Viajamos solas

Las cosas pasan y nosotros seguimos en movimiento.

En tanto nos mantenemos con vida, debemos continuar con este movimiento continuo y constante. Es parte del funcionamiento no sólo de la vida, sino de este universo, este mundo, este plano o como queramos definirlo.

Así que vestida de negro y con un agujero de dolor en el pecho, hice mi maleta y tomé a Emma, mi inquieta nena de 18 meses y viajé a México. Mis tres hombres (mi bretón y mis dos hijos mayores), se quedaron acá en Francia.

He leído muchísimos artículos, listas de consejos e ideas para viajar con un bebé.

En mi experiencia (limitada como es, ésta fue apenas mi segunda vez), lo único que realmente hace falta es mucha paciencia.

Paciencia no sólo con tu bebé. También con los empleados que NO son mamás y papás de un bebé que tiene que hacer un vuelo trasatlántico y estar encerrado 11 horas o más en un espacio diminuto.

Paciencia con las personas que atienden en migraciones, en la aduana, que tampoco acaban de pasar o están pasando por el estrés de viajar con un pequeñito.

Paciencia contigo mismo. No exigirte de más: es complicado y requiere más tiempo hacer las cosas si estás a cargo de un bebé. Está bien. No tienes que competir contra nadie.

Y si, paciencia y muchas explicaciones para el bebé. Cuando viajé con Emma y ella tenía 3 meses, fue sencillísimo. Ella durmió todo el vuelo, sin problemas.

Ahora fue más complejo.

Emma es una niña que empezó a caminar a los 10 meses. Tiene un control motor muy fino. Es curiosa, sube, baja, toma, toca, investiga. Así que estar atorada en un pequeño espacio por más de diez horas le suponía una tortura. Así que hice lo que siempre he hecho como mamá. No sé si es una locura o algo genial…es como yo funciono. Hablé con ella. Le expliqué que mamá estaba triste, que íbamos a viajar, que papá no iba con nosotras y que necesitaba que fuéramos un equipo. Y eso fuimos. Al final del viaje en avión Emma me miraba con una carita de tristeza increíble, pero nunca lloró. Ni gritó. Sólo pedía que nos moviéramos. O que le diera otro libro, otro juguete para ir pasando el tiempo.

Llegar allá fue difícil y cansado, pues mi familia no está de inmediato en la Ciudad de México, sino que hay que continuar el viaje.

Pero llegamos enteras y sin problemas.

A enfrentar el vacío que dejó mi tía al partir.

A visitar el cementerio.

A llenarnos de olores y colores, de sabores y texturas, no de “México” en general, sino de nuestro espacio, nuestras áreas, nuestra familia.

La vuelta fue diferente, pero Emma siguió portándose a la altura. En el aeropuerto de México no me permitieron pasar la carriola, que se embarcó como equipaje. Así que salimos del avión con maleta de mano y teniendo que caminar y hacer fila en migraciones, misma que Emma hizo sin quejarse, cargando su gatito de peluche que la acompañó todo el viaje. Complicado esperar 6 horas en el aeropuerto parisino hasta que saliera nuestro tren a la Bretaña, pero volvimos a llegar. A salvo, enteras, cansadas y con una maleta cargada de dulces tradicionales y recuerdos.

aeropuerto

¿Además de la paciencia qué más aconsejo, si cabe?

Viajar ligero. Entre menos se lleve, sobre todo en cabina, más fácil ocuparse del bebé. Una pañalera pequeña o mochila con los básicos y varios juguetes silenciosos que ayuden al bebé a pasar las horas.

Amor y paciencia, como en cualquier circunstancia.

¿Qué me dejó este micro viaje de luto a México?

Perspectiva.

Pero esa ya es otra historia…

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