Cambios

Hay periodos en la vida que son como versiones aceleradas de lo que cotidianamente es nuestro ir y venir en este mundo. Como si todo se concentrara y pasaran muchas cosas a la vez. Mi segundo año en Francia fue así. Terminamos de construir nuestra casa y empezamos a vivir en ella. Nació mi Emma, mi chiquita bretona. Tuvimos la posibilidad de ir a México juntos, los cinco.

Después, las cosas se “tranquilizaron”. Mis muchachos siguieron avanzando en la escuela, yo seguí con mi trabajo como freelance para una empresa española, mi hija crecía. Obviamente que hubo sobresaltos, cosas extraordinarias tanto bellas como horribles (sobre todo el deceso de mi tía), pero en general, las cosas fluían.

Este año no ha sido así. Muchas cosas que pusimos en movimiento hace tiempo empezaron a sentirse reales y de pronto pasaron muchas cosas.

Empezamos el año con la declaración de la nacionalidad francesa. Un papelito simple que llegó en enero por correo, avisándonos que los tres (mis dos hijos mayores y yo), ya podíamos considerarnos legalmente franco-mexicanos.

De ahí vino la escalada de papeleo para tramitar cédulas de identidad y pasaportes franceses para los tres. Cambiar documentos a diestra y siniestra en los que yo estaba inscrita como extranjera. Burocracia.

Después vino la cirugía de Manolo, mi hijo mayor. Mis hijos normalmente son muy sanos, pero de pronto una hernia, papeles, hospitalización, cirugía. A pesar de que fue algo sencillo, una cirugía en la familia se vive como algo muy intenso. Esa enfermedad me permitió, además, poder descubrir hasta qué punto es interesante tener una cobertura médico-social que funciona. No voy a decir que el sistema de seguridad social francés es perfecto, pero es mil veces más tranquilizante y utilizable que lo que una familia de no muchos recursos tiene en México.

Entonces, gracias a una serie de afortunadas coincidencias y peros burocráticos, tuve una conversación interesante y sanadora con una hermosa persona. La traductora que ha traducido todos mis papeles (desde hace seis años cuando me casé), me preguntó cuál era mi proyecto profesional. Yo estaba ya muy cansada del trabajo freelance. El estrés de trabajar sin tener una certeza laboral, sin saber si la semana entrante aún tendría trabajo, aunado a que el pago estaba muy por debajo del estándar francés y europeo, me tenía realmente agotada.

Y desde hacía tiempo maduraba la idea de regresar a la docencia. Mis años como profesora de inglés fueron geniales. Si bien las condiciones laborales allá en México, como profesora en una escuela particular, tampoco eran maravillosas, el hecho de trabajar con adolescentes es algo que me hace sentir que hago algo. Que mi trabajo sirve para ayudar, para construir socialmente. Y como las instituciones escolares de las que mis hijos han formado parte aquí en Francia me han dejado un excelente sabor de boca por su inclusividad y trabajo de integración de alumnos con orígenes muy diferentes, estaba decidida a dar el paso y volver a intentar trabajar como profesora. Así se lo comenté a la señora traductora. Y ella me respondió que por qué no lo intentaba en la universidad. Que ella había trabajado más de veinte años en una universidad privada no lejos de mi casa y que ahí siempre estaban ávidos de contratar hispanoparlantes para dar clases de español.

Así que actualicé mi Currículum Vitae, y lo llevé, cobijado con una carta de recomendación de la traductora. Y oh sorpresa, apenas una semana después me llamaron para que cumpliera con un reemplazo urgente de dos meses.

Y heme ahí, dando clases en la universidad.

Y me di cuenta que quizá era el momento de dejar mi trabajo freelance, que si bien me había dado muchas satisfacciones y aprendizajes, me estaba agotando y ocupando mi tiempo y mi mente.

Gracias al tiempo que gané (aunque extrañando los recursos económicos que perdí al renunciar), me concentré a tiempo completo en aprender a manejar.

Todavía no pasé el examen de manejo, pero remonté mis reticencias y ahora estoy siguiendo un programa de “manejo supervisado” con mi marido, después de haber aprendido (con mucho trabajo y paciencia) a controlar la palanca de velocidades y a manejar.

Esta reestructuración de mi tiempo, me permitió concentrarme en seguir buscando opciones laborales, en construir un proyecto profesional, en darme tiempo para pensar en lo que yo quiero hacer con mi vida.

Afortunadamente, todo salió bien con el reemplazo y ahora en septiembre tendré 4 grupos (uno de inglés y 3 de español) en la Universidad.

Y seguiré buscando cómo acomodar mejor mi vida laboral, para tener un sueldo decente y que mi familia disfrute una vida más tranquila.

Además en mayo, Manuel (mi hijo mayor), se fue a hacer un intercambio a Alemania. Lo vi tomar un avión él solo, y enfrentar la vida en otro país. Las cosas no salieron de la mejor forma, y el chico alemán no quiso pasar su tiempo acá como correspondía. Pero Manolo pasó un mes y medio de aprendizajes y retos en Alemania, y volvió a casa mucho más grande y maduro.

Mis hijos crecen.

Yo encuentro poco a poco un lugar para mí en este lugar tan lejos de mi hogar.

Mi proyecto en Francia ya no es sólo la hermosa familia recompuesta que fabrico día a día junto a mi amado bretón.

Cambios.

Que sigan llegando.

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