24 meses

En estos dos años he aprendido mucho.

Quiero concentrarme en todo eso. Detalles pequeños y grandes que han incrementado mi conocimiento de este enorme mundo.

Aprendí que los días pueden durar muchísimo. Allá en mi pueblo, en zona más cerca del cinturón tropical, lo más tarde que puedes ver ponerse el sol es a las 9 de la noche. Acá, en pleno verano caluroso y tórrido puedo ver la luz del sol aún a las 11 de la noche. Es algo de lo que puedes leer, pero hasta que no lo vives, no entiendes su magia. La magia de las noches largas de invierno, de la oscuridad que llega a las 5 y media de la tarde y no se va hasta las 9 de la mañana al día siguiente. En épocas antiguas, antes de la luz eléctrica, fueron sin duda esas noches eternas de invierno las que inspiraron los cuentos y mitos de terror de otros siglos.

Aprendí como persona “civilizada” a atravesar la calle por la zona designada para tal fin. Que me desmienta mi hermana, yo siempre crucé las calles como perro callejero, y acostumbrarme a hacerlo de forma adecuada fue un triunfo tan grande como aprender a distinguir al oído entre el sonido francés “ou” y el “u”.

Aprendí a comer a horarios diferentes. A desayunar breve y frugal, para almorzar a medio día. Y cenar comida fuerte. No puedo hacer mi “isla” de horarios mexicanos, pues los niños comen en la escuela y mi marido viene a comer a medio día. Así que me tomo mi enorme tazón de leche y mi pedazo de baguette, bien tempranito. Un desayunito francés.

Aprendo cada día más bromas en doble sentido y canciones estúpidamente groseras. Sí, esas que canta uno cuando entra a la secundaria. Existen en francés. Y son igual de absurdamente divertidas. Gracias a mi Manolo, aprendo una nueva cada semana.

Aprendí a cocinar mixto. Siempre hay una lata de chiles o una salsa alrededor. Pero igual hay compota de manzanas del jardín, y quesos, ¡quesos! de uno y otro tipo. De cabra, azul, duro y blando. Aprendí que puedes valorar lo que no es tuyo y disfrutarlo sin olvidar lo que comías cuando eras niña.

Aprendí que el correo puede funcionar. Tristemente, en México el correo es complicado, caro y difícil de usar. Acá los empleados de la oficina de “La Poste” que me corresponde, me ayudan a armar mis envíos a México. Y diario recibimos el periódico al que los niños están suscritos. Y es fácil, práctico y adorable utilizar el correo de verdad. Este año, de parte de un grupo de mujeres latinas en Francia al que orgullosamente pertenezco, hicimos un intercambio de tarjetas navideñas. Que llegaron casi todas a tiempo. Sin problemas.

Aprendí a escribir cheques. A hacer trámites en el banco y ante el gobierno francés. Me movilicé primero para organizar todos los trámites que nos permitieron tener el préstamo hipotecario con el cual construimos nuestra casa, y después, todo el embarazo, anduve sola para arriba y para abajo, mientras mi bretón trabajaba, y me hizo bien. Salí de mi encierro, conocí gente, hablé sin miedo. Lloré en la calle saliendo del hospital porque no me sabía dar a entender, pero lo intenté de nuevo. Y ahí esta la casa. Y Emma.

Aprendí a cantar en francés. Un francés con un fuerte acento mexicano, pero da igual. Escucho música en francés todos los días y el idioma se ha metido en mis oídos y en mi corazón. Un mundo sin música para mí es inexistente. Así que hoy también canto en francés. Canciones poperas y de moda. Románticas viejitas. Canciones que hablan de la Bretaña. Música en francés en mi rincón mexicano.

Aprendí a conocer el sistema educativo francés y valorarlo y entenderle. Aunque aún me causa shock que empieces la secundaria en sexto año y termines la prepa en “terminal” (que va, por supuesto, después del primer año…o sea, ¿cómo?). Y los horarios diferentes. Y la forma distinta de enseñar y aprender. Me metí a la “Amicale de Parents” (algo así como la Sociedad de Padres de Familia) de la escuela, y ahí ando, ayudando, aprendiendo, integrándome.

Aprendí a apreciar la región en la que vivo y no sólo el país. A amar mi Bretaña de cielos nublados y de crepas deliciosas. Muchas personas que conozco, franceses de otras regiones y bretones por adopción están de acuerdo conmigo. A pesar de su clima grisáceo, es una zona bellísima para vivir. La gente es amable, los trámites burocráticos son más sencillos que en zonas más pobladas. Y no olvido a las amables parteras que hicieron de la llegada de mi bretoncita un momento idílicamente hermoso.

Aprendí a vivir en un entorno más cosmopolita. Y es que en México habemos tantos mexicanos que opacamos a las comunidades extranjeras. Nunca había saludado a una mujer musulmana. Y muy pocas veces había hablado con personas que vinieran de África. Es más difícil de lo que parece. La tan cantada “tolerancia” no le dice a tu cerebro que deje de pensar mil preguntas estúpidas que se te ocurren al convivir con personas cuyo recorrido de vida es tan diferente al tuyo.

Aprendí lo poco que sabía (a pesar de que siempre me he preocupado por aprender) de lo que es vivir en otra realidad. A veces todavía me parece surrealista que en serio vivo en Europa. Que hay uno océano entre yo y la higuera del patio de la casa de mi tía. Después están los pequeños detalles que me dan un golpe de frente y me acuerdo que es verdad. Los buenos y los malos. La hermosa biblioteca de mi pueblo, en que hay de todo. En inglés, en español y obvio, miles de cosas a leer en francés. La piscina comunitaria, climatizada, que se limpia con ozono y que no es cara. Si, todo eso. Pero también las miradas de la familia política cuando amamanto a mi nena. La soledad de trabajar en casa y no poder cruzar corriendo el patio a reírme como loca con mi hermana, que también es esclava de la computadora. A veces, nos mandábamos un mensaje por chat y salíamos las dos, con los ojos rojos de cansancio por trabajar, a reírnos. Sólo eso. Juntas.

Aprendí a relativizar. Extraño a mi familia, pero saberlos bien y con buena salud, es un alivio. Aprendí a darle el real valor a eso que mi tía siempre dice “todo tiene solución menos la muerte”. Estamos vivos, así que a pesar de la sensación de vacío que siento por no tenerlos cerca, camino hacia adelante porque no hay forma de hacerlo de otra manera. Aquí, al lado de mi escritorio está el corralito en que Emma juega y del otro lado, la foto de mis tías. Razones para amar de uno y otro lado del océano.

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