Raíces

No tengo hijos cien por ciento mexicanos.

Mis niños grandes son mitad mexicanos y mitad uruguayos. Con una pizca de sangre gallega y otra de sangre vasca (¡si son tipo de sangre O negativo!).

Y Emma es francesa, pero mitad mexicana.

El hecho de que ella naciera en el mismo hospital en el que nació su papá me llama mucho la atención…puesto que mis pasos y mis partos me han llevado muy lejos del hospital en el que yo nací.

Antes de dejar México para instalarme en Francia, un amigo me recomendó traerme, como recuerdo de dónde están mis raíces, un frasquito con tierra de mi jardín. Lo que hice fue ir a mi Distrito Federal y robarme un frasquito de tierra de la Alameda Central, pues aunque amé el pueblo en el que pasaron mis hijos sus primeros años y en donde mi abuela compró su casa, mi lugar es la capital mexicana.

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La Alameda Central

Sin embargo, creo que soy una planta que echa raíces fácilmente.

Estoy segura que podría haber terminado mis días en Uruguay siendo muy feliz. Amé Montevideo, esa ciudad pequeña pero que es una capital hecha y derecha. Es bello para mi pensar que sangre uruguaya corre por las venas de mis hijos. Fue un lugar que amé conocer. La tierra de Benedetti, de Galeano… imagino un atardecer tomando mates en El Cerro de Montevideo y sonrío para mis adentros. También me gusta pensar en que gracias a que vivimos en Francia, me será más fácil llevarlos a Galicia, la tierra del Manolo original (mi ex-suegro), un hombre excelente cuya empatía y simpatía heredó mi primogénito. O al País Vasco español, a la Donostia que mi abuela dejó en su niñez.

Sus raíces están allá, acá y un poco en todas partes, y con las suyas, también las mías.

Porque igual que me pasó en Buenos Aires, en donde dejé amistades y una ex-familia política que admiro y aprecio, aquí en Bretaña he aprendido a ver las calles como “mis” calles, y a sentirme parte del lugar. Aunque sigo cocinando a la mexicana, disfruto de la vinagretta bien llena de mostaza sobre una ensalada de lechuga y brotecitos de “canónigo”, una verdurita de cuya existencia no sabía nada, que en francés se llama “mâche”…y que es deliciosa.

Me encanta la historia regional de la Bretaña. Independientes, diferentes, poseedores de su propia lengua, los bretones son un ejemplo de la historia europea, llena de pequeñas naciones culturalmente sólidas que han quedado, con los siglos, integradas en un Estado más grande.

Aquí, cerca del pequeño Golfo del Morbihan (que como dato cultural, en bretón quiere decir “pequeño mar”) encontré un rincón de tierra en que la gente es amable con nosotros, en la que el cabello negro de mis hijos y mi pequeñita es cuestión de admiración y no de discriminación.

El Golfo del Morbihan

Aquí he descubierto el paraíso de los festivales medievales, de las ruinas paleolíticas y de la cocina con mantequilla. Aquí está el bosque cerca de la playa, aquí hay rutas indicadas y bien trazadas para hacer caminatas por diversión.

Así como hay cosas que extraño enormemente, hay muchas otras que han llenado mis días, que me han hecho descubrir que una persona puede volver a echar raíces a pesar de la edad, que es suficiente con respirar profundamente y abrir los ojos para descubrir que en todos lados hay “tierra” propicia.

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El idioma

Yo soy una sangre fría terrible.

No sé si eso es una virtud o un defecto. Pero no tengo pena de hablar en público y muy pocas cosas me hacen sonrojarme.

Bueno, pues así, sabiendo poquitito francés, lo básico, me vine a vivir a Francia.

Y mis hijos igual. Ellos sabían decir “bonjour”, “merci” y poco más. Nos enfrentamos a un monstruo cornudo y gigante llamado “idioma francés”. Debo reconocer que ellos lo derrotaron de una forma más fácil. La escuela, las tareas, los amigos, su curiosidad y sus ganas de comunicarse con mi bretón sin intermediarios. De planear con él, de reir con él sin mi traducción de por medio.

Empezaron con la lectura en la escuela, siguieron con la gramática y avanzaron con los dictados. He de reconocer que a mi me gusta la forma en que enseñan francés en Francia. Hay énfasis en gramática, conjugación, ortografía… y no sólo “proyectos didácticos” bizarros, que es como se enseña el español en México. Y ahí fuimos aprendiendo los tres. Con mi bretón yo seguía (sigo) recurriendo al inglés en muchas ocasiones. Cuando iba de visita con mis suegros, ellos no entendían lo que yo decía y yo regresaba llorando. Sentía que nunca iba a poder dominar este toro.

Después conocí a mi primera y maravillosa amiga francesa, una escritora de libros infantiles que se ofreció a darle clases gratuitas a los niños. Y a conversar conmigo. Simplemente. Eso fue lo que más me ayudó. Descubrir que parchando y sustituyendo palabras, pero podía entablar una conversación en francés con alguien.

Más adelante vinieron trámites bancarios, migratorios y finalmente, el embarazo. Tuve que salir y hablar y contar y repetir mi historia clínica. En francés.

Aprendí a usar la palabra “accouchement” al hablar de un parto.

Y mi sangre fría y mi boca que no se detiene ante nada, volvieron por sus fueros. Recuperar el habla es importante para cualquier inmigrante. Poder expresarte en el idioma del lugar en el que vives, es fundamental. Para mi, como comunicadora continua, era vital. Yo sin hablar hasta por los codos, no soy yo.

Aún no siento haber dominado el idioma. Para nada. Mi acento es marcado y evidente, sobre todo al pelearme con sus millones de vocales y pequeños guiños lingüísticos.

La e se separa en e, é, y è. Ah, y la ë. La u tiene una gemela malvada…Y sacrílegamente consideran que la “y” es una vocal. Oigan, si yo crecí cantando “Las cinco vocales”.

Los pronombres relativos aún se me van entre las manos y aunque los entiendo al escuchar, no puedo usarlos al expresarme yo sola.

Pero…voy caminando en la calle y entiendo las conversaciones ajenas.

Voy al banco o al hospital y hago mis trámites yo sola.

Me atrevo a escribir mis primeros textos en francés.

Y ya detesto menos a ese monstruo que parecía querer arruinarme la vida.

¿Qué hice?

Escuché música en francés. Leí…leo en francés. Bastante. Y hablo. Sin vergüenza de mi acento, sin vergüenza de mi origen o de olvidar alguna palabra. Sin vergüenza absoluta.

Claro que todo tiene un lado negativo, mejor hablo el idioma, más puedo discutir con mi familia política, pero bueno, eso es otra historia.