Puericultura

Como ya conté en mi artículo sobre la maternidad, nunca he sentido que “encajo” como mamá.

En México no lo hacía y tampoco aquí en Francia. Quizá sea porque termino las cenas platicando con mis hijos sobre la electronegatividad del oxígeno.

Así que estos dos meses desde la llegada de Emma han sido una mezcla entre bailar una danza ya familiar: la de cuidar un bebé, y aprender un ritmo nuevo. Es que habría que ser muy cerrada para no abrir los ojos y aprender un poco de los trucos y técnicas de las mamás francesas para cuidar un bebé. Que no, que no voy a cambiar radicalmente un método que construí con amor para mi Manolo cuando lo recibí pesando un kilito y medio, pero también hay que reconocer que en todos los lugares podemos aprender e integrar nuevas cosas a la técnica maternal.

Cuando nació Manolo yo no conocía el término colecho. Yo había pensado comprar una cuna…o un mosiés, ¿un bambineto? La vida no me dio el tiempo, y Manolo llegó antes de tiempo y de forma intempestiva a mi vida: chiquitito, necesitado de cuidados día y noche. Así que aprendimos a dormir juntos. Pasó cinco meses durmiendo sobre mi pecho y dos años más durmiendo a mi lado. Cuando llegó Antón, ya ni pensé en comprar bonitas cunas y cosas. Llegó directo a mi lado, y ahí se quedó hasta que se fue muy contento a su habitación con su hermano. Casi cuatro años después. Teníamos  una linda cama king-size muy apta para esos trotes.

Hoy en día no tengo cama king-size, pero mi bretón sabía que yo no quería renunciar a dormir con Emma. Es tan fácil para la lactancia materna, para cuidar al bebé. Así que él solito se embarcó en el trabajo de hacer una preciosa cama de colecho para la bebé, una cama suficientemente grande para que Emma se quede con nosotros al menos dos años y medio o tres años.

Mis suegros no parecían convencidos con la idea. Los niños duermen aparte. Es así, así ha sido, así será. Pero no para mi, lo siento. Eso de pararme en la madrugada a dar de comer, no es lo mío. El bretón me agradece. Desde que Emma y yo llegamos del hospital, ella no lo ha despertado una sola noche. Ama su camita, duerme aparte, pero al lado de mamá. Y los sábados y domingos, papá la disfruta enormemente. Así que aquí con mano de obra bretona, sacamos un diez en un clásico de mi estructura maternal: dormir con el bebé.

Pero lo que si integré es la famosa “turbulette”. Es como una bolsa para dormir, pero sin mangas. De esas no hay en mi pueblo. Es una cosa ideal para dormir al bebé, sin peligro de que se ahogue con sus propias mantitas o cobijitas. Además, para nosotros forma parte del ritual nocturno. Le cambio su pañal, la meto en su turbulette y vamos a la camita. Ella lo sabe, y sonríe.

A finales del embarazo me entró el terror por la ausencia de aceite para bebé en Francia. No existe. Y yo afligida pensando en cómo iba a limpiarle sus nalguitas a mi nena. Porque nunca fui mucho de usar toallitas de bebé, mi presupuesto no daba para el lujo con los niños grandes, y ahora he descubierto que hice bien, pues tienen algunos químicos que suelen ser irritantes para la piel del bebé. Entonces descubrí el linimento oleo-calcáreo y santo remedio. Su traserito queda limpiecito y cero irritaciones. Y acá eso es un clásico viejo como la injusticia. Para mi fue toda una novedad.

He de reconocer que soy feliz con mi decisión de no tener carriola y que las mañanas de camino a la escuela con Emma en el porta-bebé son hermosas. Cada día más porque ahora ella va despierta y observa con ojos curiosos el movimiento de los árboles al viento. Y que me hace feliz haber encontrado en el hospital y mi entorno social, mucho apoyo para la lactancia materna. No he recibido ni una mirada morbosa o de desaprobación cuando Emma pide comer: en cualquier momento y en cualquier lugar. Al contrario, he recibido ánimos y felicitaciones.

Mi suegra me sigue mirando como si fuera yo un bicho raro porque no permito que Emma llore hasta dormirse, porque la cargo todo lo que puedo y porque duerme a mi lado. Pero la ve con un amor de abuela precioso, y eso es algo que compartimos: el amor por esta beba bretona de ojos negros. Así que ahí voy, aprendiendo, integrando y disfrutando esta tercera oportunidad que la vida me dio de ser mamá.

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