Papá

Mi pequeña francesita, mi Emma bretona está a punto de cumplir un año.

A su lado, he aprendido muchas cosas. Vi a mi hijo mayor retomar su papel (que adora) de hermano cuidón y protector. Y vi a mi pequeño Antón convertirse en un hermano mayor. Y ha sido maravilloso. Verlo gatear junto a su hermanita, y escuchar sus reflexiones, tan adultas para un niño de 8 años, sobre el paso del tiempo. “Mamá, dile a Emma que no crezca tan rápido”.

Aprendí que hay gente maravillosamente flexible en su mentalidad y que no me voltean a ver raro si amamanto a mi pequeña ya no tan pequeña, o si insisto en portearla los 3 kilómetros diarios que hago de la escuela a la casa y de regreso cuando acompañamos a sus hermanos por la mañana. Hay personas que no son tan flexibles y amables. Hay quien ha detenido su auto, bajo la lluvia sólo para decirme que estaría mejor si usara una carriola.

Aprendí a ser mamá lejos del apoyo de mis tías. Ellas siempre habían estado ahí en los momentos terribles en que una mamá se siente agotada y lo único que quiere es ir al baño. Así, tranquila, por cinco minutos. Emma y yo pasamos solas toda la mañana y parte de la tarde, y yo me esfuerzo por trabajar y darle la atención que ella merece. Sin la mano experta de mi tía que crió a siete sobrinas…

Aprendí que se es mamá al tiempo que se es quien es. Yo soy mamá a la mexicana, pero también mamá “a la Carla”. Emma nos ve leyendo a todos en casa y ya ama los libros. Con sus pasos temblorosos que indican el estorboso pañal, nos sigue con libros por toda la casa para que le leamos. Y luego los chupa. También me hace muy feliz ver que me entiende cuando le hablo en español, y truena su boquita cuando le digo “besitos”. No voy a guardar en un armario todo lo que me hace ser yo para ser la mamá de esta pequeña, por más lejos que esté de casa.

Pero sobre todo, gracias a este bretón que se ha puesto como objetivo de vida el hacerme feliz, he aprendido lo lindo que es compartir completamente el trabajo de la paternidad. Yo he dado pecho a Emma en todo momento y en todo lugar, en gran medida gracias a su apoyo. Y él no desesperó en esos primeros meses en que Emma no dejaba que él la cargara porque quería mamá todo el tiempo. Pacientemente, esperó su momento. Y llegó. Emma empezó cada vez más a pedirle los brazos a ese sonriente muchacho barbón que regresa todos los días a medio día, aunque reduzca su tiempo de pausa, para comer con nosotras. Y ahora, lo espera sentadita frente a la puerta, gritando “¡Papá!”. En cuanto él cruza la puerta ella corre y se lanza a sus brazos con los bracitos abiertos. Todas las noches, es él quien le pone su pijama y la pone a mi lado para que nos durmamos los 3 juntos, cómplices de amor y felicidad. Es él el que ha pasado las noches corriendo a la cama de los niños grandes, cuando tuvieron fiebre, y limpiando vómito…porque yo estaba con Emma pegada a los brazos y a la teta. Es él que los busca todos las tardes en la escuela y corre a llevarlos a la esgrima o a la casa de sus amigos. Es él. Está. Y es maravilloso.

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Hija de un padre maravilloso pero semi ausente, separada con una experiencia de paternidad dividida y competitiva, me siento muy cómoda en este nido y en este viaje compartido. Jugando a “ni si ni no” (un hartante juego francés en que debes evitar a toda costa responder “si” o “no”) mientras cenamos y Emma se mata de carcajadas porque nos ve reír, pienso que valió la pena. Cruzar el Atlántico y dejar atrás tantas cosas amadas, para emprender este viaje compartido. Y pienso que no necesito día del padre o celebración alguna para darle las gracias a la vida y a este chico que decidió casarse conmigo y formar una familia a mi lado, el tener la oportunidad, en este mundo lleno de odio y de sentimientos tristes, de sufrimiento y miseria huamana, de vivir rodeada de amor.

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