La escuela…segunda parte

Me acuerdo clarísimo del primer año de Manuel, mi hijo mayor, en la primaria. Allá en México, escuela particular, pueblo pequeño, horario de ocho de la mañana a tres de la tarde. Por errores compartidos con su papá, Manuel sólo hizo un año de jardín de niños (kinder, preescolar…).

Ese primer año fue un suplicio. En México hay una gran exigencia en las escuelas particulares (por pequeñas y modestas que éstas sean) por “despegarse” de lo que puede lograrse en una escuela pública. Así que el director de la escuela se comprometió con los padres de familia de los niños más “avanzados” de su grupo a “no perder el tiempo” enseñando a los niños más “atrasados” a leer. Consecuencia, el profesor se dirige a los papás de los niños que aún no leían y nos dice, a mediados de agosto: tenemos hasta octubre para que sus hijos lean. Para mi, recién salida de una separación, trabajando mañana y tarde como profesora fue un desafío olímpico. Para Manuel, fue un maratón bastante sufrido del que ambos, mamá e hijo salimos sin aliento, cansados, estresados…pero leyendo.

De ahí, el énfasis se puso en la comprensión lectora, pero siempre a una velocidad luz. Las tareas eran kilométricas. Numeraciones hasta el tres mil…de uno en uno. Diario había tanta tarea. Eran jornadas muy agotadoras.

Cuando Antón, mi segundo hijo, empezó la primaria, estábamos en pleno proceso de obtención de visas para mudarnos a Francia. Él sólo cursó cuatro meses de su primer año allá…y concluyó acá su “CP”= curso preparatorio, equivalente al primer año de primaria mexicano. Ya lo dije una vez y lo repito: se me caía la baba. La cantidad de tareas era mínima para poner énfasis en la lectura. Para todos los alumnos de la clase. La idea es que la mayor parte pasaran leyendo fluidamente y escribiendo lo mejor posible a “CE1” (curso elemental uno: segundo de primaria). Antón no hablaba francés, pero con la prioridad dada a la lectura, y gracias a que él ya leía muy bien en español, terminó el curso leyendo fluidamente en francés. Su profesor hizo un gran trabajo, eso es innegable. Pero tampoco puedo omitir el papel de las exigencias más adecuadas y menos estresantes que la escuela impone a niños de seis años acá en suelo francés.

A lo largo del presente ciclo escolar me ha tocado presenciar cómo se dio el cambio de horarios escolares y cómo muchos padres franceses literalmente y como diríamos en mi tierra “pusieron un grito en el cielo” por que a partir de septiembre pasado, hay clases 5 días a la semana, cuando antes, los miércoles eran el “día de descanso”. Que si los niños viven cansados, que si es una taradez del gobierno en turno.

Nosotros en casa nos adaptamos sin problemas. Gracias a que mi trabajo es en casa, no tengo dificultad en ir a buscarlos el miércoles a medio día, para que coman en casa y pasen una tarde relajada. Pero he escuchado tantas quejas. Una prueba más de que cada quien posee su verdad. En el resto del mundo los niños van a clases diario…y nadie se ha muerto de agotamiento. Afortunadamente, no estoy sola en esta apreciación. El profesor de CM1 (curso medio 1, el equivalente a cuarto año de primaria) de Manuel está conmigo. Es mejor tener niños frescos todas las mañanas. Esas primeras horas se aprovechan para estudiar lengua y matemáticas. Es un profesor excelente que además, tiene experiencia docente en otras latitudes, así que tiene una comprensión más profunda de la variedad de aproximaciones pedagógicas que pueden existir. Es abierto, amable y le tiene una paciencia enorme a mi Manuel y su único problema escolar: la mala letra, herencia de ese desarrollo fallido de la motricidad fina en sus primeros años. A lo que se suma que acá se escribe en manuscrita y no en letra script.

Este “agregar” media jornada escolar ha permitido añadir actividades extra-curriculares que son administradas por el municipio (la mairie) y no por la escuela. He leído que hay lugares en Francia en que estas actividades son casi nulas. Acá, nuevamente, la Bretaña nos muestra su lado bien organizado y amable. Un equipo bien organizado y actividades interesantes, deportivas y de otros tipos dos veces por semana que hacen de la experiencia escolar algo aún más agradable y llevadero. En este bimestre, Manuel hace basketball y artes plásticas, en tanto que Antón lleva realizacion de cometas (papalotes) y handball.

Las tareas siguen siendo tranquilas a pesar de que los niños crecen. Estudiar, repasar, leer y preparar dictados (en búsqueda de una mejor ortografía). Y aún así, el pobre profesor de Antón enfrenta quejas de los padres “porque es demasiada la tarea que les ponen”.

Manuel y yo nos carcajeamos. Cuando él tenía la edad de Antón debía repetir veinte veces la tabla del nueve, hacer una copia y leer un libro. En una tarde.

Diferencias.

No me quejo de la escuela en México. Yo me construí allá y soy feliz.

Pero si hay una cosa que adoro de Francia es la escuela primaria. No lo puedo negar.

 

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Baby shower

Hace 7 años y un poquito, en México, viviendo con mis tías… me animé. Y yo sola, con ayuda suya, me organicé un Baby Shower muy sencillo y caserito, sin muchas invitadas, sin juegos muy pesados y con Manolo, mi hijo mayor, dando vueltas por todos lados. Hice mis invitaciones a mano, y lo que más recuerdo, es que en ellas estaba escrito “Una pequeña reunión para darle la bienvenida a Antón que llegará muy pronto”.

Pienso en esa fiesta y me da muchísima nostalgia.

Veo fotos de mamás que esperan a sus hijos para abril como yo, y que organizan sus fiestas de bienvenida rodeadas de su familia y amistades y me punza el dolor. En ciertos días, simplemente lloro frente al teléfono porque quiero que mi tía esté aquí y me cuide.

Acá en Francia no es muy usado el “baby shower”. Y además, las pocas personas que estimo, ya me han regalado cosas muy útiles, y me han ofrecido su ayuda incondicional para el día en que mi chiquita llegue. Así que no, esta vez no habrá fiesta anticipada. Hay que asumir las diferencias de costumbres.

Y además, me ha pasado algo hermoso.

Mi camino vital me ha llevado a distintos lugares. Y además, Internet me ha regalado sorpresas variadas. Tengo amigas en España y Argentina. Gente querida en México. Y a últimas fechas, hasta amigas en otras zonas de Francia.

Justo cuando me venía la tristeza, estas amistades regadas por el mundo empezaron a pedirme mi dirección. Para enviarle cositas a la nena que ya casi llega. Así que tendrá zapatitos tejidos en Argentina junto con sus baberos mexicanos y su ropita francesa.

¿Qué más puedo pedir?

Las verdaderas amistades, aprende todo expatriado, no siempre están a un lado. A veces se quedan a diez mil kilómetros o más, pero siempre están contigo.

Y la vida te ofrece numerosas nuevas formas de disfrutar la vida, diferentes a las que antes conocías.

Sentirse rodeado de amor de aquí al otro lado del mundo es algo que te hace sentir, que no importa cuan lejos estés…porque de alguna forma, siempre estás en casa.

Coronando esta sensación de ternura infinita que me obsequió la generosidad de mis amistades desperdigadas por el mundo, ayer llegó a casa un envío muy especial.

Mi tía cosió las sabanitas para la camita de la nena.

Sus fundas.

Y sus mantitas.

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Esas mantitas de algodón que usé con los hermanos de esta pequeña inquieta que habita aún dentro de mi vientre. Para cubrirme cuando les daba pecho en el metro, el camión y a media Alameda Central. Para colocarlas cuidadosamente sobre la cama o el sofá y jugar con ellos. Para envolverlos cuando no hacía suficiente frío para una cobija o cobertor. Para cubrirlos del sol.

Las dos ocasiones anteriores, fueron las manos de mi madre y mi tía las que tejieron las orillas en ganchillo (crochet) de esas mantitas.

Hoy me toca a mí. Y de alguna forma, siento que hacerlo yo sola equivale a que me gradué como mamá. Ya lo hice dos veces, y con esta tercera, a pesar de estar tan lejos de esas dos personas que me enseñaron cómo funciona la maternidad, sé que no lo haré tan mal. Ya las tuve a mi lado. Ahora, me toca caminar sola.

¿No hay nada como estar en casa?

El invierno ha golpeado este año la Bretaña de una forma diferente. No ha habido tormentas y vientos violentos, o al menos no en la dimensión del año pasado, el año tempestivo que nos dio la bienvenida. Hace frío. Pero muchos días hemos tenido un frío seco y soleado que inevitablemente me hace pensar en mi pueblo allá en México.

Allá, pequeño pueblo en el valle de Tizayuca, casi llegando a Pachuca (ciudad reconocida nacionalmente por tener un lindo vientito helado todo el año), diciembre y enero se caracterizan por sus heladas, sus mañanas frías (bajo cero) y sus mediodías soleados para salir a calentarse cual emocionadas lagartijas.

Las mañanas con el pasto congelado del centro deportivo que está frente a mi casa, cuando me levantaba bien tempranito para ir a comprar mi leche Liconsa (leche subvencionada por el Estado para niños, mujeres mayores de 45 años y personas mayores), me producen unos extraños cortocircuitos de nostalgia.

¿Porqué? Por que jamás pensé que llegaría a extrañar eso.

Así que lo sustituímos. Por caminatas a la escuela en mañanas igualmente frías, cubiertos de chamarras, abrigos, bufandas, gorros y guantes. Los días de helada los charcos amanecen completamente congelados se convirtieron en nuestros días invernales favoritos, en que competimos por patear los charcos hasta quebrar el hielo.

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Para paliar el frío, hago mi sopa de fideo a la mexicana, aunque le falte su rama de cilantro fresco. Pero también disfruto los días en que mi bretón decide hacer “galettes” (crepas saladas) y experimenta con deliciosos rellenos como queso de cabra con miel y nueces.

Sin embargo, hay una sensación de que no estoy donde debería estar. Afortunadamente, no está presente todo el tiempo, y sólo me llega como puntadas de aguja que me aguijonean el corazón sin previo aviso y desencadenándose debido a pretextos extremadamente bizarros.

Por ejemplo, escuchar una canción en francés. Fue una canción a la que nunca había puesto atención, pero que habla de que en definitiva, el mejor lugar del mundo, a pesar de recorrer todo el planeta, es tu casa, al lado del fuego que calienta a tu padre y a todos tus antepasados.

Para mi ese lugar es el patio de la casa donde vivía antes de venir a Francia. La casa que mi abuela construyó con mucho trabajo y que en medio tiene dos preciosas higueras a la sombra de las cuales mi tía y mi abuela se tomaban su Tecate con sal y limón. A la sombra de esas higueras mis dos hijos aprendieron a caminar, y amaban hacer “picnics” comiendo naranjas en rebanadas y galletas Marías. Ése es mi lugar en el mundo.

Pero no estoy ahí.

Estoy construyendo una casa a diez mil kilómetros de distancia, y quiero pensar que ésa será mi casa. Que a pesar de extrañar mi otro hogar y que siempre parte de mí estará allá, a la sombra de la higuera, hay otra que estará aquí, a la sombra del manzano torcido que nos llena de manzanas en otoño, cerca de la fecha del cumpleaños de mi bretón. El terreno que compró su abuelo, cuando al volver de un campo de concentración en la Segunda Guerra Mundial, encontró a sus padres muertos y que sus hermanos se habían repartido la herencia tomándolo a él como un difunto más. Ese es el jardín en que él aprendió a caminar, a sembrar, a vivir. Alguien tenía que renunciar a su árbol para que el otro pudiese envejecer a la sombra del suyo.

Cosas del amor trasatlántico.

Así que no sé responder a la pregunta de si no hay mejor lugar que el hogar, porque a estas alturas estoy bastante perdida y no sé dónde está el mío.

Pero sé que a pesar de la nostalgia, hay una gran parte de nuestro “hogar” que cargamos como caracoles en nuestras espaldas. El mío tiene dos hombrecitos cuyas sonrisas alegran mis días, los muñecos de peluche con los que dormía cuando era una niña, los cojines bordados a mano de mi tía, fotografías y recuerdos. Incluye inclusive mi nombre y mis apellidos, herencia de mis padres. Incluye horas en escuelas mexicanas. Canciones en español. Recetas de cocina y libros. Así llegué a la Bretaña, y ahora, estoy agregando a esa concha de caracol nuevos recuerdos y pequeños objetos que sé que me acompañarán el resto de mi vida.