10 años después

Hace 10 años yo vivía en México, en mi pequeño pueblo del estado de Hidalgo.  Tenía 8 años en un matrimonio que tras la muerte de nuestro hijo había quedado frágil y quebradizo.

No tenía un empleo fijo y trabajaba como escritora freelance y haciendo investigaciones académicas esporádicamente, además de tener una micro pizzería que mucho no vendía.

Y tenía más de 41 semanas de mi segundo embarazo.

Así, sin dinero, sin idea de a dónde me llevaban mis pasos, que jamás habían sido tan vacilantes e inseguros. Así, con una relación más que fría con el papá de mis hijos.

Pero con un Manolo que a sus casi tres años, ya estaba más que preparado para ser hermano mayor. Él con toda la ternura eligió el primer peluche de su hermanito y me acariciaba la enorme panza diciéndole “Atún” (por suerte antes que naciera ya le salía mejor “Antón”).

En ese embarazo tuve pánico cuando llegué a los 6 meses de embarazo, no quería otro parto prematuro.

En ese embarazo trabajé hasta el último día y desde el primer día después de que Antón naciera.

Los primeros años de ese pequeño fueron duros. Había muchas carencias. Problemas.

No tengo ni una foto de ese embarazo.

Diez años después veo a Antón y me parece increíble. Está por comenzar su último año de primaria (acá en Francia la primaria sólo llega hasta quinto porque la secundaria se extiende por cuatro años). Es independiente, obviamente bilingüe, y es un muchacho pavorosamente sano. Es tan saludable y se enferma tan esporádicamente que parece mentira. En cuatro años de vida en Francia, sólo ha contraido la varicela y una mini infección gastrointestinal (que al resto de la familia nos puso en cama). Es un chico minucioso y detallista, atento y feliz.

También me resulta increíble verme a mí misma 10 años después.

Ni aunque me lo hubieran creído habría aceptado el hecho de que viviría del otro lado del Atlántico y que a mis casi 40 años estuviera perfeccionando el uso de un idioma. Que volvería a embarazarme. Que tendría una nueva pareja, un nuevo hogar y una nueva vida.

Que tendría la oportunidad de enamorarme de otra tierra, y que viviría diariamente aprendiendo esta otra forma de ver la vida.

Hoy tomo muchísimas fotos de Antón y sus hermanos.

Es casi compulsivo, pero es que no quiero olvidar. Quiero fijar mis recuerdos de ellos.

Me duele no tener muchísimas fotos del bebé Antón con sus ojos gigantes y su mirada profundamente seria.

Pero tengo miles del Antón casi diezañero que se trepa a los árboles y se lanza desde piedras altas.

La vida cambia.

El idioma es otro.

Y la vida no deja de sorprenderme.

Tanto, que estoy dispuesta y lista para pedir la doble nacionalidad y ser un poquito francesa. Pero esa es otra historia.

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