Cuerpo

Hay muchas cosas que cambian cuando te vas tan, tan lejos de tu lugar de origen como lo hice yo. Y por absurdo que parezca, incluso la imagen que uno puede tener de sí mismo, cambia.

Porque así como vivo rodeada de gente que habla francés de forma natural, sin “acento exótico” y para quienes mi forma de hablar es graciosa y siempre es motivo de que me pregunten de dónde vengo y de dónde salí, también es verdad que vivo rodeada de mujeres que tienen una fisonomía muy distinta a la mía.

Y eso que en México tampoco me sentía muy estándar.

Soy alta, aunque no demasiado. Mido 1,71 m. Y soy gorda.

No mórbidamente obesa, pero sí tengo mis 20 kg de sobrepeso.

No he sido flaca desde que tenía 7 años.

En la adolescencia fui mucho más gorda que ahora.

Además, no sólo soy gorda sino, grande. Tengo manos grandes, brazos fuertes, espalda ancha. Tengo unas tetas grandes que no han hecho sino crecer hijo tras hijo, así que soy copa D.

Tengo una cara redonda y una nariz igualmente ancha y redondita.

Y un pelo oscuro y unas cejas tupidas, que acá no tienen nada que ver con cómo se ven las mujeres “estándar”.

Tener panza y a la vez, tener un buen trasero, no corresponde con las dimensiones que normalmente tienen los cuerpos por acá.

Comprar brasier (sostén) es caro cuando estás grande como estoy yo.

Y entonces, mi propia mirada sobre mi cuerpo ha cambiado.

He tenido que pelear mucho para hacer las paces con mi cuerpo, otra vez.

Para darle las gracias por el simple hecho de estar sano y ser funcional y por haber sido cómplice mío en la aventura más loca que he emprendido: ser mamá.

La gente asume por default que porque eres gorda estás enferma, o que cualquier cosa que te pasa tiene que ver con tu peso.

Sorpresa. No tengo colesterol alto, ni azúcar, ni presión arterial alta. Y hago actividad física. Desde hace año y medio practico karate de forma regular y me hace muy, muy feliz.

Me encanta caminar, mi barrio es precioso y he encontrado rutas de 2, 4 y 6 km para caminar al borde de los árboles.

Como bien, equilibrado, sin forzosamente hacer “dieta”, pero procurando medirme en todo, pero permitiéndome disfrutar una rica crepa o unos tacos cuando me sacudo la pereza y cocino “a la mexicana”.

Pero no he logrado encontrar esa paz que yo había encontrado en relación a mi cuerpo antes de vivir en Francia.

Hay tantas mujeres delgadas, altas, estilizadas y con cabello bien acomodado por acá.

Y una con su cuerpo sin cintura, tetas grandes, panza y brazos de tamalera.

Quiero tener una mirada más positiva hacia mi cuerpo, el que ha hecho tantas cosas conmigo.

Quiero seguirlo cuidando para que siga sano cuando Emma, mi chiquita de 4 años tenga mi edad, y así podamos seguir divirtiéndonos juntas.

Y quiero dejar de sentirme incómoda cuando la gente me mira o me toman fotos en que se ve mi panza, o mi papada, o mis ojos desiguales.

Quiero hacer las paces conmigo misma, aunque mi cuerpo y mi cara sean tan diferentes a los cuerpos y las caras que veo por aquí.

Paso a paso, igual que algún día voy a encontrar la comodidad al hablar en francés. Y algún día encontraré mi lugar laboral acá. Y algún día (espero ese sea mucho más pronto) podré manejar mi coche por las rutas bretonas.