París

Mucha gente allá en México tiene la idea de que vivir en Francia es vivir en París, o me preguntan porqué no he ido a la Torre Eiffel. Es curioso, porque yo vivo lejos de la capital, y sería como si a alguien que vive en Monterrey le preguntaran porqué no va seguido a Chapultepec.

Desde que llegamos acá (hace ya 9 meses y medio), hemos tenido la oportunidad de ir recorriendo cada vez mejor la Bretaña. Es una región hermosa, con una historia muy rica, comida mantequillosa y suegras muy serias. Es un lugar muy tranquilo para vivir. Pero la semana pasada, y por razones puramente burocráticas, al fin conocimos París.

Tuve que desplazarme hasta la capital porque allá está el consulado mexicano y tengo que renovar mi pasaporte antes de empezar el recorrido del renovado de mi visa.

Así que marido e hijos faltaron a la escuela y al trabajo, yo cubrí mis horas en el trabajo el jueves y nos tomamos dos días completos para viajar. Un fin de semana express que me enseñó muchas cosas.

Viajamos en tren, a mi muchacho no le gusta manejar en las grandes ciudades. El clima fue de un otoño maravilloso, no hizo calor, no hizo frío, no llovió.

Y como fue increíblemente intenso, he decidido hacer una lista con las cosas que conservé de mi fin de semana en París.

1. Amo viajar en metro. A pesar de ser un metro diferente al de la Ciudad de México (más organizado, menos atascado de gente, más funcional), viajar en metro fue como volver un poquito a casa. Mención honorífica para las líneas/estaciones que tienen una barrera que impide que la gente se ponga en la orilla del andén. Sé que es demasiado utópico, pero sería genial algo así allá en México.

2. El centro de París se parece a Buenos Aires. En serio. Ahora entiendo porqué dicen que Buenos Aires parece una ciudad europea. No se parece al caótico colorido de mi ciudad o de otras ciudades latinas, sino que tiene el aire beige-grisáceo antiguo y melancólico de París. Pero a Buenos Aires le falta la Torre Eiffel.

3. El centro de París es el sueño de un turista. Todo está cerca, todo se ve. Es impresionante simplemente estar ahí, ver el Arco del Triunfo, la Torre Eiffel y el Obelisco de Luxor al mismo tiempo. Impone muchísimo. Puedes sentir y respirar la historia de la ciudad y de Europa misma.

4. Allá en París sí que hay gente hablando con todos los acentos posibles. Acá en Bretaña hay extranjeros pero no a ese nivel de cantidad y mezcla. Por un lado los envidio, la adaptación y conseguir trabajo a pesar de nuestra apariencia y marcado acento debe ser mucho más fácil allá que acá. Acá cuando dices que vienes de América Latina te ven como si vinieras de la Luna o de Marte.

5. La Torre Eiffel de verdad tiene encanto. No importa cuánto te la hayas imaginado o te la hayan contado. Estar ahí de pie enfrente de ella impone, tiene una belleza intemporal y fuera de todo contexto. No es nada, pero está ahí y todo el mundo (literalmente) quiere verla. Antón cuando la tocó realmente estaba extasiado.

6. Para un amante de la historia y el patrimonio cultural y artístico, París es tan intensa que llega un momento en que quieres llorar porque te das cuenta que no tendrás tiempo de ver todo, recorrer todo, admirar todo.

7. El museo del Louvre es simplemente otra dimensión de museo. Es inmenso. Gigante. Tiene todo. Manuel, el niño que quiere ser arquéologo, lloró frente a un fragmento de papiro egipcio “Mamá, es el de verdad. Es el fragmento mejor conservado de un <Libro de los Muertos> y no es una copia”. Después de admirar más de 15 salas de antigüedades egipcias, se sentó y me dijo que por primera vez en su vida tenía jaqueca. Era demasiado. Y yo lo entendí. Apenas y rascamos la superficie. El cúmulo de cosas históricas y artísticas que hay ahí reunidas desafían a la razón. Es simplemente otra cosa. No es “un” museo. Es “el” museo.

8. Escuchar gente en la calle hablando español latinoamericano me daba escalofríos de felicidad. Acá es raro y después de meses, llega un momento en el que te sientes alienada, extraña, rara. Allá la convivencia tiene colores y acentos. Es hermoso que la gente se exprese de tantas formas. Aunque supongo que esta diversidad debe tener su lado oscuro: más enfrentamientos, más racismo.

9. Ver el atardecer al borde del río Sena en serio es romántico. Con los niños correteando para ver los famosos candaditos del amor, tomé de la mano a mi muchacho y nos besamos y nos abrazamos ahí, viendo el ocaso con la torre Eiffel al fondo. El puritito romance, así, de telenovela cursi. Y fue precioso.

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10. En París es más fácil conseguir comida mexicana. Así que después de casi 10 meses de ayuno, comí tacos al pastor, que no iba a ir a París a comer crepas…porque las crepas son bretonas, como cada que mi muchacho hace, se encarga de recordarme.

Hay más, mucho más, pero como ya tenemos una lista para la próxima vez que se nos haga visitar París, yo creo que continuaré entonces.

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