Llenando espacios de amor

Mi hija Emma, mi bretoncita de dos años, y yo, volvimos a México.

Fue un viaje relámpago lleno de papeleos burocráticos, de delicias y reencuentros, y uno en el que no volvimos solas.

Mi tía, la persona con la que desde que era una niña he construido una relación de amor y amistad profunda e intensa, vino a llenar de vida nuestra casita francesa.

Un mes que se me escurrió entre los dedos y que se termina mañana, con otro viaje, una experiencia nueva para mi tía que atravesará de regreso el Atlántico sola.

Este mes me enseñó otra cara de la vida en el extranjero que desconocía.

Cómo los nuevos espacios pueden llenarse con sonidos de antaño.

Cómo la voz de una persona tan querida y tan llena de amor por mis hijos ahora vivirá por siempre en las paredes de este hogar que construí lejos de casa.

Su cariño, su paciencia, su ternura…han hecho de este verano uno muy especial para nosotros.

Han puesto a prueba nuevamente mi decisión de vivir tan lejos de mi lugar de origen.

Recorrer los paisajes deslumbrantes de la Bretaña dándole la mano a mi tía, fue diferente e intenso.

Refrescante y apasionante.

Que viera cómo a pesar de las dificultades que implica adaptarse a otro país y otra cultura, mis hijos y yo hemos aprendido a vivir aquí.

Que comprobara con sus propios ojos que no me estoy mintiendo a mi misma, y que mi relación con mi bretón no será perfecta, pero es un equipo que avanza y se mueve. Que se adapta y descubre, que se enoja y ama.

Duele muchísimo verla partir.

Duele en el corazón y en las tripas.

Pero me hace recordar que la vida no es rosa ni negra. Tampoco es gris. Es blanca.

El blanco, me recordó juiciosamente mi hijo mayor cuando mi quité el luto completo por la muerte de mi tía Susy, y empecé a usar blusas blancas con faldas negras, no es un color.  Es la suma de todos los colores.

Y eso es la vida. No es hermosa todo el tiempo, ni tristeza absoluta permanente. Es alegría y lágrimas. Es belleza y fealdad. Es dulzura y amargura.

Mañana voy a llorar en el tren de regreso a casa, después de dejar a mi tía en el aeropuerto. Pero también voy a sonreír para Emma, mi pequeña compañerita inseparable.

 

Vacaciones a la francesa

Hay una idea bien establecida en la mentalidad colectiva en Francia. Las vacaciones como punto en que todo mundo tiene derecho a descansar y a hacer un corte con la vida cotidiana. Existe incluso un verbo en francés que sirve para hablar de cuando pasas un tiempo fuera de casa y ello te permite olvidar la carga de trabajo del día a día en el hogar: “dépayser”. De hecho, hay una cierta idea de que todo mundo debería tener derecho a descansar.

Tristemente poco a poco el Estado social francés se ha debilitado, en esta época de globalización, pero ciertos elementos persisten y están bien anclados en la mentalidad social.

Para mí, mexicana de clase humilde, madre soltera trabajando con un contrato en negro en una escuela particular, la sola idea de llevarme a mis hijos de vacaciones, formalmente ir a otra ciudad, hubiera sido casi imposible. Íbamos al cine, o a hacer paseos de un solo día. Es caro viajar. Es caro tomar un autobús e ir a otra ciudad. Mis hijos mayores ni siquiera conocían el mar, descubrieron el océano en las costas bretonas. De Hidalgo, en el centro de México a la costa (cualquiera de las dos costas, la atlántica o la pacífica), hay una gran distancia que se traduce en miles de pesos para una pequeña familia.

Acá en Francia, no somos ricos, pero aun es posible para una familia humilde y trabajadora vacacionar porque hay muchas otras opciones. Por ejemplo, y puede parecer tonto, pero no lo es, hay muchas formas de hospedarse. No está el límite del hotel. Hay departamentos o casitas semi lujosas pero que al rentar por semana o incluso por mes, no es tan caro. Y existen, para la gente que no tiene muchos recursos, los campings.

En mi mente, un “camping” era solamente un lugar en donde plantar una tienda de campaña. Y sí, existe eso. Pero tienen baños y acceso regaderas, para empezar. Y en muchos campings, también existe la opción de rentar un “bungalo” en verano y desde la primavera, un “mobil home”. Esas dos opciones de mini-casitas con todos los servicios popularizan mucho la idea de ir de vacaciones. Ya contar con una cocina sencilla abarata los costos, pues no hay que comer fuera (o limitarse a comer sandwiches) todos los días. Para una familia de cinco, como nosotros, es una opción maravillosa.

Otro elemento que ayuda mucho es el estado de las carreteras. Para vacacionar, no es necesario tomar la autopista de paga: cuando vacacionas normalmente no llevas mucha prisa. Así que puedes ir por las carreteras “estatales” o “nacionales”, pequeñas rutas encantadoras que atraviesan sinuosamente la campiña francesa. Incluso tomar la autopista de paga se amortiza para una familia numerosa como la nuestra.

Y finalmente, está el hecho de que para bien o para mal, Francia es un país muy, muy turístico. En algunos momentos hay sitios tan turísticos que parecen museos vivientes. Pero esa importancia del turismo se traduce en mucha señalización para encontrar sitios encantadores, museos grandes y pequeños en cada rincón del país, tranquilidad y numoerosas opciones.

En primavera, para el cumpleaños de mi pequeñita bretona, viajamos al sur, dejando por unos días nuestra querida Bretaña. Salimos de la tierra de los techos de pizarra negra para pasar, al sur del río Loira, a la tierra de los techos de teja roja. Vimos el Atlántico en otra forma, la entrada maravillosa del río Garona (tan impresionante que posee su propio nombre: el estuario de la Gironda) y visitamos muchísimos museos pequeñitos y geniales.

No, no nos fuimos al Caribe como hacen muchos franceses con más recursos. Pero sí, pudimos “dépayser”. Salir de casa, recorrer el campo, la playa y ciudades con encanto.

Reconozco y acepto que amo la idea tan democrática de las vacaciones a la francesa.

Y me encanta la cara de mis hijos al descubrir nuevos rincones de este precioso país.

¿A dónde nos llevarán nuestros pasos en las próximas vacaciones? No lo sabemos. Otros países europeos son accesibles gracias a que no están tan lejos: Bélgica, España (¿por qué no Barcelona?), Italia. Poco a poco y ahorrando, iremos descubriendo más destinos hermosos. Y deseando que este entorno social que nos permite soñar, no desaparezca.

Un recorrido en dos idiomas

Mi pequeña bretoncita, Emma, acaba de cumplir 2 años.

Dos intensísimos años en que siento que me he “graduado” como madre. Las dos veces anteriores que recorrí este camino, el de ver a un bebé convertirse en niño, lo hice con ayuda. Fue el consejo, la compañía y la mano de mis tías la que me orientó y me dio fuerzas. Y si bien siempre fui yo la que se hizo cargo del trabajo que es cuidar a un niño pequeño: pañales, comida, baños, etcétera, el tenerlas ahí aunque fuera para respirar un poco, fue valiosísimo.

Yo trabajo en casa. Los muchachos van a la escuela, mi bretón trabaja desde muy temprano. Así que Emma y yo pasamos largas horas solas. Solas administrando nuestro tiempo: viendo cómo reunir trabajo y vida. Computadora y necesidades de una bebé se convierten en pelotitas con las que hago malabares para además, encargarme de una casa en que viven cinco personas.

¿Ha sido fácil?

No. No porque además al mismo tiempo me he sentido sola, he estado enojada con este país, he sentido lo que es estar tan lejos de las manos amigas y de los oídos que no sólo entienden cuando hablas, sino que además no te juzgan.

Pero también ha sido un viaje de descubrimientos maravilloso. Porque yo soy una persona que comunica todo el día. Escribo, hablo, grito, canto, gesticulo. Y hay una pequeña (justo ahora sentada en mis piernas) que ha estado absorbiendo esta ráfaga de palabras y expresiones de forma continua. Y el resultado es una vocecita que poco a poco nos va regalando más y más palabras. Para maravilla de todos, hay palabras en dos idiomas. Ella me dice “mamá”, con esa entonación que da una palabra aguda. No me dice “maman” con una a nasal y cerrada en francés. Pero juega con su papá y le dice con una sonrisa pícara “au revoir” cuando él se va a trabajar. E intenta decir “rojo”, y habla, habla, comunica, expresa.

Decidimos que queríamos eso para ella. Que fuera capaz de entender a mamá en su propia lengua. Así que aplicamos una versión casera de la técnica denominada “OPOL” (one parent: one language, por sus siglas en inglés). Mi bretón le habla en francés. Yo, en español. Y en este viaje bilingüe cuento con la ayuda de dos soldados incansables: mis hijos mayores. Que le cantan, le leen historias y le describen el mundo en español. Jamás doblo las manos y aun en público, cuando las personas a nuestro alrededor sólo hablan en francés, yo a mis hijos les hablo en español.

Tengo  amigas latinoamericanas viviendo en Francia que han logrado a los 5-6 años un bilingüismo funcional en sus hijos. No sé si es eso lo que busco. Busco sobre todo que ella me entienda. Que escuche y comprenda el idioma en el que habla mi corazón: y ese jamás será el francés. Leemos juntas libros en español, y si el libro está en francés, mamá hará la traducción instantánea y memorizará las palabras para leer igual la próxima vez.

En honor al viaje bilingüe de todos mis hijos, yo también estoy aprendiendo.

Igual que quiero que un día ellos puedan escribirme cartas en español, yo escribo en francés. Leo en francés. Escucho el francés. Pregunto, avanzo, estudio. Esta familia vive en dos idiomas. Incluso mi bretón cada vez habla mejor un español “a la mexicana” y nuestras conversaciones bailan entre palabras prestadas.

Hay mil actividades que hacemos y que podremos hacer a futuro para reforzar el español de Emma. Habla por teléfono con mi tía y le dice “hola” intentando contarle su día. Leemos, jugamos, cantamos (“cucurrrucucú paloma…”). Las idas a México (y quizá un día recorramos también otras ciudades hispanoparlantes, vayamos a Madrid o a Barcelona, volvamos a Buenos Aires…) son importantes. Y sobre todo, en casa hay respeto por los dos idiomas, pues si bien el francés es el idioma de la vida cotidiana para todos mis hijos, el español es el idioma de mamá. Y con ese idioma, les comunico mi historia, mi cultura, mis emociones y mi pasado, que en cierta medida, también es el suyo.

De más está decir que para transmitir todo eso que me hace yo misma, cuento con otras herramientas: mi cocina a la mexicana y una piñata cada cumpleaños están logrando que hasta los amigos de mis hijos y nuestros amigos sean un poquito mexicanos. Este viaje en dos idiomas es en realidad un viaje en dos culturas y es fascinante.

La secundaria

Vivir en Francia me ha dado la oportunidad no de comparar, sino de conocer otra forma de vivir la vida. A veces me sorprende lo diferentes que pueden ser las pequeñas cosas: las cosas de todos los días. La escuela ha sido una de estas cosas que cambian en detalles ínfimos pero que al final construyen algo muy distinto. Si yo pienso en mis años como mamá allá en la escuela mexicana hay dos palabras que vienen a mi mente (y no tienen nada que ver con nivel académico…): uniforme y útiles escolares.

Puede resultar absurdo, pero cuando eres madre soltera y los gastos educativos de dos hijos descansan sólo sobre tus hombros, estos pequeños detalles constituyen tu día a día. Las manualidades de todos los días, los dos-tres pares de zapatos que el niño necesita sólo para la escuela, muchísimos cuadernos y útiles. Vas remando día a día con estas cosas. Y no que lo académico deje de ser importante, para nada. Yo ya he hablado de lo bien que la escuela pública me trató en México como alumna y como mamá, y de lo dura que fue mi experiencia como mamá, profesora y alumna en el sector privado. Pero esa es mi experiencia y no se puede generalizar. Ahora que planchar camisas de uniforme, eso es algo parejo para todos. Y bolear zapatos negros… ay cuántos recuerdos.

En Francia la escuela pública también nos ha tratado bien. La primaria fue para mi Manolo, mi hijo mayor, una experiencia preciosa en los tres años que le tocó cursar acá. Y Antón, mi niño de enmedio que llegó acá a iniciar su primaria, la ha disfrutado enormemente.

Desde septiembre, también hemos experimentado ya la secundaria, y nuevamente la escuela pública de mi pueblito bretón no me ha decepcionado. Pasé el verano pasado con dolor de estómago de nervios: la secundaria no fue una etapa fácil para mí y tenía miedo por mi niño que además de todo, lo viviría como extranjero. Desconocía el sistema, las reglas, el funcionamiento.

Pero todo ha sido tan fácil de aprender, que resultó casi automático.

El collège, como se le dice coloquialmente a los “Colegios de Educación Secundaria” acá en Francia dura cuatro años. Y la nomenclatura no podría ser más divertida: empiezas en sexto y terminas en tercero…ehhh, si, es así. La educación post-primaria es una cuenta regresiva que termina el último año de bachillerato (terminal se llama) cuando haces EL examen, el examen del “bac” con el que inicias tu vida adulta e intentarás ingresar a la educación superior.

Entonces, Manuel empezó su “sixième”, y desde el primer día volvió feliz.

Feliz de que la escuela hace lo posible por guardar grupos de amigos que vienen de la primaria en la misma clase y él conservó a dos de sus mejores amigos con él.

Feliz con la pasión con la que la profesora de Historia (su asignatura preferida), imparte la clase.

Y feliz con la comida deliciosa que sirven en el “self” (el restaurante escolar, que como es de autoservicio…self service abreviado).

Evidentemente no vamos a hablar de la escuela perfecta. Hay bemoles y peros, como en todas partes. Hay profesores desmotivados, alumnos que hacen desorden…lo normal. Pero hay un equipo docente que lidia con sus clases con un compromiso que yo como docente no vi jamás allá en mi país.

Y eso que no lidiábamos con clases multinacionales como la de Manolo, en que además de él, hay una chica colombiana, dos nenes turcos, dos albaneses, dos iraquís y un niño chino. Hay además un niño con problemas de audición y dos niñas disléxicas. Y todos conviven. Y para los profesores ningún niño es más o menos importante que otro. Tuve la oportunidad de estar en un consejo de clase, en el que todos los profesores que imparten clase al grupo de Manolo discutieron las calificaciones de los chicos del grupo antes de enviar las boletas. Fue una experiencia muy interesante y enriquecedora.

Pero además de eso, están los detalles. La entrada es a las 8 am (yo en secundaria entraba a las 7 de la mañana). Tienen una pausa de 2 horas al medio día, para comer y además tener tiempo, ya sea para jugar, correr, charlar…o inscribirse a clubs diversos. Hay clubs deportivos, de tecnología, baile, canto, lectura… y tienen precios muy accesibles, de tal forma que si hay muchachos que en las tardes no tienen los recursos para realizar actividades deportivas o culturales, lo pueden hacer en ese horario.

Está el hecho de que estudian dos idiomas extranjeros. Sí, quizá es verdad que no todos los chicos salen bi o trilingües de la escuela al concluir el bachillerato, al menos tienen las bases de dos idiomas y pueden tener la curiosidad de profundizar en su aprendizaje. En el último año del collège los chicos realizan campamentos de idiomas en España o Inglaterra, o intercambios estudiantiles con chicos alemanes.

A diferencia de México (desconozco cómo se da en otros países de América Latina), todos los alumnos estudian juntos la misma clase de Tecnología, en la que se abordan distintas temáticas de áreas diferentes, de dibujo técnico a informática. Y todos los alumnos estudian Artes Plásticas y Música. Un horario cargado, pero pocas tareas en casa. Una experiencia que ha resultado más sencilla de vivir como mamá que lo que fue mi experiencia como alumna y profesora en México. Quizá ayuda la personalidad de Manolo, que es el amigo de todos y el alma de la fiesta.

Estamos terminando “la sixième” y el único gran pero (además de que la profesora de Artes Plásticas sospecha que Manolo tiene problemas artísticos porque prefiere dibujar en blanco y negro) ha sido el día de la “comida mexicana” que fue un absoluto desastre. Comida tex-mex, sombreros de charro coloridos que acá denominan simplemente sombreros… si ese día a Manolo no le dio un síncope, fue casi un milagro.

Perspectiva

Siempre pienso que no existe nada como “un solo México” como no existe tal cosa como “Francia”. Y eso aplica para todos los países en todas las latitudes. Expresamos nuestra experiencia personal del país que conocemos íntimamente, y éste puede diferir diametralmente del que otra persona experimentó, siendo el mismo país, la misma región, el mismo idioma.

Aun así, hay algo innegable. Hay una gran separación en la forma en que es posible vivir la vida entre el Norte y el Sur. Entre Europa y América Latina.

La última vez que fui a México, me tocó ver cosas que metieron toda mi estructura en perspectiva. Allá en mi pueblo mexicano, vi a ex-compañeros de escuela de mi Manolo, mi hijo mayor ya trabajando. Ayudando en el “puesto de tortas”, en la venta de barbacoa, en grandes cremerias… Y todo esto no se ve mal. Es normal. Es casi la regla que los chicos estudien y trabajen hasta la secundaria y después sólo si eres muy bueno en la escuela sigas estudiando.

No es que antes no viera estas cosas. Pero conforme mis propios hijos van creciendo, conforme la realidad cambia a mi alrededor, veo otras cosas. Ahora tengo un adolescente en la secundaria y quiero que tenga todas las oportunidades de aprender, descubrir, ser. Pero igual conocí a muchos de sus compañeros cuando estaban en prescolar porque fui su profesora. Y quisiera que todos tuvieran las mismas opciones.

Otra cosa que me dolió mucho fue recordar, pero de forma muy dura, dsc02615la ausencia de un entorno medicalmente apto para personas de bajos recursos o necesidades especiales en un pueblo como el mío. Mi tía que falleció hace cuatro meses tenía tiempo padeciendo artritis degenerativa y su movilidad era cada vez más complicada. ¿Hospital público? A 40 minutos de camino, sin ambulancias. ¿Medicina pública local? Casi inexistente. ¿Médicos privados? Caros, poco accesibles, poco empáticos, pues abusan de ser prácticamente la última y única opción de una población que no cuenta con alternativas.

Tengo una amiga argentina que vive acá en Francia que me dice que por algo las personas llegan en mejores condiciones a edades más avanzadas acá en Europa. El cuidado especializado de ancianos, desde el ámbito social, médico… si bien no es perfecto, existe. Existe incluso en comunidades apartadas y rurales. Hay redes. Hay alternativas.

Sé que son realidades incomparables.

Sé que no gano nada llenando mi cabeza de “hubieras”. “Si mi tía hubiera vivido acá”, “si yo hubiera podido…”.

Mi papá sabiamente decía que el “hubiera” es el tiempo pendejo.

Así que en lugar de concentrarme en los hubieras, me concentro en los “hay”.

Hoy por hoy vivo acá, en Francia. En la Bretaña. En un pueblo que ya aprendí a amar.

Hoy por hoy, aprendo. Que por cada ventaja siempre hay una desventaja y no por eso hay que doblar las manos y dejar de aprender, de luchar, de vivir.

Hoy por hoy, veo con otros ojos las realidades de ambos lados del Atlántico, sin un sentido fatalista, pero aprovechando lo que hay a mi alcance.

Me repito diariamente mi mantra para recordarme qué me hace feliz de vivir aquí (además del amor de mi bretón): la biblioteca pública, la piscina pública, mi doctora familiar, la secundaria de Manolo, vivir cerca del mar…

Y guardo en mi corazón el dolor por las diferencias, el respeto por las luchas de tantas personas, en sitios tan diferentes, por ser felices y disfrutar la vida.

Tres

Es curioso como los seres humanos medimos el tiempo: en el número de vueltas que la Tierra da alrededor del sol.

Pues bien, hace tres vueltas de este tipo que mis hijos y yo dejamos México para instalarnos en este rincón occidental de Francia.

Mis oídos aún no se acostumbran a escuchar francés día y noche. A pesar de ello, ya hay palabras de este idioma integradas en mi vocabulario mental. Cuando tomo un paquete de arroz o de pasta, todavía me sorprende ver los ingredientes escritos en francés. Pero ya soy capaz de mantener una conversación sin la ayuda de mi marido con extraños y amigos. Sí, ya tengo amigos franceses.

La sorpresa que me producen cosas tan simples como que amanezca a las 9 de la mañana en invierno o el sol se esconda a las 11 de la noche en pleno verano no se ha reducido en lo más mínimo. Vivir en otra latitud es magia y sigo agradecida con la vida por la oportunidad de descubrir este pequeño espacio verde del mundo.

¿Que si ya me acostumbré a la burocracia “à la française”? No, todavía no. La forma en que funciona, todo tan detallado, minucioso, elaborado, simplemente es complejo y duro de roer, incluso para los franceses. Pero ya memoricé (que no entendí…eso es otra cosa) los nombres extraños que los grados escolares poseen en Francia. ¿Que el primer grado de la educación secundaria se llama “sexto” y primero de primaria…CP (course preparatoire…)? Ya no lo reflexiono. Lo acepto y lo repito como perico, que es más fácil. Igual que mi año de nacimiento. A fuerza de repetirlo y repetirlo en francés, ya no pienso en la lógica extraña que los números tienen en este idioma.

Cuando llegué, traía de la mano dos niños pequeñitos que no hablaban francés. Hoy tengo un adolescente “collégien” que lleva excelentes calificaciones, mide más de 20 centímetros más que hace tres años y que disfruta su adolescencia, sus clases de esgrima y la cocina francesa. Hoy, tengo un niño de 9 años que ama tanto a la Bretaña que quiere aprender bretón. Ambos son felices, tienen amigos, conocen de memoria eventos de la historia local y hablan con tal fluidez ambos idiomas que puedo decir que son perfectamente bilingües. Y estamos aprendiendo a hablar alemán (Guten Tag!)

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Cuando llegué, no sabía a qué punto el ver los árboles de mi jardín llenarse de flores en primavera sería como renacer cada año después de los duros meses de frío y lluvias invernales.

Cuando llegué, no sabía cuánto se podía multiplicar la nostalgia cuando allá lejos en casa alguien que amas se va de forma definitiva y tú no estás para decir adiós.

Cuando llegué, amaba a mi bretón, pero hoy, hoy somos compañeros. Él me dio la mano mientras mi bretoncita adorada (que ya casi cumple sus 2 años) llegó a este mundo a iluminarnos con su sonrisa.

Cuando llegué, no sabía lo hermoso que sería escuchar con esa vocecita de bebé, algunas palabras en español, el idioma de mamá.

Hoy salgo de la mano de Manolo, mi hijo mayor, vemos el termómetro y si hace 0°C a medio día, decimos “no hace tanto frío”.

Cambio la ropa en los roperos al cambiar las estaciones.

Renuncié a usar paraguas…la lluvia bretona no es apta. Tengo un bonito impermeable, mucho más efectivo.

Hoy, todos los días por la mañana, me sigo repitiendo la lista de cosas que amo de este lugar, para que me ayuden a tolerar bien las que extraño tanto de mi pueblo allá en México. La piscina pública. La biblioteca. La calefacción en invierno. La facilidad de ser atendido por un médico cuando hace falta.

Ello no opaca que quiera escuchar el ruido de una máquina de hacer tortillas. O sentarme a la luz del atardecer en la cocina de mi tía y tomar un café con ella, acompañado de galletas marías. O escuchar la risa de mi hermana. Pero el resto, las cosas del diario, esas puedo no necesitarlas. Puedo vivir con lo que tengo acá, y ver su belleza. No tengo mangos, tengo frambuesas. No saben igual, pero ambos son deliciosos.

Todavía no aprendo a manejar: pero ya estoy tomando cartas en el asunto.

Sé que si volviera a México podría re adaptarme a la vida allá fácilmente.

Pero también sé que debería pasar algo muy fuerte para hacerme volver. Hoy por hoy, nuestra vida está aquí y seguimos aprendiendo a ser mexicanos en Francia. A no olvidar y a integrarnos al mismo tiempo. No es fácil, pero es posible.

Un brindis por estos tres, y a esperar lo que sigue.

 

Viajamos solas

Las cosas pasan y nosotros seguimos en movimiento.

En tanto nos mantenemos con vida, debemos continuar con este movimiento continuo y constante. Es parte del funcionamiento no sólo de la vida, sino de este universo, este mundo, este plano o como queramos definirlo.

Así que vestida de negro y con un agujero de dolor en el pecho, hice mi maleta y tomé a Emma, mi inquieta nena de 18 meses y viajé a México. Mis tres hombres (mi bretón y mis dos hijos mayores), se quedaron acá en Francia.

He leído muchísimos artículos, listas de consejos e ideas para viajar con un bebé.

En mi experiencia (limitada como es, ésta fue apenas mi segunda vez), lo único que realmente hace falta es mucha paciencia.

Paciencia no sólo con tu bebé. También con los empleados que NO son mamás y papás de un bebé que tiene que hacer un vuelo trasatlántico y estar encerrado 11 horas o más en un espacio diminuto.

Paciencia con las personas que atienden en migraciones, en la aduana, que tampoco acaban de pasar o están pasando por el estrés de viajar con un pequeñito.

Paciencia contigo mismo. No exigirte de más: es complicado y requiere más tiempo hacer las cosas si estás a cargo de un bebé. Está bien. No tienes que competir contra nadie.

Y si, paciencia y muchas explicaciones para el bebé. Cuando viajé con Emma y ella tenía 3 meses, fue sencillísimo. Ella durmió todo el vuelo, sin problemas.

Ahora fue más complejo.

Emma es una niña que empezó a caminar a los 10 meses. Tiene un control motor muy fino. Es curiosa, sube, baja, toma, toca, investiga. Así que estar atorada en un pequeño espacio por más de diez horas le suponía una tortura. Así que hice lo que siempre he hecho como mamá. No sé si es una locura o algo genial…es como yo funciono. Hablé con ella. Le expliqué que mamá estaba triste, que íbamos a viajar, que papá no iba con nosotras y que necesitaba que fuéramos un equipo. Y eso fuimos. Al final del viaje en avión Emma me miraba con una carita de tristeza increíble, pero nunca lloró. Ni gritó. Sólo pedía que nos moviéramos. O que le diera otro libro, otro juguete para ir pasando el tiempo.

Llegar allá fue difícil y cansado, pues mi familia no está de inmediato en la Ciudad de México, sino que hay que continuar el viaje.

Pero llegamos enteras y sin problemas.

A enfrentar el vacío que dejó mi tía al partir.

A visitar el cementerio.

A llenarnos de olores y colores, de sabores y texturas, no de “México” en general, sino de nuestro espacio, nuestras áreas, nuestra familia.

La vuelta fue diferente, pero Emma siguió portándose a la altura. En el aeropuerto de México no me permitieron pasar la carriola, que se embarcó como equipaje. Así que salimos del avión con maleta de mano y teniendo que caminar y hacer fila en migraciones, misma que Emma hizo sin quejarse, cargando su gatito de peluche que la acompañó todo el viaje. Complicado esperar 6 horas en el aeropuerto parisino hasta que saliera nuestro tren a la Bretaña, pero volvimos a llegar. A salvo, enteras, cansadas y con una maleta cargada de dulces tradicionales y recuerdos.

aeropuerto

¿Además de la paciencia qué más aconsejo, si cabe?

Viajar ligero. Entre menos se lleve, sobre todo en cabina, más fácil ocuparse del bebé. Una pañalera pequeña o mochila con los básicos y varios juguetes silenciosos que ayuden al bebé a pasar las horas.

Amor y paciencia, como en cualquier circunstancia.

¿Qué me dejó este micro viaje de luto a México?

Perspectiva.

Pero esa ya es otra historia…

Un muro de cristal

Qué risa me da la gente que juzga a los migrantes. No siento ni odio ni desprecio. Me parece que hablan desde la ignorancia.

Porque no saben. No conocen cómo es dejar todo detrás, por cualquier razón, e imagino desde mi experiencia personal que entre más duro lo que dejas, entre más difícil la situación que viven tus seres queridos que se quedan, la preocupación y la tristeza deben ser peores.

Porque yo dejé mi país por amor, para construir una vida al lado de un hombre que me ama. Y he aprendido a amar este rincón del mundo, y tengo a mi Emma, mi bretoncita hermosa que está por cumplir año y medio.

Y aun así, duele.

Y hoy, duele más que nunca.

Porque allá en México dejé dos tías hermosas. Las dos hermanas de mi madre que desde hace 20 años vienen siendo el apoyo incondicional en cada buena o mala decisión que haya tomado. Jamás he escuchado de sus labios un juicio, un “te lo dije”. Ahí estuvieron el día que murió mi hijo. Ahí estuvieron para mi en las noches oscuras del divorcio. Y me animaron a venir a Francia y a re crear mi vida.

Y hoy una de ellas ya no está.

Hace una semana aún estábamos al teléfono, puntuales como todos los lunes, hablando de Emma, del jardín que dio tomatillos verdes y chiles de todas variedades. Del sol. Del jugo de manzana y del jugo de uva.

Pero hoy ya no está a la cita.

Se me fue, cuando yo tengo un boleto estúpido de avión para ir en 2 semanas a México. Teníamos un compromiso, ella quería ver caminar a Emma. La soñó. Y yo, la sobrina a la que tanto ayudó, a la que le obsequió su casa (la que le heredó su mamá), estaba del otro lado del mundo cuando ella se despidió de esta vida. No sostuve su mano. Y no caminé al cementerio al lado de mi otra tía.

Y las palabras que siempre son mis amigas y me ayudan a darle salida a todo lo que siento, hoy se quedan cortas.

No me alcanzan para expresar el vacío que siento. Lo mucho que me duele que ya nunca voy a oir su voz.

Lo enorme que es su ausencia a pesar de no estar ahí viendo su cama, sus cosas, las fotos de mis hijos que estaban al lado de su cabecera.

Quiero aferrarme a cada recuerdo.

A su voz que amaba cantar. A sus manos que al final le fallaron por su artritis degenerativa, pero que pintaron, aprendieron carpintería, eran excelentes para cortar el pelo y además, tiernas con los pajaritos y las plantas.

A su generosidad. Ella fue más que mi hada madrina. Ella no me reprochó nada.

A sus manías chiquitas por las que se peleaba con mi otra tía, como pelar los chícharos o las uvas. O cómo le encantaba renegar en voz baja, porque no le gustaban las discusiones.

A su shampoo de aceite de oliva rebajado con agua para que no dañara su cabello.

Al cómo enseñó a comer a Antón sus galletas Marías remojadas en leche.

A la forma tan tierna en que me decía Charlaicita…

No quiero que se me escapen. Quiero asirlos con fuerza, porque sólo así siento que la tengo aún conmigo.

Y quiero que Emma la conozca. La vea y casi la toque gracias a mis recuerdos de ella.

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Sufrir por su ausencia tras el muro de cristal que representa esta distancia, este océano que me separa de su tumba.

Amarla y extrañarla estando acá, sabiendo que no pude traerla a ver la playa bretona. Que ya no va a ver a Manolo adolescente. Que ya no va a tocar a Antón, que la adora.

Llorar y sentir que no avanzo. Que no puedo empezar un duelo que normalmente inicia cuando vas al entierro de tu ser querido.

El vacío. Todo tiene remedio en la vida, menos la muerte, decía mi abuela. Eso. La muerte es la que más nos enseña de la vida.

Adiós verano

Mi madre vivió seis meses en Londres para estudiar inglés. La becó el periódico para el que trabajaba. Siempre que cuenta la historia de su paso por esa ciudad narra con humor el cómo los londinenses ante el menor aviso de sol, sacaban sus toallas y tomaban el sol aún en los parques urbanos. Hacían días de campo y corrían a los sitios al aire libre. Ahora que vivo en Europa me he dado cuenta de que a ella le da risa porque su paso por este continente fue efímero. Cuando los meses se acumulan y sigues viviendo en esta parte del mundo, aprendes a conocer los largos inviernos. Las noches que inician a las 6 de la tarde y terminan hasta las 9 de la mañana. Las lluvias continuas y constantes de noviembre a abril o mayo. Entonces, te enamoras del verano y sus días de sol.

Y no es sólo porque hay vacaciones largas y maravillosos días largos. Ver anochecer a las 10 y media de la noche es algo mágico. Es simplemente que el sol se hace presente de forma más frecuente y es posible salir más. Disfrutar cosas que sólo pueden vivirse a plenitud con tibieza en el aire y con luz solar. El mar siempre es bello, pero el ver el atardecer sin veinte abrigos y bufandas, pasadas las diez de la noche, es mágico. Y si, dan ganas ridículas de hacer días de campo, y de tomar una cerveza fría (en eso aún no me he afrancesado y no he caído enamorada del vino) en el jardín. Y julio y agosto se llenan de encuentros, comidas al aire libre y días de descanso. Todo eso hace cada vez más duro despedirse del verano.

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No tiene nada que ver con mi fobia personal hacia los días lluviosos. Es simplemente que conforme septiembre transcurre y los días se van haciendo más cortos, el viento sopla más frío y la temperatura desciende, hay muchas cosas que se guardan. Las tardes invitan menos a la convivencia y más a permanecer en casa, sólo en familia. No es malo. Es diferente.

A mi me gusta la luz del sol. Los días calurosos, las sandalias, las bebidas frescas y los helados a la orilla del río me hacen feliz.

Puedo imaginar por qué los antiguos habitantes de estas latitudes poblaron las noches de brujas y hombres lobo. Hay que quedarse, sin casi ninguna fuente de luz, esperando la luz por tantas horas. Lo oscuro invita a la imaginación, intimida e impone respeto.

Con el fin del verano llega la vuelta a clases y nuevos ciclos.

En nuestro caso, estamos descubriendo la secundaria “a la francesa”: el collège. Mi hijo mayor ya no es un niño y eso es emocionante.

Pero toda la emoción de los nuevos comienzos no me es suficiente. Quisiera que la tibieza del sol siguiera acompañándome mientras trabajo, como lo hace en los inviernos gélidos pero soleados del Altiplano Central de México. Ese toquecito de nostalgia me calienta el corazón, pero no iluminará mi escritorio con la maravillosa luminosidad del sol veraniego.

Adiós verano. Gracias por esos momentos maravillosos y hasta el año entrante.

Fin de cursos

Quien haya crecido en México, habrá vivido una fiesta de fin de cursos a todo lo amplio.

Cuando sales del kinder (educación preescolar), te verás ataviado de una toga y un birrete, cual si hubieras finalizado la universidad.

Al egresar de la primaria o la secundaria, es muy común que se baile un vals, que se haga una fiesta con trajes de noche… se festeja. Y cada fin de ciclo se festeja a lo grande.

Como alumna, bailé mi vals al salir de sexto año de primaria (hace ya algunos que otros ayeres), con un bonito vestido de blanco de noche en el que me sentía incómoda. Era un vestido de mujer y yo todavía tenía cuerpo de niña. Aún así, bailé y celebré con mis compañeros en un lindo y sencillo salón de fiestas capitalino.

Como mamá, participé de la organización de dos salidas de preescolar y tengo hermosas fotos de mis pequeños, antes de entrar a la primaria, disfrazaditos de pequeños graduados, con enormes sonrisas y abrazando con amor a mis tías.

Hoy es el último día de clases para Manolo en la primaria y acá en Francia…pues que no hay nada especial.

Por un lado, extraño la parafernalia festiva que impera en México al fin de cursos. Los globos metálicos, los arreglos florales, la decoración… extraño que se le dé una gran importancia a la finalización de cada ciclo.

Por otro lado, amo la sencillez francesa. Para empezar, es más económico todo. No hay reunión para planear la graduación, ni gastos exagerados. No hay vestidos ni trajes caros.

Sí hay una foto de clase, como todos los años. La fiesta o kermesse de la escuela, con canciones, stands de juegos y pistolas de agua.

Sí hay dinámicas de despedida al interior de la escuela e involucrando a quienes son los auténticos interesados: los niños que salen de la primaria.

Hay lágrimas, y despedidas.

Pero no habrá una escuela entera entonando “Las Golondrinas” y deseándole buena suerte a sus egresados.

Las grandes diferencias en la forma en que vivimos la vida cotidianamente se hacen evidentes en momentos así. Allá en México, quizá la vida es más azarosa y entonces nos aferramos a cualquier pretexto para festejar. Acá se “reservan” para los grandes momentos.

A primera vista podría parecer insípido. Pero hay calidez en la sencillez en la forma en que acá se viven las cosas.

Hoy Manuel hizo por última vez el camino a pie que tantas alegrías y lágrimas nos ha dado estos dos años y medio. Casi dos kilómetros de caminata que hemos hecho bajo el sol, la lluvia, el viento o el frío, riéndonos, cantando, pisando charcos congelados o viendo volarse y romperse nuestros paraguas. Solos los tres, o ahora con Emma.

E iba feliz, sin presiones extras de practicar un vals…sin mochila y con un juego de mesa en las manos.

Me gusta esta austeridad…total, la fiesta la haremos en casa esta noche. Que no todos los días tu hijo mayor se va a la secundaria.