Antiguo y nuevo

Hay días en que aún me parece absurda la idea de que vivo en Europa. En otro continente. Que hay un océano que separa mi mundo de antes y mi mundo de ahora.

Son esos días en que estoy embebida en la rutina, trabajar, cocinar, llevar a los niños a la escuela, cuidar a Emma, volver a empezar.

Pero hace poco tomamos vacaciones, salimos de nuestra Bretaña y recorrimos un poco este país. Francia es grande, es amplia, hermosa. Pero sobre todo, es antigua.

Caminar por ciudades que han estado habitadas por milenios de forma ininterrumpida. Visitar iglesias que ya existían en la Edad Media, cuando precisamente en esta parte del mundo la religión católica era el centro de la vida de las personas. Es como tocar otra historia. Nosotros, allá en América, somos un continente joven. Con una historia intensa y trunca. Tenemos instituciones (como la propia iglesia o misma la forma en que nos gobernamos como sociedades), que no nacieron allá. Todo es importado. Fue impuesto, con violencia. ¿En qué otros términos podríamos haber hecho comercio y relaciones con el resto del mundo sin la colonización violenta?¿Qué sería de nosotros ahora? No lo sabemos, esa oportunidad nos fue robada hace más de 500 años.

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Pero aquí, las cosas siguieron su propio curso. De guerras, hambrunas, enfermedades. De finales y comienzos. Monarquías y repúblicas. Revoluciones y constituciones.

Y las pruebas están ahí. Antiguas iglesias, ruinas romanas, acueductos, megalitos prehistóricos.

Y para mi es impresionante.

Este es un lugar en que todo está viejo, todo ha recorrido ya un largo camino.

Entonces se nota. Cada ciudad francesa tiene una disposición arquitectónica diferente. Un uso de materiales muy distintos. Las regiones son pequeños enclaves de culturas diferentes, que han ido cincelando con cuidado y con paciencia a lo largo de milenios. Existe un imaginario que se creó aquí, en este continente de noches largas en invierno que ahora vive en todo el mundo. Brujas y demonios que nacieron aquí, en esas noches de diciembre que duran de 6 de la tarde a las 9 de la mañana del día siguiente. Y esos techos de dos aguas que dibujamos en México cuando dibujamos una casita, pero que allá no existen, son la respuesta de la ingeniería a los inviernos lluviosos de esta parte del mundo.

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En otros continentes hemos adoptado, en parte por la colonización y luego por la invasión de los medios de comunicación, ideas que nacieron aquí y que quizá sólo aquí tienen sentido.

Vivirlas aquí, les da otro significado.

Ser parte de dos mundos a la vez. Haber parido en un hospital público mexicano y en uno francés.

Pensar que aquí el queso, por ejemplo, es antiguo. Nosotros en México amamos el queso, pero sabemos que sólo tiene con nosotros un poco más de quinientos años. Acá tiene milenios. Quizá por eso hay tantos tipos de queso. Quizá por eso ya es parte de su cultura. Y no, no es por cliché.

Hoy ya no estoy peleada con la idea de vivir en Europa. Ni tampoco creo que sea mejor o peor. Lo que sí me he dado cuenta es que es simplemente diferente y de esa diferencia se puede aprender mucho.

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