Diciembre

Mi mamá es una fuerza de la naturaleza. Mujer independiente que realmente se interesa poco o nada por lo que los demás piensen de ella.

Y creo que yo soy igual. Así que nuestra relación hace más de la mitad de mi vida que tiene unas grietas gigantescas. Para mi el mundo era un sitio a recorrer, para ella no era una buena idea. He de reconocer que después de todos estos años, acepto que tenía razón en muchas cosas. Hice muchas estupideces, pero gracias a ellas, tuve tres hijos maravillosos. Los hermanos de Emma. Y esos errores gigantescos se convirtieron en mi camino pasado y los bloques que construyen a la mujer que soy hoy.

La cosa es que hace muchas Navidades que mi fiesta se limitaba a mis hijos y yo. Una súper pachanga de tres personas dedicadas a ser felices. A hacer un maratón de películas de ciencia ficción acostados en una sola cama comiendo sándwiches y pastel de chocolate.

A un brindis con sidra y abrir los regalos temprano antes de irnos a la cama, porque de niña siempre detesté que me obligaran a quedarme despierta hasta la medianoche del día 24 de diciembre.

Cuando era pequeña, mi abuela y sus mujeres (sus cuatro hijas y sus seis nietas) pasábamos juntas una Navidad llena de pequeños roces familiares y de tradiciones religiosas. Arrullar al niño Jesús, ir a misa, comer pescado porque el día 24 es vigilia.

Cuando recuerdo esos días parece que fue en otra vida.

Después vinieron las Navidades festivas en el verano bonaerense.

Y más adelante, compartir con mi primer esposo y mis tías queridas en lo que fue mi primer hogar.

Otra vez, todo se quebró más adelante. Él sufría, mis tías se veían divididas entre pasarlo conmigo o con mi mamá.

Y otra vez, todo se compuso con la llegada de los niños, con su sonrisa y su ilusión al ver nuestro pino que no será religioso y tradicional como un Nacimiento, pero es nuestro. Con las esferas rojas que (no sé dónde) Manuel y yo leímos que representaban las cabezas de nuestros enemigos. Así que aunque no vamos a salir a asesinar a nadie, cada esferita tiene nombre y apellido. Humor negro pre-adolescente que se mezcla con la inocencia de Emma descubriendo por primera vez la iluminación navideña.

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De hecho, fue gracias a mi inminente partida a Francia hace dos años que mi familia se arregló y mis hijos mayores pudieron pasar una navidad con su abuela. Y mi madre discutió teología con Manolo y Antón se sentó a su lado y recibí su bendición justo antes de tomar el avión que cambió mi vida.

Y hoy, sé que mis sobrinos ayudarán a mi tía a poner su pinito como lo hacían mis hijos. Y que allá en mi casa no estará mi árbol, ni mis tías compartirán su deliciosa ensalada de Navidad con nosotros. Y sí, punza un poco. Pero las sé completas, sanas y felices. Nos extrañamos (sí, porque nos sentimos raras de no estar juntas), pero sé que mi hermana cocinará algo exquisito que quizá no será un hit porque ella es demasiado gourmet y mi mamá y mis tías no aprueban su cocina de fusión. Pero que todos estarán felices brindando con cerveza Nochebuena y jugando juegos de mesa hasta la madrugada.

Y que de este lado, yo haré una cena deliciosa con ayuda de Manolo que cada día cocina mejor, con un postre bretón y que abriremos los regalos y los niños serán felices y yo lloraré, porque soy llorona y porque el “vin chaud” acompañará al ponche de frutas.

Además, después de esta cena que ahora es de a cinco y no de a tres, viene el almuerzo formal en casa de los suegros, y para llegar ahí, necesito un par de cervezas “entre pecho y espalda”, como decía mi papá.

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