Hablar francés todos los días

“J’ai en marre”, dirían los franceses.

Escucho hablar a Emma, mi pequeña bilingüe en crecimiento, y cuando cuenta con su papá “un, deux, trois” su pronunciación, a sus dos añitos y medio, es millones de veces mejor que la mía.

Ya tengo tres años hablando francés todos los días. Cada día más, cada día mejor.

Y leo y releo las ventajas de una vida bilingüe, cómo sirve para el cerebro, que te ejercita, que te mantiene joven mentalmente… e igual hay días en que me siento tan cansada de esta vida lingüísticamente saltimbanqui.

Afortunadamente mi bretón habla cada vez mejor español, lo que me permite bajar la guardia y hablar en mi lengua materna cuando discutimos. Realmente, al calor de una plática intensa sobre decisiones vitales, me viene muy bien poder regresar de tanto en tanto a mi propio idioma, ese que habla mi corazón.

Después, debo reconocer que hace bien saber que puedo expresarme bien en este idioma. Que más allá de la curiosidad que despierta mi acento (y que haya muchas personas que todavía no me creen que hablo español y me siguen afirmando que hablo “mexicano”), las personas me entienden cuando hablo. Me entienden mis amigos (con los que puedo discutir de política y filosofía sólo preguntando o confirmando que tal o cual palabra se dice como yo creo), me entiende la chica del banco, la profesora de Antón, el presidente del club de esgrima y la empleada del municipio. La única que sigue haciendo gestos de no entender cuando hablo es mi suegra, pero bueno…

Incluso las personas que eran más críticas cuando empecé este periplo de comunicar cosas cotidianas en francés, reconocen el largo camino recorrido.

A veces me sorprendo a mí misma usando expresiones en francés en mi mente. De esas que no tienen traducción en español.

Ahora cuando leo una novela en francés, ya no sólo estoy descubriendo palabras. Ahora disfruto la lectura.

De hecho, ahora puedo tomarme unas cervezas y seguir hablando francés.

Aun me pone nerviosa hablar por teléfono, pero cada vez menos.

Ya no me descubro sorprendida cuando tomo un paquete o una caja con algún alimento y los ingredientes o explicaciones están en francés. Ahora lo leo con naturalidad.

Es un camino de todos los días. Es un esfuerzo adicional. Es una gimnástica mental. Es cansado a veces.

Y hay momentos en que envidio la naturalidad con que mis hijos van de un idioma a otro.

Pero yo me esfuerzo, escribo todos los días. Leo. Estudio. Repaso. Recomienzo.

Y de hecho, creo que esta situación me ha hecho más empática con mi pequeñita que apenas empieza a hablar.

Lo horrible que es querer decir algo y que no te salgan las palabras. Es estar encerrado de cierta forma. Dentro de tu cabeza.

Y para ella es así, porque a veces no logra darme a entender lo que desea. Y yo me siento y le digo que me señale. Muestro una paciencia que desconocía que tenía.

Et je fonce… dirían por acá.

Avanzo derecho y con fuerza, directo hacia la meta, que es poder expresarme en este idioma con la misma soltura que lo hago en español.

Paso a pasito…

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