Fin de cursos

Quien haya crecido en México, habrá vivido una fiesta de fin de cursos a todo lo amplio.

Cuando sales del kinder (educación preescolar), te verás ataviado de una toga y un birrete, cual si hubieras finalizado la universidad.

Al egresar de la primaria o la secundaria, es muy común que se baile un vals, que se haga una fiesta con trajes de noche… se festeja. Y cada fin de ciclo se festeja a lo grande.

Como alumna, bailé mi vals al salir de sexto año de primaria (hace ya algunos que otros ayeres), con un bonito vestido de blanco de noche en el que me sentía incómoda. Era un vestido de mujer y yo todavía tenía cuerpo de niña. Aún así, bailé y celebré con mis compañeros en un lindo y sencillo salón de fiestas capitalino.

Como mamá, participé de la organización de dos salidas de preescolar y tengo hermosas fotos de mis pequeños, antes de entrar a la primaria, disfrazaditos de pequeños graduados, con enormes sonrisas y abrazando con amor a mis tías.

Hoy es el último día de clases para Manolo en la primaria y acá en Francia…pues que no hay nada especial.

Por un lado, extraño la parafernalia festiva que impera en México al fin de cursos. Los globos metálicos, los arreglos florales, la decoración… extraño que se le dé una gran importancia a la finalización de cada ciclo.

Por otro lado, amo la sencillez francesa. Para empezar, es más económico todo. No hay reunión para planear la graduación, ni gastos exagerados. No hay vestidos ni trajes caros.

Sí hay una foto de clase, como todos los años. La fiesta o kermesse de la escuela, con canciones, stands de juegos y pistolas de agua.

Sí hay dinámicas de despedida al interior de la escuela e involucrando a quienes son los auténticos interesados: los niños que salen de la primaria.

Hay lágrimas, y despedidas.

Pero no habrá una escuela entera entonando “Las Golondrinas” y deseándole buena suerte a sus egresados.

Las grandes diferencias en la forma en que vivimos la vida cotidianamente se hacen evidentes en momentos así. Allá en México, quizá la vida es más azarosa y entonces nos aferramos a cualquier pretexto para festejar. Acá se “reservan” para los grandes momentos.

A primera vista podría parecer insípido. Pero hay calidez en la sencillez en la forma en que acá se viven las cosas.

Hoy Manuel hizo por última vez el camino a pie que tantas alegrías y lágrimas nos ha dado estos dos años y medio. Casi dos kilómetros de caminata que hemos hecho bajo el sol, la lluvia, el viento o el frío, riéndonos, cantando, pisando charcos congelados o viendo volarse y romperse nuestros paraguas. Solos los tres, o ahora con Emma.

E iba feliz, sin presiones extras de practicar un vals…sin mochila y con un juego de mesa en las manos.

Me gusta esta austeridad…total, la fiesta la haremos en casa esta noche. Que no todos los días tu hijo mayor se va a la secundaria.

 

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