Hablar con los vecinos

Si vives en un pequeño pueblo francés, no es fácil hablar con los vecinos.

En el centro de un pueblo más “urbano”, se facilita porque hay personas caminando, entrando y saliendo de sus departamentos o de sus casas.

Más te alejas del centro, más las casas aún tienen un gran jardín, y más separadas están entre ellas. Al vivir en un punto borroso entre una zona urbana y el campo (campo-campo, digamos vacas y sembradíos de trigo y maíz, huertos de árboles frutales y bosques), el transporte público es casi inexistente. Todo mundo sale de su casa a trabajar o llevar a los niños a la escuela en coche. Todos manejan (menos yo), salen directamente en coche de su casa y normalmente, no ves a nadie. Mucho menos en los largos y oscuros meses de otoño e invierno, en que la lluvia es una constante amenaza.

Ese silencio de las calles poco transitadas porque hay pocos peatones es un cambio drástico. Mi pueblo allá en México debe tener aproximadamente la misma cantidad de habitantes que este pueblo bretón, pero allá hay gente en todas partes. Hay transporte público, taxis, autobuses para ir a Pachuca (la ciudad más cercana) y a la Ciudad de México…cada media hora. En las tiendas, en la calle, siempre verás gente caminando, charlando (y en voz bien alta).

Evidentemente yo no digo que en toda Francia reine este silencio. Las grandes ciudades son grandes ciudades, bulliciosas, con su metro y su tramway. Aquí no hay eso, y mi comparación es entre dos comunidades semi-rurales con la misma cantidad de habitantes, más o menos.

La cuestión es que 4 años después, ya he podido hablar con algunos de mis vecinos.

Hemos intercambiado mermelada casera, se han ofrecido a llevar a Antón a la escuela en los meses de lluvia y frío.

Me ha costado trabajo, pero he descubierto que no podemos encasillar a todos los franceses y europeos como gente fría simplemente porque no hablan tan fuerte como nosotros los latinos. Sí, hay más silencio y menos risas. Pero que la gente tenga una forma diferente de enfrentar el día al día no los hace gélidos ni malas personas.

Además, esa falta de convivencia espontánea, se sustituye con una rica vida asociativa.

Los pueblos y pequeñas ciudades bretonas explotan con asociaciones, clubes, actividades culturales, deportivas y recreativas.

Es en esos espacios que se puede hablar.

No forzosamente encontrar amistades íntimas, pero saludar, charlar e interactuar. Y darse cuenta de que si bien es uno siempre destaca con su acento, y que la primera pregunta que toooodo mundo te hace es “¿de dónde viene? porque noté que tiene un pequeño acento…”, no es tan difícil hablar con la gente.

Todavía no me es natural hablar en francés. Pero ya no me hace sufrir: finjo muy bien que hablo francés y eso es suficiente para quejarme del clima con los vecinos. Y ese salir del silencio de mi primer tiempo en Francia me ha hecho mucho bien.

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