Tres

Es curioso como los seres humanos medimos el tiempo: en el número de vueltas que la Tierra da alrededor del sol.

Pues bien, hace tres vueltas de este tipo que mis hijos y yo dejamos México para instalarnos en este rincón occidental de Francia.

Mis oídos aún no se acostumbran a escuchar francés día y noche. A pesar de ello, ya hay palabras de este idioma integradas en mi vocabulario mental. Cuando tomo un paquete de arroz o de pasta, todavía me sorprende ver los ingredientes escritos en francés. Pero ya soy capaz de mantener una conversación sin la ayuda de mi marido con extraños y amigos. Sí, ya tengo amigos franceses.

La sorpresa que me producen cosas tan simples como que amanezca a las 9 de la mañana en invierno o el sol se esconda a las 11 de la noche en pleno verano no se ha reducido en lo más mínimo. Vivir en otra latitud es magia y sigo agradecida con la vida por la oportunidad de descubrir este pequeño espacio verde del mundo.

¿Que si ya me acostumbré a la burocracia “à la française”? No, todavía no. La forma en que funciona, todo tan detallado, minucioso, elaborado, simplemente es complejo y duro de roer, incluso para los franceses. Pero ya memoricé (que no entendí…eso es otra cosa) los nombres extraños que los grados escolares poseen en Francia. ¿Que el primer grado de la educación secundaria se llama “sexto” y primero de primaria…CP (course preparatoire…)? Ya no lo reflexiono. Lo acepto y lo repito como perico, que es más fácil. Igual que mi año de nacimiento. A fuerza de repetirlo y repetirlo en francés, ya no pienso en la lógica extraña que los números tienen en este idioma.

Cuando llegué, traía de la mano dos niños pequeñitos que no hablaban francés. Hoy tengo un adolescente “collégien” que lleva excelentes calificaciones, mide más de 20 centímetros más que hace tres años y que disfruta su adolescencia, sus clases de esgrima y la cocina francesa. Hoy, tengo un niño de 9 años que ama tanto a la Bretaña que quiere aprender bretón. Ambos son felices, tienen amigos, conocen de memoria eventos de la historia local y hablan con tal fluidez ambos idiomas que puedo decir que son perfectamente bilingües. Y estamos aprendiendo a hablar alemán (Guten Tag!)

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Cuando llegué, no sabía a qué punto el ver los árboles de mi jardín llenarse de flores en primavera sería como renacer cada año después de los duros meses de frío y lluvias invernales.

Cuando llegué, no sabía cuánto se podía multiplicar la nostalgia cuando allá lejos en casa alguien que amas se va de forma definitiva y tú no estás para decir adiós.

Cuando llegué, amaba a mi bretón, pero hoy, hoy somos compañeros. Él me dio la mano mientras mi bretoncita adorada (que ya casi cumple sus 2 años) llegó a este mundo a iluminarnos con su sonrisa.

Cuando llegué, no sabía lo hermoso que sería escuchar con esa vocecita de bebé, algunas palabras en español, el idioma de mamá.

Hoy salgo de la mano de Manolo, mi hijo mayor, vemos el termómetro y si hace 0°C a medio día, decimos “no hace tanto frío”.

Cambio la ropa en los roperos al cambiar las estaciones.

Renuncié a usar paraguas…la lluvia bretona no es apta. Tengo un bonito impermeable, mucho más efectivo.

Hoy, todos los días por la mañana, me sigo repitiendo la lista de cosas que amo de este lugar, para que me ayuden a tolerar bien las que extraño tanto de mi pueblo allá en México. La piscina pública. La biblioteca. La calefacción en invierno. La facilidad de ser atendido por un médico cuando hace falta.

Ello no opaca que quiera escuchar el ruido de una máquina de hacer tortillas. O sentarme a la luz del atardecer en la cocina de mi tía y tomar un café con ella, acompañado de galletas marías. O escuchar la risa de mi hermana. Pero el resto, las cosas del diario, esas puedo no necesitarlas. Puedo vivir con lo que tengo acá, y ver su belleza. No tengo mangos, tengo frambuesas. No saben igual, pero ambos son deliciosos.

Todavía no aprendo a manejar: pero ya estoy tomando cartas en el asunto.

Sé que si volviera a México podría re adaptarme a la vida allá fácilmente.

Pero también sé que debería pasar algo muy fuerte para hacerme volver. Hoy por hoy, nuestra vida está aquí y seguimos aprendiendo a ser mexicanos en Francia. A no olvidar y a integrarnos al mismo tiempo. No es fácil, pero es posible.

Un brindis por estos tres, y a esperar lo que sigue.

 

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