Sobre horarios y costumbres

Cuando cambias de país de residencia, hay muchas cosas que crees que representarán el mayor obstáculo a tu adaptación: el idioma, la búsqueda de empleo, desenvolverte económicamente en un sitio en el que no juegas de local.

Quizá.

No estoy negando estas complicaciones, ni las derivadas de la burocracia (tener siempre los papeles en regla es un vía crucis independiente de todo lo demás).

Pero hay todo un montón de pequeños ajustes a hacer en la vida diaria que son a la larga, los que más pesan.

Parece absurdo que sea más difícil acostumbrarse a no desayunar huevos revueltos con frijoles, que a hablar un idioma diferente en todas las interacciones que realizas fuera de tu casa. Que sea más duro cambiar tus horarios de comida que preparar un Curriculum Vitae pensado en un mercado laboral que no es el tuyo.

Yo extraño mil pequeños detalles que disparan recuerdos y emociones en mi día a día que ya está entrelazado con los “usos y costumbres” francesas, y más específicamente, bretonas.

Extraño tener chícharos frescos todo el año. Mis hijos mayores crecieron siendo ellos los que pelaban los chícharos para su ensalada rusa. Me acuerdo que tenía yo uno de esos dosificadores de medicamento infantil guardado y reservado para los chícharos recién pelados. De ahí los echábamos a hervir.

Extraño los mangos en primavera. Y el tamaño de las sandías. Y de los melones.

Extraño el ruido de la máquina de las tortillas. Y extraño el bullicio en el que se vive en México. Sales de tu casa y escuchas ruido. El camión del gas, un fino y refinado claxonazo que entona el tema de “El Padrino”, te saluda el barrendero y entras a la tiendita y hay gente esperando y charlando entre ellos.

Todavía me parece increíble vivir en un pueblo de aproximadamente las mismas dimensiones que mi pueblito hidalguense en el que no haya banquetas para caminar.

Extraño comer a las 2-3 de la tarde y no tener que cocinar para la cena, porque un pan dulce y un café con leche eran suficientes.

Extraño decir la hora en formato de 12 horas (porque al decirlo en formato de 24 todavía tengo la sensación de hablar de física cuántica).

Y al extrañar todo eso, pienso y pienso. Pienso en el reloj de pulsera que mi tía me regaló y que no tiene pila. Y acá hasta encontrar un relojero es complicado (y caro). Y acabo pensando en mi tía y en cuánto me hace falta.

Y pienso. Pienso en mi propia abuela paterna, que llegó a México desde el País Vasco español con más o menos la misma edad con la que mi Antón llegó acá a Francia.

Y Antón extraña los tacos y los helados de la plaza. ¿Qué extrañaba mi abuela? ¿Que singularidades y productos del País Vasco disparaban su memoria? ¿Y cuándo dejaría de extrañar? ¿Cuando todos sus hijos ya eran padres de familia? ¿Cuando se quedó viuda? ¿Cuando murieron sus padres y su vínculo con la tierra de origen?

¿Cuándo termina esta sensación de no estar en ningún lado y a la vez, en dos?

¿Se hereda?

Ojo que no hablo de un malestar cotidiano. Soy feliz con mi vida acá. Tanto como puede uno ser siendo eternamente el “de fuera”. Mis hijos están bien. Pero esa picazón, la nostalgia que se dispara con las cosas más absurdas (¿por qué no hay sopa de municiones?) esa hay días que siento que se intensifica con el paso del tiempo.

En Francés le dicen “le mal du pays“.

Pero de alguna forma, esas palabras todavía no me permiten atrapar ese extrañar cosas del diario que vive conmigo en mi cotidianidad de emigrante.

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