El limbo

Casi dos años y no logro insultar en francés.

No sé porqué, pero siento que hay algo que no acaba de aterrizar. O que nunca va a hacerlo.

Amo el lugar en el que vivo. Amo esta Bretaña pacífica y acogedora. Amo a la señora que detiene el tráfico en la esquina de la escuela, que viene de Tahití y que me deseó un parto feliz cuando arrastraba mis nueve meses de embarazo por la banqueta.

Amo a los papás de los amigos de mis hijos, solidarios, voluntarios para ayudar aunque me conozcan apenas.

Y al mismo tiempo, sigo amando a la vecina de mi tía, allá en México, porque la ayuda, le regala carne y verduras y le sigue comprando detergente y aceite en una micro-tiendita de la cual mi tía es la dueña y la vecina la única clienta.

¿Por qué amo a todas esas personas?

¿Porque son mexicanos y franceses? No. Porque son personas, humanos, solidarios y llenos de sentimientos agradables.

Me importa poco el lugar en que nacieron. Pero me he dado cuenta que no es así con muchas personas.

A raíz de los tristes eventos de noviembre en París, pude ver reacciones tan tristes de personas que creía conocer. Ex-compañeros de la facultad que han visto fotos de Emma y que han dicho “qué linda es”, diciendo “Esos franceses se lo tienen merecido”. Emma es francesa. Sus manitas, sus piesitos, su cabecita…nació aquí, en un hospital público bretón. Pudo haber nacido mexicana. ¿Tiene la culpa de decisiones geopolíticas complejas sólo porque nació de este lado del Atlántico? No lo creo. Como dudo mucho que esas personas cuyo dedo acusador señala Francia como la cuna de todos los males de la humanidad, ofrezcan su casa para que viva un refugiado o un migrante, como lo hace una increíble amiga francesa que tengo la dicha de conocer. O que sepan dónde está Siria, Mali o la mitad de las cosas tristes que pasan en el mundo. Eran amistades mías. ¿Qué grieta se abrió entre nosotros que ya no entiendo cómo reaccionan?

Es curioso ser migrante y sentir que de alguna forma ya no eres cien por ciento parte del lugar que dejaste. Pero a la vez, día a día hay cosas que te recuerdan que tampoco eres cien por ciento parte del lugar en el que vives. Ni de aquí, ni de allá, ni de ningún lado. (Por ejemplo, sigo peleando cada vez que hago un trámite por mantener mi “Martínez” y evito a toda costa usar el apellido de mi marido, pero cada vez que solicito que escriban mi nombre, la gente me ve como si estuviera pidiendo milagros…)

Amo mi país (“México, creo en tí, porque escribes tu nombre con la X, que algo tiene de cruz y de calvario”) y me siento orgullosa de venir de la tierra del maíz, del chocolate y de Ricardo Flores Magón y Emiliano Zapata. En tierra mexicana descansan los restos de mis abuelas y abuelos. Los de mi padre. Y en tierra mexicana nacieron tres de mis cuatro hijos. Mis tías y mi hermana están allá. Y mi mamá. La mitad de mi corazón.

Pero amo este lugar del mundo también. Amo Francia y la escuela cien por ciento laica. Amo Francia y la noción de la ayuda mutua, y los domingos que no se trabajan (en general) y la gente que se resiste a comprar algo en día feriado porque no querrían trabajar tampoco en un día que es para la familia. Amo la salud pública y la ayuda que el Estado da a las familias, como si importaran. Amo que haya seguridad y más transparencia. Y amo el tren aunque salga caro. Y amo particularmente la Bretaña y su clima de porquería y su gente seria pero cálida y de buen corazón, y las hortensias de los jardines y la mantequilla con sal, que sin sal es sacrilegio.

Emma nació aquí y aunque mi bretón y yo dejáramos de ser los mejores amigos y amantes que somos y yo migrara nuevamente a otras tierras, parte de mi corazón siempre estará aquí.

Todavía tengo amistades en Buenos Aires y de mis tres años allá heredé muchas cosas.

Tras diez años de vivir con un uruguayo, amo el mate y digo malas palabras porteñas con mucho más sentido que las francesas.

Y cada vez más, siento que formo parte de un nuevo grupo de personas que pertenecemos un poco acá y un poco allá y un poco a ningún lado.

Que tenemos el corazón dividido, amando muchas tierras y lugares y a la vez, no formamos parte de ninguna.

Usando una parábola senegalesa que aprendí de mi cuñada. “Si lanzas un tronco al río Nilo, por más que lo dejes diez años, no se va a convertir en cocodrilo. No importa cuánto tiempo pasemos aquí, nunca seremos locales”. Y no. Pero nada me impide ser un tronco feliz.

Y compartir este río con todas esas personas que por una u otra razón dejaron su tierra y adoptaron una nueva. Es nuestro limbo y algún día podremos mostrarle a todos los demás que no se vive tan mal aquí.