Muerte

Cierro mis ojos y veo todo como sucedió hace casi 10 años. La ropa que yo traía puesta, los zapatos. Las manos amigas de las enfermeras y de los otros padres con sus bebés en terapia intensiva. Me desvanecí. Me dieron un café. Estaba sola, pero a la vez, no lo estaba. Muchas personas se apresuraron a ayudarme y a levantarme en sus brazos. Lloré abrazada por una enfermera, y me senté al lado de unos padres cuyos gemelitos habían nacido a los seis meses de gestación. Fue el día que perdí a mi Iñaki, fue el día que me las vi cara a cara con la muerte como nunca lo había imaginado.

También puedo cerrar mis ojos y ver a mi tía llorando hace 23 años el día que murió su mamá. Veo a mucha  gente ayudando a llevar a cabo los rituales sociales que la muerte exige en un pequeño poblado rural en México: el café, el pan dulce, los rosarios, la cruz de cal… me veo de 12 años vestida de blanco, rodeada de mi madre y sus hermanas vestidas en negro. Veo a mi tía llorar diariamente, me veo abrazando sus piernas. Y tiemblo de terror pensando que una de las cosas a las que renuncié cuando decidí venirme a vivir a Francia es quizá a estar con ella cuando le toque decir adiós.

La muerte es parte de la vida y a todos nos toca en algún momento lidiar con ella.

Una vez me sentí un fantasma ajeno al sufrimiento de una familia, cuando vi llorar a mi primer esposo por la muerte de su padre. No llegué a conocerlo tanto como para llorar por él, pero abracé e intenté confortar a las personas que sufrían tanto, y me di cuenta del vacío que una buena persona deja en quienes lo conocen. Es algo que siempre le cuento a Manuel, porque él lleva el nombre de su abuelo paterno. Le digo como en ese día gris bonaerense en que enterramos a su abuelo, los vecinos y conocidos se volcaron a contarnos historias de su nobleza, de cómo trabajó duro, de cómo era un hombre sincero, honesto y divertido.

Es decir, mis recuerdos de la muerte me hablan de un entorno cariñoso y solidario. Casi cálido.

Y el otro día vi cómo la muerte se encara aquí. No generalizo, nuevamente, hablo de lo que vi. Fue el funeral de una prima de mi esposo, una señora gentil y divertida que fungió como mi testigo de boda. Todo se me hizo tan frío, tan formal. El hecho de que imprimas una carta de visita con tu nombre para dejarla en una canasta, como una forma de dejar tus “recuerdos” para las personas dolientes en lugar de darles un abrazo fue algo que me impactó mucho. Sé que yo era una extraña, pero me hubiera encantado acercarme a la hermana gemela de la persona que falleció y abrazarla. Simplemente abrazarla. Sé que eso quizá sea invasivo del espacio personal, o mal educado. Pero el día que yo fui una doliente fueron los abrazos de los extraños los que me hicieron salir de la locura, ponerme de pie, y pensar en el otro bebé que me estaba esperando.

A veces me cuesta mucho trabajo aceptar, y me siento mal conmigo misma.

Me he prometido aprender, asimilar, comprender esta nueva cultura con respeto y empatía. Pero a veces hay cosas que no entiendo, que me entristecen y que me hacen sentir muchísima nostalgia.

Supongo que lidiar con la muerte es algo que todos hacemos de forma diferente.

Supongo que nadie está preparado para algo así. También supongo que debo prepararme para asimilar los mecanismos sociales con que se aborda a la muerte en este rinconcito del mundo donde elegí vivir mi vida.

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Vacaciones

Todos los albañiles están de vacaciones en agosto. Acá en Francia.

Creo que con eso ya lo digo todo. Quiero especificar que esto NO es una queja en absoluto. Es una diferencia, y debo reconocer que es algo que admiro. Acá las vacaciones son algo serio y verdadero. Llega el verano y muchas personas están de vacaciones. Fábricas cierran, empresas toman pausas y muchísima gente tiene la oportunidad de disfrutar de un merecido descanso.

Allá en México no he visto una pausa tan absoluta en las labores como aquí. Hasta el presidente y los ministros se toman unos días. Está bien. Todos tenemos derecho a descansar. Y si la legislación laboral lo dictamina, y si estás empleado y tienes derecho a cinco semanas de vacaciones pagadas al año, qué suerte, qué bendición y qué alegría.

Yo no he tenido vacaciones pagadas en toda mi vida. Fui maestra en escuelas particulares, en las que con suerte te medio pagan las vacaciones cortas de primavera y navidad. En verano te despiden y te recontratan al regresar a clases. Era así, era lo que había y lo acepté.

Antes, trabajaba como correctora de estilo independiente. Había trabajo cuando había, y cuando no, pues a aguantar. A buscar clientes, a movilizarse.

Ahora, sigo trabajando en web marketing, subcontratada para una empresa española que me paga en dólares, mismos que se hacen chiquitos al convertirlos a euros. Ya vendrá un empleo acá.

A todos los franceses que tienen y siempre han tenido estas benditas vacaciones de verano, les digo que tienen suerte. Que no saben la suerte que tienen. Mi tía, mi mamá de crianza, una de las personas que más me duele haber dejado del otro lado del Atlántico, tiene 73 años. Y trabaja. Trabaja como lo ha hecho toda su vida, y jamás gozó de vacaciones pagadas.

Ya sé que suena a queja, pero juro que no lo es. Es observar con mis ojos que vienen de otra realidad, una que acá dan por sentado. Y que yo admiro y me sorprende.

Las vacaciones de verano en la escuela duran dos largos meses. Fabulosos dos meses para disfrutar de tus hijos y divertirte con ellos.

La verdad, muero por trabajar acá y poder algún día gozar de unas vacaciones de ese tipo, porque ha sido un poco triste estar acá pegada a la computadora mientras los tres hombres de la casa descansan.

 

Bancos y dinero

En México si pensamos en bancos, seguramente pensamos en una cajera. En serio. Imagínate una sucursal de banco típica, hay quizá un dispensador de numeritos para la fila, y después ya sea una fila o una serie de sillas en la que te sientas y esperas a pasar con la cajera. Sólo pasas a ver a un ejecutivo cuando realmente vas a hacer una transferencia o una operación importante.

Otro detalle, es que los bancos no son omnipresentes. Hay muchas cosas que se pagan en efectivo. Yo como fui muchos años sencilla profesora en escuelas particulares, sin contrato, sin vacaciones pagadas, siempre cobré en efectivo. No tuve necesidad de tener una cuenta bancaria. No pagaba impuestos. Tampoco es que ganara tanto.

Cuando viví en Argentina me tocó vivir de cerca una terrible situación con respecto a los bancos. El famoso “corralito”, en que por decreto gubernamental no permitían a los ahorradores sacar su dinero del banco para evitar desfalcos, fugas, cambios repentinos a dólares, en el punto álgido de una terrible crisis económica.

Acá en Francia he descubierto otro mundo en cuanto a las transacciones bancarias.

Para empezar, todo se hace por transferencia bancaria. Pagos de servicios, impuestos, todo. Perdonen mi admiración, yo sé que en México hay mucha gente que paga así sus servicios. Pero no toda. Yo vivía en un pueblo pequeño, de 10 mil habitantes. Acá también. Pero hay sucursales bancarias, y todo mundo posee un RIB. Es un número de identificación bancaria que das ya sea a quien te da, como a quien te retira dinero. A tu empleador, a la CAF (la oficina que da las asignaciones familiares, es decir, ayuda económica para criar a tus hijos), a la oficina de los impuestos, al agua, el teléfono, la luz.

Todo mundo se sorprende tanto de que yo viviera al margen de todo eso. Que me es imposible comprobar lo que ganaba, cómo vivía, y que todos mis servicios los pagaba en vil y asqueroso efectivo.

Además, llegas al banco y no hay cajeras. ¡Ni siquiera hay cajas! Hay un bonito mostrador de bienvenida en el que no manejan efectivo, y dónde de ser necesario te derivan a un ejecutivo. Previa cita, claro está.

En mi humilde punto de vista, ello habla de la diferencia de los mundos. No de todo México, pero si del mío. De mi México y esta Francia. De mi pueblo chiquito con su tianguis (mercado ambulante) de los lunes, donde venían las señoras a vender carpas en barbacoa, de mi supermercado de pueblo en donde no reciben tarjeta bancaria, de la beca de mi hijo mayor entregada en mano en un sobrecito con su nombre escrito en letra manuscrita. Con esta Francia donde las fronteras entre lo urbano y lo rural se desdibujan, donde la administración del dinero se hace de otra forma, donde el poder adquisitivo es diferente, donde hasta en una feria encuentras puestos en que puedes pagar con tarjeta de banco.

Yo sé que hay mexicanos y latinoamericanos en general viviendo acá para los que las diferencias no son tan dramáticas. A mi me costó tiempo empezar a carburar todos los cambios. Es una forma diferente de aproximarse a la vida cotidiana. Me siento como una niña volviendo a aprender a convivir y a vivir en sociedad. Al principio me dio miedo. Ahora estoy emocionada.