Balance general

Hace exactamente cinco años cerramos las maletas. Con muchísimo trabajo, pusimos en tres maletas de menos de 23 kilos (aunque en realidad venían medio pasadas de peso), toda nuestra vida. La mayor parte de esos kilos estaban ocupados con juguetes. Yo quería que mis niños (que tenían 6 y 9 años) reprodujeran su mundo, sus sensaciones y sus emociones.

No quería que la transición México-Francia fuera todavía más violenta de lo que sería por definición.

Cambiamos de país, de idioma, de clima, de costumbres.

Abandonamos familia y cosas ricas.

Y empezamos de nuevo.

Cinco años después, sería hipócrita decir que no ha habido días en que me he arrepentido o cuestionado enormemente la decisión.

El día en que del otro lado del océano mi tía se fue de este mundo y yo no pude estar con ella. Y mientras me senté a contemplar el reloj mientras el resto de mi familia estaba en el entierro y yo no.

Perdí muchas cosas. Perdí momentos en compañía de la gente que quiero. Cuando me vine, mi sobrinito era apenas más que un bebé. Hoy está en segundo año de primaria. No lo he visto transformarse en un niño y no lo veré transformarse en un muchacho.

No desayuno frijoles con huevo en la soleada cocina de mi tía compartiendo plática y café con canela.

No tengo el sol de invierno que me caliente a medio día.

Ni vivo rodeada de un montón de gente que si bien ni es toda buena ni divertida, habla más o menos como yo y jamás pregunta de dónde vengo.

¿Gané cosas?

Si, también. Gané un trilingüismo que se fortalece.

Gané una relación con un bretón amoroso, que si bien no puedo decir que todo el tiempo ha sido como caminar sobre rosas, es algo que me era completamente desconocido. El ver sus ojos honestos que me dicen que quiere que yo sea feliz, todavía después de estos cinco años en que he llorado tanto por lo que extraño, por lo que me falta, por lo que me exijo. Eso no tiene precio.

Gané ver a mis hijos hacerse enormemente fuertes. Aprendieron a escribir en la cuadrícula diferente de los cuadernos franceses, y el código de color de las evaluaciones, a redactar y leer en francés. Y no han olvidado su español. Acá en casa hablamos diario y siempre en ese idioma que es como nuestra casa privada.

Gané construir una casa, una que vi crecer desde la semillita. Vi los cimientos, decidí el lugar en que iba a estar mi escritorio. Vine a recibir las llaves el día que terminó la obra.

Y soy yo la que ha ido eligiendo cada mueble, cada detalle en esta casa. Este mini-México con jarritos de barro y calaveras por todas partes, es mi hogar.

Gané descubrir muchísimas cosas de mí misma simplemente por el hecho de re-aprender códigos sociales tan simples como aprender a saludar, a despedirme, a cruzar las calles por el paso peatonal…

Y gané a Emma. Las noches en que todo parece negro, en que siento que nunca voy a entender cómo se hacen las cosas “a la francesa”, Emma viene y juega conmigo, me pide que le cante canciones en español y acaricia mis mejillas. Ella es como esta vida nueva representada en una cabeza llena de cabellos ondulados. Ella es bretona y francesa, y le gusta comer mantequilla con sus manitas. Ella es mitad mexicana y le gusta rasparse el guacamole que queda en el molcajete. Ella canta canciones de Cri-crí y canta con su papá las “comptines” tradicionales francesas.

Ella unió nuestra familia, porque tiene un apellido en común con todos los que vivimos en esta casa.

Y vino a ser la traducción física de lo que el paso que di hace cinco años hizo con nosotros, los tres que llegamos y el bretón que nos recibió.

Nos cambió a todos un poco. Nuestro hogar es bretón, francés, mexicano. Nuestra vida no es fácil, porque combinar distintas culturas no lo es. Porque en el fondo, todos somos un poco herméticos y chauvinistas y es difícil dar nuestro brazo a torcer. Pero cuando estamos juntos los cinco, y nos reímos de las bromas adolescentes de mi Manolo que acá dejó de ser niño, o cuando charlamos de libros que hemos leído en diferentes idiomas, o cuando nos enojamos porque aún después de 5 años la comunicación no fluye como si compartiéramos idioma materno y códigos culturales, pero después de llorar y frustrarnos seguimos juntos… entonces trago lo amargo y sigo.

Quiero seguir aprendiendo.

Ya sé que mi vida acá siempre será una vida de extranjera. Y que toda la vida la gente me preguntará de dónde viene mi acento. Y que porto en mi cara las señas que dicen que no soy local. Pero quiero aprender más detalles, más historia, más cultura. No quiero parar de aprender. Como Emma. Como mis muchachos. Como mi bretón que ahora come más picante que yo. Si hay algo que me dejan estos cinco años de crepas, mar, lluvia, viento, viajes, aviones, especias escondidas en las maletas, reencuentros y despedidas, saludos torpes, amistades truncas, escuela, idiomas y trámites burocráticos, es eso: aprendizajes. Y estos aprendizajes, los viejos y los que vendrán, son mi brújula para no perderme en este mar de la vida entre dos culturas.