El kínder

Allá en México en mi pueblo, la casa de mi familia (la que compró mi abuela con mucho trabajo propio y de sus hijos) está frente a un “jardín de niños”. Así que cuando mi hijo mayor, Manolo, tenía 4 años, fue a esa pequeña escuelita pública a la que ingresó. Manolo nació en noviembre, pero debió haber nacido en enero. Así que el año en que cumplió 4, su papá lo vio “muy chiquito” y no quiso que lo inscribiéramos a la escuela, de tal forma que sólo hizo un año de educación prescolar.

Y ni siquiera pudo hacerlo en la misma escuela. Yo entré a trabajar a una de las escuelas privadas de mi pueblo, me separé del papá de mis hijos mayores y mi vida dio un giro bastante pronunciado. Así que en noviembre, antes de que cumpliera los 5 años, Manolo ya estaba en otro salón, con otros niños, tratando de adaptarse y aprender.

Ese mismo ciclo escolar pero ligeramente más tarde, tuve que inscribir también a mi otro hijo, Antón, de sólo 2 años de edad.

No puedo quejarme en sí de la escuela. Como madre divorciada y sola, y para no abusar de mi tía que ya estaba suficientemente ocupada cuidando de su hermana enferma, esa escuela particular fue la única opción de cuidado para mi bebé dosañero que tuve en ese momento.

El que Antón estuviera ahí me permitió trabajar y nos dio la oportunidad de salir adelante en términos económicos en un periodo muy difícil para los tres. Ahí en la escuela conocí a la psicóloga que nos sacó adelante a Manolo y a mí tras la separación. Y ahí estábamos los tres “seguros” en un ambiente cerrado y nuestro, cuando nuestra vida empezaba a rearmarse pieza por pieza.

La cuestión es que ahora mi Emma también va a la escuela. Empezó su “école maternelle”, como le dicen a la educación prescolar acá en Francia, en septiembre del año pasado. Tenía tres años y medio. Y en mi experiencia, fue la mejor edad para que iniciara este proceso. Ni los casi cinco de Manolo, ni los apenas dos de Antón combinaron tan bien con una primera experiencia escolar como los tres y medio justos de Emma.

Y lo que me resultó sorprendente es cómo el sistema escolar francés está pensado para permitir que las mamás (y papás, obvio), trabajen.

Cada escuela tiene una guardería integrada, así que puedes dejar a tus pequeños desde las 7:30 de la mañana si es necesario por tus horarios laborales, y recogerlos hasta las seis de la tarde o incluso un poco más, dependiendo de las escuelas.

Yo, por fortuna, no tuve necesidad de dejar a Emma tanto rato y desde un principio. De hecho, hicimos una adaptación suave y agradable a la escuela. Empezó yendo sólo las mañanas lunes, martes, jueves y viernes (porque en mi municipio, como en la gran mayoría de municipios franceses, no hay clases los miércoles). Después empezó a quedarse a comer los lunes. Después, lunes y viernes.

Desde enero, se queda los 4 días completos: de 8:20 a 4:30. Y está feliz. Los niños de 3 y 4 años duermen siesta después de la comida de medio día, y ella sabe en la “sala de fiesta” (sic, parece que para mi hija dormir es una fiesta), cuál es su camita.

Para los papás que trabajan los miércoles, el municipio tiene una guardería con los mismos horarios que tienen las escuelas los otros días de la semana. La inscripción es muy sencilla. En este punto cabe recordar que vivo en un municipio de apenas 6 mil habitantes y que las personas que viven en las grandes ciudades francesas no lo tienen tan fácil en términos de acceso a la guardería.

La idea del prescolar eso sí, es muy diferente.

En México, se compra una lista de útiles enorme, con rompecabezas, pinturas, plastilina, masa para modelar, cuadernos y crayolas.

Acá, yo no compro nada. Lo único que Emma llevó el primer día de clases fue su mochilita con una muda de ropa.

En México había tareas para los pequeños desde los 3 años. Escribir, copiar, dibujar. Y para los papás… maquetas, dibujos, terrariums, títeres y un larguísimo etcétera.

Acá no hay nada. Una vez cada dos meses recibimos un bonito engargolado con fotos y explicaciones de lo que han trabajado en clases y tenemos que “colaborar” pegando una foto, o un boleto de cine, una postal…algo que hable de lo que la familia hizo para que el pequeño pueda compartirlo en clases.

No es perfecto el sistema francés. No creo que haya sistema perfecto.

Pero me gusta más esta idea de aprender despacito y jugando que la presión que los pequeños tienen en México por entrar leyendo a la primaria.

Además, Emma está inscrita en una escuela pública pequeñita (casi rural) en la que en total hay 4 grupos, de Kínder I como diríamos en México, a quinto de primaria.

Todos los grupos son mixtos, hay niños de diversas edades conviviendo y aprendiendo juntos.

Y el hecho de que ella se haya adaptado tan bien y contenta a su vida en la escuela, me ha permitido explorar otras áreas de mi vida, buscar trabajo fuera de casa, meterme de lleno a las clases de manejo.

Me doy cuenta que no sólo cambié de país, sino de situación.

Emma tiene dos hermanos mayores dispuestos a cuidarla siempre. Y un papá presente y cariñoso, que tiene un trabajo duro pero con un horario que le permite estar siempre a la hora de la salida para buscar a su pequeñita.

Entonces, además del sesgo que siempre impone el hecho de que estoy comparando mi experiencia como mamá en México y mi experiencia como mamá en Francia (mi Francia), también está el lente diferente a través del cual veo las cosas.

Pero de que agradezco que no pasaré tres años trabajando toda la mañana para coser títeres a la noche, eso que ni qué. En ese sentido, gracias enormes sistema francés.

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