Cuerpo

Hay muchas cosas que cambian cuando te vas tan, tan lejos de tu lugar de origen como lo hice yo. Y por absurdo que parezca, incluso la imagen que uno puede tener de sí mismo, cambia.

Porque así como vivo rodeada de gente que habla francés de forma natural, sin “acento exótico” y para quienes mi forma de hablar es graciosa y siempre es motivo de que me pregunten de dónde vengo y de dónde salí, también es verdad que vivo rodeada de mujeres que tienen una fisonomía muy distinta a la mía.

Y eso que en México tampoco me sentía muy estándar.

Soy alta, aunque no demasiado. Mido 1,71 m. Y soy gorda.

No mórbidamente obesa, pero sí tengo mis 20 kg de sobrepeso.

No he sido flaca desde que tenía 7 años.

En la adolescencia fui mucho más gorda que ahora.

Además, no sólo soy gorda sino, grande. Tengo manos grandes, brazos fuertes, espalda ancha. Tengo unas tetas grandes que no han hecho sino crecer hijo tras hijo, así que soy copa D.

Tengo una cara redonda y una nariz igualmente ancha y redondita.

Y un pelo oscuro y unas cejas tupidas, que acá no tienen nada que ver con cómo se ven las mujeres “estándar”.

Tener panza y a la vez, tener un buen trasero, no corresponde con las dimensiones que normalmente tienen los cuerpos por acá.

Comprar brasier (sostén) es caro cuando estás grande como estoy yo.

Y entonces, mi propia mirada sobre mi cuerpo ha cambiado.

He tenido que pelear mucho para hacer las paces con mi cuerpo, otra vez.

Para darle las gracias por el simple hecho de estar sano y ser funcional y por haber sido cómplice mío en la aventura más loca que he emprendido: ser mamá.

La gente asume por default que porque eres gorda estás enferma, o que cualquier cosa que te pasa tiene que ver con tu peso.

Sorpresa. No tengo colesterol alto, ni azúcar, ni presión arterial alta. Y hago actividad física. Desde hace año y medio practico karate de forma regular y me hace muy, muy feliz.

Me encanta caminar, mi barrio es precioso y he encontrado rutas de 2, 4 y 6 km para caminar al borde de los árboles.

Como bien, equilibrado, sin forzosamente hacer “dieta”, pero procurando medirme en todo, pero permitiéndome disfrutar una rica crepa o unos tacos cuando me sacudo la pereza y cocino “a la mexicana”.

Pero no he logrado encontrar esa paz que yo había encontrado en relación a mi cuerpo antes de vivir en Francia.

Hay tantas mujeres delgadas, altas, estilizadas y con cabello bien acomodado por acá.

Y una con su cuerpo sin cintura, tetas grandes, panza y brazos de tamalera.

Quiero tener una mirada más positiva hacia mi cuerpo, el que ha hecho tantas cosas conmigo.

Quiero seguirlo cuidando para que siga sano cuando Emma, mi chiquita de 4 años tenga mi edad, y así podamos seguir divirtiéndonos juntas.

Y quiero dejar de sentirme incómoda cuando la gente me mira o me toman fotos en que se ve mi panza, o mi papada, o mis ojos desiguales.

Quiero hacer las paces conmigo misma, aunque mi cuerpo y mi cara sean tan diferentes a los cuerpos y las caras que veo por aquí.

Paso a paso, igual que algún día voy a encontrar la comodidad al hablar en francés. Y algún día encontraré mi lugar laboral acá. Y algún día (espero ese sea mucho más pronto) podré manejar mi coche por las rutas bretonas.

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Edad

México, 1997.

Empecé mis estudios en la Universidad.

Había muchos factores. El primero era que yo quería estudiar cine en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos y tenía que estudiar muchísimo para lograrlo. El segundo es que no había mucho dinero en casa, y me convenía trabajar para ayudarme con los gastos de la universidad. Así que ingresé directamente al Sistema Abierto de la UNAM. En este sistema, sólo tienes clases presenciales los sábados. Y mucha, mucha tarea de investigación. Mucho aprendizaje autodidacta.

Evidentemente, tuve compañeros de edades muy diversas y no sólo jóvenes de 18 años recién egresados del bachillerato. Gente con perfiles académicos diversos y variados. Era riquísimo en términos de aprendizaje. Tuve compañeros que estudiaban su segunda carrera. Compañeras que tenían hijos ya en la universidad. Personas que estudiaban porque su empleo de 20 o 30 años les exigía el título.

Y jamás escuché a un profesor decirles que no podían aprender “porque estaban viejos”.

México, 2007.

Cuando vivía en mi pueblo hidalguense, trabajé para el Instituto Nacional de Educación para los Adultos y tuve la delicia de enseñarles a leer a señoras de más de 70 años de edad. Fue un placer. Era diferente, claro, que enseñarle a leer a mis hijos a los 3-4 años de edad, pero no les era particularmente difícil. Lo más complejo para ellas era superar la pena de no haber aprendido antes. Una vez pasada esa etapa, avanzaban con una motivación increíble. No recuerdo momento más emocionante que ver a una señora de 72 años escribir por primera vez su nombre.

Bretaña francesa, 2019.

Estoy aprendiendo a manejar. Con mucho esfuerzo estudié sola (en mis ratos libres entre trabajo e hijos) el reglamento de tránsito y tras un par de pifias, pasé mi examen teórico. Y ahora estoy haciendo mi aprendizaje práctico. Horas y horas con una instructora de manejo para poder dosificar el frenado, respetar fielmente la prioridad a la derecha y las distancias entre automóviles dependiendo la velocidad máxima de la carretera en que circules.

Y lo primero que me dijo mi instructora es que estaba en el límite de edad. Que cinco años después, me habría resultado imposible aprender a manejar en un coche manual. Que habría sido (y con suerte) un automático. Porque con la edad no aprende uno igual.

Ayer en mi clase de karate, me costó trabajo repetir fielmente la quinta kata. Y cuando me doblan la apuesta y tengo que hacer dos defensas y contraataques diferentes por cada ataque, me resulta difícil. Y un compañero (unos cinco años mayor que yo, cinta negra) me dice las fatídicas palabras: “es normal, a tu edad ya cuesta más trabajo aprender”.

No estoy diciendo aquí que “los cuarenta son los nuevos veinte”. O que yo tenga la vitalidad y energía que tenía hace 20 años. Si hay alguien que sabe cuánto ha cambiado mi vida desde entonces, esa soy yo.

Si alguien sabe que ya no pude hacerle “caballito” a Emma en el 2015 como le hice a Manolo en el 2005, soy yo.

Pero también sé que llegué a este país hace 5 años sin haber estudiado formalmente francés desde el bachillerato (y eso eran clases de comprensión de textos en francés, no de francés en serio), y que ahora soy capaz de redactar mails formales y comunicarme oralmente y por escrito en este idioma. No hablo francés de forma perfecta. Pero el hecho de no ser francófona experta no es ningún obstáculo en mi vida cotidiana.

Y ya tenía 35 años cuando llegué.

“Joven”, ya no era.

Y aprendí a vivir con otros códigos y con otras reglas.

Y no morí en el intento.

De hecho, sigo aprendiendo. Creo que ya “casi” aprendí cómo saludar con los rígidos códigos franceses.

Ya nunca me atravieso la calle fuera del paso peatonal (aunque la caótica mexicana dentro de mí grita intensamente que lo haga).

Lleno correctamente formularios y papeles.

Me integré a la vida asociativa.

Y no, no soy joven.

Ya no soy la Carla loca que se fue a los 19 años a Argentina y se casó. La que abandonó los estudios y tuvo que retomarlos después con una carga inmensamente mayor de responsabilidades y una precariedad financiera impresionante.

Ahora soy la mamá de dos adolescentes y una nena de casi cuatro años. Llevo ya nueve años en una relación mucho más madura y sana con mi bretón de lo que la Carla joven jamás tuvo con el papá de sus primeros hijos.

Caray, hasta aprendí a llevarme bien con mi suegra.

Entonces, estudios neurológicos aparte, creo que la Carla cuarentona puede y va a aprender a pasar las velocidades con una palanca.

Y caramba, lléveme la fregada si no me aprendo la quinta, la sexta y la séptima kata, porque quiero ser cinta negra antes de los cincuenta.

 

El kínder

Allá en México en mi pueblo, la casa de mi familia (la que compró mi abuela con mucho trabajo propio y de sus hijos) está frente a un “jardín de niños”. Así que cuando mi hijo mayor, Manolo, tenía 4 años, fue a esa pequeña escuelita pública a la que ingresó. Manolo nació en noviembre, pero debió haber nacido en enero. Así que el año en que cumplió 4, su papá lo vio “muy chiquito” y no quiso que lo inscribiéramos a la escuela, de tal forma que sólo hizo un año de educación prescolar.

Y ni siquiera pudo hacerlo en la misma escuela. Yo entré a trabajar a una de las escuelas privadas de mi pueblo, me separé del papá de mis hijos mayores y mi vida dio un giro bastante pronunciado. Así que en noviembre, antes de que cumpliera los 5 años, Manolo ya estaba en otro salón, con otros niños, tratando de adaptarse y aprender.

Ese mismo ciclo escolar pero ligeramente más tarde, tuve que inscribir también a mi otro hijo, Antón, de sólo 2 años de edad.

No puedo quejarme en sí de la escuela. Como madre divorciada y sola, y para no abusar de mi tía que ya estaba suficientemente ocupada cuidando de su hermana enferma, esa escuela particular fue la única opción de cuidado para mi bebé dosañero que tuve en ese momento.

El que Antón estuviera ahí me permitió trabajar y nos dio la oportunidad de salir adelante en términos económicos en un periodo muy difícil para los tres. Ahí en la escuela conocí a la psicóloga que nos sacó adelante a Manolo y a mí tras la separación. Y ahí estábamos los tres “seguros” en un ambiente cerrado y nuestro, cuando nuestra vida empezaba a rearmarse pieza por pieza.

La cuestión es que ahora mi Emma también va a la escuela. Empezó su “école maternelle”, como le dicen a la educación prescolar acá en Francia, en septiembre del año pasado. Tenía tres años y medio. Y en mi experiencia, fue la mejor edad para que iniciara este proceso. Ni los casi cinco de Manolo, ni los apenas dos de Antón combinaron tan bien con una primera experiencia escolar como los tres y medio justos de Emma.

Y lo que me resultó sorprendente es cómo el sistema escolar francés está pensado para permitir que las mamás (y papás, obvio), trabajen.

Cada escuela tiene una guardería integrada, así que puedes dejar a tus pequeños desde las 7:30 de la mañana si es necesario por tus horarios laborales, y recogerlos hasta las seis de la tarde o incluso un poco más, dependiendo de las escuelas.

Yo, por fortuna, no tuve necesidad de dejar a Emma tanto rato y desde un principio. De hecho, hicimos una adaptación suave y agradable a la escuela. Empezó yendo sólo las mañanas lunes, martes, jueves y viernes (porque en mi municipio, como en la gran mayoría de municipios franceses, no hay clases los miércoles). Después empezó a quedarse a comer los lunes. Después, lunes y viernes.

Desde enero, se queda los 4 días completos: de 8:20 a 4:30. Y está feliz. Los niños de 3 y 4 años duermen siesta después de la comida de medio día, y ella sabe en la “sala de fiesta” (sic, parece que para mi hija dormir es una fiesta), cuál es su camita.

Para los papás que trabajan los miércoles, el municipio tiene una guardería con los mismos horarios que tienen las escuelas los otros días de la semana. La inscripción es muy sencilla. En este punto cabe recordar que vivo en un municipio de apenas 6 mil habitantes y que las personas que viven en las grandes ciudades francesas no lo tienen tan fácil en términos de acceso a la guardería.

La idea del prescolar eso sí, es muy diferente.

En México, se compra una lista de útiles enorme, con rompecabezas, pinturas, plastilina, masa para modelar, cuadernos y crayolas.

Acá, yo no compro nada. Lo único que Emma llevó el primer día de clases fue su mochilita con una muda de ropa.

En México había tareas para los pequeños desde los 3 años. Escribir, copiar, dibujar. Y para los papás… maquetas, dibujos, terrariums, títeres y un larguísimo etcétera.

Acá no hay nada. Una vez cada dos meses recibimos un bonito engargolado con fotos y explicaciones de lo que han trabajado en clases y tenemos que “colaborar” pegando una foto, o un boleto de cine, una postal…algo que hable de lo que la familia hizo para que el pequeño pueda compartirlo en clases.

No es perfecto el sistema francés. No creo que haya sistema perfecto.

Pero me gusta más esta idea de aprender despacito y jugando que la presión que los pequeños tienen en México por entrar leyendo a la primaria.

Además, Emma está inscrita en una escuela pública pequeñita (casi rural) en la que en total hay 4 grupos, de Kínder I como diríamos en México, a quinto de primaria.

Todos los grupos son mixtos, hay niños de diversas edades conviviendo y aprendiendo juntos.

Y el hecho de que ella se haya adaptado tan bien y contenta a su vida en la escuela, me ha permitido explorar otras áreas de mi vida, buscar trabajo fuera de casa, meterme de lleno a las clases de manejo.

Me doy cuenta que no sólo cambié de país, sino de situación.

Emma tiene dos hermanos mayores dispuestos a cuidarla siempre. Y un papá presente y cariñoso, que tiene un trabajo duro pero con un horario que le permite estar siempre a la hora de la salida para buscar a su pequeñita.

Entonces, además del sesgo que siempre impone el hecho de que estoy comparando mi experiencia como mamá en México y mi experiencia como mamá en Francia (mi Francia), también está el lente diferente a través del cual veo las cosas.

Pero de que agradezco que no pasaré tres años trabajando toda la mañana para coser títeres a la noche, eso que ni qué. En ese sentido, gracias enormes sistema francés.

Manejar

Conducir en una zona rural francesa no es un gusto. No es un privilegio de ricos que puedan darse el lujo de tener un carro por adulto en la familia. Es una necesidad vital. Y un proceso que como migrante en este hermoso pueblito bretón, ya he pospuesto demasiado (aunque no sea por gusto).

Voy a tratar de explicar por qué es tan importante, porque en ocasiones incluso para quienes viven en Francia pero en zonas urbanas, es difícil de entender a qué punto es importante aprender a manejar aquí (y quizá la razón por la que los jóvenes empiezan a aprender apenas es legalmente posible).

Yo vivo en el borde de dos municipios. Uno de ellos es un poblado turístico, una pequeña aglomeración semiurbana con una muy buena y bien conectada estación de tren, escuelas, bancos, supermercados y todo lo que hace falta para la vida cotidiana. Eso y muchos, muchos turistas en verano. En el centro del pueblo hay edificios de departamentos y casas pegaditas entre ellas. Es fácil ir caminando a todos lados en un radio de 3-4 km.

Pero conforme te alejas del centro, las casas tienen jardines más grandes, están más separadas entre ellas y no encuentras ningún comercio a proximidad. No hay “tiendita de la esquina” como en México. No hay nada. Hay casas y más casas. Las escuelas empiezan a estar más lejos (no mucho, pero suficiente para que ir caminando con niños pequeños implique una cantidad de tiempo que raya en lo absurdo). Y muchas de las personas que viven en estas calles de casas grandes de techo de dos aguas y tejas de pizarra negra, no trabajan en este pueblo. Trabajan en alguna de las pequeñas ciudades o en las zonas industriales intermunicipales. Léase: todas las mañanas la gente sale a trabajar y desde que lo hacen, salen en coche.

Depositan a sus niños pequeños en la escuela (o en las guarderías que forman parte del sistema escolar si los tienen que dejar más temprano) y parten en auto a su trabajo. Vuelven a casa en auto. No pisan la banqueta más que para salir a tirar la basura.

El hecho de que la gran mayoría (realmente, un 99,9%) de la gente tenga coche, maneje y se desplace así, juega en contra de la idea del transporte colectivo. Existen líneas de autobús que pasan una vez cada 2 horas aproximadamente, y que salen de la estación de tren. Y que normalmente te llevan sólo a sitios turísticos o a contadas cabeceras de los municipios cercanos.

Es tal el nivel de absurdo que para mí, la cabecera del municipio al que en realidad está mi casa, es inalcanzable a pie. Está a unos 8 km y al menos la mitad del trayecto es ruta rural, sin banqueta o espacio alguno para que un peatón camine. Es más factible para mí recorrer los 4 km que me separan del centro del municipio vecino. Donde no puedo, evidentemente, realizar ni un trámite.

Ahora bien, el espíritu de vida “a la mexicana” diría que podría yo agarrar el coche y conducir sin licencia… bueno, ese no pasa muy bien acá. Acá las multas son generosas, y hay al menos un intento bastante efectivo de encuadrar a la población que maneja en reglas coherentes. Si conduces, debes tener tu coche funcionando (para eso hay que pasar un control técnico-mecánico bastante exigente, seguro al día y por supuesto, la licencia de manejo).

Y me parece perfecto. Yo nunca había manejado (una vez arranqué un coche en una emergencia…fin de la experiencia como chofer en mi vida), pero me parece lógico que andar empujando mecánicamente un armatoste que puede matarte y quitarle la vida a otros, se tome con pinzas y responsabilidad.

El asunto es que esta existencia de reglas se traduce en que sacar la licencia de manejo sea un proceso burocrático largo y caro. Pian pianito, como dijera mi papá, voy avanzando en los pasos que se requieren para obtenerlo y salir de este encierro.

Habiendo crecido en la caótica capital mexicana, jamás me había imaginado un sitio sin transporte público. Pero heme aquí, en el pueblito de las banquetas casi inexistentes, de los pocos peatones y la omnipresencia del automóvil que contrasta con las bellísimas carreteras rurales rodeadas de bosque. Y pues, a darle: licencia de manejo, voy por ti.

Un dolor de cabeza

Desde hace años sufro de migrañas ocasionales. No es una situación constante, pero de vez en cuando viene el episodio de dolor de cabeza.

Antes eran más intensos y frecuentes. Se asociaban con bajas de tensión arterial.

Y por algo tan cotidiano como eso puedo observar las diferencias entre mi México y mi Francia. (El uso de los posesivos no es al azar. Soy firme creyente de que no existe un México ni una Francia. Son sitios diversos que cada quien vive a su manera y de acuerdo a sus posibilidades).

En mi México, en mi pueblito hidalguense y como profesora de escuela privada sin seguridad social ni muchos recursos económicos, habría ido al Centro de Salud en que no habría pagado consulta gracias a mi Seguro Popular. Pero no me habrían dado nada. En algún momento me recetaron suero oral para rehidratarme y subir mi tensión. O me recetarían paracetamol e ibuprofeno.

O al final, como muchos mexicanos, iría yo directamente a la farmacia a comprar genéricos de estos dos medicamentos. A la libre. A la loca. Sola y sin prescripción médica.

Acá en Francia, ya pasé por estos episodios de migraña tan intensa y fui con mi “médico familiar”. Este nombre se asigna al médico que te trata de forma regular. Si vas a consulta generalista con tu médico familiar, pagas menos caro. Puedes cambiar de médico familiar sin problema. Gracias a mi bretón, toda la familia cuenta con seguridad social. Estamos bajo su número de seguro y además, como él es empleado regular, tiene una “mutual” complementaria. El sistema de salud en Francia es así: yo voy con el médico y pago mi consulta. Pero doy mi número de seguridad (que está en una tarjeta verde que no debo olvidar si voy al doctor). Posteriormente el instituto que centraliza las aportaciones de trabajadores y patrones, la seguridad social en sí, me reembolsa un alto porcentaje de esa consulta.

Si tengo que comprar medicamentos, la seguridad social reembolsa menos, pero como nuevamente, tanto mi marido como trabajador como su patrón como empleador, pagan la “mutual” complementaria, entre ambas instituciones me reembolsan todo lo que gaste en medicamentos.

Hay servicios que no están tan cubiertos al 100%, como el dentista o los anteojos.

Pero volviendo a mi dolor de cabeza, la doctora me mandó a hacer diversos estudios. Afortunadamente, estoy muy bien de salud (no tengo problemas de colesterol, alta glucosa o anemia), me hicieron también una tomografía y mi cerebro está en buena forma. Me hicieron muchos exámenes y todo salió bien. Simple y sencillamente tengo una condición crónica de migraña. La doctora me envió con un fisioterapeuta que me dio 15 sesiones de masajes en el cuello y las sienes que funcionaron a las mil maravillas. Todo lo reembolsó la seguridad social. Y cuando recaigo, tomo un medicamento especial para migrañas intensas y pensado además para que no interfiera con mi lactancia (que sigue en forma 2 años y medio después).

Yo sé que el sistema de salud francés no es perfecto. Y que yo no experimenté la totalidad del sistema de salud mexicano (jamás tuve siquiera una hoja rosa del seguro… viví mi vida laboral en la frontera exterior del sistema local). También sé que tengo la fortuna de tener un esposo que acá sí forma parte del sistema y eso ha facilitado enormemente mi vida. Que él haya pagado sus cotizaciones puntualmente desde que empezó a trabajar. Que la doctora que elegí azarosamente (me queda cerca de casa) como médico de familia es genial e incluso apoya la lactancia con conocimiento de causa.

Pero también es verdad que este sistema, con fallas y todo, es más accesible que lo existente para una gran mayoría de la población en México. Hay lentitud burocrática, pero hay accesibilidad a tratamientos que allá sería imposible, al menos para mí y muchas de las personas que quiero y conozco.

Es raro des-acostumbrarse a ir a la farmacia y comprar cualquier cosa.

Como es raro acostumbrarse a atravesar las calles por el paso peatonal…

Como es raro vivir, día tras día, jugando de visitante. Pero acá seguimos.

Vacaciones a la francesa

Hay una idea bien establecida en la mentalidad colectiva en Francia. Las vacaciones como punto en que todo mundo tiene derecho a descansar y a hacer un corte con la vida cotidiana. Existe incluso un verbo en francés que sirve para hablar de cuando pasas un tiempo fuera de casa y ello te permite olvidar la carga de trabajo del día a día en el hogar: “dépayser”. De hecho, hay una cierta idea de que todo mundo debería tener derecho a descansar.

Tristemente poco a poco el Estado social francés se ha debilitado, en esta época de globalización, pero ciertos elementos persisten y están bien anclados en la mentalidad social.

Para mí, mexicana de clase humilde, madre soltera trabajando con un contrato en negro en una escuela particular, la sola idea de llevarme a mis hijos de vacaciones, formalmente ir a otra ciudad, hubiera sido casi imposible. Íbamos al cine, o a hacer paseos de un solo día. Es caro viajar. Es caro tomar un autobús e ir a otra ciudad. Mis hijos mayores ni siquiera conocían el mar, descubrieron el océano en las costas bretonas. De Hidalgo, en el centro de México a la costa (cualquiera de las dos costas, la atlántica o la pacífica), hay una gran distancia que se traduce en miles de pesos para una pequeña familia.

Acá en Francia, no somos ricos, pero aun es posible para una familia humilde y trabajadora vacacionar porque hay muchas otras opciones. Por ejemplo, y puede parecer tonto, pero no lo es, hay muchas formas de hospedarse. No está el límite del hotel. Hay departamentos o casitas semi lujosas pero que al rentar por semana o incluso por mes, no es tan caro. Y existen, para la gente que no tiene muchos recursos, los campings.

En mi mente, un “camping” era solamente un lugar en donde plantar una tienda de campaña. Y sí, existe eso. Pero tienen baños y acceso regaderas, para empezar. Y en muchos campings, también existe la opción de rentar un “bungalo” en verano y desde la primavera, un “mobil home”. Esas dos opciones de mini-casitas con todos los servicios popularizan mucho la idea de ir de vacaciones. Ya contar con una cocina sencilla abarata los costos, pues no hay que comer fuera (o limitarse a comer sandwiches) todos los días. Para una familia de cinco, como nosotros, es una opción maravillosa.

Otro elemento que ayuda mucho es el estado de las carreteras. Para vacacionar, no es necesario tomar la autopista de paga: cuando vacacionas normalmente no llevas mucha prisa. Así que puedes ir por las carreteras “estatales” o “nacionales”, pequeñas rutas encantadoras que atraviesan sinuosamente la campiña francesa. Incluso tomar la autopista de paga se amortiza para una familia numerosa como la nuestra.

Y finalmente, está el hecho de que para bien o para mal, Francia es un país muy, muy turístico. En algunos momentos hay sitios tan turísticos que parecen museos vivientes. Pero esa importancia del turismo se traduce en mucha señalización para encontrar sitios encantadores, museos grandes y pequeños en cada rincón del país, tranquilidad y numoerosas opciones.

En primavera, para el cumpleaños de mi pequeñita bretona, viajamos al sur, dejando por unos días nuestra querida Bretaña. Salimos de la tierra de los techos de pizarra negra para pasar, al sur del río Loira, a la tierra de los techos de teja roja. Vimos el Atlántico en otra forma, la entrada maravillosa del río Garona (tan impresionante que posee su propio nombre: el estuario de la Gironda) y visitamos muchísimos museos pequeñitos y geniales.

No, no nos fuimos al Caribe como hacen muchos franceses con más recursos. Pero sí, pudimos “dépayser”. Salir de casa, recorrer el campo, la playa y ciudades con encanto.

Reconozco y acepto que amo la idea tan democrática de las vacaciones a la francesa.

Y me encanta la cara de mis hijos al descubrir nuevos rincones de este precioso país.

¿A dónde nos llevarán nuestros pasos en las próximas vacaciones? No lo sabemos. Otros países europeos son accesibles gracias a que no están tan lejos: Bélgica, España (¿por qué no Barcelona?), Italia. Poco a poco y ahorrando, iremos descubriendo más destinos hermosos. Y deseando que este entorno social que nos permite soñar, no desaparezca.

La secundaria

Vivir en Francia me ha dado la oportunidad no de comparar, sino de conocer otra forma de vivir la vida. A veces me sorprende lo diferentes que pueden ser las pequeñas cosas: las cosas de todos los días. La escuela ha sido una de estas cosas que cambian en detalles ínfimos pero que al final construyen algo muy distinto. Si yo pienso en mis años como mamá allá en la escuela mexicana hay dos palabras que vienen a mi mente (y no tienen nada que ver con nivel académico…): uniforme y útiles escolares.

Puede resultar absurdo, pero cuando eres madre soltera y los gastos educativos de dos hijos descansan sólo sobre tus hombros, estos pequeños detalles constituyen tu día a día. Las manualidades de todos los días, los dos-tres pares de zapatos que el niño necesita sólo para la escuela, muchísimos cuadernos y útiles. Vas remando día a día con estas cosas. Y no que lo académico deje de ser importante, para nada. Yo ya he hablado de lo bien que la escuela pública me trató en México como alumna y como mamá, y de lo dura que fue mi experiencia como mamá, profesora y alumna en el sector privado. Pero esa es mi experiencia y no se puede generalizar. Ahora que planchar camisas de uniforme, eso es algo parejo para todos. Y bolear zapatos negros… ay cuántos recuerdos.

En Francia la escuela pública también nos ha tratado bien. La primaria fue para mi Manolo, mi hijo mayor, una experiencia preciosa en los tres años que le tocó cursar acá. Y Antón, mi niño de enmedio que llegó acá a iniciar su primaria, la ha disfrutado enormemente.

Desde septiembre, también hemos experimentado ya la secundaria, y nuevamente la escuela pública de mi pueblito bretón no me ha decepcionado. Pasé el verano pasado con dolor de estómago de nervios: la secundaria no fue una etapa fácil para mí y tenía miedo por mi niño que además de todo, lo viviría como extranjero. Desconocía el sistema, las reglas, el funcionamiento.

Pero todo ha sido tan fácil de aprender, que resultó casi automático.

El collège, como se le dice coloquialmente a los “Colegios de Educación Secundaria” acá en Francia dura cuatro años. Y la nomenclatura no podría ser más divertida: empiezas en sexto y terminas en tercero…ehhh, si, es así. La educación post-primaria es una cuenta regresiva que termina el último año de bachillerato (terminal se llama) cuando haces EL examen, el examen del “bac” con el que inicias tu vida adulta e intentarás ingresar a la educación superior.

Entonces, Manuel empezó su “sixième”, y desde el primer día volvió feliz.

Feliz de que la escuela hace lo posible por guardar grupos de amigos que vienen de la primaria en la misma clase y él conservó a dos de sus mejores amigos con él.

Feliz con la pasión con la que la profesora de Historia (su asignatura preferida), imparte la clase.

Y feliz con la comida deliciosa que sirven en el “self” (el restaurante escolar, que como es de autoservicio…self service abreviado).

Evidentemente no vamos a hablar de la escuela perfecta. Hay bemoles y peros, como en todas partes. Hay profesores desmotivados, alumnos que hacen desorden…lo normal. Pero hay un equipo docente que lidia con sus clases con un compromiso que yo como docente no vi jamás allá en mi país.

Y eso que no lidiábamos con clases multinacionales como la de Manolo, en que además de él, hay una chica colombiana, dos nenes turcos, dos albaneses, dos iraquís y un niño chino. Hay además un niño con problemas de audición y dos niñas disléxicas. Y todos conviven. Y para los profesores ningún niño es más o menos importante que otro. Tuve la oportunidad de estar en un consejo de clase, en el que todos los profesores que imparten clase al grupo de Manolo discutieron las calificaciones de los chicos del grupo antes de enviar las boletas. Fue una experiencia muy interesante y enriquecedora.

Pero además de eso, están los detalles. La entrada es a las 8 am (yo en secundaria entraba a las 7 de la mañana). Tienen una pausa de 2 horas al medio día, para comer y además tener tiempo, ya sea para jugar, correr, charlar…o inscribirse a clubs diversos. Hay clubs deportivos, de tecnología, baile, canto, lectura… y tienen precios muy accesibles, de tal forma que si hay muchachos que en las tardes no tienen los recursos para realizar actividades deportivas o culturales, lo pueden hacer en ese horario.

Está el hecho de que estudian dos idiomas extranjeros. Sí, quizá es verdad que no todos los chicos salen bi o trilingües de la escuela al concluir el bachillerato, al menos tienen las bases de dos idiomas y pueden tener la curiosidad de profundizar en su aprendizaje. En el último año del collège los chicos realizan campamentos de idiomas en España o Inglaterra, o intercambios estudiantiles con chicos alemanes.

A diferencia de México (desconozco cómo se da en otros países de América Latina), todos los alumnos estudian juntos la misma clase de Tecnología, en la que se abordan distintas temáticas de áreas diferentes, de dibujo técnico a informática. Y todos los alumnos estudian Artes Plásticas y Música. Un horario cargado, pero pocas tareas en casa. Una experiencia que ha resultado más sencilla de vivir como mamá que lo que fue mi experiencia como alumna y profesora en México. Quizá ayuda la personalidad de Manolo, que es el amigo de todos y el alma de la fiesta.

Estamos terminando “la sixième” y el único gran pero (además de que la profesora de Artes Plásticas sospecha que Manolo tiene problemas artísticos porque prefiere dibujar en blanco y negro) ha sido el día de la “comida mexicana” que fue un absoluto desastre. Comida tex-mex, sombreros de charro coloridos que acá denominan simplemente sombreros… si ese día a Manolo no le dio un síncope, fue casi un milagro.

Perspectiva

Siempre pienso que no existe nada como “un solo México” como no existe tal cosa como “Francia”. Y eso aplica para todos los países en todas las latitudes. Expresamos nuestra experiencia personal del país que conocemos íntimamente, y éste puede diferir diametralmente del que otra persona experimentó, siendo el mismo país, la misma región, el mismo idioma.

Aun así, hay algo innegable. Hay una gran separación en la forma en que es posible vivir la vida entre el Norte y el Sur. Entre Europa y América Latina.

La última vez que fui a México, me tocó ver cosas que metieron toda mi estructura en perspectiva. Allá en mi pueblo mexicano, vi a ex-compañeros de escuela de mi Manolo, mi hijo mayor ya trabajando. Ayudando en el “puesto de tortas”, en la venta de barbacoa, en grandes cremerias… Y todo esto no se ve mal. Es normal. Es casi la regla que los chicos estudien y trabajen hasta la secundaria y después sólo si eres muy bueno en la escuela sigas estudiando.

No es que antes no viera estas cosas. Pero conforme mis propios hijos van creciendo, conforme la realidad cambia a mi alrededor, veo otras cosas. Ahora tengo un adolescente en la secundaria y quiero que tenga todas las oportunidades de aprender, descubrir, ser. Pero igual conocí a muchos de sus compañeros cuando estaban en prescolar porque fui su profesora. Y quisiera que todos tuvieran las mismas opciones.

Otra cosa que me dolió mucho fue recordar, pero de forma muy dura, dsc02615la ausencia de un entorno medicalmente apto para personas de bajos recursos o necesidades especiales en un pueblo como el mío. Mi tía que falleció hace cuatro meses tenía tiempo padeciendo artritis degenerativa y su movilidad era cada vez más complicada. ¿Hospital público? A 40 minutos de camino, sin ambulancias. ¿Medicina pública local? Casi inexistente. ¿Médicos privados? Caros, poco accesibles, poco empáticos, pues abusan de ser prácticamente la última y única opción de una población que no cuenta con alternativas.

Tengo una amiga argentina que vive acá en Francia que me dice que por algo las personas llegan en mejores condiciones a edades más avanzadas acá en Europa. El cuidado especializado de ancianos, desde el ámbito social, médico… si bien no es perfecto, existe. Existe incluso en comunidades apartadas y rurales. Hay redes. Hay alternativas.

Sé que son realidades incomparables.

Sé que no gano nada llenando mi cabeza de “hubieras”. “Si mi tía hubiera vivido acá”, “si yo hubiera podido…”.

Mi papá sabiamente decía que el “hubiera” es el tiempo pendejo.

Así que en lugar de concentrarme en los hubieras, me concentro en los “hay”.

Hoy por hoy vivo acá, en Francia. En la Bretaña. En un pueblo que ya aprendí a amar.

Hoy por hoy, aprendo. Que por cada ventaja siempre hay una desventaja y no por eso hay que doblar las manos y dejar de aprender, de luchar, de vivir.

Hoy por hoy, veo con otros ojos las realidades de ambos lados del Atlántico, sin un sentido fatalista, pero aprovechando lo que hay a mi alcance.

Me repito diariamente mi mantra para recordarme qué me hace feliz de vivir aquí (además del amor de mi bretón): la biblioteca pública, la piscina pública, mi doctora familiar, la secundaria de Manolo, vivir cerca del mar…

Y guardo en mi corazón el dolor por las diferencias, el respeto por las luchas de tantas personas, en sitios tan diferentes, por ser felices y disfrutar la vida.

Tres

Es curioso como los seres humanos medimos el tiempo: en el número de vueltas que la Tierra da alrededor del sol.

Pues bien, hace tres vueltas de este tipo que mis hijos y yo dejamos México para instalarnos en este rincón occidental de Francia.

Mis oídos aún no se acostumbran a escuchar francés día y noche. A pesar de ello, ya hay palabras de este idioma integradas en mi vocabulario mental. Cuando tomo un paquete de arroz o de pasta, todavía me sorprende ver los ingredientes escritos en francés. Pero ya soy capaz de mantener una conversación sin la ayuda de mi marido con extraños y amigos. Sí, ya tengo amigos franceses.

La sorpresa que me producen cosas tan simples como que amanezca a las 9 de la mañana en invierno o el sol se esconda a las 11 de la noche en pleno verano no se ha reducido en lo más mínimo. Vivir en otra latitud es magia y sigo agradecida con la vida por la oportunidad de descubrir este pequeño espacio verde del mundo.

¿Que si ya me acostumbré a la burocracia “à la française”? No, todavía no. La forma en que funciona, todo tan detallado, minucioso, elaborado, simplemente es complejo y duro de roer, incluso para los franceses. Pero ya memoricé (que no entendí…eso es otra cosa) los nombres extraños que los grados escolares poseen en Francia. ¿Que el primer grado de la educación secundaria se llama “sexto” y primero de primaria…CP (course preparatoire…)? Ya no lo reflexiono. Lo acepto y lo repito como perico, que es más fácil. Igual que mi año de nacimiento. A fuerza de repetirlo y repetirlo en francés, ya no pienso en la lógica extraña que los números tienen en este idioma.

Cuando llegué, traía de la mano dos niños pequeñitos que no hablaban francés. Hoy tengo un adolescente “collégien” que lleva excelentes calificaciones, mide más de 20 centímetros más que hace tres años y que disfruta su adolescencia, sus clases de esgrima y la cocina francesa. Hoy, tengo un niño de 9 años que ama tanto a la Bretaña que quiere aprender bretón. Ambos son felices, tienen amigos, conocen de memoria eventos de la historia local y hablan con tal fluidez ambos idiomas que puedo decir que son perfectamente bilingües. Y estamos aprendiendo a hablar alemán (Guten Tag!)

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Cuando llegué, no sabía a qué punto el ver los árboles de mi jardín llenarse de flores en primavera sería como renacer cada año después de los duros meses de frío y lluvias invernales.

Cuando llegué, no sabía cuánto se podía multiplicar la nostalgia cuando allá lejos en casa alguien que amas se va de forma definitiva y tú no estás para decir adiós.

Cuando llegué, amaba a mi bretón, pero hoy, hoy somos compañeros. Él me dio la mano mientras mi bretoncita adorada (que ya casi cumple sus 2 años) llegó a este mundo a iluminarnos con su sonrisa.

Cuando llegué, no sabía lo hermoso que sería escuchar con esa vocecita de bebé, algunas palabras en español, el idioma de mamá.

Hoy salgo de la mano de Manolo, mi hijo mayor, vemos el termómetro y si hace 0°C a medio día, decimos “no hace tanto frío”.

Cambio la ropa en los roperos al cambiar las estaciones.

Renuncié a usar paraguas…la lluvia bretona no es apta. Tengo un bonito impermeable, mucho más efectivo.

Hoy, todos los días por la mañana, me sigo repitiendo la lista de cosas que amo de este lugar, para que me ayuden a tolerar bien las que extraño tanto de mi pueblo allá en México. La piscina pública. La biblioteca. La calefacción en invierno. La facilidad de ser atendido por un médico cuando hace falta.

Ello no opaca que quiera escuchar el ruido de una máquina de hacer tortillas. O sentarme a la luz del atardecer en la cocina de mi tía y tomar un café con ella, acompañado de galletas marías. O escuchar la risa de mi hermana. Pero el resto, las cosas del diario, esas puedo no necesitarlas. Puedo vivir con lo que tengo acá, y ver su belleza. No tengo mangos, tengo frambuesas. No saben igual, pero ambos son deliciosos.

Todavía no aprendo a manejar: pero ya estoy tomando cartas en el asunto.

Sé que si volviera a México podría re adaptarme a la vida allá fácilmente.

Pero también sé que debería pasar algo muy fuerte para hacerme volver. Hoy por hoy, nuestra vida está aquí y seguimos aprendiendo a ser mexicanos en Francia. A no olvidar y a integrarnos al mismo tiempo. No es fácil, pero es posible.

Un brindis por estos tres, y a esperar lo que sigue.

 

Adiós verano

Mi madre vivió seis meses en Londres para estudiar inglés. La becó el periódico para el que trabajaba. Siempre que cuenta la historia de su paso por esa ciudad narra con humor el cómo los londinenses ante el menor aviso de sol, sacaban sus toallas y tomaban el sol aún en los parques urbanos. Hacían días de campo y corrían a los sitios al aire libre. Ahora que vivo en Europa me he dado cuenta de que a ella le da risa porque su paso por este continente fue efímero. Cuando los meses se acumulan y sigues viviendo en esta parte del mundo, aprendes a conocer los largos inviernos. Las noches que inician a las 6 de la tarde y terminan hasta las 9 de la mañana. Las lluvias continuas y constantes de noviembre a abril o mayo. Entonces, te enamoras del verano y sus días de sol.

Y no es sólo porque hay vacaciones largas y maravillosos días largos. Ver anochecer a las 10 y media de la noche es algo mágico. Es simplemente que el sol se hace presente de forma más frecuente y es posible salir más. Disfrutar cosas que sólo pueden vivirse a plenitud con tibieza en el aire y con luz solar. El mar siempre es bello, pero el ver el atardecer sin veinte abrigos y bufandas, pasadas las diez de la noche, es mágico. Y si, dan ganas ridículas de hacer días de campo, y de tomar una cerveza fría (en eso aún no me he afrancesado y no he caído enamorada del vino) en el jardín. Y julio y agosto se llenan de encuentros, comidas al aire libre y días de descanso. Todo eso hace cada vez más duro despedirse del verano.

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No tiene nada que ver con mi fobia personal hacia los días lluviosos. Es simplemente que conforme septiembre transcurre y los días se van haciendo más cortos, el viento sopla más frío y la temperatura desciende, hay muchas cosas que se guardan. Las tardes invitan menos a la convivencia y más a permanecer en casa, sólo en familia. No es malo. Es diferente.

A mi me gusta la luz del sol. Los días calurosos, las sandalias, las bebidas frescas y los helados a la orilla del río me hacen feliz.

Puedo imaginar por qué los antiguos habitantes de estas latitudes poblaron las noches de brujas y hombres lobo. Hay que quedarse, sin casi ninguna fuente de luz, esperando la luz por tantas horas. Lo oscuro invita a la imaginación, intimida e impone respeto.

Con el fin del verano llega la vuelta a clases y nuevos ciclos.

En nuestro caso, estamos descubriendo la secundaria “a la francesa”: el collège. Mi hijo mayor ya no es un niño y eso es emocionante.

Pero toda la emoción de los nuevos comienzos no me es suficiente. Quisiera que la tibieza del sol siguiera acompañándome mientras trabajo, como lo hace en los inviernos gélidos pero soleados del Altiplano Central de México. Ese toquecito de nostalgia me calienta el corazón, pero no iluminará mi escritorio con la maravillosa luminosidad del sol veraniego.

Adiós verano. Gracias por esos momentos maravillosos y hasta el año entrante.