Riqueza

Tengo una amiga que vive en los Estados Unidos. Su marido estuvo en prisión injustamente por siete años. Tienen un bebé de la edad de mi Emma (10 meses). Acaba de salir. Y siento que ella debe sentirse en este momento en que el pequeño puede pasar horas en brazos de papá, la persona más rica del mundo.

La riqueza, incluso la material, es algo tan subjetivo, tan de cada quien.

Cuando estaba en México, con mi trabajo de profesora, como madre soltera…simplemente comprar un paquete de galletas surtidas me hacía sentir rica. Comprar un bote de pintura para la cocina. Darme un baño en regadera. Nuestra vida era precaria y sencilla. Éramos felices, y en muchos sentidos, ricos.

Pero como todo, los parámetros de riqueza varían de casa en casa y mucho más de país en país…ya ni hablemos de continente en continente.

Acá hay muchas veces, que aún con nuestra vida modesta (una familia de 5 requiere un ingreso muy elevado para decir que es “rica” en cualquier país del mundo), me siento increíblemente afortunada y privilegiada en cuestión material. Con cosas tan sencillas como tener una llave en la cual es tan fácil regular la temperatura a la hora de bañarme. Nada de pasar minutos valiosos entre “frío invernal” e “infierno en la regadera”: tiene marcados los grados y es la cosa más fácil del mundo decidir la temperatura del agua. Eso. Con eso me siento rica, yo que tenía que calentar el agua con una resistencia eléctrica para bañarme. Le agradezco a este bretón trabajador y ahorrador el haberme hecho partícipe de su sueño de tener una casita cómoda para su familia.

Me siento rica cuando como manzanas de mi jardín. Las manzanas en México son caras. ¿Las peras? También. Y acá tengo muchas al momento de la cosecha a principios del otoño. Orgánicas, sin pesticidas, deliciosas y jugosas. Nuevamente, producto del esfuerzo de mi bretón que adora su jardín y su huerto.

Me siento millonaria cuando mis hijos mayores van a sus clases de esgrima. Y mis piernas tiemblan cuando los veo con su traje blanco y florete en mano. Un lujo de la vida, sin duda.

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Me siento afortunada sin medida al salir a las calles tranquilas y seguras de mi pueblito bretón. No puedo hablar por la calidad de vida en toda Francia. Hablo de un pequeño pueblito turístico que me abrió sus manos y me quiere como si yo, al igual que mi bretón y mi Emma, hubiera nacido aquí.

Pero hay gente que no se siente rica con estas cosas tan bellas y maravillosas. Personas que te juzgan si no tienes cocineta integral de diseñador. Personas que quieren presumir, como los torteros de mi pueblo en México en su camioneta gigante 4×4 y sus hijos en escuela privada.

Yo no quiero. No quiero ni olvidar, ni tener mucho. Quiero vivir tranquila con el producto de nuestro trabajo. Ver crecer felices a nuestros hijos. Y ésa me parece la riqueza más grande a la que puedo aspirar.

No, no soy ambiciosa. Me realizo personalmente escribiendo y soñando. No quiero ser alta ejecutiva. Quiero leer y estudiar más. Quiero sentir el calor del sol.

Pero como me lo muestra la vida de expatriada, el concepto de riqueza es tan subjetivo como el de amor o el de dolor. Cada quien tiene el suyo.

¿Cuál es el tuyo?

 

Trabajo

No es lo mismo.

Eso, trabajar en teoría es igual, acá o en cualquier parte del mundo. Pero no es igual. El mercado laboral, las condiciones de trabajo, la posibilidad de jubilarse son diferentes en todas partes. Y concretamente, son muy distintas en México y Francia.

En México, trabajar en “negro”, es decir, sin declarar impuestos es más común, más fácil, más cotidiano. Somos los reyes de las “chambitas”, de rascarnos con las propias uñas ante la necesidad. Vender tamales afuera de tu casa, pintar casas, dar clases privadas de inglés… no sé. Hay mil y un cosas que puedes hacer, vender productos artesanales, servicios. Y todo ello se hace sin decirle nada a Hacienda.

E incluso, en muchas empresas (ejemplo destacado y del cual tengo experiencia de primera mano, las pequeñas escuelas privadas) te contratarán con contratos extraños, semestrales y no declarados. Y así puedes pasar la vida, siendo un vacío para Hacienda y también, sin cotizar un centavo para una hipotética jubilación.

Mi tía es costurera. Es, en presente, no en pasado. Este año cumple 75 años. Siempre trabajó, desde niña. Jamás pagó impuestos. Y sigue trabajando.

Yo opté por trabajar en casa cuando nacieron mis hijos. Busqué de todo. En algún momento ese “de todo” no era suficiente y pasamos momentos duros. Ser madre soltera es todo menos sencillo.

Salimos del escollo cuando empecé a trabajar como profesora de inglés. Escuelita privada de pueblo, sin seguro social, horarios agotadores.

Me fui de mi país sin haber declarado jamás un centavo a hacienda. Con una mano atrás y otra adelante. Y habiendo trabajado desde los 13 años.

Hoy día veo las diferencias con cómo se desenvuelve el mercado laboral francés, aunque lo veo tras la ventana. Mi trabajo es freelance, es decir, no tengo contrato, no cotizo…pero trabajo en casa, diseño mis horarios. Cuando Emma crezca, solicitaré el status de “emprendedor” (auto-entrepeneur) y extenderé mis horarios laborales. Pero no soy joven y no me engaño. No me alcanzará el tiempo para conseguir derecho a la jubilación, ni siquiera en el marco de la legislación francesa que aún protege este derecho bastante bien. No sufro. Es una decisión que yo tomé. Ver crecer a mi Emma como vi crecer a mis hijos mayores, de cerca y a la vez siendo productiva al 100% es un placer que el haber estudiado me da. Porque vendo mi conocimiento y mi saber hacer las cosas desde casa.

Pero mi marido está empleado. Formalmente. Con un mítico “CDI” (contrato de duración indeterminada) que tras la “crisis” a la europea, son menos frecuentes en las empresas. Tiene derecho a cinco semanas de vacaciones al año, pagadas. Sus vales para vacaciones y regalos en Navidad.

Y él está feliz con eso. Como hombre soltero, le permitió ahorrar y gracias a éso, hoy su familia tiene una casa hermosa. Como papá, su trabajo y sus horarios, le permiten disfrutar a sus hijos.

Veo cómo la formación laboral en Francia va de la mano, aunque sea a la fuerza con lo que pide el mercado laboral. Y se pueden hacer formaciones en alternancia laboral, aunque no sean fáciles de conseguir.

Existe el seguro de desempleo.

Y en verano, todo mundo (menos quienes trabajan en turismo) descansa.

No lo veo mal.

Y sobre todo, lo veo distinto.

Dicho eso, regreso a mi adorado trabajo freelance en casa. El cual mi suegra piensa que es fácil. Pero eso…es otra historia.