francés en que debes evitar a toda costa responder “si” o “no”) mientras cenamos y Emma se mata de carcajadas porque nos ve reír, pienso que valió la pena. Cruzar el Atlántico y dejar atrás tantas cosas amadas, para emprender este viaje compartido. Y pienso que no necesito día del padre o celebración alguna para darle las gracias a la vida y a este chico que decidió casarse conmigo y formar una familia a mi lado, el tener la oportunidad, en este mundo lleno de odio y de sentimientos tristes, de sufrimiento y miseria huamana, de vivir rodeada de amor.