¿Por qué quiere usted ser francesa?

Cierro los ojos y me parece imposible.

Ya hace cuatro años que vivo aquí, en un rinconcito bretón de Francia.

Parece increíble que en estos cuatro años hicimos crecer nuestra familia (Emma, mi bretoncita, está por cumplir tres años), construimos una casa, fabricamos una vida en muchos idiomas.

En estos cuatro años he tenido también la suerte de encontrar un lugar en el corazón de gente maravillosa que me permite formar parte de su vida: personas que me han demostrado que la gente buena (evidentemente) existe en todos lados.

En estos cuatro años también he pasado por momentos en que quisiera cerrar los ojos y reaparecer en mi lugar de origen. En donde todos hablen el mismo idioma que yo y sólo exista una “e” y no veinte mil.

Pero acá estoy.

Y como yo traje a mis hijos a vivir en este sitio y ellos se han esforzado tanto por ser parte de él, por amar al bretón que nos ofreció ser parte de su vida,  ya no hay vuelta atrás. Incluso en el peor de los casos, y que mi relación con el bretón se deslavara y terminara, yo ya no me puedo simplemente regresar a México. Tengo un adolescente plenamente adaptado al sistema escolar francés y otro que está pisándole los talones al “collège” (la secundaria). Ellos tienen un grupo de amigos, su credencial de la biblioteca y un gran amor por la Bretaña y su clima gris y sus largos inviernos.

También es verdad que mi firma está en cada una de las páginas del préstamo hipotecario que nos permitió construir nuestro hogar.

Y hay más.

En este lugar construí mi familia con parchecitos de acá y de allá.

Y al final, en el día a día, pasa muy bien. Hay dos o tres personas que se ríen de mi acento o que nos dicen cosas fuera de lugar, pero no son la mayoría.

Somos una familia reconstituida y no le sorprende a nadie. En la secundaria donde estudia Manolo, he visto cómo los profesores le dan la misma atención a un niño con dificultades que a uno que lleva buenas notas. A uno con un apellido bretón de pura cepa y a uno con un apellido turco o español.

De alguna forma extraña, a sabiendas que nunca seré verdaderamente una más por estos lares, formo parte. De un colectivo de personas que no son todas nacidas acá pero aman este lugar.

Y es por ello, y por la conciencia de que acá voy a pasar muchos años. Años en los que voy a trabajar, reir y llorar aquí. A comer, convivir y ayudar. A vivir simplemente… que me animé a hacer el trámite y demandar la doble nacionalidad.

Es, como cualquier trámite burocrático en cualquier parte del mundo, un papeleo largo y tortuoso.

Coronado por una visita de la gendarmería a mi casa y una entrevista personalizada en la prefectura.

Y justo el día que el gendarme vino a casa, yo estaba trabajando, con la aspiradora a medio pasar y Emma con su tiradero de juguetes en la sala. Cien por ciento auténtica vida normal y cotidiana de una familia.

Y me preguntó “¿por qué quiere usted ser francesa?”

Yo había preparado un gran discurso. Sólo me salió decir, con los nervios del momento “Porque ya parí aquí. Porque amo a mi marido y quiero pasar muchos años con él. Porque mis hijos aman este país”.

Y ahí es donde el gendarme me corrige diciendo “Aman la Bretaña más que Francia. Yo tampoco nací aquí, soy del este del país. Pero uno no sólo nace bretón: uno llega a ser bretón”. Al final me deseó buena suerte, acarició a mi gato Tequila y le dedicó una gran sonrisa a Emma.

¿Saldrá bien el trámite? No sé. Pero me siento muy contenta conmigo misma.

Porque después de cuatro años, ya tengo paz.

No somos ricos ni una familia perfecta, pero sé que hoy por hoy, es aquí donde quiero estar.

Que le vendría bien un poco de sol a mis días invernales: sin duda alguna.

Que extraño mi pueblo mexicano con cada fibra de mi corazón: también es verdad.

Pero no cambio la vista de mi ventana, con los perales y manzanos que mi bretón cuida con tanto cariño por ninguna otra.

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Símbolos

Recuerdo muy bien que mi mamá me contaba que cuando vivió en Londres, becada por su trabajo para estudiar inglés, lloraba cuando veía la bandera mexicana.

Así que cuando me fui a vivir a Buenos Aires, tan lejos de mi ciudad, de mi gente y un poco de todo, esperaba tener esa reacción patriótica y nostálgica. Y no pasó. Vi la bandera fuera del consulado mexicano y no hizo vibrar las fibras de mi nostalgia.

Sin embargo, sí que vibraron cuando un equipo de fútbol mexicano viajó a Argentina a disputar un encuentro de la Copa Libertadores y los entrevistaron en la tv argentina: todo el equipo echó una porra. Ahí sí que me solté a llorar a lágrima viva.

La verdad es que nunca he sido una persona muy amante de la bandera nacional. Rechacé tener un lugar en la escolta cuando estuve en la secundaria y la directora pensaba que era un trauma porque estaba pasada de peso. O que petenecía a una religión en que me prohibían participar de este tipo de actos cívicos. Ni una, ni otra. Simplemente no me siento representada, lo que más amo de mi tierra no está en un lienzo. El escudo de la bandera mexicana es otra historia. Me gusta. Habla de cosas antiguas, de creencias anteriores, de nuestra conexión con esa tierra que nos vio crecer.

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Me gusta mucho que en ese escudo hay un nopal. Ese nopal tan genéricamente llamado “cactus” acá en tierras francesas. Sé perfectamente que es una planta cactácea, pero es como  llamar “árbol rosáceo” a un manzano. Esa planta que me rodeó en el campo hidalguense al crecer, que comí en deliciosas ensaladas, que es tan nuestra. Aquí en mi casa bretona, al lado de mi escritorio de trabajo, tengo un pequeño nopal que es feliz de recibir mucho sol a través de la ventana. Símbolos.

A veces parece que sólo estamos buscando pequeños elementos que nos representen. Que vayan más allá de lo que son físicamente y en su significado, nos abracen como pueblo y nos acompañen cuando estamos lejos. Para muchos puede ser una bandera, para mí es una calavera artesanal y un nopal. Me siento acunada dentro de la silueta de esos sencillos objetos y de alguna forma, me ayuda a reafirmar mi identidad, la que me da la cultura en la cual crecí.

Los bretones son muy simbólicos también. Cuentan con su bandera, su escudo de armas y su idioma. Tienen su gastronomía y tienen los triskeles, omnipresentes en toda la Bretaña, y que hablan del pasado, la historia y un poco también del presente de este pequeño rincón francés del mundo.

La primera vez que vine a Francia, cuando acepté que mi futuro apuntaba hacia estas tierras, por muchas razones vine sola. Mis dos hijos mayores me esperaron en México. Junto con un trabajo que me estresaba, una casa que tenía que arreglar y una relación tensísima con el padre de mis hijos. Problemas. Así que mi bretón me regaló un pequeño triskel de plata que aún hoy cuelga de mi cuello. Y me dijo que cada vez que sintiera que estaba sola contra esos problemas, lo tomara entre mis manos y él estaría conmigo.

De esa forma, un símbolo cultural bretón se convirtió en uno de nuestro amor.

Cuando pasé el examen de francés que me permitió tener mi primer visado de larga estadía en Francia, la examinadora lo vió colgando de mi cuello y me dijo “¿ya un poco bretona?”.

Nopales, triskeles, mexicana que vive en Bretaña.

Escribiendo una historia paso a paso, símbolo a símbolo.