Un recorrido en dos idiomas

Mi pequeña bretoncita, Emma, acaba de cumplir 2 años.

Dos intensísimos años en que siento que me he “graduado” como madre. Las dos veces anteriores que recorrí este camino, el de ver a un bebé convertirse en niño, lo hice con ayuda. Fue el consejo, la compañía y la mano de mis tías la que me orientó y me dio fuerzas. Y si bien siempre fui yo la que se hizo cargo del trabajo que es cuidar a un niño pequeño: pañales, comida, baños, etcétera, el tenerlas ahí aunque fuera para respirar un poco, fue valiosísimo.

Yo trabajo en casa. Los muchachos van a la escuela, mi bretón trabaja desde muy temprano. Así que Emma y yo pasamos largas horas solas. Solas administrando nuestro tiempo: viendo cómo reunir trabajo y vida. Computadora y necesidades de una bebé se convierten en pelotitas con las que hago malabares para además, encargarme de una casa en que viven cinco personas.

¿Ha sido fácil?

No. No porque además al mismo tiempo me he sentido sola, he estado enojada con este país, he sentido lo que es estar tan lejos de las manos amigas y de los oídos que no sólo entienden cuando hablas, sino que además no te juzgan.

Pero también ha sido un viaje de descubrimientos maravilloso. Porque yo soy una persona que comunica todo el día. Escribo, hablo, grito, canto, gesticulo. Y hay una pequeña (justo ahora sentada en mis piernas) que ha estado absorbiendo esta ráfaga de palabras y expresiones de forma continua. Y el resultado es una vocecita que poco a poco nos va regalando más y más palabras. Para maravilla de todos, hay palabras en dos idiomas. Ella me dice “mamá”, con esa entonación que da una palabra aguda. No me dice “maman” con una a nasal y cerrada en francés. Pero juega con su papá y le dice con una sonrisa pícara “au revoir” cuando él se va a trabajar. E intenta decir “rojo”, y habla, habla, comunica, expresa.

Decidimos que queríamos eso para ella. Que fuera capaz de entender a mamá en su propia lengua. Así que aplicamos una versión casera de la técnica denominada “OPOL” (one parent: one language, por sus siglas en inglés). Mi bretón le habla en francés. Yo, en español. Y en este viaje bilingüe cuento con la ayuda de dos soldados incansables: mis hijos mayores. Que le cantan, le leen historias y le describen el mundo en español. Jamás doblo las manos y aun en público, cuando las personas a nuestro alrededor sólo hablan en francés, yo a mis hijos les hablo en español.

Tengo  amigas latinoamericanas viviendo en Francia que han logrado a los 5-6 años un bilingüismo funcional en sus hijos. No sé si es eso lo que busco. Busco sobre todo que ella me entienda. Que escuche y comprenda el idioma en el que habla mi corazón: y ese jamás será el francés. Leemos juntas libros en español, y si el libro está en francés, mamá hará la traducción instantánea y memorizará las palabras para leer igual la próxima vez.

En honor al viaje bilingüe de todos mis hijos, yo también estoy aprendiendo.

Igual que quiero que un día ellos puedan escribirme cartas en español, yo escribo en francés. Leo en francés. Escucho el francés. Pregunto, avanzo, estudio. Esta familia vive en dos idiomas. Incluso mi bretón cada vez habla mejor un español “a la mexicana” y nuestras conversaciones bailan entre palabras prestadas.

Hay mil actividades que hacemos y que podremos hacer a futuro para reforzar el español de Emma. Habla por teléfono con mi tía y le dice “hola” intentando contarle su día. Leemos, jugamos, cantamos (“cucurrrucucú paloma…”). Las idas a México (y quizá un día recorramos también otras ciudades hispanoparlantes, vayamos a Madrid o a Barcelona, volvamos a Buenos Aires…) son importantes. Y sobre todo, en casa hay respeto por los dos idiomas, pues si bien el francés es el idioma de la vida cotidiana para todos mis hijos, el español es el idioma de mamá. Y con ese idioma, les comunico mi historia, mi cultura, mis emociones y mi pasado, que en cierta medida, también es el suyo.

De más está decir que para transmitir todo eso que me hace yo misma, cuento con otras herramientas: mi cocina a la mexicana y una piñata cada cumpleaños están logrando que hasta los amigos de mis hijos y nuestros amigos sean un poquito mexicanos. Este viaje en dos idiomas es en realidad un viaje en dos culturas y es fascinante.

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La secundaria

Vivir en Francia me ha dado la oportunidad no de comparar, sino de conocer otra forma de vivir la vida. A veces me sorprende lo diferentes que pueden ser las pequeñas cosas: las cosas de todos los días. La escuela ha sido una de estas cosas que cambian en detalles ínfimos pero que al final construyen algo muy distinto. Si yo pienso en mis años como mamá allá en la escuela mexicana hay dos palabras que vienen a mi mente (y no tienen nada que ver con nivel académico…): uniforme y útiles escolares.

Puede resultar absurdo, pero cuando eres madre soltera y los gastos educativos de dos hijos descansan sólo sobre tus hombros, estos pequeños detalles constituyen tu día a día. Las manualidades de todos los días, los dos-tres pares de zapatos que el niño necesita sólo para la escuela, muchísimos cuadernos y útiles. Vas remando día a día con estas cosas. Y no que lo académico deje de ser importante, para nada. Yo ya he hablado de lo bien que la escuela pública me trató en México como alumna y como mamá, y de lo dura que fue mi experiencia como mamá, profesora y alumna en el sector privado. Pero esa es mi experiencia y no se puede generalizar. Ahora que planchar camisas de uniforme, eso es algo parejo para todos. Y bolear zapatos negros… ay cuántos recuerdos.

En Francia la escuela pública también nos ha tratado bien. La primaria fue para mi Manolo, mi hijo mayor, una experiencia preciosa en los tres años que le tocó cursar acá. Y Antón, mi niño de enmedio que llegó acá a iniciar su primaria, la ha disfrutado enormemente.

Desde septiembre, también hemos experimentado ya la secundaria, y nuevamente la escuela pública de mi pueblito bretón no me ha decepcionado. Pasé el verano pasado con dolor de estómago de nervios: la secundaria no fue una etapa fácil para mí y tenía miedo por mi niño que además de todo, lo viviría como extranjero. Desconocía el sistema, las reglas, el funcionamiento.

Pero todo ha sido tan fácil de aprender, que resultó casi automático.

El collège, como se le dice coloquialmente a los “Colegios de Educación Secundaria” acá en Francia dura cuatro años. Y la nomenclatura no podría ser más divertida: empiezas en sexto y terminas en tercero…ehhh, si, es así. La educación post-primaria es una cuenta regresiva que termina el último año de bachillerato (terminal se llama) cuando haces EL examen, el examen del “bac” con el que inicias tu vida adulta e intentarás ingresar a la educación superior.

Entonces, Manuel empezó su “sixième”, y desde el primer día volvió feliz.

Feliz de que la escuela hace lo posible por guardar grupos de amigos que vienen de la primaria en la misma clase y él conservó a dos de sus mejores amigos con él.

Feliz con la pasión con la que la profesora de Historia (su asignatura preferida), imparte la clase.

Y feliz con la comida deliciosa que sirven en el “self” (el restaurante escolar, que como es de autoservicio…self service abreviado).

Evidentemente no vamos a hablar de la escuela perfecta. Hay bemoles y peros, como en todas partes. Hay profesores desmotivados, alumnos que hacen desorden…lo normal. Pero hay un equipo docente que lidia con sus clases con un compromiso que yo como docente no vi jamás allá en mi país.

Y eso que no lidiábamos con clases multinacionales como la de Manolo, en que además de él, hay una chica colombiana, dos nenes turcos, dos albaneses, dos iraquís y un niño chino. Hay además un niño con problemas de audición y dos niñas disléxicas. Y todos conviven. Y para los profesores ningún niño es más o menos importante que otro. Tuve la oportunidad de estar en un consejo de clase, en el que todos los profesores que imparten clase al grupo de Manolo discutieron las calificaciones de los chicos del grupo antes de enviar las boletas. Fue una experiencia muy interesante y enriquecedora.

Pero además de eso, están los detalles. La entrada es a las 8 am (yo en secundaria entraba a las 7 de la mañana). Tienen una pausa de 2 horas al medio día, para comer y además tener tiempo, ya sea para jugar, correr, charlar…o inscribirse a clubs diversos. Hay clubs deportivos, de tecnología, baile, canto, lectura… y tienen precios muy accesibles, de tal forma que si hay muchachos que en las tardes no tienen los recursos para realizar actividades deportivas o culturales, lo pueden hacer en ese horario.

Está el hecho de que estudian dos idiomas extranjeros. Sí, quizá es verdad que no todos los chicos salen bi o trilingües de la escuela al concluir el bachillerato, al menos tienen las bases de dos idiomas y pueden tener la curiosidad de profundizar en su aprendizaje. En el último año del collège los chicos realizan campamentos de idiomas en España o Inglaterra, o intercambios estudiantiles con chicos alemanes.

A diferencia de México (desconozco cómo se da en otros países de América Latina), todos los alumnos estudian juntos la misma clase de Tecnología, en la que se abordan distintas temáticas de áreas diferentes, de dibujo técnico a informática. Y todos los alumnos estudian Artes Plásticas y Música. Un horario cargado, pero pocas tareas en casa. Una experiencia que ha resultado más sencilla de vivir como mamá que lo que fue mi experiencia como alumna y profesora en México. Quizá ayuda la personalidad de Manolo, que es el amigo de todos y el alma de la fiesta.

Estamos terminando “la sixième” y el único gran pero (además de que la profesora de Artes Plásticas sospecha que Manolo tiene problemas artísticos porque prefiere dibujar en blanco y negro) ha sido el día de la “comida mexicana” que fue un absoluto desastre. Comida tex-mex, sombreros de charro coloridos que acá denominan simplemente sombreros… si ese día a Manolo no le dio un síncope, fue casi un milagro.