Noviembre

No, éste no es un escrito nostálgico sobre la fiesta de muertos en México y cómo lo sentimos por primera vez acá en Francia.

No puedo escribir algo así. Más bien éste es un texto catártico. Necesito vertir en letras lo que baila en mi cabeza y en mi corazón, año con año, cada vez que llega este mes.

Noviembre empieza a bombo y platillo con el día de muertos. Si, en México es un día importante. Es una forma nacional que tenemos de enfrentar la ausencia, la pérdida y el dolor de ver partir a un ser querido. Hasta hace 10 años, para mi era como para cualquier mexicano. Pensaba en mis muertos, ponía una ofrenda, compartía alimentos, bebidas, tiempo y espacio con la memoria de la gente querida. Sí, extrañaba a mi abuela materna. Mucho. A la fecha aún lo hago. Pero la verdad, es que no sabía nada de la muerte, y para el caso, nada de la vida.

Pero entonces me sucedió lo más maravilloso que me pudo pasar. A pesar de años de negativas médicas, inesperadamente y por sorpresa, me embaracé. Fue un embarazo raro y express. Por cuestiones curiosas no me enteré de que estaba esperando bebé hasta que tenía cinco meses de embarazo, y después, en una noche de noviembre, tuve un parto prematuro en el que repentinamente descubrimos que había gemelos.

Dos pequeñitos idénticos y hermosos que llegaron al mundo demasiado pronto. Una vez sola los vi juntos, pues el menor de ellos, a quien llamamos Iñaki, tenía problemas para respirar. Todo fue muy duro, rápido, inverosímil. Traslado, infección, requerimiento de donantes, sangre difícil de encontrar. Sólo dos semanas después, Iñaki se fue para no volver a mi lado. Y yo perdí una enorme parte de mi misma, que no he podido recuperar. Si no hubiera sido por su gemelo, por mi increíble Manuel que me necesitaba, creo que ni siquiera estaría aquí. Nunca puedes estar preparado para algo así. Para ver morir a un chiquito que salió de dentro de ti. Para decirle adiós a un niño tan pequeño. Para soportar su ausencia día tras día.

Lo increíble es que puedo olvidar dónde dejé mis anteojos al meterme a bañar, pero no olvido nada de ese día. No olvido la ropa que traía puesta, no olvido absolutamente nada.

No olvido la promesa que le hice de no sobreproteger a Manuel y de ser la mejor madre que fuera posible. No sé si he logrado cumplir. Sé que tres años después, Antón llegó para acompañar a ese Manuel que no soporta la soledad. Que no disfruta jugar solo y que siempre quiere compañía. ¿Aún lo extraña de forma inconsciente? Quizás.

Y sé que hoy, diez años después, en noviembre, otra vez espero un bebé. Un nenito o nenita que crece dentro de mí y por el cual siento muchísimo miedo. No quiero estresarme, no quiero afectarlo. Pero siento que el mundo se me viene encima por momentos. La burocracia de acá, las negativas veladas, los trámites interminables, la gramática francesa. Hay días que sólo quisiera hacer mi maleta y qué…¿regresar a México? ¿en serio? Eso sería romper una promesa. Porque Manuel es increíblemente feliz acá. Aprende historia, tiene amigos, se desenvuelve de una forma excelente. Antón también. Con qué derecho me acobardo y escapo…no lo tengo.

Y sin embargo, al estar embarazada, mi noviembre funesto me pesa como veinte mil toneladas, sazonadas de nostalgia y de miedo. Miedo a no adaptarme. Miedo a afectar a mi bebé con mi nerviosismo y mis temores.

Eso es noviembre para mi, con una preciosa excepción. El día del cumpleaños de mi Manuel. El día en que me convertí en mamá y descubrí que tenía fuerza donde creí que no había nada. Ese día es su día, y él merece festejar. Aunque por dentro, yo sepa que mi corazón llora y que siempre lo hará.

Les debo el post jubiloso y folklórico del día de muertos. Creo que nunca podré hacerlo. Noviembre simplemente no es mi mes.

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