Mi pueblo

Vivir en Francia y decir que vienes de México evoca en la gente ciertas imágenes muy precisas. Estereotipos como los hay para muchos países del mundo, regiones, etcétera. Todos piensan que vienes de un sitio cálido, soleado y tropical. O que vivías en la monstruosa ciudad de México. Cuando dices que vivías en un pequeño pueblo en lo alto del Altiplano Central, parece que en lugar de francés, hablaras chino.

Además, está el término en sí: pueblo. Para nosotros los mexicanos, implica una cierta condición rural. Acá ni siquiera estoy segura en ocasiones del término correcto en francés. ¿”Petit ville”? ¿”Ville”? En inglés sería “town”, muy diferente de “city”. Acá los términos son más plásticos, pero creo que también tiene una razón de ser muy especial.

Entre mi pueblo mexicano y mi pueblo francés hay muchísimas diferencias. Voy a contar como “mi pueblo francés”, la pequeña ciudad a la que el municipio donde está mi casa está prácticamente pegado. De hecho, muy pocas cosas hacemos en la presidencia municipal de nuestro municipio, puesto que es un municipio extenso y con muy baja densidad poblacional, con dos “barrios”, por decirlo de alguna forma, adheridos al otro pueblito.

En México, vivíamos en un poblado de 11 mil habitantes. Nuestro pueblo actual tiene 12 mil.

En nuestro pueblo mexicano, apenas hará 5 años que instalaron una sucursal bancaria (de ese infamemente célebre banco que pertenece a una cadena televisiva y abre sus sucursales 365 días al año). Hay también un cajero automático. Antes había dos, pero uno lo retiró el banco porque no le resultaba buen negocio.

En nuestro pueblo francés puedes encontrar sucursales bancarias de todos los bancos con presencia en la región. Algunos tienen incluso dos sucursales, una en el centro del pueblo y una cerca de la estación del tren.

En nuestro pueblo mexicano, las calles están empedradas y hay muchas edificaciones en piedra.

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En nuestro pueblo francés (ejem, bretón), hay casas con techo de dos agua en ardoise, una especie de teja en piedra negra muy característica del lugar. Y hay pequeños rincones encantadores con fachadas antiguas en madera.

En ambos, abundan las iglesias.

En ambos, hay muchas escuelas de educación básica (preescolar y primaria) pero no muchas secundarias y bachilleratos.

En ambos hay una estación de tren, sólo que tristemente la de mi pueblo mexicano sólo ve pasar trenes de carga y ya ni siquiera funciona como tal. En cambio,la de mi pueblo francés es muy visitada, muy bien conectada y es fácil ir a París saliendo en tren desde aquí.

Ambos están muy cerca de la capital, de la ciudad principal de su “departamento” en el caso francés y estado, en el caso mexicano. Pero acá en la cercana ciudad francesa, puedes prácticamente hacer cualquier trámite, cosa que se complica allá en México, donde por la cercanía con la gran ciudad, la capital del país, muchas veces es más práctico optar por desplazarse hacia allá.

Ambos están cerca de la zona rural, y es ahí donde tristemente puedo apreciar el abandono del campo mexicano, contra el profesionalismo con el que se trata el campo acá en Francia. He visto más campos de maíz acá que allá. Deprimente. Y he visto crecer árboles frutales, el trigo, las hortalizas. Allá en mi pueblo mexicano, se siembra casi sólo cebada para forraje.

Mis dos pueblos explotan el turismo. En México, con un creciente negocio de venta de la tradicional barbacoa hidalguense, además de ropa y accesorios en cuero.

Acá en Francia, mi pueblo tiene su pequeño puerto turístico, sus viejas construcciones, un encanto que atrae a muchos visitantes, sobre todo en verano.

Ambos son adorables.

Y tienen casi el mismo tamaño, pero son a la vez, increíblemente diferentes. Acá un pueblo cerca del campo no carece de urbanización, servicios, comercios. Allá, parte de mi propio municipio lo conforman comunidades casi aisladas en las que hace poco se instaló la luz eléctrica.

A veces los términos no nos sirven para reflejar dos realidades tan distintas.

Y sin embargo, la vida transcurre cotidianamente en mi semi desértico pueblo mexicano al igual que lo hace en mi húmedo y lluvioso pueblo bretón.

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Mujer

No, yo no era fanática de las películas de princesas, aunque reconozco que tengo una debilidad por Bella de “La Bella y la Bestia” porque ama leer y siempre creí que necesitaba lentes por la forma en que entrecierra los ojos para observar algo.

Sí, yo crecí con un libro pegado a las manos, anteojos y un gusto creciente por cosas que no son tradiconalmente “de mujeres”, como los cómics, las películas de ciencia ficción y la literatura fantástica. Pero no soy la única.

Y sí, allá en mi México natal, pasé por muchas historias en que te das cuenta que el que dijo que ser mujer era como ser la princesa de los cuentos no sólo se equivocó, sino que además, era rotundamente ciego e idiota.

Crecí rodeada de mujeres. Un padre adorable, pero semi ausente, una mamá, una hermana, tías, primas, abuela. Primaria y secundaria en escuela de mujeres. Cuando entré a la “prepa” (bachillerato) tenía terror patológico a los hombres. Pero descubrí que no son monstruos, o al menos, no todos. Tuve buenos amigos, y poco a poco aprendí a salir de mi “esfera” femenina. Fue difícil, porque en esa etapa choqué con un profesor desagradable que me hizo propuestas indecorosas. Fue difícil no odiar a los hombres cuando mis problemas hormonales netamente femeninos me traían con anemia perniciosa, desmayos e incomodidad diez de doce meses al año. Parecía tan injusto. Después aprendí a aceptar que era natural.

Me casé muy joven y creo que carecía de la experiencia en mi propia feminidad para convivir con un hombre diez años mayor que yo. Cometí muchos errores. Construimos una relación destructiva y asfixiante, que por poco acaba con los dos. Puedo decir que en mi propia experiencia, fue casi suicida.

Embarazada, fui despedida de mi trabajo por mi condición.

Recién parida, tuve que recorrer la ciudad sola y sin ayuda para poder estar con mis hijos.

Con dos hijos, tuve que trabajar de sol a sol para sacarlos adelante.

Sufrí, lloré y me arrastré.

Pero también viví como mujer cosas maravillosas. Parí. Fui madre y tuve dentro de mi los corazones de mis hombrecitos divinos. Amamanté. Fui maestra y confidente de adolescentes que no eran “míos”. Bailé. Salí del encierro del matrimonio sufrido y redescubrí la diversión del maquillaje y el barniz de uñas. Estudié. Aprendí. Me titulé. He escrito ensayos, investigaciones, artículos, tesis… he leído, viajado y disfrutado. No sé cómo lo hacen los hombres. Vivo rodeada de ellos y aún son un enigma maravilloso y fascinante.

Y volví a enamorarme. Atravesé el océano y llegué a esta tierra donde ser mujer parece más complicado todavía.

¿Porqué? No hay la misma dicriminación y el acoso sexual es mucho menor.

¿Entonces? Creo que son las propias mujeres quienes acá se exigen demasiado. Hay que ser profesionista exitosa y ganar bien. Hay que ser mamá a la edad adecuada. Hay que mantener todo perfecto. Yo, la verdad, no puedo.

Soy un ama de casa regular, y eso que cuento con la ayuda imbatible de mi bretón que lava platos y colabora en todo lo que puede. Pero ambos trabajamos y ambos estamos cansados.

Trabajo, pero mi salario no es extraordinario.

Soy mamá apegada, amorosa y chiclosa con mis hijos. No me arrepiento, el tiempo pasa volando y no tendré otra oportunidad para llenar su corazón de memorias suaves y reconfortantes.

Pero acá…mmmhhh. Como que no se ve muy bien.

Y está el asunto omnipresente del apellido. No me cuadra que en una sociedad tan liberada y feminista te adjunten el apellido de tu marido por costumbre. No es ley. No es oficial. Pero para el caso, como si lo fuera. Es cansado discutir por un nombre, aunque yo no paro un segundo. Martínez nací y Martínez me voy a morir.

Y ahora, toda esta historia de feminidad viene a mi de una forma renovada, dolorosa y emocionante: tengo una hija cuyo corazón late en mi pancita (ejem, panzota de ocho meses de embarazo).

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Quiero que viva, disfrute y se apropie del mundo como ser humano, como mujer, como persona plena y feliz.

A ella le digo “No mi cielo, no serás una princesa. Seremos hechiceras juntas, recocinaremos el mundo para que nuestra feminidad sea simplemente humanidad. Ya te quiero, y deseo que tu lucha sea menos dura y áspera que la de tus abuelas, tus bisabuelas y tu madre.”

Y eso es en lo que pienso cuando pienso que soy y adoro ser mujer.