Ciclos

Hace seis años, en septiembre, llevé a un pequeño delgadito y más chiquito que sus compañeros a empezar la primaria.

Era un periodo difícil en nuestra familia, con la separación y el divorcio y los problemas que de todo ello se derivaron. Y ahí estaba él, con la mitad de su uniforme regalado y unos zapatos demasiado grandes para sus piesitos. Pero no había dinero para comprar otro par. Ahí estaba, sin conocer las letras, sin saber leer, pues por malas decisiones, sólo había hecho un año de educación preescolar, el cual fue caótico y complicado para él.

Y entró valiente y no dio vuelta atrás.

En dos meses aprendió a leer. Le ha llevado más tiempo mejorar su caligrafía y su motricidad.

Fue él el que en tercer año ya tenía calificaciones excelentes. Que a los ocho años descubrió su pasión por la lectura y ahora no para de leer.

Fue él quien, junto a su hermano pequeño, me impulsaron a tomar la decisión que cambió nuestra vida: casarme con mi bretón.

Y fue él quien se comió su orgullo, sus excelentes calificaciones, su beca y la promesa de ser el abanderado de la escuela, para repetir segundo y tercero de primaria, al mismo tiempo y en francés.

Y es él de quien profesores y asistentes en la escuela me dicen que es culto, agradable, bien educado y muy comprometido con aprender.

No, no estoy diciendo que mi hijo sea perfecto.

Ni es el más inteligente del mundo.

Pero es un héroe. Un camaleón y un luchador.

Él se levantó cuando todos se burlaban de él por ser el más blanco de su clase (sí, aunque no lo crean, en México también hay discriminación de ese tipo aunque muchos digan que no existe). Fue al psicólogo conmigo, salimos adelante. Él hacía su tarea solo y ayudaba a su hermano mientras yo trabajaba toda la tarde.

Él aprendió a hablar, a jugar y a vivir en francés al tiempo que aprendía a hacer operaciones con números decimales.

Él conoce la escuela en México, la escuela en Francia. Y no, señoras y señores, no extraña el uniforme, ni extrañamos las largas tardes haciendo tareas. Y aprende sin hacer mil manualidades y va bien.

Y porque quiso, de la nada, antes de finalizar su año escolar, hizo una exposición sobre México ante su clase. En francés.

Y ahora emprenderá la aventura del “collège”, la secundaria.

Un ciclo se cierra. Ahora él se irá solo a la escuela, tomando el autobús escolar.

Ya no irá pisando charcos congelados conmigo, como lo hizo todos estos años.

Entre dos realidades y dos países, él ha empezado a construir una personalidad que me encanta. Quizá porque se parece tanto a la mía.

El lee. Y hace esgrima. Y se enoja porque la gente desconoce la historia.

Él es mi Manolo, y ha terminado la escuela primaria.

 

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Adioses

Como emigrantes, le decimos adiós a muchísimas cosas.

Sí, ya sé que también saludamos con alegría muchas otras: aprender un idioma o una forma diferente de hablar el nuestro, nuevos lugares, paisajes, aprendizajes, amistades.

Todo ello no hace menos fuertes e intensos esos adioses. Pequeñas despedidas de aquellas cosas que considerabas como parte de tu universo, y que jamás te habías dado cinco minutos para reflexionar en el hecho de que no en todo el mundo las cosas serían iguales.

Adiós a la tiendita de al lado de tu casa, abierta incluso en domingo (tocando el timbre, tampoco que la dueña vivía esclavizada a su pequeña tienda).

Adiós a los jitomates y calabacitas frescas todo el año, o a las frutas que para tí eran tan comunes y que en otras latitudes son exóticas. Adiós a los días del trópico, no muy cortos en invierno ni muy largos en verano. O a la navidad calurosa del hemisferio austral. Adiós a escuchar a la gente en la calle hablar en tu idioma y con tus modismos.

Adiós a tu pureza culinaria. Te verás aceptando copias y sustitutos de los platillos que cocinaba tu abuela. Lo que se consiga es bueno.

Adiós a jugar de local. Te verás haciendo trámites y trámites administrativos y burocráticos sólo para tener derecho a vivir en esa tierra que no es la tuya.

Adiós a tu zona de confort. En tu país tenías experiencia laboral, estudios, conocidos, mañas y un saber de cómo se hacen las cosas que te permitía moverte con relativa facilidad en el mundo laboral. Al salir de tu tierra, es hora de reinventarte. De empezar de cero y volver a subir, despacito, los escalones de la estabilidad financiera. O quizás subirlos por primera vez, cargando con la etiqueta de extranjero, en el país en el que todo indica será tu residencia definitiva.

Adiós a ver las películas con subtítulos en tu idioma. Y a conseguir con toda facilidad libros y revistas en ese idioma en el que te cantaba tu mamá cuando eras niño.

Adiós a los sonidos locales. Para mí es el ruido de la máquina de las tortillas. El silbato mal afinado del señor con su carrito que en las noches vende camotes dulces. La grabación tantas veces escuchada del carrito de los tamales “Tamales calientitooooos”. La antigua máquina de coser marca Singer de mi tía. La radio tocando canciones en español.

Adiós a participar de la vida política y asociativa de tu país. Y ver de lejos lo que va sucediendo. Las huelgas, los problemas, las elecciones. Sufrir porque ya no estás allá. Y de alguna forma, ya no eres parte de lo que sucede en tu tierra.

Adiós a las reuniones con tus amistades de toda la vida. Adiós a estar en las fotos. A estar ahí cuando te necesitan, a ponerles el hombro cuando quieran llorar.

Adiós, sobre todo, a la oportunidad de demostrarle diariamente a la gente que más quieres que la amas. Sí, hay llamadas, videoconferencias, correos…pero los abrazos no están. Y está el riesgo permanente de una muerte inesperada. De una partida sin un verdadero adiós.

Que si, que estos adioses van de la mano con los saludos.

El saludo a una vida nueva. A la oportunidad de enmendar errores pasados y comenzar en una hoja en blanco.

El saludo a la experiencia de aprender todo de nuevo: los horarios de la comida, los sabores, olores y sonidos. Todo lo nuevo, todo lo que cambia.

Pero ese saludo es un adiós.

Un adiós a quien eras antes y ya no eres. Ni serás nunca.

¿Fácil? No, para nada. Pero como decía mi papá, una vez que estás en la pista de baile, pues a bailar.