Una lista

En esta especie de diario electrónico de mi vida como migrante mexicana en Francia, muchas veces escribo sobre cosas “profundas”, sobre diferencias y semejanzas de la vida entre mi país de origen y el país en el que vivo hoy en día.

Hoy tengo más bien ganas de escribir sobre las cosas más simples. Esas cosas que me encantan de mi día a día en mi pueblito de la Bretaña francesa y que me ayudan a convencerme, todas las mañanas, de que no haga mis maletitas y me eche a correr de regreso pa’ mi cerro.

Tengo una especie de mantra, una lista que me repito y me repito, diciéndome que si bien existe esa otra lista de cosas que extraño hasta que duele, está esta lista, la de cosas chiquitas que hacen de mi cotidianidad algo agradable y divertido.

  1. Amo vivir cerca de los árboles, del verde, los bosques y la naturaleza. La Bretaña no es la región más densamente poblada de Francia, y acá en el sur de la península bretona, aún menos. Nuestras “ciudades” no son enormes, y si a eso le sumamos la humedad del ambiente, eso da como resultado amplios espacios verdes que se extienden por todas partes. Nunca había disfrutado tanto de caminar a la sombra de los árboles. Ahora hasta reconozco los robles, los castaños y los avellanos. Quién diría.
  2. El mar, el mar, el mar. Yo crecí lejos de la playa, de ríos caudalosos, vaya, el único lago que tenía cerca era el de Chapultepec. Visitar el mar en todo momento del año es un placer.
  3. El agua. Más allá de las discusiones sobre si tiene algún u otro químico, el agua por acá es realmente potable. ¿Tienes sed? Toma tu vaso y llénalo directamente de la llave. Un privilegio absoluto.
  4. Mi tetera eléctrica. Yo que crecí con mi café soluble en la cocina de mi abuela, amo la idea de la tetera eléctrica. No tengo que usar la estufa para calentar mi agua y poder tomar mi cafecito mañanero o mi té de la tarde. Quiero exportar a México y que todo mundo comparta mi amor por este sencillo electrodoméstico.
  5. El aislamiento térmico. Cada vez que en verano me quejo del calor, la gente me dice “pero en México hace más calor”… pues sí, pero no en los alrededores de Pachuca. Mi pueblo hidalguense es más bien frío, el viento sopla todo el año. Los inviernos son fríos con ganas. En mi casita hacía tanto frío en enero que veíamos nuestro vaho mientras cenábamos. Mi tía y yo habíamos puesto una especie de carpa con cobijas sobre las camas de los niños para que no durmieran respirando ese aire helado. Acá no sólo es común tener calefacción, sino que en años recientes, se ha hecho obligatorio y cada vez más común el aislamiento térmico de las casas. Así que tienes casas mucho más cálidas en invierno y frescas en verano sin gastar mucho en calefacción o ventilación. Otro privilegio.
  6. Mi regadera. La amo. Sobre todo la llave, es una cosa tan simple, te indica la temperatura a la que quieres el agua, así no hay ese paso de “calor infernal” a “frío glacial”. Unos segundos y el agua está lista. Rica. Para mí eso es muchísimo más que un lujo.
  7. Que a mi hija que tiene 4 años, no le dejen tarea en la escuela. Y que no me pidan diario que le haga dibujos, maquetas, títeres, etcétera. Perdón, pero las manualidades no son lo mío.
  8. Que la gente esté acostumbrada a respetar los pasos peatonales. Mi salvaje interna me pide que cruce la calle “a valor mexicano”, pero me adapto y me parece que si se respetara aún más, habría todavía más seguridad vial.
  9. Las frutas rojas. Antes de venir a Francia, jamás había probado una grosella fresca o una frambuesa. Vaya, ni una cereza. ¡Y son tan ricas!
  10. Tomar conciencia sobre las estaciones y los productos que corresponden a cada una. Sólo como jitomates y pepinos en verano. Y fresas en junio. Y paso los largos meses de invierno comiendo poros y coles. Y estoy contenta. Mi forma de cocinar ha evolucionado y me siento feliz de comprar mis verduras locales y gustosas. Un poquito como cuando compraba los quelites juntados del cerro en el tianguis de mi pueblo. Lo local es más sabroso.

¿Son cosas muy bobas? Quizás. Pero están justo abajito de “mis hijos son felices” y “mi marido y mi hija son franceses”, en mi lista de cosas que me hacen quedarme aquí todos los días, más allá de que México y mi pueblito hidalguense y mi caótica Ciudad de México viven en mi corazón.

Al fin y al cabo, es la cotidianidad lo que construye nuestra vida. Dicho lo anterior, voy a preparar unos ejotitos con huevo. Platillo que acá es desconocido y que forma parte de mis menús más repetidos.

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