Amistad

No descubro el hilo negro y el agua tibia al decir que la distancia puede enfriar todas las relaciones inter personales.

A pesar de las redes sociales y toda la tecnología, los inmigrantes dejamos atrás espacios, cotidianidad y personas. La gente sigue viviendo activamente, pero para nosotros que estamos lejos, son una imagen fija en una fotografía o la voz del otro lado del teléfono.

Salvo que nos una un vínculo muy fuerte, las amistades corren el riesgo de irse desvaneciendo paulatinamente hasta ser solo un “feliz cumpleaños” vía Facebook.

Es una forma de evaluar con quien realmente nos une un lazo auténtico y la presencia constante de personas que nos quieren a pesar de la distancia, los paquetes que llegan vía correo postal…constituyen una gran caricia al corazón cuando los días de nostalgia se imponen a los de alegría y descubrimiento.

Pero también es verdad que migrar nos ofrece la posibilidad de crear nuevos lazos y de atrevernos, nuevamente, a construir relaciones.

No es fácil. O quizá sea más sencillo para algunos que para otros. Pero entre la barrera del idioma, las diferencias culturales y la edad…sí, la edad, las cosas se pueden poner complicadas. Y no es porque me sienta “vieja”. No. La cosa es que la gente a mi edad ya tiene sus círculos de amistades que han creado por años: en la escuela, en el trabajo, compartiendo hobbies de juventud, o incluso cuando los hijos eran más chicos. A primera vista, parece que todo mundo ya está “tomado”. A primera vista, parece que no hay nadie en kilómetros a la redonda que hable tu idioma. A primera vista, parece que tu vida social se limitará a saludar a tus suegros una vez por semana.

Pero luego algo pasa. Somos humanos, después de todo, y nos hace falta interactuar con otros.

Y ya sea en el trabajo, en la escuela de los niños o en dichosas coincidencias, empiezas a conocer personas.

Después reflexionas y te dices que es brutalmente absurdo que no haya más personas que hablen tu idioma y compartan un poco tu recorrido de vida y te sumerges en las redes sociales buscando paisanos que añoren los tacos y la salsa Valentina tanto como tú.

Y empiezas, como pequeña araña, a tejer redes. A hablar. A bromear en español y francés. Y de pronto te encuentras atravesando el país para conocer “en vivo y en directo” a la amiga mexicana que en otras circunstancias jamás hubieras cruzado pero que acá te entiende tan bien y se ha vuelto parte de tu vida cotidiana con mensajes, llamadas y fotos. Y de pronto, le lloras a tu amiga francesa, deseándole eso sí mucha suerte, porque se muda al sur a emprender un nuevo proyecto de vida. Y de pronto, es el primer cumpleaños de tu hija y en tu casa tienes 30 personas festejando a esa pequeñita en diversos idiomas.

Y es agradable.

Porque mientras mis verdaderas amistades del otro lado del océano se han fortalecido y otras que no eran tales desaparecieron, he construido otras aquí.

Porque sigo siendo una criatura de internet (no por nada las dos veces que me casé conocí primero a mi esposo en la web), y he hecho amistades entrañables gracias a grupos virtuales y a largas conversaciones por chat.

Porque todos necesitamos un poco de contacto humano, más cuando tu familia se encuentra tan lejos.

Así que lo mejor que puedo hacer es lanzar un enorme gracias a todas esas personas cuyas sonrisas han ido nutriendo mi cotidianidad. A los papás de los amigos de mis hijos, a mis amigas mexicanas, a las francesas, a mi queridísima amiga peruana, a todos. Y seguir construyendo, que las amistades, cerca o lejos, se nutren con detalles y con amor.

Y una mención especial a un grupo de amigas virtuales regadas por el mundo que descubrí casi por azar a mitad de mi embarazo. Casi sin darme cuenta me uní a un grupo de mujeres cuyos bebés nacerían más o menos en la fecha en la que yo esperaba a Emma. Tenemos dos denominadores comunes: nuestros nenes tienen casi la misma edad y hablamos español. Fuera de ahí, estamos regadas por todo el planeta, y criamos a nuestros hijos de forma distinta y variada. Pero ese grupo me ha servido para ver como con empatía y cariño se construye. No nos juzgamos, nos apoyamos. Y eso puede valer muchísimo en momentos alegres y en momentos tristes.

Al final no cpnozco ni he descubierto la receta para hacer amigos. Pero he ido encontrando los míos con alguna dificultad y no pocos problemas.

Y precisamente, me casé con el mejor amigo que pude encontrar virtualmente o en directo. Pero esa es otra historia…