Edad

México, 1997.

Empecé mis estudios en la Universidad.

Había muchos factores. El primero era que yo quería estudiar cine en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos y tenía que estudiar muchísimo para lograrlo. El segundo es que no había mucho dinero en casa, y me convenía trabajar para ayudarme con los gastos de la universidad. Así que ingresé directamente al Sistema Abierto de la UNAM. En este sistema, sólo tienes clases presenciales los sábados. Y mucha, mucha tarea de investigación. Mucho aprendizaje autodidacta.

Evidentemente, tuve compañeros de edades muy diversas y no sólo jóvenes de 18 años recién egresados del bachillerato. Gente con perfiles académicos diversos y variados. Era riquísimo en términos de aprendizaje. Tuve compañeros que estudiaban su segunda carrera. Compañeras que tenían hijos ya en la universidad. Personas que estudiaban porque su empleo de 20 o 30 años les exigía el título.

Y jamás escuché a un profesor decirles que no podían aprender “porque estaban viejos”.

México, 2007.

Cuando vivía en mi pueblo hidalguense, trabajé para el Instituto Nacional de Educación para los Adultos y tuve la delicia de enseñarles a leer a señoras de más de 70 años de edad. Fue un placer. Era diferente, claro, que enseñarle a leer a mis hijos a los 3-4 años de edad, pero no les era particularmente difícil. Lo más complejo para ellas era superar la pena de no haber aprendido antes. Una vez pasada esa etapa, avanzaban con una motivación increíble. No recuerdo momento más emocionante que ver a una señora de 72 años escribir por primera vez su nombre.

Bretaña francesa, 2019.

Estoy aprendiendo a manejar. Con mucho esfuerzo estudié sola (en mis ratos libres entre trabajo e hijos) el reglamento de tránsito y tras un par de pifias, pasé mi examen teórico. Y ahora estoy haciendo mi aprendizaje práctico. Horas y horas con una instructora de manejo para poder dosificar el frenado, respetar fielmente la prioridad a la derecha y las distancias entre automóviles dependiendo la velocidad máxima de la carretera en que circules.

Y lo primero que me dijo mi instructora es que estaba en el límite de edad. Que cinco años después, me habría resultado imposible aprender a manejar en un coche manual. Que habría sido (y con suerte) un automático. Porque con la edad no aprende uno igual.

Ayer en mi clase de karate, me costó trabajo repetir fielmente la quinta kata. Y cuando me doblan la apuesta y tengo que hacer dos defensas y contraataques diferentes por cada ataque, me resulta difícil. Y un compañero (unos cinco años mayor que yo, cinta negra) me dice las fatídicas palabras: “es normal, a tu edad ya cuesta más trabajo aprender”.

No estoy diciendo aquí que “los cuarenta son los nuevos veinte”. O que yo tenga la vitalidad y energía que tenía hace 20 años. Si hay alguien que sabe cuánto ha cambiado mi vida desde entonces, esa soy yo.

Si alguien sabe que ya no pude hacerle “caballito” a Emma en el 2015 como le hice a Manolo en el 2005, soy yo.

Pero también sé que llegué a este país hace 5 años sin haber estudiado formalmente francés desde el bachillerato (y eso eran clases de comprensión de textos en francés, no de francés en serio), y que ahora soy capaz de redactar mails formales y comunicarme oralmente y por escrito en este idioma. No hablo francés de forma perfecta. Pero el hecho de no ser francófona experta no es ningún obstáculo en mi vida cotidiana.

Y ya tenía 35 años cuando llegué.

“Joven”, ya no era.

Y aprendí a vivir con otros códigos y con otras reglas.

Y no morí en el intento.

De hecho, sigo aprendiendo. Creo que ya “casi” aprendí cómo saludar con los rígidos códigos franceses.

Ya nunca me atravieso la calle fuera del paso peatonal (aunque la caótica mexicana dentro de mí grita intensamente que lo haga).

Lleno correctamente formularios y papeles.

Me integré a la vida asociativa.

Y no, no soy joven.

Ya no soy la Carla loca que se fue a los 19 años a Argentina y se casó. La que abandonó los estudios y tuvo que retomarlos después con una carga inmensamente mayor de responsabilidades y una precariedad financiera impresionante.

Ahora soy la mamá de dos adolescentes y una nena de casi cuatro años. Llevo ya nueve años en una relación mucho más madura y sana con mi bretón de lo que la Carla joven jamás tuvo con el papá de sus primeros hijos.

Caray, hasta aprendí a llevarme bien con mi suegra.

Entonces, estudios neurológicos aparte, creo que la Carla cuarentona puede y va a aprender a pasar las velocidades con una palanca.

Y caramba, lléveme la fregada si no me aprendo la quinta, la sexta y la séptima kata, porque quiero ser cinta negra antes de los cincuenta.

 

2 Comentarios

  1. Nunca me canso de leerte. Ya te lo dije mil veces. Yo siento que al cumplir mis 40 se me abrió una puerta y que tuve el valor de atravesarla. La vida es un proceso maravilloso y el aprendizaje es nuestra mayor aventura.

  2. Qué dulzura es encontrar tu sitio. Me está encantando y apenas llevo dos textos leídos. Saludos, Carla. Te abrazo mucho, Gabi. 🙂

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s