La cocina y el shock cultural

No, el shock cultural, el más fuerte impacto no me lo produjeron los horarios de la comida. A desayunar liviano y almorzar-comer a medio día me habitué rápido, pues como los niños comen en la escuela, había que respetar los nuevos horarios para acostumbrarnos todos de forma más sencilla.

Tampoco fue el idioma. Casi un año después, los 3 nos desenvolvemos bien en francés, aunque evidentemente los niños tienen un acento mucho menos marcado que el mío. De hecho, el suyo es casi inexistente.

De hecho, creo que el impacto cultural no es porque soy mexicana. Es porque soy Carla y mi propia experiencia de vida es muy distinta a la de la mayoría de las personas que en la actualidad viven alrededor de mi. Yo tomé muchas decisiones equivocadas, mis caminos no fueron directos y he visto de frente la cara del hambre y la miseria.

De ahí que ciertos detalles de la vida cotidiana en Francia me provoquen un shock del cual no he podido reponerme y que me hace sentir mal conmigo misma y mi capacidad de adaptación. Pondré el ejemplo de la cocina. Después de muchas dificultades, de llevar y traer papeles, hemos conseguido el crédito para construir nuestra casa. Y ahí está, creciendo poquito a poquito. Ahora nos damos el lujo de pensar en detalles como el color que tendrán las habitaciones y en la forma de amueblar la cocina. Y leyendo, viendo opciones, me encuentro con las cosas que mucha gente acá considera “necesarias”. Las conexiones suficientes para la cafetera, el horno de microondas, una televisión en la cocina…Además, están las placas de cocción, los hornos de calor envolvente, las hermosas cocinas integrales o cocinetas, con alacenas suficientes para guardar un montonal de cosas, que si a mí me lo preguntan, son completamente innecesarias.

Y está el hecho de que encontrar quien te repare un refrigerador o una estufa es casi tan difícil como encontrar una aguja en un pajar. Por ello, si se descompone un electrodoméstico la gente opta por comprar uno nuevo. Si yo recuerdo que mi último refrigerador allá en México lo compré de uso y tenía que estarlo llevando a reparar cada seis meses, el pensar en ese desperdicio de recursos me revuelve el estómago.

Me siento tan ajena a la forma como funcionan ese tipo de cosas. Y a la vez, me doy cuenta que soy yo. No es mi mexicanidad, ni es el hecho de que vengo de otro país. Algo que he hecho en estos meses para no sentirme tan aislada es participar de comunidades virtuales de mexicanos que viven en Francia. Y leo, observo como se adaptan muy bien a todo ésto. Como encuentran naturales muchas costumbres y como de hecho, detectan que en algunas cosas, la cultura francesa es más austera que la mexicana.

La cuestión, creo, es dejar que el tiempo me ayude a encontrar el equilibrio. A disfrutar las cosas amables y agradables que me ofrece mi vida acá, sin olvidar la pobreza y las penurias que pasé en otro momento, y que mucha gente sigue pasando tanto allá en mi país como en otros lugares. A valorar lo que hay, a continuar trabajando, a continuar aprendiendo y a abrir los ojos a todas las nuevas experiencias que la vida me dio la oportunidad de sentir y apreciar.

Anuncios

Embarazo

Hace un poco más de 7 años viví un embarazo hermoso allá en mi tierra. Me enteré que estaba embarazada pronto, el 31 de diciembre para un parto que fue en septiembre. Yo vivía en un pequeño pueblo en el estado de Hidalgo, uno de los estados mexicanos que ocupa primeros lugares en pobreza y escasez de oportunidades. El pueblo es hermoso. Pequeñito, con calles empedradas y con bastantes servicios, pues sirve de centro de compras y actividades para otras comunidades más pequeñas.

Como mi actividad profesional (escritora freelance por la época…igual que ahora), no me daba derecho a seguridad social, todos mis cuidados los seguí en salubridad. La gratuidad en el uso de estos servicios, la cual necesitaba muchísimo debido a la precariedad de mi situación económica, ésa sólo la tenía en el Distrito Federal, la capital. Así que cada mes, me trasladaba 2 veces a la ciudad, acompañada de mi infaltable tía, mi madre “de segunda” como yo la llamaba cuando era pequeña. Una vez para ir al laboratorio, para lo cual debíamos tomar el autobús verdaderamente temprano (a las 5 de la mañana) para llegar a la clínica antes de las 7 am y hacer la fila correspondiente. ¿Mi recuerdo más cálido de esas visitas a la toma de sangre? Salir de la mano de mi tía, acompañadas de un Manolo de 2 años y tomarme un atole y un rico tamal (comida tradicional de mi país), pues un puesto ambulante que vende estas delicias siempre está cerca de los hospitales. Una segunda vez era para la consulta mensual. Tengo un recuerdo memorable del médico que me atendió de mis embarazos en México. Sabio y tranquilo, siempre evitó recetarme medicamentos salvo que fuera necesario. Me recomendaba remedios naturales y sencillos, y siempre fue muy cuidadoso y gentil. Era parcialmente mi psicólogo o mi consejero, pues para mi tras el primer embarazo tan convulso y traumático, el segundo era un terreno de miedo. Él me ayudó a priorizar a mi bebé, a no estresarme, a disfrutar el portar vida una vez más.

¿Lo malo de estos viajes a la ciudad? Las náuseas del embarazo. Nunca pararon. Nueve meses de vómito en un autobús no son simpáticos. Pero fuera de ahí, fue un embarazo tranquilo y saludable. Caminé mucho, le dediqué tiempo a preparar las cosas del bebé ayudada por su hermano mayor. Me organicé un sencillo “baby shower”, en el que mi tía y yo hicimos todo, sin gastar mucho pues los recursos no abundaban. Me recuerdo dibujando las invitaciones, inflando globos y tendiendo ropita en una cuerda para decorar. La ropa del bebé la compramos en la ciudad, en una zona comercial donde venden cosas al mayoreo, para que fuese más económico. Mi tía era un auténtico soldado, sin quejarse una sola vez de los 4 transbordes en el metro para economizar en transporte. Cargábamos nuestro almuerzo. Ella siempre preparaba unas deliciosas “dobladas”. Tortillas hechas a mano con salsa verde, queso y cebolla picada. Huevos duros y café con leche.

El día que me dieron el pase para la maternidad, tuvimos que pasar prácticamente la noche a la intemperie, pues había que estar muy temprano en el hospital para alcanzar turno. Nos formamos a las 3 de la mañana y no fuimos las primeras. Es un hospital enorme que me impresionó por la higiene y seguridad que proporcionan a las mamás. El día que empecé con contracciones, contaba con menos de 100 euros como ahorro, y tuve que trabajar dos días después de dar a luz.

Flash-forward al año 2014, en que nuevamente soy tan afortunada de llevar vida dentro de mí. Una nenita que es esperada con muchísimo amor por sus hermanos mexicanos, su mamá mexicana y su papá francés. Oportunidad también para descubrir el mundo del embarazo en Francia, y lo que representa auténticamente compartir un embarazo con tu pareja. Primer enorme diferencia: acá el Estado te apoya enormemente. Yo tengo la suerte de contar con la seguridad social de mi muchacho, por ser su esposa, pero si no fuera así, existe una alternativa adicional de seguridad social para quienes están desempleados e incluso para extranjeros en situación de precariedad económica. Segunda diferencia: anticipación y burocracia. Apenas estoy cumpliendo los 5 meses de embarazo y ya cuento con papeles que hay que llenar cuando la nena tenga 3 meses de nacida…increíble pero cierto. Así mismo, desde los 3 meses de embarazo cuento con la “hoja rosa” de pase para la maternidad. Cero complicaciones, pues desde los seis meses todo mi seguimiento médico y el de la nena serán cien por ciento cubiertos por la seguridad social.

Debo reconocer que me sentí intimidada por la frialdad y seriedad del personal médico en las primeras visitas. Y también debo aceptar que una vez que me distendí y conté mis historias: la de los gemelos y el parto prematuro, la de mi llegada a Francia por amor, etcétera, todo marchó mucho mejor. Las parteras o matronas son muy amables, y la ginecóloga cada vez me revisa con más confianza y profundidad. Así mismo, mi muchacho que hace unos años vivía una vida de soltero tranquilo, ha tomado muy bien el hecho de ser padre ahora de 3, y me hace crepas cada vez que el cansancio vespertino me hace no querer cocinar.

Otro descubrimiento, la forma tan “rígida” (al igual que en México) en que existen “leyes no escritas” para la maternidad y la atención de un bebé acá en Francia…y que son tan diferentes pero a la vez tan semejantes a las mexicanas. Explico de acuerdo a mi punto de vista y mi experiencia: como en México existe la regla de tener un cobertor Baby Mink para tu bebé (regalo “top” si los hay en un Baby Shower), acá la exigencia por la carriola (pousette) es cuasi omnipresente. Dices que no quieres, que jamás has usado y que prefieres cargar a tu bebé y se te quedan viendo como si vinieras de Marte. Me parece increíble el paralelismo en la existencia de estas reglas que a su vez, son tan diferentes. Y debo reconocer que mi espíritu de no seguirlas era el mismo allá que acá. Yo como mamá siempre he seguido mi instinto y me guío por mi experiencia y mis experimentos ensayo-error. Entonces a veces parezco grosera. Lo parecía allá y acá la historia se repite.

Insisto. Lo que nos hace diferentes al fondo siempre nos hace iguales.

Y seguimos caminando a un descubrimiento aún más emocionante…¿cuáles son las diferencias entre el parto como se vive en México y como se vive en Francia? Pero para eso nos faltan 4 meses y antes tenemos el resto del invierno bretón y la Navidad en casa de los suegros…