De regreso

Un año y medio después de nuestra partida para establecer nuestro hogar en Francia, volvimos.

Fue un mes que sólo puedo definir como maravilloso. Empezó y finalizó de forma excelente, pero el regreso fue más duro de lo que imaginé.

Poner pie en el Aeropuerto de la Ciudad de México y llorar. Llorar al ver todos los carteles escritos en español. Recorrer la autopista México-Pachuca con lágrimas de emoción al ver los sitios conocidos y sentir escalofríos al acercarme a mi pueblo querido, el lugar en que mis hijos mayores dieron sus primeros pasos y en el que vive mi familia.

CIMG3959

No fui a recorrer sitios turísticos, aunque sé que mi país tiene sitios hermosos y lugares que enamoran a propios y extraños. Fui a disfrutar de mi familia y las pequeñas cosas que extraño más de mi lugarcito en el mundo cuando estoy tan lejos.

Acaricié las paredes de piedra de la Presidencia Municipal. Aspiré el aroma de las tortillas recién hechas a mano. Me maravillé como niña pequeña con la variedad de colores de la fruta y la verdura en el mercado y me volví loca eligiendo pan dulce cada día.

Me transformé en una niña más cuando mis hijos mayores redescubrieron el patio de la casa familiar, y los juguetes que en la mudanza trasatlántica se vieron obligados a dejar. Me senté a la sombra de la higuera del patio y me dejé envolver por lo hipnótico de las figuras que reflejan las hojas de este fantástico árbol cuando el sol cae a plomo como sólo sabe hacerlo en México.

Y sobre todo, dejé pasar los minutos tomandome un refresco sin azúcar a media tarde y viendo a mi tía sentada a la máquina de coser. Acaricié su antigua “Singer” y dejé que las lágrimas limpiaran la sensación de que soy una traidora por haber elegido seguir mi camino tan lejos de estas personas que tanto me necesitan.

Comí: comí como si no hubiera mañana y dejé que los sabores penetraran mi paladar. Me deleité con los platillos de la cocina de mi tía. Con nopales, verdolagas, chicharrón y chiles de árbol. Frijoles de la olla y tortillas recién hechecitas. Pastes pachuqueños, tlacoyos, barbacoa. Siempre en compañía de gente querida, de sonrisas, de miradas amigas.

Complicidad con mi hermana. Carcajadas de mis hijos jugando con sus primos. Pláticas con mis tías y visitar, después de  8 años, la casa de mi madre.

Y más: una bienvenida con flores y globos. Mi bretón trepado en los árboles, descubriendo plantas que no son las suyas. Comiendo chiles verdes a mordidas y hablando en frañol con mis sobrinos.

CIMG3142

Sentir que podríamos hacer nuestra vida en México y que sería tan fácil.

Ver la imagen de lo que pudo ser, pero no fue.

No fue porque ya hemos construido un proyecto de vida en Francia y una casa que estaremos pagando hasta que Emma cumpla 20 años.

Emma. Emma que nació en Bretaña. Emma, cuyos ojos vieron la luz en este continente, del otro lado del Atlántico.

Y el mes se pasó volando, y la sensación de que tenemos dos hogares se solidificó. Sé que puedo volver. Sé que hay una familia que me espera y me ama.

Y sé que ese amor es más fuerte que la distancia, que la nostalgia y que los litros de lágrimas vertidos de uno y otro lado del océano.

Y viajar protegida por el amor de este bretón que ha hecho el objetivo de su vida hacernos felices a mis hijos y a mi.

Cargando el molcajete, la maquinita de hacer tortillas y quince kilos de libros en Español.

Llegar al aeropuerto y encontrar un bretón súper amigable en la revisión migratoria y sentir que llegamos a casa… a casa tan lejos del hogar. Esa es la vida del expatriado.

Entrar a mi casita y ver las manzanas rojas, listas para morderse. Cerrar los ojos y tocar las manos de mis tías a la distancia. Y ver hacia adelante, que de otra no me queda.

 

Anuncios