Mar

México es un país lleno de playas hermosas.

Pero yo…yo conocí el mar hasta los 5 años de edad. No soy jarocha ardiente, ni acapulqueña. Crecí y viví rodeada de cerros en el Altiplano Mexicano. Mi ciudad y mi pueblo son secos… tanto así que si pienso en mi pueblo veo tierra, un maguey y unos nopales. Es hermoso, pero no hay agua en el paisaje. Bueno sí, hay un mini río que sólo tiene agua en verano.

Francia es un país que también tiene sus montañas y sus playas. Y esta vez, me tocó vivir cerca del mar.

Y no sólo el mar, vivo en el departamento llamado “Morbihan”, el único de los cien departamentos franceses cuyo nombre no está ni a mitad en francés, cien por ciento bretón, el término quiere decir “el mar pequeño”. Y es que aquí, al sur de la península bretona, tenemos un pequeño golfo, hermoso y dulce, que es el que nos obsequia un clima templado, ni tan frío ni tan caluroso como en otras zonas del país.

Es nuestro mar, y digo nuestro, porque ya hay una parte de mí que pertenece a este lugar. Emma nació cerca del golfo, y en la habitación del hospital, escuchábamos las gaviotas cantar.

La primera vez que vine a Francia, creo que mi bretón hizo trampa.

Me llevó a recorrer la costa sur de la Bretaña, las islas del Golfo de Morbihan, la loquísima y fascinante Costa Salvaje que da al Océano Atlántico.

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Los ríos, las rías, los riachuelos.

Esta zona del país tiene agua por donde mires, y hay verde por todas partes.

Cuando me propuso matrimonio, le dije que si eventualmente aceptaba (necesitaba el visto bueno de mis hijos), tendría que llevarme a las playas salvajes de la península de Quiberon (la parte de la costa morbihanesa que da directamente al Atlántico) cada vez que se lo pidiera.

Al mirar a la inmensidad del Océano, tan profundamente azul, siento que mi corazón viaja, lo recorre, lo atraviesa, y toca costas mexicanas.

Viendo el mar, siento que mi nostalgia se atempera,

Mis dos hijos mayores conocieron el mar en las costas del golfo del Morbihan.

Aman la arena, la playa de agua fría y recorrer la costa en una helada mañana de enero.

Adoran el agua, esa que cuando te paras a la orilla del mar, te hace sentir que te mueves, sin moverte.

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Han pasado días de pesca de mariscos con sus compañeros de clase.

Están creciendo con el olor de la brisa marina cerca de su corazón.

Y en este otoño temprano con sabor a verano que se despide, Emma con casi seis meses, ha metido por primera vez sus piesitos en el agua helada de la Bahía de Quiberon.

Su rostro de absoluta sorpresa y su sonrisa cómplice fueron fascinantes.

Estoy aprendiendo con ella nuevas sensaciones, no existe tal cosa como la maternidad experta: es la primera vez que un hijo mío crece cerca del mar.

 

 

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Mudanzas

¿Cuántos años hay que vivir en una casa para sentir que es tu hogar?

¿Qué es lo que hace que un espacio sea realmente tu lugar en el mundo?

Dieciocho años de mi vida viví en una gran casa antigua en la Ciudad de México. Recuerdo al cerrar mis ojos sus escaleras de duela y los ruidos que mi hermana y yo hacíamos al subir corriendo cuando éramos niñas. En el patio de esa casa festejé mis quince años. Ahí aprendí a caminar, ahí jugué, crecí, lloré.

Después de que nos mudamos de esa casa, ya ha transcurrido la mitad de mi vida.

Una mitad en la que me he mudado diez veces, de acá para allá y más allá también.

Del norte al sur de la Ciudad de México, y a un céntrico barrio porteño…en Buenos Aires.

De ahí al centro de mi ciudad, de nuevo en México y a mi querido pueblo hidalguense.

Finalmente, esta es la tercera casa en la que vivo en Francia.

He empacado más veces de las que me gustaría, y en cada mudanza he roto y perdido cosas queridas. He dejado atrás pequeños objetos llenos de recuerdos y he barrido y trapeado casas antes de la mudanza, en todos los estilos: antigua, nueva, renovada, departamento, casa con patio, casa de una planta y de dos pisos…alquiladas, prestadas, propias.

He empacado embarazada, sola, casada y separada. He empacado cuando era joven y soltera, y ahora con Emma pegada al pecho. He conseguido cajas de cartón en todas las formas posibles (las cajas de huevo mexicanas son irremplazables, es inverosímil que un objeto tan cotidiano pueda ser motivo de nostalgia).

En mi última mudanza, acá en Francia, lloré por la dificultad al conseguir cajas. Es tan absurdo comprar cartones para una mudanza. Me negué y me dediqué a cazar pequeñas cajitas a la salida de un supermercado de descuento, a pedirle a amigos y vecinos y a suplicarle a mi marido que se robara unas cuantas de la basura de su trabajo.

Me senté a observar los libros que tenía que empacar y me tragué las lágrimas extrañando a mi tía y a mi hermana, que son tan efectivas para empacar.

Y empaqué. Mal y como pude con una beba de tres meses en brazos, con la ayuda de mi marido en sus contados momentos libres, y de mis hijos mayores, que con esmero envolvieron copas y más copas (heredadas de la abuela de mi bretón) en plástico de burbujas.

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Limpié, otra vez, una casa en la cual empezaría de nuevo mi vida. Con el detalle de que ésta es mi casa, la que representa físicamente el proyecto de vida que mi bretón y yo hemos emprendido en conjunto. Fue una casa que vi crecer. Vi sus cimientos, sus paredes desnudas, la estructura de madera de su techo de dos aguas.

Mientras un Manolo amoroso cuidaba de su hermana, preparé una casa recién terminada para recibir nuestros muebles y objetos queridos.

Y el día de la mudanza, recibí la ayuda de mi mejor amiga acá en Francia, mi comadre, la chica que me hace sentir que no estoy loca cuando doblo los brazos y lloro atrapada por la nostalgia. Ella y su esposo nos obsequiaron lo más valioso que puedes dar: su tiempo. Así, una casa nueva y vacía, se llenó de muebles a medio armar y cajas mal empacadas. Así, pasamos la primera noche en la que espero sea mi casa por muchos años.

Quizá cuando hayan pasado otros dieciocho años y Emma termine el bachillerato, ahí sentiré que estoy en casa.

Hoy por hoy, mis calaveras mexicanas y las fotos de mis tías que tanto extraño, me hacen sentir que al menos, no soy una visita aquí, aunque la sensación de estar en mi hogar todavía se me escape entre los dedos.

Lactancia

Antes de empezar mi historia, haré dos aclaraciones. La primera, NO soy una experta en lactancia, hay mujeres que si lo son y las respeto muchísimo. Mi admiración para ellas. La segunda, para mí toda mamá que ama a su hijo es una reina. Dar o no dar pecho es otra cosa. Respeto a todas las mamás, a todos los papás que dan amor. Pero ésta es una historia de mi cuerpo, mi pecho y mi experiencia personal.

Hace casi once años. Mi primer embarazo, un embarazo inesperado, sorprendente y muy corto.

Un parto prematuro, dos bebés en dos hospitales. Una cesárea de emergencia. Gotas de calostro saliendo de mi pecho. De inmediato, mi mamá y mi tía me dieron frasquitos esterilizados para que yo juntara ese líquido amarillento. ¿Cómo? Nadie me orientó, nadie me dijo nada. Me acerqué tímidamente a una enfermera que muy amablemente me enseñó a extraer manualmente la leche que todavía no estaba presente. Un frasquito para un nene, otro para el otro, y seguramente ese estar exprimiendo manualmente mi pecho le mandó la señal adecuada a mis hormonas, porque tres días después del parto, sin bebé que succionara a mi lado, sola en la cama de mi departamento, empecé a gotear leche blanca. Más frasquitos que recorrían conmigo la Ciudad de México, y yo extrayendo leche en los lugares más inesperados: un parque, un baño de hospital, una sala de espera. Ni uno de los dos bebés bebió fórmula. Ni Iñaki en las dos semanas que vivió, ni Manolo en las que pasó en la incubadora. Lechita de mamá entregada a domicilio y que comían por medio de una sonda.

Después de que su hermanito se fuera, Manolo pasó a monopolizar esa leche que goteaba toda la noche. Cuando al fin pesó dos kilos y me lo llevé conmigo a casa, le daba la leche con una minúscula cucharita y seguía extrayendo manualmente, porque el pobre no tenía la fuerza para succionar. Pero todos los días hacíamos esfuerzos e intentos de que empezara a pegarse al pecho. Al fin, un día, descubrió que podía. Y permaneció pegado, mamando, ocho horas de corrido. Desde ahí, se acabaron las marcas de mis manos en mi pecho y disfrutamos más de un año de una lactancia tranquila y feliz. Jamás una grieta, una mordida, una herida. Manolo sonreía y se dormía a mi lado tomando teta. No paramos ni cuando le diagnosticaron reflujo, y seguimos en lactancia exclusiva hasta los seis meses. A los seis meses mi diminuto bebé prematuro era un gordito precioso con rollitos en las muñecas, los tobillos y unos cachetes absolutamente mordibles. Continuamos con el pecho más su alimentación hasta que yo tenía seis meses de embarazo de Antón. Fue dejando el pecho, sustituyéndolo por un rato haciendo casitas y castillos con la colcha de la cama de mamá.

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Antón llegó tranquilo y sin prisas tres meses y medio después. A los diez minutos de nacido ya estaba pegado a mi pecho y no lo soltó hasta los tres años y medio. Él si mordió, rasguñó y todo. Tuve grietas, y sin orientación alguna, las curé lentamente con mi propia leche. Alguna que otra vez habrá tomado leche con sangre. No pasó nada. A los seis meses empezó a comer y lo hizo con ganas y con antojo de todo. Disfruté tanto darle pecho cuando ya estaba grandecito y me gritaba “Lalitaaa” porque mi tía le enseñó a gritar “Carlita, el niño quiere leche”. Acostarme con él entre mis brazos y sentir que éramos la pareja perfecta. Mi niño siempre sano, tan fácil hacer todo con él.

La primera y  la segunda vez enfrenté críticas y me dieron consejos increíblemente absurdos. En México la lactancia está rodeada de mitos, de nubes, de mentiras aceptadas simplemente porque la mayoría las repite. Que no le des pecho cuando estás enojada, porque se enferma. Que no le des cuando llegas de la calle, porque está caliente. Que dale la mamila también, para que no llore. Que ya dale probaditas de todo a los tres meses. Que si te enojas se te va la leche. O si no te pones sueter al salir. Que tomes pulque, cerveza y tés de esto y aquello. Yo sólo sé que sin saber nada, decidí no escuchar a nadie más que a los bebitos que tenía entre mis brazos. Esos que mamaban a todas horas, felices, redondos, llenitos y sonrientes. Sanos. Nunca les ofrecí otra cosa, aunque lloraran. Nunca compré un biberón. Si parecían inquietos, los mecía en mis brazos y caminaba con ellos. Nunca di tés, ni medicamentos para cólicos.

Momento presente, otro país, otro bebé.

Emma nació y a los diez minutos ya estaba pegada en mi pecho. Veinticuatro horas de calostro, una noche de inquietud y ya casi cinco meses de lactancia exclusiva.

Y reconozco que recibí mucha más orientación. Consejos de las puericulturistas y parteras. Hermosos cojines de lactancia. Crema de lanolina para las grietas de las primeras semanas. Miradas cómplices cuando doy pecho en público. Sonrisas. Emma mamó doce horas en los vuelos de avión para pasar nuestro verano en México, y confieso que en algún punto, me quedé dormida con la teta al aire y Emma también. Soy una mamá sinvergüenza. Y no me da pena.

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Una oportunidad más de dormirme echa bolita con mi bebé pegada a la piel.

Una bendición.

Y el apoyo incondicional de mi bretón que cocinó, sirvió jugos e hizo caldo de pollo para la Carla recién parida que pasaba veinte de 24 horas al día con Emma pegada al pecho. En un mes empezamos la introducción de sólidos y ya estoy haciendo puresitos caseros de frutas del jardín. Tengo mi congelador lleno de frasquitos de compota de pera y manzana para ella. Pero sé que estiraré la lactancia todo el tiempo que pueda. Porque me gusta. Porque he amado la oportunidad de la vida de nutrir a mis hijos con alimento producido por mi propio cuerpo. Eso ha sido la lactancia para mi, de aquel y de este lado del Atlántico.