La escuela

Mi hijo mayor empezó tarde la escuela. Su cumpleaños es en noviembre, y el ciclo escolar en México empieza a finales de agosto, así que el año en que cumplía cuatro, por consejo de su papá, no lo inscribí en la escuela. Fue un error que lamenté por años, y aún me pesa. Le robé un año de convivencia social y de desarrollo de su motricidad.

Empezó el jardín de niños casi a los cinco años, en la escuela pública que estaba enfrente de nuestra casa, allá en nuestro pueblito en México. Ese mismo ciclo escolar, yo empecé a trabajar como profesora en una escuela particular del pueblo. Su papá era el encargado de llevarlo, recogerlo y lidiar con la profesora. Yo veía a Manuel muy contento, tenía amigos y la maestra decía que mostraba mucho interés. Pero su papá tuvo problemas en la escuela, me parece que por un asunto de que no quería que participara en alguna actividad que él suponía de carácter religioso. Concedamos que en México tradición y religión van de la mano, pero aún así, me pareció curioso. Lo cambiamos a la escuela en que yo trabajaba, en la que permaneció por el resto del ciclo escolar y 3 años más.

Su hermano menor le hizo compañía un par de meses después, cuando la separación entre su papá y yo explotó, y yo tuve que hacerme cargo sola de los niños. Es decir, que él empezó la escuela a los dos años y medio.

Como mamá, no me quejo en absoluto de esa pequeña escuela particular. Mi chiquito aprendió ahí a ir al baño, a lavarse los dientes, a convivir. Y me ayudó muchísimo con su hermano, para que se integrara mejor a la disciplina escolar. Tuvieron maestros muy buenos, pero eso sí, era un horario largo y exigente. Muy agotador para ambos. Eso me sirvió puesto que llegó un momento en que mi horario como profesora era de 8 am a 7 pm sólo con 1 hora para comer. Mi horario era agotador, puesto que antes de irme a trabajar, pasaba a cocinar, y al llegar, me esperaba una pila enorme de tarea a revisar. Siempre tuvieron muchísima tarea a realizar en casa. Otra cosa difícil era pagar las colegiaturas. A pesar de contar con un descuento por trabajar en la escuela, eso hacía que mi sueldo rindiera aún menos, pero con un trabajo tan absorbente, era la única forma de estar al pendiente de ellos en cuanto a su vida en la escuela.

Los últimos meses que pasamos en México, cuando yo ya había renunciado a mi trabajo como profesora puesto que el traslado a Francia era inminente, estuvieron en una escuela pública, nuevamente enfrente de la casa. Quedé más que sorprendida. El nivel académico era mejor aún que en la escuela particular. Maestras con muchísima experiencia y trucos infinitos para desempeñar su cátedra. Cualquiera que juzgue el trabajo de los docentes en escuelas públicas sin conocer cómo trabajan en esas pequeñas escuelas rurales, me temo que hace juicios al vapor. Las dos maestras que atendieron a los niños fueron comprensivas, nos apoyaron mucho y facilitaron todo para el momento de la partida. La escuela era más grande y los niños disfrutaron el enorme patio y las leyendas escolares. Pero la carga de tareas seguía siendo significativa.

Llegó el momento del cambio.

Seis de enero, primer día de clases en la escuela en Francia.

Yo, personalmente, tenía pavor. Su francés se limitaba a decir “bonjour” y “merci”. Sin embargo, la vida me mostró que no había nada que temer. Un director comprensivo, una escuela que cuenta con clases de Francés como Lengua Extranjera, compañeros agradables, y sobre todo dos profesores con quienes siempre tendré una deuda eterna de gratitud. Pacientes a pesar de no hablar una palabra de español, hicieron un gran esfuerzo por integrar y ayudar a mis hijos. El mayor tuvo que regresar un año para ajustarse a la ortografía y la gramática francesa. Pero fue una excelente decisión. Le otorgó confianza, le permitió sentirse que sabía.

Otro cambio fuerte respecto a la escuela en México es la duración de la jornada. Entran a las 8 y media y salen 4 y media. Pero es un poco engañoso, puesto que comen en la escuela la comida fuerte del día (el déjeuner), a las 12 y tienen libre hasta las 2 de la tarde para jugar o hacer actividades. Cuentan además con otras dos pequeñas recreaciones. Y sobre todo, no hay carga de tarea.  La tarea se limita a repasar y estudiar, lo que aligera muchísimo sus tardes y les permite disfrutar de su niñez.

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Más diferencias: escriben mucho menos. Las fotocopias, las libretas o cuadernos, los proporciona la escuela, que acá es 100% gratuita, y no “gratuita” entre comillas, como en México. Pero no agotan sus libretas una tras otra con copias interminables. No, las actividades son mucho más puntuales. Y no por ello, oh sorpresa, los niños aprenden menos.

Al contrario. En seis meses los niños no sólo aprendieron a desenvolverse en Francés, sino que mejoraron sus nociones de matemáticas muchísimo, y aprendieron historia, geografía y empezaron su camino en la expresión escrita en francés.

Más diferencias, a mi juicio, positivas. La escuela no es tan rígida. No hay honores a la bandera cada lunes. Cuando los niños presentan algún bailable, no hay gastos en vestuario. Los niños, me parece, van más relajados a la escuela. Se divierten, y aprenden.

No tengo quejas de la escuela en México, y no las tengo de la escuela en Francia, pero aprecio las enormes diferencias. Las vacaciones acá son largas y constantes. Dos meses de clases y dos semanas de vacaciones. Después, en verano, dos largos meses para disfrutar del calor y el buen clima.

Otra cosa que me encantó fue lo bien que los recibieron todos sus compañeros. No hubo discriminación alguna. La nota triste: los únicos que se burlaron de ellos fueron otros inmigrantes. Pequeños turcos con quienes compartían las clases de francés. Pero ello no amargó a los niños. El mayor tiene una muy buena amiga turca nacida en Alemania. Es más, a mi gusto tiene demasiadas “buenas” amigas…¡apenas va a cumplir 10 años!

La organización de los ciclos de enseñanza también es diferente. Pero lo que yo rescato es la solidaridad de los docentes y compañeros, que ayudaron a estos dos mexicanos a ser felices en suelo francés.

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Tacos de suadero, kebabs y súper panchos

Yo crecí en la Ciudad de México, pero de una forma casi sacrílega, mi mamá no nos dejaba ni a mi hermana ni a mí comer tacos en la calle ni NADA. Cualquiera que conozca mi ciudad entenderá la gravedad de la situación. Es una ciudad donde abunda la comida rica, llena de masa de maíz y chile en todas partes, a todas horas y en todas las formas posibles.

Apenas entré a la prepa, empecé a comer de todo. Gorditas de chicharrón prensado, tacos de suadero, tacos al pastor… Afuera del metro, en plena calle, daba igual. Era rico. Súper rico.

Cuando me casé la primera vez, a mi primer esposo no le parecía muy atractivo eso de la comida de calle. Por eso, cuando viví con él en Buenos Aires, me comía mis “súper panchos” de contrabando. En mis tiempos por allá (antes de la devaluación y los problemas del año 2002), estos increíblemente largos y deliciosos hot-dogs costaban sólo 1 peso argentino (en la época, equivalente al dolar). Mira que eran ricos, me los comía cuando me salía a caminar por San Telmo o por el Once.

Cuando volvimos a México, él no quería saber nada de comer en la calle. Sólo en restaurantes aunque fueran sencillos. Recuerdo que cuando estaba embarazada de mi hijo mayor (¡hace 10 años!), me salía a escondidas a comprar mi chicharrón preparado enfrente de una escuela a la hora de la salida.

Por eso, cuando mi matrimonio terminó y fui libre otra vez, me dediqué a instruir a mis hijos en el delicioso arte mexicano de la comida de calle. La primera vez que fuimos al Zócalo capitalino, nos compramos unas sincronizadas (tortilla de harina, jamón y queso) tan económicas que hacían su procedencia dudosa: tres por diez pesos. Nos sentamos en la banqueta, atrás de la Catedral y compartimos una naranjada de litro y medio. Fue una experiencia maravillosa.

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Los tres años siguientes, nos dedicamos a comer de todo en cada deliciosa escapada a la ciudad, y a probar cosas sabrosas en nuestro pequeño pueblito. Mención especial para las papas a la francesa de los viernes por la noche. Simplemente maravillosas.

Así que ahora en Francia, había que experimentar. No hay comida de calle, pero sí que hay restaurantes que venden kebabs. No son el alimento gourmet y de “cuisine  française” que se supone debería comer. Se trata de pequeños restaurantes en que venden esta especialidad turca. En general, son turcos los que cocinan y trabajan en estos pequeños restaurantes. Es un alimento económico y rápido. Pero rico. Con su buena y enorme orden de “frites” (recordar que no son “a la francesa”,  pues en realidad fueron los belgas quienes las inventaron), es satisfactorio y tiene la adecuada cantidad de grasa para calificar como “comida de calle” aunque se vendan en locales chiquitos.

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Evidentemente, la primera vez que nos aventuramos a comer kebabs, estábamos todos muy contentos. No somos mucho de salir a comer a restaurantes, puesto que son caros en comparación con el precio de la comida en el mercado o el supermercado. Y como yo cocino bien y el bretón también, pues bueno, somos felices acá en casa. Pero hay algo respecto a comer con un plato desechable en un parque. Quizá es mi mexicanidad, quizá es mi ansia de probar de todo.

Mi suegra: escandalizada. Qué he hecho de su hijo tan formal y serio. Ahora come en el parque.

Nota para mi misma: probar todas las cosas ricas que las calles de este mundo tengan para ofrecer.

 

Interacción personal

Cuando conocí a mi muchacho, formábamos parte de un grupo online en que compartíamos y discutíamos cómics estadounidenses. Era un grupo fantástico, había personas de todo el mundo. El idioma que usábamos entre nosotros era el inglés. Entre otros, había un chico brasileño muy simpático, que cuando supo que el muchacho francés y yo estábamos en curso de ser más que amigos, me dijo: “Si llegas a conocerlo, ten cuidado y no te lo comas vivo. Recuerda que nosotros somos latinos y llevamos fuego en la sangre”.

Tengo que reconocer que se me hizo una exageración de proporciones olímpicas. Yo ya había vivido en Argentina, conocido Uruguay y tratado con personas de muchos países, y caracterizarnos a los latinoamericanos como “ardientes”, se me hacía un estereotipo.

Pues no. No es que nos pasemos la vida bailando salsa como creen algunos. Es que somos…no sé como explicarlo. Efusivos, expresivos… algo.

Conocí a una mujer de Madagascar mientras hacía mis trámites migratorios, ya acá en suelo francés. Y me dijo “Eres tan diferente. Te ríes, carcajeas, hablas con todos. Es contagioso.”

Cuando caminamos con los niños, todas las mañanas a la escuela, vemos diariamente una mamá con su hijo que caminan en dirección contraria. Siempre en silencio. Se despiden con una seña de sus manos. En cambio, yo suelo ir hablando a viva voz con los niños, discutiendo teología con el mayor (es apasionado de esos temas…no pregunten). Identificando las marcas y modelos de autos con el menor. A veces incluso vamos cantando.

Eso me granjeó una amiga, que diariamente me dice “Bonjour” en su camino a la estación del tren, y cuya hija mayor es compañera de mi hijo menor. Cuando me animé a establecer conversación con ella me dijo “Ya sabía que eras la mamá del niño mexicano. Mi hija me dijo que tu hijo lee muy bien. Pero que en la escuela es serio, en cambio yo todas las mañanas lo veo reir a todo pulmón contigo.”

Mi suegra se escandaliza de la forma en que los niños y yo andamos por la vida, riendo, platicando. Y de cómo hemos contagiado a su serio bretón que ahora es efusivo, gesticula y abraza todo el tiempo.

No generalizo, hay gente increíblemente amable y abierta por aquí. El profesor que tuvo mi hijo menor en el ciclo que termina es un ejemplo: charlatán, cuenta chistes, bromista. Cariñoso con sus alumnos y ex-alumnos. Un dulce de señor que ayudó a mi tímido pequeñito a aprender francés y a interactuar con sus compañeros.

Es más bien el ambiente formal.

Ojo que no defiendo lo “encimosos” que a veces somos los mexicanos. Pero como decía mi papá, hacemos fiesta por cualquier cosa, nos divertimos hasta en momentos en que deberíamos evitarlo.

Y adaptarse a la formalidad de los gestos, las citas y la interacción personal es más difícil todavía que la pronunciación de las vocales francesas. Y eso que me cuesta.

Enamorarse

Mi hermana pensaba que yo era la hermana más aburrida del mundo. El día que descubrí los libros, ya no volví a amar los juegos de la misma forma. Me sentaba y leía. Además, (quienes fueron mis compañer@s de escuela son testigos), era LA odiosa. De las más aplicadas, de las que siempre levantan la mano. Eso te lleva a varias cosas. Una de ellas es una especie de ostracismo social que en mis tiempos no llamaban bullying, pero era. Y también, a pesar de que soy una persona increíblemente extrovertida, a que me costara trabajo entablar amistades sinceras y duraderas.

Si le sumamos esta historia personal a una inseguridad horrenda sobre mi físico…bueno, no tenemos un cocktail muy encantador en lo que se refiere a enamoramientos y semejantes.  Mis noviazgos de la prepa no fueron digamos muy exitosos. Pero después, apareció internet y me cambió la vida. Por ese medio conocí a los dos hombres con los que me he casado.

Muchos dicen que las relaciones amorosas que nacen en el ámbito cibernético no son duraderas, sólidas o verdaderas. Yo estuve 10 años con mi primer esposo, el papá de mis hijos. Y definitivamente no creo que nuestra relación fracasara por la forma en que nos conocimos. Fueron mil y un factores, pero estoy segura que ése no fue uno de ellos. Yo tenía 19 años cuando me casé la primera vez. Para mí, él era mi príncipe azul, dejé la escuela y detuve todos mis proyectos personales. Ahora que miro hacia atrás supongo que lo mío era obsesivo más que amor. Me dediqué por completo a intentar hacerlo feliz. Ahora sé que nadie hace feliz a otra persona. La felicidad nos nace de adentro.

Él, mi primer esposo, es uruguayo, pero con él viví en Buenos Aires. Con él crecí y maduré como mujer. Con él, en un momento dado, aprendí que hay que tocar fondo para poder salir a flote.

Pero creo que jamás supe lo que era el enamoramiento. Las flores, los chocolates y la cursilería.

El que se pongan de rodillas frente a ti y te pongan un anillo en el dedo.

Eso lo descubrí con mi bretón. Por internet… otra vez. Yo quería un amigo, alguien externo a mi círculo más cercano. Alguien que no me juzgara, alguien que caminara conmigo el estrecho camino al lado del vacío por el que caminaba en esos años. Pero después, esa amistad se hizo muy intensa. Saltó a otra cosa. Siempre fuimos muy cautos. Al no habernos visto, siempre dijimos que quizá al vernos todo cambiaría. Que siempre podríamos seguir siendo amigos si la química no nacía.

Pero la primera vez que nos vimos, intentamos saludarnos como amigos y no…no era lo nuestro. Nos besamos, y nos perdimos.

De eso hace ya años. Idas y vueltas, papeles, encuentros y desencuentros. Un “oui” en la Mairie. Y él sigue siendo mi amigo. Ese hombro en el que puedo llorar. Es tanta la confianza que le tengo, que si me enojo con él, se lo digo a él.

Entonces no sé. Mi experiencia en el amor es limitada e internacional. Jamás me enamoré perdidamente de un mexicano. Mi enamoramiento siempre pasó por el monitor de una computadora, por cartas interminables y charlas virtuales.

No me arrepiento. Tengo dos hijos que tienen cinco abuelas regadas por el mundo (mi mamá, la mamá de su papá, la mamá del bretón y mis dos tías que los adoran). Conocí la fantástica Argentina y Uruguay que es como un sueño.

Ahora vivo en Francia y cada que me despierto y él me mira, me olvido de mis inseguridades y me siento hermosa, inteligente y única.

Quiero verme en sus ojos todos los días.

Mucho no sé, pero creo que eso es amor.

Burocracia

Orgullosamente (lo siento, lo heredé de mi mamá), estudié en la Universidad Nacional Autónoma de México. La UNAM. Más específicamente, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Como mi mamá…como mi hermana.

Hay muchas cosas que adoré de mi paso por la Facultad. La sensación de aprender lo que amas. Sin sentido monetario, o utilitario. Jamás he ejercido al 100% mi profesión. Lo que siempre me ha mantenido es mi habilidad para hablar en público y mi nivel de inglés. Pero de mi paso por la Facultad tengo mucho. Leí a filósofos, politólogos, sociólogos y claro, a muchos comunicólogos.

Al estar aquí en Francia, hay ciertas ideas de uno de esos pensadores que me vienen una y otra vez a la cabeza. Es Max Weber. Resulta que él creía que lo que más define a nuestra época, y a la vez su mayor peligro, es la burocracia.

La burocracia ultra organizada que apabulla, domina y deshumaniza. A los mexicanos esta idea no nos resulta rara. Cualquiera que haya enfrentado al sistema de salud pública (léase seguridad social tipo IMSS o ISSSTE, o salubridad, como fue mi caso), sabe que a veces es como chocar con una pared gigante que te dice que no con todo su poder. No es una persona, es todo. Es dar vueltas y vueltas por un carnet. Es una palabra mal escrita. Es formarse a las dos de la mañana afuera de un hospital para alcanzar turno.

Aún así, con toda mi experiencia mexicana, nada me había preparado para esta otra burocracia. La burocracia francesa. Una burocracia super estructurada, completamente organizada, que no te da esquina para nada. Cada papel debe estar firmado, todo debe tener el mismo formato. No hay groserías. No hay malas caras. Pero sí hay negativas que no tienen solución aparente.

¿De dónde viene esta histeria en contra de la burocracia? Bueno, pues mi muchacho y yo hemos estado haciendo, como decimos allá en México en clara alusión a la tradición católica “la visita de las siete casas”, porque tenemos un sueño. Queremos construir nuestra casa. Pero oh sorpresa, nos hemos topado con muchos frenos para poder realizar un préstamo bancario con ciertos beneficios por parte del Estado. ¿La razón? Soy extranjera y jamás he trabajado en Francia. Ni pagado impuestos. Para peor, allá en mi tierra tampoco pagaba impuestos debido a que siempre trabajé en escuelas privadas con contratos que no eran en realidad contratos, y cobrando casi a la palabra.

Ahora hay que probarlo. Hay que explicar, exponer, decir, dar vueltas. Me recuerda a mi anterior odisea: conseguir los pasaportes de mis hijos allá en México, con el permiso pero sin la firma de su padre. Abogados, jueces, vueltas. Y exponer tu vida una y mil veces. Es tan vergonzoso, tan humillante.

En este blog mi lema es “lo que nos hace diferentes a veces nos hace iguales”. Creo que aquí o en China es semejante. La burocracia, la “tramitología”, nos abruma, nos cansa, nos agota. Pero no todo es negro. Tenemos muy buenas opciones de culminar exitosamente el trámite. Estoy a punto de lanzarme a la búsqueda de empleo acá en Francia.

El verano se ha instalado con una brisa deliciosa y un calor de mar que me enamora.

Y sobre todo, a diferencia de todas las otras veces que peregriné ante una oficina, otra y otra, ahora no estoy sola. Soy parte de un equipo. Somos dos, tomados de la mano, y me siento protegida y acunada por el amor de este muchacho que no sé cómo llegó a mi vida.

Moraleja: si has de hacer trámites burocráticos, acompáñate de un ser querido y ármate de paciencia. Estés en el país que estés.

Las estaciones

Después de unos ajetreados días de trámites burocráticos, regreso a este mi pequeño diario virtual, ahora bien instalada en el verano.

Yo crecí en el Distrito Federal, la enorme Ciudad de México. No por ello soy ciega y sé que en México hay una variedad increíble de climas, pero el que me vio crecer fue el cálido y templado clima “chilango”. Jamás muy cálido, jamás muy frío, si acaso percibes el cambio de las estaciones en verano, cuando las lluvias torrenciales inundan calles y avenidas, tiran árboles y complican el transporte en la ciudad.

Después, viví en Buenos Aires, donde el verano de 38-40° de sensación térmica en Navidad volvió loco a mi termostato interno.

Más adelante, llegué a mi pequeño pueblito en Hidalgo, en la altura del Altiplano mexicano. Ahí el clima seco interrumpido por las lluvias veraniegas, el sol quemante a lo largo de todo el año y el helado invierno, me hicieron extrañar mi templada ciudad.

Pero aquí, aquí las estaciones son como de estampita de la escuela.

Como cuando tienes 4-6 años y recortas y pegas recortes para “primavera”, “verano”, “otoño”, “invierno”.

El invierno es frío. Frío y lluvioso. Ventoso con un viento que te golpea la cara y rompe tu inútil paraguas. Pero la maravilla empieza en marzo. Jamás había visto una primavera donde se percibiera de forma tan física y absoluta el despertar de la tierra tras el letargo invernal. Empezando por las camelias y los tulipanes, presencié una cadena impresionante de floraciones. Ver revivir a los árboles frutales fue tan hermoso que un día me puse a llorar mientras tomaba fotos.

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Y después tienes el verano, con lluvias sólo ocasionales y días de fantástico calor, ideales para que los niños disfruten las vacaciones.

Claro que vivo en Bretaña, y aquí la lluvia puede aparecer en cualquier momento. Pero en verano hasta la lluvia de vez en cuando es bienvenida para aliviar el calor.

Aún no he vivido el otoño, pero estando cerca de los bosques, me imagino los tonos de café y amarillo y se me enchina la piel de la emoción.

Y además, está la cuestión de las horas de luz solar. Estamos más al norte, más lejos de los trópicos. Estamos a la orilla del continente. El día de mi cumpleaños, cuando la primavera del hemisferio norte dice adiós, amanece antes de las seis y son las once y media de la noche y aún hay luz del sol.

Tardes-noches de verano cálido, con luz, que te permiten irte a la playa.

Hay muchas cosas que pueden no gustarme de Francia, pero hay una que amo sin duda: sus estaciones marcadas, el tener la posibilidad de admirar el ciclo de la naturaleza de una forma tan clara y evidente.

Quizá con los años me acostumbre. Ahora todo es tan nuevo para mi como para mis hijos, y disfruto esta etapa de descubrimiento.