Encerrados

Hace cincuenta días (¿cincuenta y dos?) que mis hijos no salen de la casa.

Yo, he salido 3 veces.

Los días tienen un tinte homogéneo y extraño y todas nuestras costumbres cotidianas están un poco revueltas.

La experiencia de vivir todo esto de la pandemia y la cuarentena tiene sin duda un gran carácter irreal o surreal… no estoy segura.

A finales de febrero, mi familia y yo decidimos (a pesar de que no era, financieramente hablando, la mejor idea), hacer el viaje a Roma que planeábamos hace años para festejar los 15 años de Manolo, mi hijo mayor.

Cuando compramos boletos, reservamos alojamientos e hicimos un itinerario detallado para hacer un auténtico viaje de bajo presupuesto, las palabras “coronavirus” y “CoVid 19” eran algo lejano y que parecía residir sólo en China.

Pero justamente el fin de semana que nosotros salimos hacia Roma, todo explotó en Europa. Nosotros nos enteramos de cómo la situación estaba saliéndose de control en el norte italiano justo cuando llegamos al aeropuerto romano.

No puedo decir que no estaba preocupada, pero la verdad es que la sombra del virus no empañó demasiado ese viaje maravilloso que merece que le dedique, en otro momento, una narración aparte.

Pero conforme la semana avanzaba, el miedo de tener problemas para volver a Francia me empezaba a trepar por las entrañas.

La realidad fue todavía más sorprendente: al llegar al aeropuerto en París no pasamos por absolutamente ningún control. De hecho, dos horas antes que nuestro avión, había aterrizado otro proveniente de Lombardía, la región más afectada por la epidemia en Italia. Y lo único que vimos en el aeropuerto fueron sencillos panfletos recomendando lavarse las manos.

Volvimos a casa muy cansados, desconcertados y con temor. Yo estoy terminando mi primer ciclo lectivo como profesora en una Universidad y tenía miedo de que el llegar de Italia me pasara a cuarentena forzada y que perdiera el empleo.

Pero no llegamos a eso.

El domingo 1° de marzo, mi pueblo bretón fue declarado en cuarentena.

Resulta que al mismo tiempo que en el este de Francia, había un pequeño nido de contagio aquí en los municipios de mi zona. Doce casos que alertaron a las autoridades y se fueron cerrando escuelas en las zonas circundantes en los siguientes tres días. Si bien la Universidad en la que trabajo no cerró, todos los profesores que vivimos en esta zona nos quedamos en casa para evitar contagios.

En la fábrica donde trabaja mi marido, sus compañeros le pidieron que fuera al médico antes de volver al trabajo, para “comprobar” que no venía contagiado de Italia. Medida que probó ser absurda, puesto que días después incluso el municipio en que está ubicada la fábrica formaba parte del foco de contaminación y estaba parcialmente en cuarentena.

Dos semanas después, el resto del país nos alcanzó y entramos en un periodo de cuarentena estricto.

La fábrica cerró por tres semanas, justo después de que el presidente francés anunciara la cuarentena más severa.

En ese periodo, tres de las amigas mexicanas que he hecho acá en Francia estuvieron contagiadas de la enfermedad, con diversos grados de gravedad. Para una de ellas, fue una experiencia que cambió su mirada hacia la vida en el extranjero y ha decidido volver a México.

La forma en que ella describe lo que sintió al estar enferma, es realmente aterrador. Pensar lo cerca que estuvo de morir, ella que tiene un nenito de la edad de mi Emma. Y es una chica joven, con buena salud y una actitud excelente ante la vida. La enfermedad, no discrimina.

Y mientras, mis hijos y yo, encerrados.

Manolo está en último año de “collège”, el equivalente a la secundaria en México.

A fin de ciclo, se suponía que iba a pasar un examen que le daría, promediando con las competencias adquiridas en los últimos tres años, su certificado de secundaria. Desde principio del año escolar, los profesores martillan sin cesar sobre la importancia de este examen como “preparación” a la fuerte carga de trabajo que los espera en el bachillerato. Así que en estas semanas de escuela en casa, la carga de trabajo ha sido consecuente con este martilleo. Matemáticas, Francés, Historia… Y si bien es un chico autónomo que tiene excelentes calificaciones, yo he intentado estar ahí con él, jugando un rol de profesora, para darle una impresión de que está aprendiendo temas nuevos y no sólo haciendo cantidades ingentes de tarea. Porque es eso, todo esto de la escuela en casa no es mucha tarea, es hacer el trabajo y tener más o menos los aprendizajes que tenían en la escuela.

Al mismo tiempo, he intentado dar el mismo acompañamiento a mi niño de en medio: mi Antón que siempre siente que no le hago igual de caso que al mayor y a la menor. Es fabuloso ver cómo aprende y cómo desarrolla una  gran autonomía. Espero esta experiencia lo prepare para los años que vendrán.

Y también, he tenido que ayudar a Emma, esa nena tan curiosa que ya aprendió a leer en español sin estudiarlo para nada en la escuela, a no sentir el peso de la responsabilidad de entretenerse sola todo el día. Dibujos, pinturas, cuentos… ¡qué suerte que no estoy sola! Sus hermanos mayores me han ayudado muchísimo, como siempre desde que ella llegó a esta familia.

Por supuesto, todo esto al mismo tiempo que he tenido que modificar todos mis cursos para impartir clases en línea, a cinco grupos diferentes (tres en español y dos en inglés), calificar trabajos (he recibido más de 500 correos electrónicos de mis alumnos en estas semanas) y obvio, cocinar dos veces por día para toda la familia.

Obvio que todo esto lo hacemos desde un sitio privilegiado: tenemos internet, tenemos un jardín, tenemos espacio… no por eso no estoy agotada. No estoy harta, sino físicamente exhausta.

Y todo es tan raro. Desde que mi marido volvió a trabajar, el único parámetro temporal que tenemos es que sábado y domingo papá no está temprano. Los otros días se han homogenizado y los muchachos y Emma extrañan mucho salir, hablar con sus amigos, tener su vida a parte.

Han compensado: Antón se ha metido a fondo en el aprendizaje de un lenguaje de programación, despacio y a su ritmo, pero de forma continua. Manolo le da rienda suelta a su nueva obsesión: aprender sobre la cultura rusa y eslava en general (lo que se ha traducido en que ahora cocina platillos eslavos deliciosos…). Emma ha armado legos y se portó estoica festejando su cumpleaños sólo con nosotros alrededor y cero amiguitos. Todos nos hemos dedicado a aprender o mejorar idiomas vía aplicaciones en el teléfono.

Y sólo caminamos aquí en el jardín.

El único que sale es mi marido y cuando llega, se higieniza de pies a cabeza.

Con sus papás, que viven a dos cuadras, sólo habla por teléfono.

Los días de sol en Roma parecen muy, muy lejanos.

Este año ha sido tan raro.

Y seguimos. Mi año lectivo termina esta semana, así que por lo menos estaré menos abrumada en ese sentido.

En México, la cosa no está mejor. Y la angustia diaria de saber cómo está mi familia es algo constante en el fondo de mi cabeza.

Así como la certeza de que no tengo opinión sobre lo que está pasando y eso me genera muchísima ansiedad. ¿El encierro era necesario, y las pruebas…y las máscaras? ¿Por qué en México ya tienen máscaras y acá no? ¿Qué de lo que leemos es verdad y qué no? ¿Me informo, me abstengo de informarme? ¿Por qué hablar con quienes considerabas amistades se vuelve tan difícil? Ideas y teorías y respuestas, hipótesis y datos. Todo da vueltas en mi cabeza. Lo único que sé es que no quiero que mis hijos se enfermen, o mi marido que es taaaan delgado que con una anestesia local se descompensa y tiene un bajón de presión arterial peligroso. Ni mis suegros. Ni mis vecinos que tienen más de 80 años y que diario trabajan en su jardín (y sus plantas de papa están ya más grandes que las de mi marido). Pero tampoco quisiera que nadie más muriera asfixiado y solo.

Y de lo que estoy segura es que es la gente que menos tiene la que más está muriendo en todas partes. Como siempre. Pero asfixiándose y con dolor. Un clavo más duro en el ataúd.

Entonces, me quedo encerradita.

Contando mis privilegios, descansando en los ratos que este ritmo frenético me deja y refugiándome en mis libros, como siempre.

Tratando de mantener la angustia y la ansiedad a raya. Un día a la vez.

Aventura

La vida me agarró con sus dos manos y me ha sacudido bastante. Las cosas pasan y pasan y de pronto es difícil seguir el ritmo.

Diciembre llegó con prisa y con él, llegó el día en que mi mamá y mi tía llegaron desde México para pasar las fiestas con nosotros.

Quiso el destino que la huelga de los ferrocarrileros franceses, en pie de lucha contra la reforma del sistema jubilatorio, estuviera en la cúspide de su fuerza el día que llegaron. No había tren. Tuve que irme a París a recuperarlas al aeropuerto en un coche compartido y después cruzar la mitad de la ciudad a pie por la huelga que también afectaba al sistema del metro parisino.

Pero llegué. Con tiempo. Y tuvimos la suerte de encontrar un tren que nos acercara a la Bretaña (ojo que en coche, por la autopista, son unas 5 horas de trayecto contra menos de 3 en tren). Y pasamos tres semanas maravillosas, paseando bajo cielos grises y días húmedos, jugando juegos de mesa y comiendo galletitas. Mis hijos se llenaron del amor de sus abuelas y yo atesoré cada segundo de sentirme acompañada y querida como cuando era una niñita.

Y llegó el día del regreso.

Y nada me habría preparado para el caos que resultó.

El tren directo que sale de mi pueblo bretón al aeropuerto internacional Charles de Gaulle fue anulado por la huelga.

Así que tomamos un tren que hiciera el trayecto Rennes-Montparnasse (en pleno centro parisino). Tuvimos que salir en coche de casa a las 4 de la mañana. Mi bretón nos dejó en la estación de tren de Rennes poco después de las 6 de la mañana. Sin problemas, llegamos a Montparnasse. Y de ahí, idealmente, debíamos tomar un autobús especial que hace el trayecto al aeropuerto. Que idealmente sale cada media hora. Pero el que habíamos previsto tomar, nunca llegó. Esperamos más de una hora por el autobús. Y llegamos al aeropuerto 15 minutos después de que se cerrara la posibilidad de hacer el check-in. Perdieron su vuelo.

Quiero aclarar que el autobús especial es gestionado por una empresa privada, y que no participa de la huelga. Fue incompetencia y falta de comunicación por parte de la empresa. Que viendo que había demasiado tráfico no fue capaz de enviar otro autobús.

En fin, que ahí estaba yo, con mi tía, mi mamá y 2 maletas enormes en el aeropuerto más transitado de Europa. Sin boletos.

Mi bretón a horas, sin teléfono funcional.

Me dirigí al mostrador de la compañía aérea y esperé en una fila llena de gente desesperada por más de una hora. Al momento de pasar (15 minutos después de que el avión que se suponía que ellas tenían que haber abordado había despegado), me dijeron “los boletos se perdieron”. Son boletos tan caros. Me temblaban las piernas.

La chica muy amablemente me explicó que lo que podía hacer era venderme boletos a una fracción de su precio. No había de otra. Mi mamá me salvó la vida pagando su propio boleto, así que yo sólo pagué el de mi tía.

La cuestión es que el vuelo salía al día siguiente. Y estábamos ahí, cansadas, asustadas y con hambre.

Traté de respirar y pensar.

Fui a la oficina de turismo del aeropuerto y el hotel más barato que me proponían era de 170 euros por habitación por noche.

No gracias, acabo de pagar dos boletos de avión al otro lado del Atlántico que no había previsto comprar.

Qué hago, qué hago, qué hago.

smart

Mi cabeza retumbaba, tenía ganas de llorar, de sentarme y llorar.

Pero pensé que si hay algo que he encontrado en estos años en Francia es gente linda.

Y justo una querida amiga también vive en región parisina y es una experta en viajes ahorrativos y buenas ideas.

Me comuniqué con ella para pedirle consejo, y ella me ofreció su casa.

Con la tranquilidad de tener dónde dormir, consigné las maletas en el aeropuerto, comimos y fuimos a visitar París.

Mi madre estaba radiante mientras caminábamos al borde del río Sena.

Mi amiga no sólo nos acogió, sino que nos arropó con sonrisas y pudimos descansar y regresar al aeropuerto muy temprano al día siguiente.

Tomamos metro y tren y metro y todo.

Llegamos muy bien.

Pero había un problema con el check in de mis muchachas.

Qué pánico.

En mostrador, otra chica muy amable me explicó que era porque fue una compra de última hora.

Que no había problema.

Eso y me dejó pasar las maletas sin re-pagar el costo.

Y me recomendó que llevara a mis muchachas al servicio de ayuda a personas con problemas de movilidad.

Y así se fueron, en sillas de ruedas, tranquilas, cuidadas.

Y yo me quedé con un agujero físico en el pecho.

Me sentí tan sola, en una ciudad extraña, lejos de todo lo que conozco y quiero.

Pero me senté derecha, esperé hasta que despegó el avión y después volví a cruzar la ciudad.

Nuevamente un trayecto en coche compartido, un regreso tranquilo y una felicidad enorme en el momento que vi el cartel “Bienvenidos a Bretaña”.

42 horas después, me volví a fundir en los brazos de mi bretón y dejé salir las lágrimas.

De nervios, de miedo, de nostalgia, de cansancio.

Y me sentí en casa. De nuevo.

No por estar en las paredes de mi casa física. Por estar en sus brazos.

Cómo se acostumbra uno a tener quién te cuide la espalda.

Cómo puede uno salir más fuerte de cada aventura.

Las muchachas, mi tía y mi mamá, llegaron bien a México.

Ya están nuevamente a 10 mil kilómetoros de distancia.

Pero mi casa está llena de su presencia, mis ojos, mis oídos, mi memoria.

Y ya estamos planeando una nueva visita.

Gracias

Estos últimos meses han sido en cierta medida como un sueño.

He estado muy ocupada. Trabajar fuera de casa después de casi seis años de pasarlo trabajando desde una computadora en mi propio hogar ha implicado un cambio de ritmo significativo, aunado al ya ajetreado trajín que una casa con 5 personas representa.

Pero tengo que detenerme 5 minutos y dar las gracias.

¿A quién? No sé, ¿a mí?, ¿a la vida?, ¿a Francia?

La cuestión es que todo es tan surreal que no sé hacia dónde dirigir mi gratitud.

La vida nunca es perfecta. Mi vida no es perfecta. Lejos de eso.

Dentro de mí vive una melancolía increíble y una tristeza que no se desvanece con los años. Al contrario, esa tristeza crece y ocupa un lugar enorme dentro de mi corazón, mi cerebro, mi vida. Pero a su lado, hay una tranquilidad y una paz que hace años no creí que fuera posible encontrar.

Vine a este lugar para construir una vida en equipo con mi bretón. Y lo estamos haciendo. Lo hacemos todos los días, y tengo que decir que vivir con un compañero que cuida mi espalda todo el tiempo es mucho más fácil que vivir sola. Criar hijos a su lado es mil veces menos estresante. Es él el que ayuda con las tareas de matemáticas, el que camina bajo la lluvia para acompañarlos al cine, y juntos hacemos muchísimas cosas más al lado de nuestros adolescentes y nuestra chiquita. Es un placer tenerlo como compañero. Además, me quiere, lo quiero, y nos la pasamos genial.

Mis hijos mayores, que llegaron a este país con 6 y 9 años han llegado al punto en que han aceptado su doble nacionalidad. Siguen orgullosos de ser mexicanos y también quieren a Francia, sienten compromiso con este lugar que los acogió de forma tan maravillosa. Y tienen proyectos. Viven. Sonríen.

Mi chiquita, mi Emma de 4 añitos es un sol en nuestra vida. Vínculo de sangre con todos los que viven en esta casa, es una niña curiosa y fuerte, que ama las estrellas y los astronautas. Sueña con el espacio y los planetas. Y sonríe tanto que parece absurdo.

¿Y yo?

¿Dónde cabía yo en esta dinámica tan funcional? ¿Sólo aceitando los motores para que todo funcionara? No me molestaba en lo más mínimo.

Pero no sabía de lo que me estaba perdiendo.

Salí, lo intenté y encontré un lugar genial.

Regresé a las andadas, volví a la docencia, y me di cuenta que es algo que vive tan dentro de mí que sería difícil dejarlo por completo.

Mi pasión en la vida es contar historias, y dar clases es el sitio perfecto para darle rienda suelta a mi amor por tejer historias de forma oral.

Y no sólo doy clases.

Hay una de mis clases que gira entorno a la literatura fantástica, que es otro de mis grandes amores en la vida. Son los libros fantásticos los que han actuado como salvavidas en los peores momentos de mi vida. Cuando me hundo, siempre hay un libro que me salva.

¿Qué tan fantástico puede ser compartir todo esto con un grupo de personas que quieren aprender al respecto? ¿Y además tener la oportunidad de hacerlo en inglés, un idioma que siempre me ha sacado de apuros en la vida y por el cual tengo un cariño que parece que fuese un amigo que me ha acompañado desde chica?

Además, mis alumnos me sorprendieron gratamente.

Pusieron atención. Leyeron libros que superaban lo que habían leído en un idioma extranjero en su vida entera. Y la retroalimentación en clase fue fabulosa.

En la última clase del semestre, les agradecí con el corazón por haber trabajado tan bien y por haberme permitido disfrutar de compartir teorías literarias y cosas que adoro con ellos. Y por los trabajos tan bien hechos que me entregaron. ¿Cómo respondieron ellos? Me aplaudieron. En años y años de docencia, es una respuesta que nunca había tenido. No miento si digo que casi lloré. Toda la experiencia fue como salida de un sueño.

¿Qué probabilidades había de que yo allá en mi pueblo hidalguense conociera a mi bretón y decidiera atravesar el mundo para estar con él? ¿Y que estando aquí viviera a 20 minutos de una universidad en que se impartía esta clase? ¿Y que justo yo llegara a dejar mi solicitud de empleo cuando la profesora que daba ese curso estaba por dejar la universidad?

No sé.

Magia.

Todavía estoy tratando de digerir todo esto.

Y asignarle a esta experiencia un lugar en mi corazón y mi memoria.

Y seguir.

Que seis años no es nada, y el 1° de enero empezamos nuestro séptimo año en Francia. Así que para atrás, ni pa’agarrar impulso decía mi papá. Siempre para adelante.

¿El año que viene podré volver a impartir esta asignatura? No lo sé. Ojalá. Pero ya lo hice y la experiencia es una que atesoraré con gran cariño.

Tarde

En la sociedad francesa hay una sensación, una serie de estándares no escritos que todo mundo “tiene” que cumplir antes de llegar a cierta edad.

Obviamente, muy poca gente cumple con estos lineamientos. Eso es lo loco, que a pesar de que son metas que no se corresponden con la realidad actual (quizá…quizá eran más coherentes en los setentas), siguen existiendo.

Acá en Bretaña por ejemplo, ¿quién aprende a manejar en la autoescuela y pasa su examen de manejo? Pues los jóvenes. A los 16 años ya pueden pasar el examen teórico, hacer el mínimo de horas de clase con un instructor y después pasar dos años con lo que acá llaman “manejo acompañado”, es decir, manejar siempre con un adulto responsable al lado. ¿Resultado? A los 18 años tienen su flamante licencia de conducir.

Otra cuestión es la de decidir qué vas a hacer con tu vida.

En el último año de la secundaria, los chicos se ven presionadísimos por decidir. Que si son “buenos” para la escuela, tienen que seguir un bachillerato general y estudiar carrera universitaria. Que si no, que ya, que se vayan a aprender algo técnico.

A los 14 años, ni acá ni en China las personas están listas para decidir su futuro.

Pero hay tanta presión, por hacer las cosas a tiempo. Por empezar a trabajar y cotizar para la jubilación. Comprar una casa. Tener una familia.

Clarísimo está que muy pocas personas siguen esta receta para la “felicidad occidental”. Pero al existir la presión social, hay mucha gente que se siente al borde del fracaso por haber seguido una ruta diferente, paralela, tangencial…

Hay que tener una verdadera fuerza mental para llevar tu vida de una forma diferente y no sentir la necesidad de justificarte por tus elecciones tardías, por haberte equivocado y enderezar el rumbo después, por haber decidido dar una vuelta grande antes de asentarte y establecerte. He conocido gente así y ha sido un verdadero placer. Originales, valientes y contentos con la ruta que han tomado.

Porque otras personas, a pesar de no llevar la vida de receta y de tener una vida satisfactoria y con todo para ser felices, se sienten mal por estos “desvíos”, estas “tardanzas”. Y sufren por la presión de avanzar en línea recta hacia un piso superior que nadie sabe lo que promete.

Y luego estamos nosotros, los migrantes que llegamos ya adultos a este país.

Y que comparando nuestra vida con esta receta de la felicidad inexistente “a la francesa”, en vez de hacer un omelette, hemos hecho una especie de pastel tres leches picante.

Llegamos tarde.

Tarde para hacer la inserción profesional o en el mundo laboral.

Tarde para hablar correctamente el idioma.

Tarde para hacer amigos cuando todo mundo tiene sus amistades desde la niñez.

Tarde, carajo, hasta para aprender a manejar.

Pero hay una gran libertad en este haber llegado tarde.

Porque la meta, esa no la vamos a alcanzar “en tiempo y forma”.

Entonces, desde ya, no participamos de la carrera.

Yo me siento increíblemente libre. Voy a mi propio ritmo, despacito, bailando y deteniéndome a oler las flores al borde del camino.

No tengo prisa porque de cualquier forma, estoy haciendo las cosas a mi tiempo y en cierta medida, en mis propios términos.

Ya estoy 20 años tarde para haber obtenido mi licencia de manejo “a tiempo” (aunque haya muchísima gente que la saca tan tarde como yo, y franceses de pura cepa).

Entonces me estoy tomando el tiempo de no sólo aprender a manejar, sino de aprender a disfrutar manejando.

¿Qué me va a pasar? ¿Que pase otro invierno mojándome y caminando en el lodo porque no existe el tranpsorte público acá en mi pueblo? Pues ni modo, uno más, uno menos, qué le hace una raya más al tigre. El día que maneje mi coche, lo voy a hacer porque yo me siento lista y punto.

Y me estoy tomando el tiempo de encontrar un sitio que profesionalmente me convenga a mí y a mi familia.

¿Qué va a pasar si me equivoco? Nada, igual ya tengo 40 años. La jubilación ya no la alcanzo.

Y a pesar de que no he logrado (ni creo que logre nunca) calmar a los fantasmas y las voces que viven en mi cabeza, estoy más cómoda conmigo de lo que había estado en la vida.

Encontré mi ritmo, y tiene música y canciones.

Tiene colores y no sigue un camino recto.

Así que tarde, pero sin prisa.

Así bailo el baile de la vida a la francesa.

 

 

Cambios

Hay periodos en la vida que son como versiones aceleradas de lo que cotidianamente es nuestro ir y venir en este mundo. Como si todo se concentrara y pasaran muchas cosas a la vez. Mi segundo año en Francia fue así. Terminamos de construir nuestra casa y empezamos a vivir en ella. Nació mi Emma, mi chiquita bretona. Tuvimos la posibilidad de ir a México juntos, los cinco.

Después, las cosas se “tranquilizaron”. Mis muchachos siguieron avanzando en la escuela, yo seguí con mi trabajo como freelance para una empresa española, mi hija crecía. Obviamente que hubo sobresaltos, cosas extraordinarias tanto bellas como horribles (sobre todo el deceso de mi tía), pero en general, las cosas fluían.

Este año no ha sido así. Muchas cosas que pusimos en movimiento hace tiempo empezaron a sentirse reales y de pronto pasaron muchas cosas.

Empezamos el año con la declaración de la nacionalidad francesa. Un papelito simple que llegó en enero por correo, avisándonos que los tres (mis dos hijos mayores y yo), ya podíamos considerarnos legalmente franco-mexicanos.

De ahí vino la escalada de papeleo para tramitar cédulas de identidad y pasaportes franceses para los tres. Cambiar documentos a diestra y siniestra en los que yo estaba inscrita como extranjera. Burocracia.

Después vino la cirugía de Manolo, mi hijo mayor. Mis hijos normalmente son muy sanos, pero de pronto una hernia, papeles, hospitalización, cirugía. A pesar de que fue algo sencillo, una cirugía en la familia se vive como algo muy intenso. Esa enfermedad me permitió, además, poder descubrir hasta qué punto es interesante tener una cobertura médico-social que funciona. No voy a decir que el sistema de seguridad social francés es perfecto, pero es mil veces más tranquilizante y utilizable que lo que una familia de no muchos recursos tiene en México.

Entonces, gracias a una serie de afortunadas coincidencias y peros burocráticos, tuve una conversación interesante y sanadora con una hermosa persona. La traductora que ha traducido todos mis papeles (desde hace seis años cuando me casé), me preguntó cuál era mi proyecto profesional. Yo estaba ya muy cansada del trabajo freelance. El estrés de trabajar sin tener una certeza laboral, sin saber si la semana entrante aún tendría trabajo, aunado a que el pago estaba muy por debajo del estándar francés y europeo, me tenía realmente agotada.

Y desde hacía tiempo maduraba la idea de regresar a la docencia. Mis años como profesora de inglés fueron geniales. Si bien las condiciones laborales allá en México, como profesora en una escuela particular, tampoco eran maravillosas, el hecho de trabajar con adolescentes es algo que me hace sentir que hago algo. Que mi trabajo sirve para ayudar, para construir socialmente. Y como las instituciones escolares de las que mis hijos han formado parte aquí en Francia me han dejado un excelente sabor de boca por su inclusividad y trabajo de integración de alumnos con orígenes muy diferentes, estaba decidida a dar el paso y volver a intentar trabajar como profesora. Así se lo comenté a la señora traductora. Y ella me respondió que por qué no lo intentaba en la universidad. Que ella había trabajado más de veinte años en una universidad privada no lejos de mi casa y que ahí siempre estaban ávidos de contratar hispanoparlantes para dar clases de español.

Así que actualicé mi Currículum Vitae, y lo llevé, cobijado con una carta de recomendación de la traductora. Y oh sorpresa, apenas una semana después me llamaron para que cumpliera con un reemplazo urgente de dos meses.

Y heme ahí, dando clases en la universidad.

Y me di cuenta que quizá era el momento de dejar mi trabajo freelance, que si bien me había dado muchas satisfacciones y aprendizajes, me estaba agotando y ocupando mi tiempo y mi mente.

Gracias al tiempo que gané (aunque extrañando los recursos económicos que perdí al renunciar), me concentré a tiempo completo en aprender a manejar.

Todavía no pasé el examen de manejo, pero remonté mis reticencias y ahora estoy siguiendo un programa de “manejo supervisado” con mi marido, después de haber aprendido (con mucho trabajo y paciencia) a controlar la palanca de velocidades y a manejar.

Esta reestructuración de mi tiempo, me permitió concentrarme en seguir buscando opciones laborales, en construir un proyecto profesional, en darme tiempo para pensar en lo que yo quiero hacer con mi vida.

Afortunadamente, todo salió bien con el reemplazo y ahora en septiembre tendré 4 grupos (uno de inglés y 3 de español) en la Universidad.

Y seguiré buscando cómo acomodar mejor mi vida laboral, para tener un sueldo decente y que mi familia disfrute una vida más tranquila.

Además en mayo, Manuel (mi hijo mayor), se fue a hacer un intercambio a Alemania. Lo vi tomar un avión él solo, y enfrentar la vida en otro país. Las cosas no salieron de la mejor forma, y el chico alemán no quiso pasar su tiempo acá como correspondía. Pero Manolo pasó un mes y medio de aprendizajes y retos en Alemania, y volvió a casa mucho más grande y maduro.

Mis hijos crecen.

Yo encuentro poco a poco un lugar para mí en este lugar tan lejos de mi hogar.

Mi proyecto en Francia ya no es sólo la hermosa familia recompuesta que fabrico día a día junto a mi amado bretón.

Cambios.

Que sigan llegando.

Una lista

En esta especie de diario electrónico de mi vida como migrante mexicana en Francia, muchas veces escribo sobre cosas “profundas”, sobre diferencias y semejanzas de la vida entre mi país de origen y el país en el que vivo hoy en día.

Hoy tengo más bien ganas de escribir sobre las cosas más simples. Esas cosas que me encantan de mi día a día en mi pueblito de la Bretaña francesa y que me ayudan a convencerme, todas las mañanas, de que no haga mis maletitas y me eche a correr de regreso pa’ mi cerro.

Tengo una especie de mantra, una lista que me repito y me repito, diciéndome que si bien existe esa otra lista de cosas que extraño hasta que duele, está esta lista, la de cosas chiquitas que hacen de mi cotidianidad algo agradable y divertido.

  1. Amo vivir cerca de los árboles, del verde, los bosques y la naturaleza. La Bretaña no es la región más densamente poblada de Francia, y acá en el sur de la península bretona, aún menos. Nuestras “ciudades” no son enormes, y si a eso le sumamos la humedad del ambiente, eso da como resultado amplios espacios verdes que se extienden por todas partes. Nunca había disfrutado tanto de caminar a la sombra de los árboles. Ahora hasta reconozco los robles, los castaños y los avellanos. Quién diría.
  2. El mar, el mar, el mar. Yo crecí lejos de la playa, de ríos caudalosos, vaya, el único lago que tenía cerca era el de Chapultepec. Visitar el mar en todo momento del año es un placer.
  3. El agua. Más allá de las discusiones sobre si tiene algún u otro químico, el agua por acá es realmente potable. ¿Tienes sed? Toma tu vaso y llénalo directamente de la llave. Un privilegio absoluto.
  4. Mi tetera eléctrica. Yo que crecí con mi café soluble en la cocina de mi abuela, amo la idea de la tetera eléctrica. No tengo que usar la estufa para calentar mi agua y poder tomar mi cafecito mañanero o mi té de la tarde. Quiero exportar a México y que todo mundo comparta mi amor por este sencillo electrodoméstico.
  5. El aislamiento térmico. Cada vez que en verano me quejo del calor, la gente me dice “pero en México hace más calor”… pues sí, pero no en los alrededores de Pachuca. Mi pueblo hidalguense es más bien frío, el viento sopla todo el año. Los inviernos son fríos con ganas. En mi casita hacía tanto frío en enero que veíamos nuestro vaho mientras cenábamos. Mi tía y yo habíamos puesto una especie de carpa con cobijas sobre las camas de los niños para que no durmieran respirando ese aire helado. Acá no sólo es común tener calefacción, sino que en años recientes, se ha hecho obligatorio y cada vez más común el aislamiento térmico de las casas. Así que tienes casas mucho más cálidas en invierno y frescas en verano sin gastar mucho en calefacción o ventilación. Otro privilegio.
  6. Mi regadera. La amo. Sobre todo la llave, es una cosa tan simple, te indica la temperatura a la que quieres el agua, así no hay ese paso de “calor infernal” a “frío glacial”. Unos segundos y el agua está lista. Rica. Para mí eso es muchísimo más que un lujo.
  7. Que a mi hija que tiene 4 años, no le dejen tarea en la escuela. Y que no me pidan diario que le haga dibujos, maquetas, títeres, etcétera. Perdón, pero las manualidades no son lo mío.
  8. Que la gente esté acostumbrada a respetar los pasos peatonales. Mi salvaje interna me pide que cruce la calle “a valor mexicano”, pero me adapto y me parece que si se respetara aún más, habría todavía más seguridad vial.
  9. Las frutas rojas. Antes de venir a Francia, jamás había probado una grosella fresca o una frambuesa. Vaya, ni una cereza. ¡Y son tan ricas!
  10. Tomar conciencia sobre las estaciones y los productos que corresponden a cada una. Sólo como jitomates y pepinos en verano. Y fresas en junio. Y paso los largos meses de invierno comiendo poros y coles. Y estoy contenta. Mi forma de cocinar ha evolucionado y me siento feliz de comprar mis verduras locales y gustosas. Un poquito como cuando compraba los quelites juntados del cerro en el tianguis de mi pueblo. Lo local es más sabroso.

¿Son cosas muy bobas? Quizás. Pero están justo abajito de “mis hijos son felices” y “mi marido y mi hija son franceses”, en mi lista de cosas que me hacen quedarme aquí todos los días, más allá de que México y mi pueblito hidalguense y mi caótica Ciudad de México viven en mi corazón.

Al fin y al cabo, es la cotidianidad lo que construye nuestra vida. Dicho lo anterior, voy a preparar unos ejotitos con huevo. Platillo que acá es desconocido y que forma parte de mis menús más repetidos.

Cuerpo

Hay muchas cosas que cambian cuando te vas tan, tan lejos de tu lugar de origen como lo hice yo. Y por absurdo que parezca, incluso la imagen que uno puede tener de sí mismo, cambia.

Porque así como vivo rodeada de gente que habla francés de forma natural, sin “acento exótico” y para quienes mi forma de hablar es graciosa y siempre es motivo de que me pregunten de dónde vengo y de dónde salí, también es verdad que vivo rodeada de mujeres que tienen una fisonomía muy distinta a la mía.

Y eso que en México tampoco me sentía muy estándar.

Soy alta, aunque no demasiado. Mido 1,71 m. Y soy gorda.

No mórbidamente obesa, pero sí tengo mis 20 kg de sobrepeso.

No he sido flaca desde que tenía 7 años.

En la adolescencia fui mucho más gorda que ahora.

Además, no sólo soy gorda sino, grande. Tengo manos grandes, brazos fuertes, espalda ancha. Tengo unas tetas grandes que no han hecho sino crecer hijo tras hijo, así que soy copa D.

Tengo una cara redonda y una nariz igualmente ancha y redondita.

Y un pelo oscuro y unas cejas tupidas, que acá no tienen nada que ver con cómo se ven las mujeres “estándar”.

Tener panza y a la vez, tener un buen trasero, no corresponde con las dimensiones que normalmente tienen los cuerpos por acá.

Comprar brasier (sostén) es caro cuando estás grande como estoy yo.

Y entonces, mi propia mirada sobre mi cuerpo ha cambiado.

He tenido que pelear mucho para hacer las paces con mi cuerpo, otra vez.

Para darle las gracias por el simple hecho de estar sano y ser funcional y por haber sido cómplice mío en la aventura más loca que he emprendido: ser mamá.

La gente asume por default que porque eres gorda estás enferma, o que cualquier cosa que te pasa tiene que ver con tu peso.

Sorpresa. No tengo colesterol alto, ni azúcar, ni presión arterial alta. Y hago actividad física. Desde hace año y medio practico karate de forma regular y me hace muy, muy feliz.

Me encanta caminar, mi barrio es precioso y he encontrado rutas de 2, 4 y 6 km para caminar al borde de los árboles.

Como bien, equilibrado, sin forzosamente hacer “dieta”, pero procurando medirme en todo, pero permitiéndome disfrutar una rica crepa o unos tacos cuando me sacudo la pereza y cocino “a la mexicana”.

Pero no he logrado encontrar esa paz que yo había encontrado en relación a mi cuerpo antes de vivir en Francia.

Hay tantas mujeres delgadas, altas, estilizadas y con cabello bien acomodado por acá.

Y una con su cuerpo sin cintura, tetas grandes, panza y brazos de tamalera.

Quiero tener una mirada más positiva hacia mi cuerpo, el que ha hecho tantas cosas conmigo.

Quiero seguirlo cuidando para que siga sano cuando Emma, mi chiquita de 4 años tenga mi edad, y así podamos seguir divirtiéndonos juntas.

Y quiero dejar de sentirme incómoda cuando la gente me mira o me toman fotos en que se ve mi panza, o mi papada, o mis ojos desiguales.

Quiero hacer las paces conmigo misma, aunque mi cuerpo y mi cara sean tan diferentes a los cuerpos y las caras que veo por aquí.

Paso a paso, igual que algún día voy a encontrar la comodidad al hablar en francés. Y algún día encontraré mi lugar laboral acá. Y algún día (espero ese sea mucho más pronto) podré manejar mi coche por las rutas bretonas.

Edad

México, 1997.

Empecé mis estudios en la Universidad.

Había muchos factores. El primero era que yo quería estudiar cine en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos y tenía que estudiar muchísimo para lograrlo. El segundo es que no había mucho dinero en casa, y me convenía trabajar para ayudarme con los gastos de la universidad. Así que ingresé directamente al Sistema Abierto de la UNAM. En este sistema, sólo tienes clases presenciales los sábados. Y mucha, mucha tarea de investigación. Mucho aprendizaje autodidacta.

Evidentemente, tuve compañeros de edades muy diversas y no sólo jóvenes de 18 años recién egresados del bachillerato. Gente con perfiles académicos diversos y variados. Era riquísimo en términos de aprendizaje. Tuve compañeros que estudiaban su segunda carrera. Compañeras que tenían hijos ya en la universidad. Personas que estudiaban porque su empleo de 20 o 30 años les exigía el título.

Y jamás escuché a un profesor decirles que no podían aprender “porque estaban viejos”.

México, 2007.

Cuando vivía en mi pueblo hidalguense, trabajé para el Instituto Nacional de Educación para los Adultos y tuve la delicia de enseñarles a leer a señoras de más de 70 años de edad. Fue un placer. Era diferente, claro, que enseñarle a leer a mis hijos a los 3-4 años de edad, pero no les era particularmente difícil. Lo más complejo para ellas era superar la pena de no haber aprendido antes. Una vez pasada esa etapa, avanzaban con una motivación increíble. No recuerdo momento más emocionante que ver a una señora de 72 años escribir por primera vez su nombre.

Bretaña francesa, 2019.

Estoy aprendiendo a manejar. Con mucho esfuerzo estudié sola (en mis ratos libres entre trabajo e hijos) el reglamento de tránsito y tras un par de pifias, pasé mi examen teórico. Y ahora estoy haciendo mi aprendizaje práctico. Horas y horas con una instructora de manejo para poder dosificar el frenado, respetar fielmente la prioridad a la derecha y las distancias entre automóviles dependiendo la velocidad máxima de la carretera en que circules.

Y lo primero que me dijo mi instructora es que estaba en el límite de edad. Que cinco años después, me habría resultado imposible aprender a manejar en un coche manual. Que habría sido (y con suerte) un automático. Porque con la edad no aprende uno igual.

Ayer en mi clase de karate, me costó trabajo repetir fielmente la quinta kata. Y cuando me doblan la apuesta y tengo que hacer dos defensas y contraataques diferentes por cada ataque, me resulta difícil. Y un compañero (unos cinco años mayor que yo, cinta negra) me dice las fatídicas palabras: “es normal, a tu edad ya cuesta más trabajo aprender”.

No estoy diciendo aquí que “los cuarenta son los nuevos veinte”. O que yo tenga la vitalidad y energía que tenía hace 20 años. Si hay alguien que sabe cuánto ha cambiado mi vida desde entonces, esa soy yo.

Si alguien sabe que ya no pude hacerle “caballito” a Emma en el 2015 como le hice a Manolo en el 2005, soy yo.

Pero también sé que llegué a este país hace 5 años sin haber estudiado formalmente francés desde el bachillerato (y eso eran clases de comprensión de textos en francés, no de francés en serio), y que ahora soy capaz de redactar mails formales y comunicarme oralmente y por escrito en este idioma. No hablo francés de forma perfecta. Pero el hecho de no ser francófona experta no es ningún obstáculo en mi vida cotidiana.

Y ya tenía 35 años cuando llegué.

“Joven”, ya no era.

Y aprendí a vivir con otros códigos y con otras reglas.

Y no morí en el intento.

De hecho, sigo aprendiendo. Creo que ya “casi” aprendí cómo saludar con los rígidos códigos franceses.

Ya nunca me atravieso la calle fuera del paso peatonal (aunque la caótica mexicana dentro de mí grita intensamente que lo haga).

Lleno correctamente formularios y papeles.

Me integré a la vida asociativa.

Y no, no soy joven.

Ya no soy la Carla loca que se fue a los 19 años a Argentina y se casó. La que abandonó los estudios y tuvo que retomarlos después con una carga inmensamente mayor de responsabilidades y una precariedad financiera impresionante.

Ahora soy la mamá de dos adolescentes y una nena de casi cuatro años. Llevo ya nueve años en una relación mucho más madura y sana con mi bretón de lo que la Carla joven jamás tuvo con el papá de sus primeros hijos.

Caray, hasta aprendí a llevarme bien con mi suegra.

Entonces, estudios neurológicos aparte, creo que la Carla cuarentona puede y va a aprender a pasar las velocidades con una palanca.

Y caramba, lléveme la fregada si no me aprendo la quinta, la sexta y la séptima kata, porque quiero ser cinta negra antes de los cincuenta.

 

El kínder

Allá en México en mi pueblo, la casa de mi familia (la que compró mi abuela con mucho trabajo propio y de sus hijos) está frente a un “jardín de niños”. Así que cuando mi hijo mayor, Manolo, tenía 4 años, fue a esa pequeña escuelita pública a la que ingresó. Manolo nació en noviembre, pero debió haber nacido en enero. Así que el año en que cumplió 4, su papá lo vio “muy chiquito” y no quiso que lo inscribiéramos a la escuela, de tal forma que sólo hizo un año de educación prescolar.

Y ni siquiera pudo hacerlo en la misma escuela. Yo entré a trabajar a una de las escuelas privadas de mi pueblo, me separé del papá de mis hijos mayores y mi vida dio un giro bastante pronunciado. Así que en noviembre, antes de que cumpliera los 5 años, Manolo ya estaba en otro salón, con otros niños, tratando de adaptarse y aprender.

Ese mismo ciclo escolar pero ligeramente más tarde, tuve que inscribir también a mi otro hijo, Antón, de sólo 2 años de edad.

No puedo quejarme en sí de la escuela. Como madre divorciada y sola, y para no abusar de mi tía que ya estaba suficientemente ocupada cuidando de su hermana enferma, esa escuela particular fue la única opción de cuidado para mi bebé dosañero que tuve en ese momento.

El que Antón estuviera ahí me permitió trabajar y nos dio la oportunidad de salir adelante en términos económicos en un periodo muy difícil para los tres. Ahí en la escuela conocí a la psicóloga que nos sacó adelante a Manolo y a mí tras la separación. Y ahí estábamos los tres “seguros” en un ambiente cerrado y nuestro, cuando nuestra vida empezaba a rearmarse pieza por pieza.

La cuestión es que ahora mi Emma también va a la escuela. Empezó su “école maternelle”, como le dicen a la educación prescolar acá en Francia, en septiembre del año pasado. Tenía tres años y medio. Y en mi experiencia, fue la mejor edad para que iniciara este proceso. Ni los casi cinco de Manolo, ni los apenas dos de Antón combinaron tan bien con una primera experiencia escolar como los tres y medio justos de Emma.

Y lo que me resultó sorprendente es cómo el sistema escolar francés está pensado para permitir que las mamás (y papás, obvio), trabajen.

Cada escuela tiene una guardería integrada, así que puedes dejar a tus pequeños desde las 7:30 de la mañana si es necesario por tus horarios laborales, y recogerlos hasta las seis de la tarde o incluso un poco más, dependiendo de las escuelas.

Yo, por fortuna, no tuve necesidad de dejar a Emma tanto rato y desde un principio. De hecho, hicimos una adaptación suave y agradable a la escuela. Empezó yendo sólo las mañanas lunes, martes, jueves y viernes (porque en mi municipio, como en la gran mayoría de municipios franceses, no hay clases los miércoles). Después empezó a quedarse a comer los lunes. Después, lunes y viernes.

Desde enero, se queda los 4 días completos: de 8:20 a 4:30. Y está feliz. Los niños de 3 y 4 años duermen siesta después de la comida de medio día, y ella sabe en la “sala de fiesta” (sic, parece que para mi hija dormir es una fiesta), cuál es su camita.

Para los papás que trabajan los miércoles, el municipio tiene una guardería con los mismos horarios que tienen las escuelas los otros días de la semana. La inscripción es muy sencilla. En este punto cabe recordar que vivo en un municipio de apenas 6 mil habitantes y que las personas que viven en las grandes ciudades francesas no lo tienen tan fácil en términos de acceso a la guardería.

La idea del prescolar eso sí, es muy diferente.

En México, se compra una lista de útiles enorme, con rompecabezas, pinturas, plastilina, masa para modelar, cuadernos y crayolas.

Acá, yo no compro nada. Lo único que Emma llevó el primer día de clases fue su mochilita con una muda de ropa.

En México había tareas para los pequeños desde los 3 años. Escribir, copiar, dibujar. Y para los papás… maquetas, dibujos, terrariums, títeres y un larguísimo etcétera.

Acá no hay nada. Una vez cada dos meses recibimos un bonito engargolado con fotos y explicaciones de lo que han trabajado en clases y tenemos que “colaborar” pegando una foto, o un boleto de cine, una postal…algo que hable de lo que la familia hizo para que el pequeño pueda compartirlo en clases.

No es perfecto el sistema francés. No creo que haya sistema perfecto.

Pero me gusta más esta idea de aprender despacito y jugando que la presión que los pequeños tienen en México por entrar leyendo a la primaria.

Además, Emma está inscrita en una escuela pública pequeñita (casi rural) en la que en total hay 4 grupos, de Kínder I como diríamos en México, a quinto de primaria.

Todos los grupos son mixtos, hay niños de diversas edades conviviendo y aprendiendo juntos.

Y el hecho de que ella se haya adaptado tan bien y contenta a su vida en la escuela, me ha permitido explorar otras áreas de mi vida, buscar trabajo fuera de casa, meterme de lleno a las clases de manejo.

Me doy cuenta que no sólo cambié de país, sino de situación.

Emma tiene dos hermanos mayores dispuestos a cuidarla siempre. Y un papá presente y cariñoso, que tiene un trabajo duro pero con un horario que le permite estar siempre a la hora de la salida para buscar a su pequeñita.

Entonces, además del sesgo que siempre impone el hecho de que estoy comparando mi experiencia como mamá en México y mi experiencia como mamá en Francia (mi Francia), también está el lente diferente a través del cual veo las cosas.

Pero de que agradezco que no pasaré tres años trabajando toda la mañana para coser títeres a la noche, eso que ni qué. En ese sentido, gracias enormes sistema francés.

Balance general

Hace exactamente cinco años cerramos las maletas. Con muchísimo trabajo, pusimos en tres maletas de menos de 23 kilos (aunque en realidad venían medio pasadas de peso), toda nuestra vida. La mayor parte de esos kilos estaban ocupados con juguetes. Yo quería que mis niños (que tenían 6 y 9 años) reprodujeran su mundo, sus sensaciones y sus emociones.

No quería que la transición México-Francia fuera todavía más violenta de lo que sería por definición.

Cambiamos de país, de idioma, de clima, de costumbres.

Abandonamos familia y cosas ricas.

Y empezamos de nuevo.

Cinco años después, sería hipócrita decir que no ha habido días en que me he arrepentido o cuestionado enormemente la decisión.

El día en que del otro lado del océano mi tía se fue de este mundo y yo no pude estar con ella. Y mientras me senté a contemplar el reloj mientras el resto de mi familia estaba en el entierro y yo no.

Perdí muchas cosas. Perdí momentos en compañía de la gente que quiero. Cuando me vine, mi sobrinito era apenas más que un bebé. Hoy está en segundo año de primaria. No lo he visto transformarse en un niño y no lo veré transformarse en un muchacho.

No desayuno frijoles con huevo en la soleada cocina de mi tía compartiendo plática y café con canela.

No tengo el sol de invierno que me caliente a medio día.

Ni vivo rodeada de un montón de gente que si bien ni es toda buena ni divertida, habla más o menos como yo y jamás pregunta de dónde vengo.

¿Gané cosas?

Si, también. Gané un trilingüismo que se fortalece.

Gané una relación con un bretón amoroso, que si bien no puedo decir que todo el tiempo ha sido como caminar sobre rosas, es algo que me era completamente desconocido. El ver sus ojos honestos que me dicen que quiere que yo sea feliz, todavía después de estos cinco años en que he llorado tanto por lo que extraño, por lo que me falta, por lo que me exijo. Eso no tiene precio.

Gané ver a mis hijos hacerse enormemente fuertes. Aprendieron a escribir en la cuadrícula diferente de los cuadernos franceses, y el código de color de las evaluaciones, a redactar y leer en francés. Y no han olvidado su español. Acá en casa hablamos diario y siempre en ese idioma que es como nuestra casa privada.

Gané construir una casa, una que vi crecer desde la semillita. Vi los cimientos, decidí el lugar en que iba a estar mi escritorio. Vine a recibir las llaves el día que terminó la obra.

Y soy yo la que ha ido eligiendo cada mueble, cada detalle en esta casa. Este mini-México con jarritos de barro y calaveras por todas partes, es mi hogar.

Gané descubrir muchísimas cosas de mí misma simplemente por el hecho de re-aprender códigos sociales tan simples como aprender a saludar, a despedirme, a cruzar las calles por el paso peatonal…

Y gané a Emma. Las noches en que todo parece negro, en que siento que nunca voy a entender cómo se hacen las cosas “a la francesa”, Emma viene y juega conmigo, me pide que le cante canciones en español y acaricia mis mejillas. Ella es como esta vida nueva representada en una cabeza llena de cabellos ondulados. Ella es bretona y francesa, y le gusta comer mantequilla con sus manitas. Ella es mitad mexicana y le gusta rasparse el guacamole que queda en el molcajete. Ella canta canciones de Cri-crí y canta con su papá las “comptines” tradicionales francesas.

Ella unió nuestra familia, porque tiene un apellido en común con todos los que vivimos en esta casa.

Y vino a ser la traducción física de lo que el paso que di hace cinco años hizo con nosotros, los tres que llegamos y el bretón que nos recibió.

Nos cambió a todos un poco. Nuestro hogar es bretón, francés, mexicano. Nuestra vida no es fácil, porque combinar distintas culturas no lo es. Porque en el fondo, todos somos un poco herméticos y chauvinistas y es difícil dar nuestro brazo a torcer. Pero cuando estamos juntos los cinco, y nos reímos de las bromas adolescentes de mi Manolo que acá dejó de ser niño, o cuando charlamos de libros que hemos leído en diferentes idiomas, o cuando nos enojamos porque aún después de 5 años la comunicación no fluye como si compartiéramos idioma materno y códigos culturales, pero después de llorar y frustrarnos seguimos juntos… entonces trago lo amargo y sigo.

Quiero seguir aprendiendo.

Ya sé que mi vida acá siempre será una vida de extranjera. Y que toda la vida la gente me preguntará de dónde viene mi acento. Y que porto en mi cara las señas que dicen que no soy local. Pero quiero aprender más detalles, más historia, más cultura. No quiero parar de aprender. Como Emma. Como mis muchachos. Como mi bretón que ahora come más picante que yo. Si hay algo que me dejan estos cinco años de crepas, mar, lluvia, viento, viajes, aviones, especias escondidas en las maletas, reencuentros y despedidas, saludos torpes, amistades truncas, escuela, idiomas y trámites burocráticos, es eso: aprendizajes. Y estos aprendizajes, los viejos y los que vendrán, son mi brújula para no perderme en este mar de la vida entre dos culturas.