Pan

Los últimos 9 años antes de mudarme a Francia, viví en un pequeño pueblo en el estado de Hidalgo, en México.

Llegué ahí con mi hijo mayor en brazos, y un matrimonio agarrado con pinzas que acababa de recibir el golpe más duro que puede recibir una pareja: habíamos visto morir a uno de nuestros hijos.

Con los años, pasaron muchas cosas. Tuve la oportunidad de recibir a mi pequeño hijo, tres años después. Mi matrimonio se terminó de una forma tan intensa, triste y llena de angustia que verdaderamente puso a prueba mis creencias y mi integridad.

Y además, tuve la oportunidad de compartir 9 maravillosos años con dos de las hermanas de mi mamá: mis tías adoradas que siempre han creído en mi, y que han sido mi apoyo a través de los pasajes más oscuros y también los más brillantes de mi vida.

En esos años, construimos una relación de ayuda mutua constante, de compañerismo y de complicidad que ha sido una de las experiencias más placenteras de mi vida.

Algún tiempo después, vivir ahí también me dio la oportunidad de ver crecer a mi sobrina, llegar al mundo a mi pequeño sobrinito, y pasar un agradable tiempo en compañía de mi hermana, no ya como niñas o adolescentes, sino como adultas.

En los últimos años, después de mi separación, construí sobre todo al lado de mis hijos, una serie de rutinas tranquilizadoras que le dieron a nuestra vida cotidiana una regularidad de la que había carecido en los difíciles tiempos en que finalizó mi matrimonio. En algún momento, para salir del agujero más profundo, incluso teníamos un cartel quincenal, en que anotábamos quién de los tres se había portado bien o mal, y nos hacíamos acreedores a una penitencia o un premio.

Una de esas rutinas, era cenar pan. A todos aquellos que me lean en México no tengo que decirles lo delicioso que es el pan dulce mexicano. Su variedad, su encantador colorido, su sabor untuoso y delicioso. Cuando el clima y mis extensos horarios laborales nos lo permitían, íbamos los tres juntos a escoger nuestro pan, y de paso, llevar alguno para mis tías. Cambiamos una vez de panadería porque tuvimos la suerte de que abrieran una más cerca de casa. Cuando yo salía tarde de trabajar, pasaba a comprar el pan y llegaba a casa cansada, pero ilusionada de compartir un dulce momento con mis hijos.

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Un par de meses antes de que nos mudásemos para acá, la panadería de cerca de casa cerró. Para mí, en un momento en que ya tenía mis visas en la mano, fue como un guiño de la vida, diciéndome que estaba bien cerrar ciclos. Pero debo reconocer que si derramé un par de lágrimas por mi rutina caída, por los momentos que partieron, por la tristeza de la nostalgia que se me acercaba a pasos agigantados.

Un detalle que todos los mexicanos conocemos respecto a comprar pan es que ya sea que tú lleves tu pequeña bolsa de plástico, o que te la regale el panadero, o te la cobre a un módico precio, el pan siempre va en bolsa. Cuando yo era niña, la bolsa casi siempre era de papel. En algunos casos, aún ves panaderías que te ofrecen bolsa de papel (más barata o hasta gratuitamente).

Acá todo cambió, pero poco a poco, estamos construyendo nuevas rutinas. El pan en Francia, es el centro de la comida, parte intrínseca de la alimentación y un elemento innegable de la cultura.

Si hay algo que verás con frecuencia en una calle francesa, es gente llevando larguísimas piezas de pan. Baguettes, o el más grueso que simbólicamente se llama simplemente pan. Y ni siquiera he tocado el tema de las riquísimas viennoiseries…

Todas las mañanas, en nuestro camino a la escuela, pasamos por dos panaderías. El olor a pan fresco es invitador y delicioso. Casi siempre compro pan cuando vengo de vuelta de dejar a los niños,  pero si hay algo que sigo extrañando, y perdón si es increíblemente absurdo, no es el sabor de las “conchas” o los “besos”…es la bolsita de plástico o papel. Me siento expuesta con mi pan en la mano, simplemente envuelto a la mitad por un trocito de papel. Es como si me paseara por la calle con un pan desnudo.

Que es delicioso, no puedo negarlo. Que extraño el olor y el ambiente de las panaderías mexicanas, tampoco.

Plantas y animales

Cuando era niña, mi mamá pasó por un periodo de acumulación canina. No sé de que otra forma explicar que en algún momento llegamos a albergar nueve perros en la casa. Mitad que mi hermana y yo le lloramos un poco cuando nos nacieron cachorritos, mitad que siguieron llegando donaciones. Crecí rodeada de perros. Son adorables. Pero cuando me casé la primera vez y tuve que mudarme a Buenos Aires, me despedí de mis perros y algo se rompió. La separación, no sé. Pero ya no quise tener perros otra vez.

No quiere decir que dejé de amar a los animales. Al contrario. Descubrí un nuevo amor. Encontré a los gatos.

Amo a los perros. Pero en los gatos siento que encontré almas gemelas. Su independencia, sus ganas de hacer lo que se les pega la gana, y a la vez el enorme compromiso que demuestran para cuidarte y protegerte, me enamoraron.

Empecé a acumular gatos también. Tres gatos, cada uno con una personalidad brillante y diferente. Pero la más hermosa, mi gata Memo. Ella me escogió, es una gatita pequeña y gris, que en el momento más álgido de mi separación, me sirvió de apoyo y consuelo. Defendió mi casa, amó a mis hijos.

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Y ahora, con la migración a Francia, se tuvo que quedar en México.

Cómo le he llorado. Cómo la extraño.

Me muero por traerla para acá, por verla corretear por mi jardín.

Y por acumular gatos de nuevo. Mis hijos también aman los gatos. Sobre todo el mayor, que es un apasionado de la historia egipcia…y para él los gatos son místicas criaturas fantásticas.

Pero en el ínter, he descubierto la otra parte de la naturaleza que hasta ahora me era completamente desconocida: el reino vegetal. Plantas. Plantas y más plantas.

He de aclarar que no vivo en París. Vivo en un pequeño pueblo turístico de postal en Bretaña. Hablar de Bretaña y los bretones, y cómo no embonan en los estereotipos que se puedan llegar a tener alrededor de Francia y los franceses, es otra historia.

Pero sí he de decir que aquí hay una cultura del jardín que me era completamente ajena.

Las personas, con mucha suerte (más de la que tenemos allá en México, al menos) se jubilan. No unas cuantas, y no con una miseria, sino que viven bien. Y muchos se dedican a su jardín. A un jardín florido y lleno de colores en el verano. A una hortaliza surtida que te de papas, cebollas y jitomates. Y no sólo los jubilados. Los niños aprenden en la escuela a sembrar y plantar.  Y mi muchacho francés soñaba con ser el amo y señor de su jardín. Experimentar técnicas orgánicas. Plantar lo que él quisiera. Y entonces, por estar con él y ayudarlo, empecé a involucrarme más y más en el asunto.

Y es maravilloso. Sufro cuando los caracoles y babosas mordisquean mis flores. Trasplanto, podo, cuido. Descubro a través de los ojos de mi hijo menor el ciclo de la naturaleza. Semillas, flores, frutos. Y con el cambio de las estaciones veo crecer mis papas y mis lechugas, y prepararse para florear a las hortensias que trasplanté para salvarlas de la obra de construcción de nuestra casa.

Mis dedos tienen callos de arrancar pasto y hierbas. Pero todo ello ha reafirmado mi amor por la naturaleza.  Primero fueron perros, luego gatos, ahora tulipanes, alcatraces y tomates.

Y en otoño, haré mermelada.

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Mi apellido

Me casé. Dos veces. 

Cuando era más joven (mucho más joven, porque la primera vez que lo hice apenas tenía 19 años), pensaba que nunca lo haría. No se me daba bien eso de coquetear, cerrar los ojos y en corto, relacionarme con personas del otro sexo.

Mi primer novio en realidad andaba atrás de mi hermana, y por eso salió conmigo. Mi segundo novio fue un increíble amigo, me divertí enormemente con él, pero era gay.

Yo soy una persona muy extrovertida, pero en realidad, me cuesta mucho trabajo construir amistades profundas. Prefiero quedarme en casa a leer (soy una lectora compulsiva) que salir. Siempre fue así. Así que me veía a mi misma viviendo sola y con gatos. Y muchos libros. 

Pero no. Apareció internet y resulta que de alguna forma, para personas como yo, que ocultamos nuestros sentimientos, que preferimos libros y cómics, es un medio excelente para interactuar. Navegando en la red, conocí al padre de mis hijos, y así terminé viviendo en Buenos Aires. No negaré que vivimos unos primeros años emocionantes y yo creía ciegamente que él era y sería siempre el amor de mi vida. La historia de cómo desperté de esa ensoñación merece una narración completa.

Pero salí. Salí y redescubrí mi valor y mi libertad, aunque ahora acompañada por dos caballeritos. 

Y nuevamente, internet hizo de Cupido para mí. Conocí, casi sin querer, a este muchacho francés que me trae de cabeza. Dos años menor que yo, me demostró lo equivocada que estaba en relación a los hombres. Es más que otra cosa mi confidente y mi amigo. Con él descubrí que puedo decir en voz alta cosas que creía que vivirían dentro de mi cerebro o mi corazón toda mi vida. Cosas oscuras. Cosas absurdas.

Y lo hice otra vez. Me casé (aunque esta vez con un bonito vestido blanco, dos pajecitos con corbata y un pastel de chocolate). Sólo que me casé acá, en Francia. Y ello representa una serie de cuestiones que el amor no me había planteado.

Evidentemente, las diferencias legales y de costumbres entre México y Francia son muchas. A veces, simplemente al escuchar una conversación que gira alrededor de un tema burocrático, siento como si estuviera viviendo en Marte. Jamás me imaginé que la costumbre francesa (que no la ley), indica que al casarte, cambias tu apellido. Sé que no es el único país donde sucede. Simplemente no pensé en ello. El propio día de mi boda, todos me felicitaban diciendo “Madame” más el apellido de mi marido. 

Empecé a sentir un escozor nada agradable.

Yo nací Martínez. Mi papá me donó su nombre (también se llamaba Carlos), y su apellido. Es un regalo. Es parte de quien soy. Hasta donde entiendo, mi marido no es mi papá, ni mi hermano. No estoy bajo su tutela legal, ni financiera. 

Además, de acuerdo a la legislación de mi país de origen, no puedo simplemente cambiar mi apellido. Mi pasaporte siempre dirá Carla Martínez. Y es mi elemento de identidad. Ahí está estampada la visa que me permite residir legalmente en Francia. 

Pero para el resto de las personas, ya no me apellido Martínez.

He tenido que explicárselo a mis suegros, al arquitecto a cargo de la construcción de nuestra casa, a los profesores, a toda mi familia política, y presiento que tendré que seguirlo explicando.

No es una queja. Es simplemente la manifestación de una diferencia. Para mi, es algo natural. Para ellos representa que quizá no amo suficiente a mi marido como para tomar su nombre. ¿No dejé mi país para vivir con él? ¿De qué hablan?

Nunca había dedicado tanto tiempo a pensar en cuánto me gusta llevar el nombre de mi papá. En cuanto dice de quién soy y en lo que me he convertido.

Él me enseñó a escribir. Recuerdo muchísimo su consejo de leer en voz alta lo que escribiste, haciendo las pausas que te dan los signos de puntuación, de forma que detectes dónde sobran o dónde hacen falta. 

No quiero renunciar a su apellido. 

Pero tampoco quiero vivir explicando por qué lo porto.

No es nada grave, ni serio, ni me voy a morir por ello. Simplemente, me ayuda a entender que las cosas son diferentes. Y que tengo que encontrar la forma de digerirlo suavemente y sin volverme loca. 

El cristal de las lágrimas

Éste es un proyecto largamente anhelado y acariciado. Empezó a gestarse en mi mente desde el día en que mi madrina me confió su autobiografía. Cuando crucé el océano y dejé México para establecerme en Francia, la traje conmigo, y es uno de los tesoros que más valoro. Sé que pasarán los años, y los eventos se sucederán rápidamente en mi vida, como siempre ocurre, pero ese pedazo de su corazón seguirá siendo increíblemente importante para mí.

Pero también tengo dos tesoros vivos, mis hijos. Con sus nueve y seis años han sido compañeros y cómplices míos en todas mis aventuras y decisiones. Pero sé por experiencia propia que la memoria es traidora y cuando crezcan, quizá no recordarán los detalles de nuestro cambio. Y por supuesto, no habrán visto a través de la ventana de mis ojos este cambio que nos está definiendo y nos está marcando un filtro para apreciar la realidad. Así que pensé en compartirlo con ellos, a futuro, a través de esta otra ventana.

Pero hay más motivos para iniciar esta larga y extraña narración de mis experiencias. Hay personas allá, del otro lado del Atlántico a quienes amo entrañablemente y quiero compartir con ellas lo que siento, mis emociones que van de la alienación del migrante, a la emoción infantil del descubrimiento de las cosas nuevas. Y ya entrados en gastos, hay una tercera razón para lanzarme a escribir: me gusta. Cuando escribo me siento viva, me conecto con esa parte de mi que no es física. Algo que sólo me ocurre cuando estoy en los brazos de mi amado, mi esposo y mi razón para esta aquí…o que me sucedió vívidamente cuando tuve por primera vez en mis brazos a mi hijo mayor. Así que me he propuesto hacerlo por eso. Porque me gusta, porque lo disfruto y porque creo que todos merecemos obsequiarnos un rato de felicidad de forma cotidiana. Porque gracias a esos tres hombres con los que comparto mi vida, me he empezado a sentir valiosa, importante y querida, y quiero que esa emoción quede en palabras. 

Sé que no he vivido mucho. Sé que hay experiencias intensas y recorridos que no me han tocado o a los que no me he atrevido. Pero mi propia montaña rusa ha sido divertida y excitante. Mi cabello (negro cuando nací, rojo ahora porque así lo elegí) que se desprende  desmesuradamente desde mi adolescencia es testigo mudo de cómo he dejado mi huella en distintos países. He disfrutado de vivir en Sudamérica, he llorado y reído en mi México, y hoy construyo mi nido en Francia.

He visto las diferencias que nos hacen a los seres humanos únicos y diferentes en cada lugar, y a la vez, tan intrínsecamente iguales.

He amado y me he negado a odiar.

He llorado y he sido víctima de la nostalgia. Me he ilusionado, y quiero seguir haciéndolo.

Aún hay otro motivo más para iniciar esta aventura: mi cuarto caballero. Ese niño hermoso, el gemelo de mi hijo mayor, que sólo me dio su manita una vez y se fue a las dos semanas de haber llegado. Para ti, como siempre hijo mío, está dedicado este diario. Es mi vida, vista a través del cristal de las lágrimas: las de tristeza y las de alegría. Las que derramo cuando extraño y las que derramo cuando la fortaleza innegable de mis hijos me llena de felicidad.