Adiós verano

Mi madre vivió seis meses en Londres para estudiar inglés. La becó el periódico para el que trabajaba. Siempre que cuenta la historia de su paso por esa ciudad narra con humor el cómo los londinenses ante el menor aviso de sol, sacaban sus toallas y tomaban el sol aún en los parques urbanos. Hacían días de campo y corrían a los sitios al aire libre. Ahora que vivo en Europa me he dado cuenta de que a ella le da risa porque su paso por este continente fue efímero. Cuando los meses se acumulan y sigues viviendo en esta parte del mundo, aprendes a conocer los largos inviernos. Las noches que inician a las 6 de la tarde y terminan hasta las 9 de la mañana. Las lluvias continuas y constantes de noviembre a abril o mayo. Entonces, te enamoras del verano y sus días de sol.

Y no es sólo porque hay vacaciones largas y maravillosos días largos. Ver anochecer a las 10 y media de la noche es algo mágico. Es simplemente que el sol se hace presente de forma más frecuente y es posible salir más. Disfrutar cosas que sólo pueden vivirse a plenitud con tibieza en el aire y con luz solar. El mar siempre es bello, pero el ver el atardecer sin veinte abrigos y bufandas, pasadas las diez de la noche, es mágico. Y si, dan ganas ridículas de hacer días de campo, y de tomar una cerveza fría (en eso aún no me he afrancesado y no he caído enamorada del vino) en el jardín. Y julio y agosto se llenan de encuentros, comidas al aire libre y días de descanso. Todo eso hace cada vez más duro despedirse del verano.

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No tiene nada que ver con mi fobia personal hacia los días lluviosos. Es simplemente que conforme septiembre transcurre y los días se van haciendo más cortos, el viento sopla más frío y la temperatura desciende, hay muchas cosas que se guardan. Las tardes invitan menos a la convivencia y más a permanecer en casa, sólo en familia. No es malo. Es diferente.

A mi me gusta la luz del sol. Los días calurosos, las sandalias, las bebidas frescas y los helados a la orilla del río me hacen feliz.

Puedo imaginar por qué los antiguos habitantes de estas latitudes poblaron las noches de brujas y hombres lobo. Hay que quedarse, sin casi ninguna fuente de luz, esperando la luz por tantas horas. Lo oscuro invita a la imaginación, intimida e impone respeto.

Con el fin del verano llega la vuelta a clases y nuevos ciclos.

En nuestro caso, estamos descubriendo la secundaria “a la francesa”: el collège. Mi hijo mayor ya no es un niño y eso es emocionante.

Pero toda la emoción de los nuevos comienzos no me es suficiente. Quisiera que la tibieza del sol siguiera acompañándome mientras trabajo, como lo hace en los inviernos gélidos pero soleados del Altiplano Central de México. Ese toquecito de nostalgia me calienta el corazón, pero no iluminará mi escritorio con la maravillosa luminosidad del sol veraniego.

Adiós verano. Gracias por esos momentos maravillosos y hasta el año entrante.

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