Tarde

En la sociedad francesa hay una sensación, una serie de estándares no escritos que todo mundo “tiene” que cumplir antes de llegar a cierta edad.

Obviamente, muy poca gente cumple con estos lineamientos. Eso es lo loco, que a pesar de que son metas que no se corresponden con la realidad actual (quizá…quizá eran más coherentes en los setentas), siguen existiendo.

Acá en Bretaña por ejemplo, ¿quién aprende a manejar en la autoescuela y pasa su examen de manejo? Pues los jóvenes. A los 16 años ya pueden pasar el examen teórico, hacer el mínimo de horas de clase con un instructor y después pasar dos años con lo que acá llaman “manejo acompañado”, es decir, manejar siempre con un adulto responsable al lado. ¿Resultado? A los 18 años tienen su flamante licencia de conducir.

Otra cuestión es la de decidir qué vas a hacer con tu vida.

En el último año de la secundaria, los chicos se ven presionadísimos por decidir. Que si son “buenos” para la escuela, tienen que seguir un bachillerato general y estudiar carrera universitaria. Que si no, que ya, que se vayan a aprender algo técnico.

A los 14 años, ni acá ni en China las personas están listas para decidir su futuro.

Pero hay tanta presión, por hacer las cosas a tiempo. Por empezar a trabajar y cotizar para la jubilación. Comprar una casa. Tener una familia.

Clarísimo está que muy pocas personas siguen esta receta para la “felicidad occidental”. Pero al existir la presión social, hay mucha gente que se siente al borde del fracaso por haber seguido una ruta diferente, paralela, tangencial…

Hay que tener una verdadera fuerza mental para llevar tu vida de una forma diferente y no sentir la necesidad de justificarte por tus elecciones tardías, por haberte equivocado y enderezar el rumbo después, por haber decidido dar una vuelta grande antes de asentarte y establecerte. He conocido gente así y ha sido un verdadero placer. Originales, valientes y contentos con la ruta que han tomado.

Porque otras personas, a pesar de no llevar la vida de receta y de tener una vida satisfactoria y con todo para ser felices, se sienten mal por estos “desvíos”, estas “tardanzas”. Y sufren por la presión de avanzar en línea recta hacia un piso superior que nadie sabe lo que promete.

Y luego estamos nosotros, los migrantes que llegamos ya adultos a este país.

Y que comparando nuestra vida con esta receta de la felicidad inexistente “a la francesa”, en vez de hacer un omelette, hemos hecho una especie de pastel tres leches picante.

Llegamos tarde.

Tarde para hacer la inserción profesional o en el mundo laboral.

Tarde para hablar correctamente el idioma.

Tarde para hacer amigos cuando todo mundo tiene sus amistades desde la niñez.

Tarde, carajo, hasta para aprender a manejar.

Pero hay una gran libertad en este haber llegado tarde.

Porque la meta, esa no la vamos a alcanzar “en tiempo y forma”.

Entonces, desde ya, no participamos de la carrera.

Yo me siento increíblemente libre. Voy a mi propio ritmo, despacito, bailando y deteniéndome a oler las flores al borde del camino.

No tengo prisa porque de cualquier forma, estoy haciendo las cosas a mi tiempo y en cierta medida, en mis propios términos.

Ya estoy 20 años tarde para haber obtenido mi licencia de manejo “a tiempo” (aunque haya muchísima gente que la saca tan tarde como yo, y franceses de pura cepa).

Entonces me estoy tomando el tiempo de no sólo aprender a manejar, sino de aprender a disfrutar manejando.

¿Qué me va a pasar? ¿Que pase otro invierno mojándome y caminando en el lodo porque no existe el tranpsorte público acá en mi pueblo? Pues ni modo, uno más, uno menos, qué le hace una raya más al tigre. El día que maneje mi coche, lo voy a hacer porque yo me siento lista y punto.

Y me estoy tomando el tiempo de encontrar un sitio que profesionalmente me convenga a mí y a mi familia.

¿Qué va a pasar si me equivoco? Nada, igual ya tengo 40 años. La jubilación ya no la alcanzo.

Y a pesar de que no he logrado (ni creo que logre nunca) calmar a los fantasmas y las voces que viven en mi cabeza, estoy más cómoda conmigo de lo que había estado en la vida.

Encontré mi ritmo, y tiene música y canciones.

Tiene colores y no sigue un camino recto.

Así que tarde, pero sin prisa.

Así bailo el baile de la vida a la francesa.

 

 

1 comentario

  1. Yo apenas llevo tres años de esta vida francesa y eso que describes sobre lo tardío que resulta para nosotros los migrantes integrarte a esta vida es totalmente cierto.
    Pero he entendido y aceptado esta y otras realidades, tras manejar diez anios en México, tuve que tomarme el curso teórico y las veinte horas de manejo, presentar ambos exâmenes y todo esto con adolescentes a los que les doblaba la edad, pero lo conseguí y ahora disfruto de la libertad de poder desplazarme fuera de mi pueblo de tres mil habitantes.
    Mi hijo que está por terminar el collège tiene ya que tener super claro lo que quiere, y esa insistencia de elegir el bachillerato que se adecue a esa elección. Cuâl es la prisa?
    saludos!

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