Parto

Tres veces he entrado a un hospital para enfrentar lo desconocido y salir como mamá de un nuevo ser humano. Las tres han sido radicalmente diferentes.

De la primera ya he escrito, tanto como puedo, en el texto titulado “Noviembre“.  Fue una cesárea, en un hospital pequeño, dañado por el terremoto de 1985 en México. Cuando estaba atada, en la mesa de operaciones, podía contar las grietas en el techo, al tiempo que contaba los segundos en el reloj y escuchaba el goteo de mi sangre que se escapaba.

Esa experiencia no es comparable con nada. Pero tengo otra un poco más reciente que me permite, hoy  con Emma en los brazos, palpar las diferencias entre las dos realidades en las que parí, y casi tocar con mis manos las injusticias que existen en este mundo.

He de aclarar, que como todo lo que escribo, hablo de mis experiencias y evidentemente éstas no son extrapolables a todas las personas. Cada mujer enfrenta la maternidad en diferentes condiciones, simplemente, éstas han sido las mías.

Hace ocho años, cuando nació Antón, yo no tenía un empleo fijo. Hacía trabajos freelance como escritora, y obviamente a los ocho meses de embarazo movilizarme para buscar clientes no era fácil. No contaba con seguridad social, salvo la gratuidad que me otorgaba el sistema de salubridad del Distrito Federal, pero vivía en otra parte del país. No tenía ahorros y sí un hijo mayor de casi tres años y un matrimonio casi en ruinas.

Quizá es mi culpa por haber elegido ese momento para embarazarme. No estaba en las condiciones ideales para recibir a otro bebé. Pero fue ideal en muchos otros sentidos. Manuel necesitaba un hermano y por siempre voy a considerar que tener a Antón fue la mejor decisión de mi vida.

Su fecha probable para nacer era el 24 de agosto. Llegó la fecha…y nada. Antón estaba feliz dentro de mamá y mamá estaba cansada. Recuerdo caminar los 500 metros de mi casa al puente que atraviesa el “río” veraniego de mi pueblo y sentirme completamente sofocada. No tenía ningún síntoma de que pronto fuera a nacer. Por miedo y nervios, me dirigía yo al Centro de Salud del pueblo cada 3 o 4 días, para pedir un chequeo. Me revisaban que no hubiera dilatación, escuchaban vía estetoscopio su corazoncito y me mandaban a casa. Antón no llegaba. Yo estaba tan embotada que me quedaba dormida a media conversación con mi tía, y lo único que podía mover para jugar con mi hijo mayor, eran los pies. Así que noches de obras teatrales improvisadas con mis dedos eran la forma de divertir a ese Manolo inquieto que no aguantaba para conocer a “Atón”.

Sábado primero de septiembre, tras 1 semana de lluvias esas de huracán veraniego en México y mucha ropa sin lavar…empecé a sentir mini-contracciones. Regreso al Centro de Salud y me revisan… “si señora, tiene usted dos centímetros de dilatación, tiene trabajo de parto empezado…pero le quedan horas antes de dar a luz”. Con esas horas, me bañé, desayuné con Manuel, preparé sus cosas pues él se quedaba con mis tías, tomé un autobús y recorrí las dos horas que me separaban de la Ciudad de México. Llegados ahí, tomamos el metro y finalmente un autobús urbano para llegar al “Hospital Materno-infantil Inguarán”, sitio en que estaba previsto el parto.

Desilusión: sólo 3 centímetros de dilatación. “Señora, vaya a caminar”. Tres horas después, aún nada. En una maternidad donde hay fila de mujeres en trabajo de parto esperando ser admitidas, no te internan antes de los seis de diez centímetros requeridos para dar a luz. A caminar, y caminar, con contracciones muy seguidas. Fui admitida hasta las 2 de la mañana, en que rompí fuente mientras el médico de guardia me revisaba. Ya era domingo dos de septiembre.

A partir de ahí todo se desarrolló muy rápido. Las contracciones se hicieron intensas y mi única reacción era morder. Lo que había a mano: léase, mi cabello. Estaba en una sala colectiva de pre-parto con alrededor de veinte mujeres más. En un momento, tenía deseos de ir al baño y una de las otras parturientas se “asoma” a revisarme y me dice, “no niña, ya se ve la cabeza de tu hijo”. Rápido a sala de expulsión en que médico de guardia, dos enfermeras, una pediatra y dos asistentes esperaban que yo fuera suficientemente veloz porque había otra multípara (a punto de dar a luz a su sexto hijo) esperando la sala. Recuerdo que el médico traía su reproductor de música en el bolsillo de la bata. Era su hora no-sé-cuánta de estar de guardia, estaba cansado. Me contó que una señora lo había insultado. Que otra lo jaló y le gritó en la oreja. En broma, me pidió que no gritara. Le dije que una sola vez, prometido. Nos reímos, Antón afuera… Fue tan mágico para mi: ver el cordón, su piel viscosa…pensé “dios, parí un pulpo”. Ahí mismo y por seguridad, lo bañaron frente a mi, firmé su certificado de nacimiento y mientras el médico terminaba de abordar lo que quedaba del parto, yo tenía a un bebé fantástico prendido del pecho. De ahí a sala de recuperación en que me dieron un jugo de frutas en tetra-brick para calmar mi hambre. Y finalmente, a la habitación, misma que compartí con otras siete mujeres y sus bebés. Revisión por ginecólogo y sus siete estudiantes. Revisión pediátrica del niño, y al día siguiente, antes de medio día, estábamos nuevamente en el autobús de regreso a casa.

Hoy Antón es un niño sanísimo y con un carácter fuerte que me hace pensar muy seguido en la primera noche que pasamos juntos y él no dejó de fruncir el ceño todo el tiempo.

Ocho años después, su hermana siguió sus pasos. Llegamos al día de término y nada. La diferencia es que acá el seguimiento del final del embarazo tiene una seriedad y minuciosidad que allá en México, al menos en el sistema de salud pública no es ni siquiera imaginable. La última semana de mi embarazo pasé 4 de 7 días en el hospital, con citas largas en que monitoreaban mi presión, temperatura y contracciones, y a la vez, el ritmo cardiaco de Emma, con una posterior ecografía para ver que el nivel de líquido amniótico y el funcionamiento de la placenta fuesen los idóneos.

Con mi bretón, recorrimos todas las salas de preparto del Hospital Chubert, en Vannes. Interactúamos con casi todas las parteras. Ensayamos, practicamos y recibimos noticias desalentadoras. Por protocolo médico y debido a que tengo una cesárea previa, no podíamos ir más allá del quince de abril, así que ese día de no haber empezado trabajo de parto, enfrentaría una cesárea. Lloré, me sentí desilusionada y descorazonada. Pero a la vez comprendí que todo era para mayor seguridad de Emma y mía, privilegio con el cual no conté cuanto contaba las horas para la llegada de Antón.

En una semana de calor inusitado en pleno abril, el día en que parecía verano en primavera, rompí fuente: horas antes de la cesárea. A las siete de la noche, llegamos nuevamente al hospital. Pero ésta era la buena. Otra gran diferencia en la forma en que se lleva a cabo un parto acá en Francia es el quién te atiende. En México son ginecólogos y médicos generalistas. Acá son parteras o matronas. Preparadas y especializadas. Diría yo, hasta sintonizadas con lo que representa el parto para una mujer. Instalada nuevamente en una sala de preparto, la partera me explicó que debía esforzarme en respirar con cada contracción para evitar alterar el ritmo cardiaco de la nena. Tuve pánico: no por ella, sino por Antón. ¿Reacción estúpida de parturienta? Quizá. Pero lo que pensaba es “por dios, no dañé a Antón por pura suerte, y no quiero dañar a esta nena sólo porque no sé respirar y administrar mi dolor a la vez”. Así que accedí a una epidural de último minuto. Detalle gracioso: en el momento en que el anestesista trabajaba en mi espalda, se le pidió a mi muchacho dejar la sala por cuestiones de esterilidad e higiene. En ese momento olvidé el francés y empecé a hablar en inglés con la pobre partera desconcertada. Pronto le permitieron el reingreso a la sala de parto a mi bretón, y con mi mano en su mano, viendo su sonrisa, en poco tiempo tuvimos a Emma con nosotros.

No me alcanzan las palabras para agradecer la ausencia de montones de médicas y enfermeras innecesarios. Partera, puericulurista y padres fuimos suficientes para recibir a esta nena con intimidad y placer. Fui cuidada, consentida y muy bien tratada en cuatro días que permanecí en el hospital. Sólo compartí la habitación dos noches y sólo con otra mamá. El trato es delicado y mucho más sensible de lo que yo esperaba. Recibí muy buenos deseos para mi y mi morenita de barba partida y muchas exclamaciones de asombro por su larga y nutrida cabellera.

Recibí una cachetada de realidad: cómo las cosas pueden ser tan diferentes. Y eso que yo estuve atendida en un hospital allá en México. Pensar que hay mujeres que han parido en la sala de espera o en el jardín de un centro de salud allá en mi país. Pensar en lo lujoso que me pareció mi tiempo en este austero y maravilloso hospital público francés. Pensar en las oportunidades de vivir que tienen los niños aquí que en otros lugares no existen.

Pensar tantas cosas y a la vez, en ninguna, porque me pierdo contemplando los ojitos negros de esta pequeña bretona que es el premio que me da la vida por arriesgarme a cruzar el océano y vivir el amor.

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Quemar los barcos

Anoche soñé que recorría el centro de mi pueblo en México con mi tía adorada. Nos sentábamos cerca del “kiosko” a comernos un delicioso elote con mayonesa, queso y chilito piquín.

Algo tan sencillo como eso me hizo despertar bañada en lágrimas. La extraño tanto.

Es una sensación tan rara, el extrañar con tanta intensidad, y sin embargo saber a ciencia cierta que he quemado mis barcos. Esta expresión la usamos allá en México (desconozco si se usa en el resto de países de habla española) para decir que de alguna forma, has cerrado las puertas para no volver atrás.

Sí, aún tengo mi casa en México. Y mi familia, y gente muy querida. Pero cada día, a pasos agigantados, hay más y más cosas que me anclan a este pequeño rincón bretón.

Para empezar, mis hijos. Los dos hicieron un esfuerzo sostenido e increíble por adaptarse no sólo al idioma, sino a los ritmos, la alimentación, las costumbres… ahora descubrimos a Antón dándole cucharaditas furtivas a la mantequilla, la cual adora, como buen bretón. Manuel ama la historia europea y mediterránea, y está decidido a estudiar arqueología. Leen una cantidad impresionante de libros en francés. Y ayer, primero de abril, llegaron llenos de dibujos de peces pequeños y grandes: es una forma tradicional francesa de festejar su equivalente al “día de los inocentes” mexicano. ¿Con qué derecho un día decir, saben qué, vamos de regreso? Lo decidimos entre los tres y ellos han cumplido su parte al cien por ciento. Les debo respeto y ello implica permanencia, tranquilidad y estabilidad.

Después, el compromiso financiero. Mi firma está estampada en cada una de las hojas del préstamo hipotecario que mi bretón y yo solicitamos para construir nuestra casa. Una casa que diariamente toma forma y que nos invita a una mudanza, quizás definitiva, este verano. Entre broma y broma, le digo a Manolo que yo ya me mudé tanto, que de ahí sólo me va a sacar con las piernas por delante. Pero la verdad, es que mi corazón lo siente. Que fui al sur, al centro y al norte, pero que al fin encontré mi lugar en el mundo.

En tercer lugar, mi marido. Ese muchacho jovial e interesado en todo, curioso como un niño pero sólido como el granito bretón que el juez nos vaticinó el día de nuestra boda. Ha hecho tanto por lograr que nos adaptemos, se dobla y se desdobla, aprende, cambia, se adapta. Ese nivel de amor y compromiso con mi felicidad no lo he tenido ni yo misma. ¿Cómo tirar a la basura algo tan precioso y único?

También el hecho de mi salud mental, como lo sabe cualquier expatriado, se vive diariamente con una parte de tu alma, tu espíritu, tu memoria o como quieras decirle, allá, en casa. Y el resto aquí, en tu nuevo hogar. Simplemente un día abrí los ojos por la mañana y me dije: no quiero seguir dudando. No puedo torturarme diariamente pensando en hacer una maleta que sé bien que no haré. Debo quemar los barcos mentalmente, los puentes, y reconocer que ahora estoy aquí y que si vuelvo, será siempre como una visita, y no como una presencia constante. A partir de ese momento, siento mucha más paz. Y a pesar de que las lágrimas explotan y la nostalgia no desaparece, estoy aprendiendo a asignarles un lugar en mi corazón. Todo dolor, permanece. Pero siempre podemos decidir qué lugar le dejaremos tener en nuestra vida.

Finalmente, en estos días tiene que llegar la sexta persona que integrará esta familia. Un bretón amoroso, dos mexicanos que aman la Bretaña, un pequeño que vive en mi corazón aunque físicamente no esté aquí, yo, la mexicana que no sabe callarse y ella, una pequeña bretona que se está tomando su tiempo en llegar. Si, ella nacerá aquí. Si, éste será su hogar.

Quizá si en estos días en que el estrés se acumula y la adrenalina está a todo lo que da soy capaz de sentir paz, es porque ya encendí ese fuego en mi mente. Los barcos fueron quemados y éste es mi hogar, ahora sólo queda seguir hacia adelante.