Maternidad

Toda mi vida quise ser mamá. Recuerdo muy bien que cuando estaba en la secundaria y tuve muchos problemas de salud vinculados a mi aparato reproductor, se lo dije al tercer o cuarto ginecólogo que me atendió. Él me respondió muy indignado que ése no podía ser el sueño de mi vida, no con mis fabulosas calificaciones en la escuela.

Claro que no. He tenido otros. Todavía tengo muchos. Pero siempre anhelé tener la oportunidad de compartir amor y crecer con otra persona. Y creo que la forma natural de hacerlo es siendo mamá.

También quizá tenga que ver la complicada relación que he tenido con mi propia mamá a lo largo de mi vida. De no conocerla prácticamente por cinco años, a vivir con ella a tiempo completo cuando ése no era el sueño de su vida. De una amistad íntima en mi adolescencia a la separación a raíz de mi temprano, absurdo y enloquecido primer matrimonio, cuando tenía 19 años de edad.

Todo ello me ha ayudado a ir construyendo, como supongo lo hacemos todas (y todos, también los hombres conciben a las mamás de una forma muy especial), mi propia “teoría” de la maternidad.

Pero nada, nada de lo que pensé y tenía imaginado pudo prepararme para la llegada de Manuel. No lo esperaba, fue repentino, fue mágico. Cinco años de matrimonio y cero embarazos.  Ginecólogos en México y Argentina. Nada. Y un día me entero que estoy embarazada y que ya tengo cinco meses de embarazo. Dos meses después, en un parto de emergencia que casi nos cuesta la vida a los tres, nacieron Manuel e Iñaki. Al perder a Iñaki dos semanas después, me quedé de pronto parada, frente a un cunerito para bebés prematuros en un hospital del Centro Histórico de la Ciudad de México, contemplando ese milagrito de un kilo y medio que se aferraba a la vida y me daba la mano por primera vez.

Hace ya casi diez años de eso. Y vivir al lado de Manuel me ha llevado a sentir el deseo de volver con ese ginecólogo y decirle “pero hombre, cómo quiere que compartir el crecimiento de este hombre no sea el sueño de mi vida.” Es así. Yo lo acompaño. A él y a su maravilloso hermanito Antón, que llegó a mi vida tres años después.

Hablamos. Les hablé desde que estaban en mi vientre y les hablo de todo a todas horas. Preguntan, contesto. Quieren compartir, comparto. He trabajado con niños en mis brazos. Los llevé a la escuela donde trabajé para que siguiéramos juntos. Amo leer, leo con ellos. Amo el cine, veo películas con ellos. Amo los museos, voy a los museos con ellos. Explico. Leemos juntos. Nos planteamos más dudas.

Cuando ha llegado el momento de tomar decisiones duras, están conmigo. No les oculto nada, porque yo recuerdo claramente tener la edad de Antón y detestar las verdades a medias de los adultos, que se sentían tan inteligentes. Así que pongo, de una forma sencilla y honesta, las cartas sobre la mesa.

Somos un equipo. Ellos lo saben, así lo sienten. Así que cuando integramos a mi actual marido, fue decisión de los tres. Y de verdad que no sé quién está más enamorado de él, si yo, por su infinita paciencia con mi tristeza y mi miedo escondidos, o Antón, sentado en sus piernas aprendiendo sobre huertos y hortalizas. O su cómplice Manuel, con el que bromean hasta ahogarse de risa.

Disfruto enormemente caminar con ellos a la escuela. Lo hacíamos en México, en nuestro pueblito, mirando cerros y nopales. Lo hemos hecho aquí, en invierno, bajo la tormenta y azotados por el viento. Lo hacemos ahora, al borde del verano, con patinetas y sin abrigos, carcajeándonos a pleno pulmón para sorpresa de los serenos transeúntes franceses.

Y me asombro. Me sorprendo cuando acá en Francia veo mamás que dejan a sus niños de la edad de Antón tres cuadras antes de la escuela con un sencillo “à tout à l’heure”. No juzgo, no es mi idea de la vida. Mi propio estilo de maternidad ha sido juzgado por familiares y conocidos por años, así que quién soy yo para hacer lo mismo. Lo que si me pasa, es que me entristece. Viene a mi mente el lema de mi tía en cuanto a la crianza. Ella, que no tuvo hijos pero que crió a las hijas de sus hermanas, dice que nuestra labor cuando tenemos a nuestro cargo un niño (sea nuestro hijo o no), es darle la mayor cantidad de recuerdos amables y llenos de amor. La vida es bastante dura y se encargará de darle experiencias tristes y solitarias. Pero en cada una de ellas, podrá regresar mentalmente a su infancia feliz.

Claro que no todos los papás y mamás son “fríos”, por decirlo de alguna forma. Pero hay más distancia,  y eso me parece triste. Triste para los niños, pero sobre todo, triste para los papás y mamás.

Tal vez es sólo cuestión de perspectiva. En último término, la maternidad siempre es cuestión de perspectiva.