Pre-adolescencia

No todo en la vida es contemplar los ojos negros de mi hija de un mes de edad.

A su alrededor, el mundo ha seguido girando, y además, su presencia me ha ayudado a ver muchas cosas en perspectiva. Repentinamente me doy cuenta de lo grandes que ya son sus hermanos. Antón camina a paso seguro hacia su octavo cumpleaños, y de forma increíble, mi hijo mayor Manolo, ya va corriendo hacia los once años.

Es una etapa totalmente diferente en este proceso de la maternidad. Es un caminar pausado, respetando su individualidad cada vez más sólida y mejor construida. Es nuevamente, la oportunidad de observar diferencias entre México y Francia.

Allá en mi pueblo mexicano, fui maestra de secundaria por años. Es una experiencia que no quiero repetir: ser profesor es un trabajo muy demandante que no conoce horarios, que es muy juzgado por propios y extraños (eso es idéntico acá y en México), y al pobre maestro se le echa la culpa de todo lo malo que sucede en la sociedad que lo rodea. Sin embargo, tengo un hermoso y cálido recuerdo de mi convivencia con adolescentes de 11 a 16 años. Recuerdo el último fin de cursos que viví como profesora, y los aplausos de mis alumnos cuando recibí un “reconocimiento” por mi labor anual. Una madre de familia me dijo: “la quieren un montón”. Me preguntó porqué. Mi idea es que siempre traté a mis alumnos como seres humanos completos y pensantes, y jamás como “medias personas”, sólo por su edad. Aún tengo amistad con ex-alumnos de antes de que Manolo naciera. Ahora son profesionistas, padres de familia… pero recuerdan a sus maestras de antaño.

Lo que estoy intentando es que esa experiencia me resulte útil para tratar con mi propio hijo ahora que se acerca a ese periodo de reafirmación individual que es la adolescencia. He de decir que por todo lo que le ha tocado vivir: divorcio de sus padres, mudanza trasatlántica, madre trabajadora… ese joven se ha hecho un niño muy maduro cuyas opiniones son sólidas a pesar de su edad. Cuida mucho a sus hermanos menores. Me cuida todo el tiempo y tiende a ser muy protector conmigo. Quizá es algo que le quedó de la época donde éramos sólo tres contra el mundo. Hoy somos cinco, pero él y yo estamos sintonizados sin necesidad de hablar.

Lo veo leer con mucha concentración. Lo veo elegir las cosas que le gustan y las que no. Lo veo, de lejos porque eso ya no me compete, construir su tipo de humor, sus afinidades, lo que ama y lo que detesta. Admiro cómo esa personita que un día cabía dentro de mi playera, que no tenía fuerza en sus pulmones ni siquiera para llorar, hoy sabe quién es y lo reafirma día a día.

Y ahí he visto cosillas que nuevamente me llevan a pensar en cómo hay cosas tan iguales y diferentes entre estos dos países en los que he construido mi vida. Hay una cierta idea, allá en México, de cortar de tajo cosas “para niños”, en cuanto un chico entra a la secundaria. Ya no hay “Día del Niño”, y se espera que de un día para otro, esos jóvenes se comporten de forma más madura y adulta. Loco y absurdo. Es la etapa de las bromas de doble sentido veinticuatro horas al día. De las hormonas vueltas locas. De la burla, de la risa, del riesgo de cruzar la línea entre reír y lastimar a los otros.

Si habré visto alumnos castigados e incluso expulsados de la escuela por no saber controlar todo eso.

Y veo como Manolo ya va para allá. La curiosidad, las bromas absurdamente locas. Y le he dado la confianza de preguntar aquí en casa. De bromear aquí en casa. Y le he explicado que en la escuela debe ser más cuidadoso con toda esa explosión de ideas, palabras y emociones, porque a muchos adultos se nos olvida lo que es pasar por ahí.

Gracias a él y usando sus ojos, he notado como acá en Francia hay también ciertas ideas contradictorias para tratar a los jóvenes. Por un lado se les da una libertad que a ojos de una mamá gallina latinoamericana, parece pintada de abandono. Es como si al entrar a la secundaria (college) debieras simplemente dar un paso al costado y olvidarte que tienes hijos. Tomar distancia, hacerlos “independientes”. Por otro, en cierta medida, los siguen tratando “como niños”, como si ello implicara ser por una parte condescendientes y por otra pensar que son personas con una constitución psíquica incompleta, diferente.

“Déjalo, es un niño”, es una afirmación que me parece una falta de respeto, y que se torna peligrosa a la edad de un chico como Manolo. Porque es precisamente a esa edad en que tiene que saber y estar seguro de que no enfrentará la vida solo. Que aquí estamos para él. Que si quiere llorar, reir o estar enojado, su familia es el entorno que mejor lo entenderá y acompañará. Si no, corro el riesgo de que busque esa protección en otra parte y ello implica cosas muy duras, que quizá hay menos aquí en mi pueblo bretón que en el mexicano, pero las hay: adicciones, malas compañías, soledad, tristeza, depresión…

Así que no. No lo dejo, precisamente porque es un niño. Y así como cargo 24/7 a su hermana para que no llore y se sienta querida, así me siento horas interminables a escuchar discusiones sobre piezas de Lego, me aprendo los personajes de Naruto y respeto sus momentos de berrinche, de tristeza y de enojo. Porque me acuerdo lo que era tener su edad.

Y eso, eso me ha costado trabajo en la convivencia con otros allá en México y acá en Francia.

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