Francia, México y Uruguay

En la memoria de mis hijos, que llegaron de 6 y 9 años a vivir a Francia, México es un lugar lleno de buenos recuerdos y emociones hermosas, la mayor parte de ellas, ligadas al amor que les dieron mis dos tías tan queridas.

Sobre todo mi hijo mayor, que entró a la escuela tarde (sólo hizo un año de prescolar), pasó sus primeros años rodeado del amor de esas dos mujeres que si bien no tuvieron hijos propios, supieron darnos mucho a todas sus sobrinas y siguieron dando con los sobrinos-nietos. Los picnics con naranjas en el patio de la casa, cantando “Cielito Lindo”, son un espacio dorado en los recuerdos de mis hijos.

Para ellos, México también soy yo. Yo y mi cocina mixta, mis frijoles refritos, mis ejotes con huevo. Yo y mi amor por los nopales, mi forma de hablar español, mis historias y mis cuentos.

Pero son niños (¿muchachos?) con mucha suerte. Y de eso me di cuenta de forma muy evidente gracias al mundial de futbol. Yo había “perdido” el gusto por el futbol después de un doloroso divorcio, puesto que con el padre de mis hijos yo había disfrutado de ver numerosísimos partidos. Pero el futbol, en mi corazón, es de otro hombre que llegó mucho antes a mi vida: mi papá. Él fue jugador de futbol, periodista deportivo, y pocas cosas amó más en su vida que el deporte más popular del mundo.

Y a falta de hijos hombres…a mí me decía “Charly”, me sentaba en sus piernas y me explicaba cómo funcionaba el fuera de lugar.

Este verano, de la mano de la nostalgia de mis hijos por ese México de su pequeña infancia, sentados viendo el partido de la selección mexicana ante Alemania, me sentí nuevamente al lado de don Carlos, mi papá. Lo escuché narrándome el único campeonato del Atlas de Guadalajara en su historia, y el porqué era el equipo ideal para que yo me hiciera su seguidora. Y respiré aliviada, fue como curar una herida, una que tardó 10 años en sanar. Ese divorcio tan difícil parece que al fin está cicatrizando en mi corazón.

Pero estos muchachos míos no tienen sólo ojos para México. A pesar de que su papá vive tan lejos, ellos mantienen contacto con él. Y no solamente eso, yo misma he hecho un esfuerzo y les hablo de Uruguay, la tierra de su abuela paterna, un país que yo conocí hace casi 20 años y que me dejó la mejor de las impresiones. Fue el lugar en que no me sentí señalada por ser extranjera: me sentí bienvenida. Ni siquiera el divorcio pudo teñir de un color oscuro mis recuerdos de Uruguay. Al lado de mi escritorio, aún tengo un porta-lápices labrado a mano que compré en Colonia, muy cerca del Río de la Plata y de Montevideo.

Así que mis hijos, con ese amor charrúa en las venas, también vibraron (y sufrieron) con el paso de la celeste por el mundial. El futbol me abrió la ventana para hablarles más de ese lugar tan hermoso en el que también tienen raíces. Ellos nacieron en México, pero no son 100% mexicanos, y eso es una riqueza.

Y finalmente, hay otro espacio enorme en su corazón para este lugar en el que ahora formamos una familia. Hay un bretón, que es francés por supuesto, que les dio todo su corazón desde la primera vez que se vieron. Él los ama como si él los hubiera engendrado, él los cuida cuando se enferman, los acompaña a los entrenamientos y competiciones de esgrima y se sienta a hacer la tarea de matemáticas con ellos.

Leen juntos, cocinan juntos, y se divierten enormemente juntos.

En el corazón de mis hijos, Francia también son sus amigos, sus profesores, la historia y la naturaleza que han ido descubriendo al crecer aquí. Y su hermana, por supuesto, esa niña de cabellos rizados que vino a unir a todos los miembros de esta familia.

Así que mañana domingo, disfrutaremos juntos un partido más en que la selección que juega nos lleva a pensar en un sitio querido, un lugar en el que tenemos invertidas emociones, raíces, pasado y futuro.

Eso y mis hijos tienen amor para todo mundo, porque igual admiran y reconocen el esfuerzo del equipo croata con el que Francia jugará la final.

Muchas personas piensan que el futbol embrutece a la gente. Para nosotros, es simplemente un eslabón más en la cadena de cosas que nos unen con tantos lugares y nos hacen sentir amor por sitios diferentes. También es una herramienta de descubrimiento y aprendizaje. Y una oportunidad para pasar momentos en familia. ¿Quién me hubiera dicho, cuando mi papá me explicaba el futbol y yo era una niñita, que años y años después sería yo la que les explicara a mis hijos las reglas del juego? A veces la vida es en realidad cíclica y redonda como una pelota.

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