Cambios

Hay periodos en la vida que son como versiones aceleradas de lo que cotidianamente es nuestro ir y venir en este mundo. Como si todo se concentrara y pasaran muchas cosas a la vez. Mi segundo año en Francia fue así. Terminamos de construir nuestra casa y empezamos a vivir en ella. Nació mi Emma, mi chiquita bretona. Tuvimos la posibilidad de ir a México juntos, los cinco.

Después, las cosas se “tranquilizaron”. Mis muchachos siguieron avanzando en la escuela, yo seguí con mi trabajo como freelance para una empresa española, mi hija crecía. Obviamente que hubo sobresaltos, cosas extraordinarias tanto bellas como horribles (sobre todo el deceso de mi tía), pero en general, las cosas fluían.

Este año no ha sido así. Muchas cosas que pusimos en movimiento hace tiempo empezaron a sentirse reales y de pronto pasaron muchas cosas.

Empezamos el año con la declaración de la nacionalidad francesa. Un papelito simple que llegó en enero por correo, avisándonos que los tres (mis dos hijos mayores y yo), ya podíamos considerarnos legalmente franco-mexicanos.

De ahí vino la escalada de papeleo para tramitar cédulas de identidad y pasaportes franceses para los tres. Cambiar documentos a diestra y siniestra en los que yo estaba inscrita como extranjera. Burocracia.

Después vino la cirugía de Manolo, mi hijo mayor. Mis hijos normalmente son muy sanos, pero de pronto una hernia, papeles, hospitalización, cirugía. A pesar de que fue algo sencillo, una cirugía en la familia se vive como algo muy intenso. Esa enfermedad me permitió, además, poder descubrir hasta qué punto es interesante tener una cobertura médico-social que funciona. No voy a decir que el sistema de seguridad social francés es perfecto, pero es mil veces más tranquilizante y utilizable que lo que una familia de no muchos recursos tiene en México.

Entonces, gracias a una serie de afortunadas coincidencias y peros burocráticos, tuve una conversación interesante y sanadora con una hermosa persona. La traductora que ha traducido todos mis papeles (desde hace seis años cuando me casé), me preguntó cuál era mi proyecto profesional. Yo estaba ya muy cansada del trabajo freelance. El estrés de trabajar sin tener una certeza laboral, sin saber si la semana entrante aún tendría trabajo, aunado a que el pago estaba muy por debajo del estándar francés y europeo, me tenía realmente agotada.

Y desde hacía tiempo maduraba la idea de regresar a la docencia. Mis años como profesora de inglés fueron geniales. Si bien las condiciones laborales allá en México, como profesora en una escuela particular, tampoco eran maravillosas, el hecho de trabajar con adolescentes es algo que me hace sentir que hago algo. Que mi trabajo sirve para ayudar, para construir socialmente. Y como las instituciones escolares de las que mis hijos han formado parte aquí en Francia me han dejado un excelente sabor de boca por su inclusividad y trabajo de integración de alumnos con orígenes muy diferentes, estaba decidida a dar el paso y volver a intentar trabajar como profesora. Así se lo comenté a la señora traductora. Y ella me respondió que por qué no lo intentaba en la universidad. Que ella había trabajado más de veinte años en una universidad privada no lejos de mi casa y que ahí siempre estaban ávidos de contratar hispanoparlantes para dar clases de español.

Así que actualicé mi Currículum Vitae, y lo llevé, cobijado con una carta de recomendación de la traductora. Y oh sorpresa, apenas una semana después me llamaron para que cumpliera con un reemplazo urgente de dos meses.

Y heme ahí, dando clases en la universidad.

Y me di cuenta que quizá era el momento de dejar mi trabajo freelance, que si bien me había dado muchas satisfacciones y aprendizajes, me estaba agotando y ocupando mi tiempo y mi mente.

Gracias al tiempo que gané (aunque extrañando los recursos económicos que perdí al renunciar), me concentré a tiempo completo en aprender a manejar.

Todavía no pasé el examen de manejo, pero remonté mis reticencias y ahora estoy siguiendo un programa de “manejo supervisado” con mi marido, después de haber aprendido (con mucho trabajo y paciencia) a controlar la palanca de velocidades y a manejar.

Esta reestructuración de mi tiempo, me permitió concentrarme en seguir buscando opciones laborales, en construir un proyecto profesional, en darme tiempo para pensar en lo que yo quiero hacer con mi vida.

Afortunadamente, todo salió bien con el reemplazo y ahora en septiembre tendré 4 grupos (uno de inglés y 3 de español) en la Universidad.

Y seguiré buscando cómo acomodar mejor mi vida laboral, para tener un sueldo decente y que mi familia disfrute una vida más tranquila.

Además en mayo, Manuel (mi hijo mayor), se fue a hacer un intercambio a Alemania. Lo vi tomar un avión él solo, y enfrentar la vida en otro país. Las cosas no salieron de la mejor forma, y el chico alemán no quiso pasar su tiempo acá como correspondía. Pero Manolo pasó un mes y medio de aprendizajes y retos en Alemania, y volvió a casa mucho más grande y maduro.

Mis hijos crecen.

Yo encuentro poco a poco un lugar para mí en este lugar tan lejos de mi hogar.

Mi proyecto en Francia ya no es sólo la hermosa familia recompuesta que fabrico día a día junto a mi amado bretón.

Cambios.

Que sigan llegando.

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Una lista

En esta especie de diario electrónico de mi vida como migrante mexicana en Francia, muchas veces escribo sobre cosas “profundas”, sobre diferencias y semejanzas de la vida entre mi país de origen y el país en el que vivo hoy en día.

Hoy tengo más bien ganas de escribir sobre las cosas más simples. Esas cosas que me encantan de mi día a día en mi pueblito de la Bretaña francesa y que me ayudan a convencerme, todas las mañanas, de que no haga mis maletitas y me eche a correr de regreso pa’ mi cerro.

Tengo una especie de mantra, una lista que me repito y me repito, diciéndome que si bien existe esa otra lista de cosas que extraño hasta que duele, está esta lista, la de cosas chiquitas que hacen de mi cotidianidad algo agradable y divertido.

  1. Amo vivir cerca de los árboles, del verde, los bosques y la naturaleza. La Bretaña no es la región más densamente poblada de Francia, y acá en el sur de la península bretona, aún menos. Nuestras “ciudades” no son enormes, y si a eso le sumamos la humedad del ambiente, eso da como resultado amplios espacios verdes que se extienden por todas partes. Nunca había disfrutado tanto de caminar a la sombra de los árboles. Ahora hasta reconozco los robles, los castaños y los avellanos. Quién diría.
  2. El mar, el mar, el mar. Yo crecí lejos de la playa, de ríos caudalosos, vaya, el único lago que tenía cerca era el de Chapultepec. Visitar el mar en todo momento del año es un placer.
  3. El agua. Más allá de las discusiones sobre si tiene algún u otro químico, el agua por acá es realmente potable. ¿Tienes sed? Toma tu vaso y llénalo directamente de la llave. Un privilegio absoluto.
  4. Mi tetera eléctrica. Yo que crecí con mi café soluble en la cocina de mi abuela, amo la idea de la tetera eléctrica. No tengo que usar la estufa para calentar mi agua y poder tomar mi cafecito mañanero o mi té de la tarde. Quiero exportar a México y que todo mundo comparta mi amor por este sencillo electrodoméstico.
  5. El aislamiento térmico. Cada vez que en verano me quejo del calor, la gente me dice “pero en México hace más calor”… pues sí, pero no en los alrededores de Pachuca. Mi pueblo hidalguense es más bien frío, el viento sopla todo el año. Los inviernos son fríos con ganas. En mi casita hacía tanto frío en enero que veíamos nuestro vaho mientras cenábamos. Mi tía y yo habíamos puesto una especie de carpa con cobijas sobre las camas de los niños para que no durmieran respirando ese aire helado. Acá no sólo es común tener calefacción, sino que en años recientes, se ha hecho obligatorio y cada vez más común el aislamiento térmico de las casas. Así que tienes casas mucho más cálidas en invierno y frescas en verano sin gastar mucho en calefacción o ventilación. Otro privilegio.
  6. Mi regadera. La amo. Sobre todo la llave, es una cosa tan simple, te indica la temperatura a la que quieres el agua, así no hay ese paso de “calor infernal” a “frío glacial”. Unos segundos y el agua está lista. Rica. Para mí eso es muchísimo más que un lujo.
  7. Que a mi hija que tiene 4 años, no le dejen tarea en la escuela. Y que no me pidan diario que le haga dibujos, maquetas, títeres, etcétera. Perdón, pero las manualidades no son lo mío.
  8. Que la gente esté acostumbrada a respetar los pasos peatonales. Mi salvaje interna me pide que cruce la calle “a valor mexicano”, pero me adapto y me parece que si se respetara aún más, habría todavía más seguridad vial.
  9. Las frutas rojas. Antes de venir a Francia, jamás había probado una grosella fresca o una frambuesa. Vaya, ni una cereza. ¡Y son tan ricas!
  10. Tomar conciencia sobre las estaciones y los productos que corresponden a cada una. Sólo como jitomates y pepinos en verano. Y fresas en junio. Y paso los largos meses de invierno comiendo poros y coles. Y estoy contenta. Mi forma de cocinar ha evolucionado y me siento feliz de comprar mis verduras locales y gustosas. Un poquito como cuando compraba los quelites juntados del cerro en el tianguis de mi pueblo. Lo local es más sabroso.

¿Son cosas muy bobas? Quizás. Pero están justo abajito de “mis hijos son felices” y “mi marido y mi hija son franceses”, en mi lista de cosas que me hacen quedarme aquí todos los días, más allá de que México y mi pueblito hidalguense y mi caótica Ciudad de México viven en mi corazón.

Al fin y al cabo, es la cotidianidad lo que construye nuestra vida. Dicho lo anterior, voy a preparar unos ejotitos con huevo. Platillo que acá es desconocido y que forma parte de mis menús más repetidos.

Cuerpo

Hay muchas cosas que cambian cuando te vas tan, tan lejos de tu lugar de origen como lo hice yo. Y por absurdo que parezca, incluso la imagen que uno puede tener de sí mismo, cambia.

Porque así como vivo rodeada de gente que habla francés de forma natural, sin “acento exótico” y para quienes mi forma de hablar es graciosa y siempre es motivo de que me pregunten de dónde vengo y de dónde salí, también es verdad que vivo rodeada de mujeres que tienen una fisonomía muy distinta a la mía.

Y eso que en México tampoco me sentía muy estándar.

Soy alta, aunque no demasiado. Mido 1,71 m. Y soy gorda.

No mórbidamente obesa, pero sí tengo mis 20 kg de sobrepeso.

No he sido flaca desde que tenía 7 años.

En la adolescencia fui mucho más gorda que ahora.

Además, no sólo soy gorda sino, grande. Tengo manos grandes, brazos fuertes, espalda ancha. Tengo unas tetas grandes que no han hecho sino crecer hijo tras hijo, así que soy copa D.

Tengo una cara redonda y una nariz igualmente ancha y redondita.

Y un pelo oscuro y unas cejas tupidas, que acá no tienen nada que ver con cómo se ven las mujeres “estándar”.

Tener panza y a la vez, tener un buen trasero, no corresponde con las dimensiones que normalmente tienen los cuerpos por acá.

Comprar brasier (sostén) es caro cuando estás grande como estoy yo.

Y entonces, mi propia mirada sobre mi cuerpo ha cambiado.

He tenido que pelear mucho para hacer las paces con mi cuerpo, otra vez.

Para darle las gracias por el simple hecho de estar sano y ser funcional y por haber sido cómplice mío en la aventura más loca que he emprendido: ser mamá.

La gente asume por default que porque eres gorda estás enferma, o que cualquier cosa que te pasa tiene que ver con tu peso.

Sorpresa. No tengo colesterol alto, ni azúcar, ni presión arterial alta. Y hago actividad física. Desde hace año y medio practico karate de forma regular y me hace muy, muy feliz.

Me encanta caminar, mi barrio es precioso y he encontrado rutas de 2, 4 y 6 km para caminar al borde de los árboles.

Como bien, equilibrado, sin forzosamente hacer “dieta”, pero procurando medirme en todo, pero permitiéndome disfrutar una rica crepa o unos tacos cuando me sacudo la pereza y cocino “a la mexicana”.

Pero no he logrado encontrar esa paz que yo había encontrado en relación a mi cuerpo antes de vivir en Francia.

Hay tantas mujeres delgadas, altas, estilizadas y con cabello bien acomodado por acá.

Y una con su cuerpo sin cintura, tetas grandes, panza y brazos de tamalera.

Quiero tener una mirada más positiva hacia mi cuerpo, el que ha hecho tantas cosas conmigo.

Quiero seguirlo cuidando para que siga sano cuando Emma, mi chiquita de 4 años tenga mi edad, y así podamos seguir divirtiéndonos juntas.

Y quiero dejar de sentirme incómoda cuando la gente me mira o me toman fotos en que se ve mi panza, o mi papada, o mis ojos desiguales.

Quiero hacer las paces conmigo misma, aunque mi cuerpo y mi cara sean tan diferentes a los cuerpos y las caras que veo por aquí.

Paso a paso, igual que algún día voy a encontrar la comodidad al hablar en francés. Y algún día encontraré mi lugar laboral acá. Y algún día (espero ese sea mucho más pronto) podré manejar mi coche por las rutas bretonas.

Edad

México, 1997.

Empecé mis estudios en la Universidad.

Había muchos factores. El primero era que yo quería estudiar cine en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos y tenía que estudiar muchísimo para lograrlo. El segundo es que no había mucho dinero en casa, y me convenía trabajar para ayudarme con los gastos de la universidad. Así que ingresé directamente al Sistema Abierto de la UNAM. En este sistema, sólo tienes clases presenciales los sábados. Y mucha, mucha tarea de investigación. Mucho aprendizaje autodidacta.

Evidentemente, tuve compañeros de edades muy diversas y no sólo jóvenes de 18 años recién egresados del bachillerato. Gente con perfiles académicos diversos y variados. Era riquísimo en términos de aprendizaje. Tuve compañeros que estudiaban su segunda carrera. Compañeras que tenían hijos ya en la universidad. Personas que estudiaban porque su empleo de 20 o 30 años les exigía el título.

Y jamás escuché a un profesor decirles que no podían aprender “porque estaban viejos”.

México, 2007.

Cuando vivía en mi pueblo hidalguense, trabajé para el Instituto Nacional de Educación para los Adultos y tuve la delicia de enseñarles a leer a señoras de más de 70 años de edad. Fue un placer. Era diferente, claro, que enseñarle a leer a mis hijos a los 3-4 años de edad, pero no les era particularmente difícil. Lo más complejo para ellas era superar la pena de no haber aprendido antes. Una vez pasada esa etapa, avanzaban con una motivación increíble. No recuerdo momento más emocionante que ver a una señora de 72 años escribir por primera vez su nombre.

Bretaña francesa, 2019.

Estoy aprendiendo a manejar. Con mucho esfuerzo estudié sola (en mis ratos libres entre trabajo e hijos) el reglamento de tránsito y tras un par de pifias, pasé mi examen teórico. Y ahora estoy haciendo mi aprendizaje práctico. Horas y horas con una instructora de manejo para poder dosificar el frenado, respetar fielmente la prioridad a la derecha y las distancias entre automóviles dependiendo la velocidad máxima de la carretera en que circules.

Y lo primero que me dijo mi instructora es que estaba en el límite de edad. Que cinco años después, me habría resultado imposible aprender a manejar en un coche manual. Que habría sido (y con suerte) un automático. Porque con la edad no aprende uno igual.

Ayer en mi clase de karate, me costó trabajo repetir fielmente la quinta kata. Y cuando me doblan la apuesta y tengo que hacer dos defensas y contraataques diferentes por cada ataque, me resulta difícil. Y un compañero (unos cinco años mayor que yo, cinta negra) me dice las fatídicas palabras: “es normal, a tu edad ya cuesta más trabajo aprender”.

No estoy diciendo aquí que “los cuarenta son los nuevos veinte”. O que yo tenga la vitalidad y energía que tenía hace 20 años. Si hay alguien que sabe cuánto ha cambiado mi vida desde entonces, esa soy yo.

Si alguien sabe que ya no pude hacerle “caballito” a Emma en el 2015 como le hice a Manolo en el 2005, soy yo.

Pero también sé que llegué a este país hace 5 años sin haber estudiado formalmente francés desde el bachillerato (y eso eran clases de comprensión de textos en francés, no de francés en serio), y que ahora soy capaz de redactar mails formales y comunicarme oralmente y por escrito en este idioma. No hablo francés de forma perfecta. Pero el hecho de no ser francófona experta no es ningún obstáculo en mi vida cotidiana.

Y ya tenía 35 años cuando llegué.

“Joven”, ya no era.

Y aprendí a vivir con otros códigos y con otras reglas.

Y no morí en el intento.

De hecho, sigo aprendiendo. Creo que ya “casi” aprendí cómo saludar con los rígidos códigos franceses.

Ya nunca me atravieso la calle fuera del paso peatonal (aunque la caótica mexicana dentro de mí grita intensamente que lo haga).

Lleno correctamente formularios y papeles.

Me integré a la vida asociativa.

Y no, no soy joven.

Ya no soy la Carla loca que se fue a los 19 años a Argentina y se casó. La que abandonó los estudios y tuvo que retomarlos después con una carga inmensamente mayor de responsabilidades y una precariedad financiera impresionante.

Ahora soy la mamá de dos adolescentes y una nena de casi cuatro años. Llevo ya nueve años en una relación mucho más madura y sana con mi bretón de lo que la Carla joven jamás tuvo con el papá de sus primeros hijos.

Caray, hasta aprendí a llevarme bien con mi suegra.

Entonces, estudios neurológicos aparte, creo que la Carla cuarentona puede y va a aprender a pasar las velocidades con una palanca.

Y caramba, lléveme la fregada si no me aprendo la quinta, la sexta y la séptima kata, porque quiero ser cinta negra antes de los cincuenta.

 

El kínder

Allá en México en mi pueblo, la casa de mi familia (la que compró mi abuela con mucho trabajo propio y de sus hijos) está frente a un “jardín de niños”. Así que cuando mi hijo mayor, Manolo, tenía 4 años, fue a esa pequeña escuelita pública a la que ingresó. Manolo nació en noviembre, pero debió haber nacido en enero. Así que el año en que cumplió 4, su papá lo vio “muy chiquito” y no quiso que lo inscribiéramos a la escuela, de tal forma que sólo hizo un año de educación prescolar.

Y ni siquiera pudo hacerlo en la misma escuela. Yo entré a trabajar a una de las escuelas privadas de mi pueblo, me separé del papá de mis hijos mayores y mi vida dio un giro bastante pronunciado. Así que en noviembre, antes de que cumpliera los 5 años, Manolo ya estaba en otro salón, con otros niños, tratando de adaptarse y aprender.

Ese mismo ciclo escolar pero ligeramente más tarde, tuve que inscribir también a mi otro hijo, Antón, de sólo 2 años de edad.

No puedo quejarme en sí de la escuela. Como madre divorciada y sola, y para no abusar de mi tía que ya estaba suficientemente ocupada cuidando de su hermana enferma, esa escuela particular fue la única opción de cuidado para mi bebé dosañero que tuve en ese momento.

El que Antón estuviera ahí me permitió trabajar y nos dio la oportunidad de salir adelante en términos económicos en un periodo muy difícil para los tres. Ahí en la escuela conocí a la psicóloga que nos sacó adelante a Manolo y a mí tras la separación. Y ahí estábamos los tres “seguros” en un ambiente cerrado y nuestro, cuando nuestra vida empezaba a rearmarse pieza por pieza.

La cuestión es que ahora mi Emma también va a la escuela. Empezó su “école maternelle”, como le dicen a la educación prescolar acá en Francia, en septiembre del año pasado. Tenía tres años y medio. Y en mi experiencia, fue la mejor edad para que iniciara este proceso. Ni los casi cinco de Manolo, ni los apenas dos de Antón combinaron tan bien con una primera experiencia escolar como los tres y medio justos de Emma.

Y lo que me resultó sorprendente es cómo el sistema escolar francés está pensado para permitir que las mamás (y papás, obvio), trabajen.

Cada escuela tiene una guardería integrada, así que puedes dejar a tus pequeños desde las 7:30 de la mañana si es necesario por tus horarios laborales, y recogerlos hasta las seis de la tarde o incluso un poco más, dependiendo de las escuelas.

Yo, por fortuna, no tuve necesidad de dejar a Emma tanto rato y desde un principio. De hecho, hicimos una adaptación suave y agradable a la escuela. Empezó yendo sólo las mañanas lunes, martes, jueves y viernes (porque en mi municipio, como en la gran mayoría de municipios franceses, no hay clases los miércoles). Después empezó a quedarse a comer los lunes. Después, lunes y viernes.

Desde enero, se queda los 4 días completos: de 8:20 a 4:30. Y está feliz. Los niños de 3 y 4 años duermen siesta después de la comida de medio día, y ella sabe en la “sala de fiesta” (sic, parece que para mi hija dormir es una fiesta), cuál es su camita.

Para los papás que trabajan los miércoles, el municipio tiene una guardería con los mismos horarios que tienen las escuelas los otros días de la semana. La inscripción es muy sencilla. En este punto cabe recordar que vivo en un municipio de apenas 6 mil habitantes y que las personas que viven en las grandes ciudades francesas no lo tienen tan fácil en términos de acceso a la guardería.

La idea del prescolar eso sí, es muy diferente.

En México, se compra una lista de útiles enorme, con rompecabezas, pinturas, plastilina, masa para modelar, cuadernos y crayolas.

Acá, yo no compro nada. Lo único que Emma llevó el primer día de clases fue su mochilita con una muda de ropa.

En México había tareas para los pequeños desde los 3 años. Escribir, copiar, dibujar. Y para los papás… maquetas, dibujos, terrariums, títeres y un larguísimo etcétera.

Acá no hay nada. Una vez cada dos meses recibimos un bonito engargolado con fotos y explicaciones de lo que han trabajado en clases y tenemos que “colaborar” pegando una foto, o un boleto de cine, una postal…algo que hable de lo que la familia hizo para que el pequeño pueda compartirlo en clases.

No es perfecto el sistema francés. No creo que haya sistema perfecto.

Pero me gusta más esta idea de aprender despacito y jugando que la presión que los pequeños tienen en México por entrar leyendo a la primaria.

Además, Emma está inscrita en una escuela pública pequeñita (casi rural) en la que en total hay 4 grupos, de Kínder I como diríamos en México, a quinto de primaria.

Todos los grupos son mixtos, hay niños de diversas edades conviviendo y aprendiendo juntos.

Y el hecho de que ella se haya adaptado tan bien y contenta a su vida en la escuela, me ha permitido explorar otras áreas de mi vida, buscar trabajo fuera de casa, meterme de lleno a las clases de manejo.

Me doy cuenta que no sólo cambié de país, sino de situación.

Emma tiene dos hermanos mayores dispuestos a cuidarla siempre. Y un papá presente y cariñoso, que tiene un trabajo duro pero con un horario que le permite estar siempre a la hora de la salida para buscar a su pequeñita.

Entonces, además del sesgo que siempre impone el hecho de que estoy comparando mi experiencia como mamá en México y mi experiencia como mamá en Francia (mi Francia), también está el lente diferente a través del cual veo las cosas.

Pero de que agradezco que no pasaré tres años trabajando toda la mañana para coser títeres a la noche, eso que ni qué. En ese sentido, gracias enormes sistema francés.

Balance general

Hace exactamente cinco años cerramos las maletas. Con muchísimo trabajo, pusimos en tres maletas de menos de 23 kilos (aunque en realidad venían medio pasadas de peso), toda nuestra vida. La mayor parte de esos kilos estaban ocupados con juguetes. Yo quería que mis niños (que tenían 6 y 9 años) reprodujeran su mundo, sus sensaciones y sus emociones.

No quería que la transición México-Francia fuera todavía más violenta de lo que sería por definición.

Cambiamos de país, de idioma, de clima, de costumbres.

Abandonamos familia y cosas ricas.

Y empezamos de nuevo.

Cinco años después, sería hipócrita decir que no ha habido días en que me he arrepentido o cuestionado enormemente la decisión.

El día en que del otro lado del océano mi tía se fue de este mundo y yo no pude estar con ella. Y mientras me senté a contemplar el reloj mientras el resto de mi familia estaba en el entierro y yo no.

Perdí muchas cosas. Perdí momentos en compañía de la gente que quiero. Cuando me vine, mi sobrinito era apenas más que un bebé. Hoy está en segundo año de primaria. No lo he visto transformarse en un niño y no lo veré transformarse en un muchacho.

No desayuno frijoles con huevo en la soleada cocina de mi tía compartiendo plática y café con canela.

No tengo el sol de invierno que me caliente a medio día.

Ni vivo rodeada de un montón de gente que si bien ni es toda buena ni divertida, habla más o menos como yo y jamás pregunta de dónde vengo.

¿Gané cosas?

Si, también. Gané un trilingüismo que se fortalece.

Gané una relación con un bretón amoroso, que si bien no puedo decir que todo el tiempo ha sido como caminar sobre rosas, es algo que me era completamente desconocido. El ver sus ojos honestos que me dicen que quiere que yo sea feliz, todavía después de estos cinco años en que he llorado tanto por lo que extraño, por lo que me falta, por lo que me exijo. Eso no tiene precio.

Gané ver a mis hijos hacerse enormemente fuertes. Aprendieron a escribir en la cuadrícula diferente de los cuadernos franceses, y el código de color de las evaluaciones, a redactar y leer en francés. Y no han olvidado su español. Acá en casa hablamos diario y siempre en ese idioma que es como nuestra casa privada.

Gané construir una casa, una que vi crecer desde la semillita. Vi los cimientos, decidí el lugar en que iba a estar mi escritorio. Vine a recibir las llaves el día que terminó la obra.

Y soy yo la que ha ido eligiendo cada mueble, cada detalle en esta casa. Este mini-México con jarritos de barro y calaveras por todas partes, es mi hogar.

Gané descubrir muchísimas cosas de mí misma simplemente por el hecho de re-aprender códigos sociales tan simples como aprender a saludar, a despedirme, a cruzar las calles por el paso peatonal…

Y gané a Emma. Las noches en que todo parece negro, en que siento que nunca voy a entender cómo se hacen las cosas “a la francesa”, Emma viene y juega conmigo, me pide que le cante canciones en español y acaricia mis mejillas. Ella es como esta vida nueva representada en una cabeza llena de cabellos ondulados. Ella es bretona y francesa, y le gusta comer mantequilla con sus manitas. Ella es mitad mexicana y le gusta rasparse el guacamole que queda en el molcajete. Ella canta canciones de Cri-crí y canta con su papá las “comptines” tradicionales francesas.

Ella unió nuestra familia, porque tiene un apellido en común con todos los que vivimos en esta casa.

Y vino a ser la traducción física de lo que el paso que di hace cinco años hizo con nosotros, los tres que llegamos y el bretón que nos recibió.

Nos cambió a todos un poco. Nuestro hogar es bretón, francés, mexicano. Nuestra vida no es fácil, porque combinar distintas culturas no lo es. Porque en el fondo, todos somos un poco herméticos y chauvinistas y es difícil dar nuestro brazo a torcer. Pero cuando estamos juntos los cinco, y nos reímos de las bromas adolescentes de mi Manolo que acá dejó de ser niño, o cuando charlamos de libros que hemos leído en diferentes idiomas, o cuando nos enojamos porque aún después de 5 años la comunicación no fluye como si compartiéramos idioma materno y códigos culturales, pero después de llorar y frustrarnos seguimos juntos… entonces trago lo amargo y sigo.

Quiero seguir aprendiendo.

Ya sé que mi vida acá siempre será una vida de extranjera. Y que toda la vida la gente me preguntará de dónde viene mi acento. Y que porto en mi cara las señas que dicen que no soy local. Pero quiero aprender más detalles, más historia, más cultura. No quiero parar de aprender. Como Emma. Como mis muchachos. Como mi bretón que ahora come más picante que yo. Si hay algo que me dejan estos cinco años de crepas, mar, lluvia, viento, viajes, aviones, especias escondidas en las maletas, reencuentros y despedidas, saludos torpes, amistades truncas, escuela, idiomas y trámites burocráticos, es eso: aprendizajes. Y estos aprendizajes, los viejos y los que vendrán, son mi brújula para no perderme en este mar de la vida entre dos culturas.

Sobre horarios y costumbres

Cuando cambias de país de residencia, hay muchas cosas que crees que representarán el mayor obstáculo a tu adaptación: el idioma, la búsqueda de empleo, desenvolverte económicamente en un sitio en el que no juegas de local.

Quizá.

No estoy negando estas complicaciones, ni las derivadas de la burocracia (tener siempre los papeles en regla es un vía crucis independiente de todo lo demás).

Pero hay todo un montón de pequeños ajustes a hacer en la vida diaria que son a la larga, los que más pesan.

Parece absurdo que sea más difícil acostumbrarse a no desayunar huevos revueltos con frijoles, que a hablar un idioma diferente en todas las interacciones que realizas fuera de tu casa. Que sea más duro cambiar tus horarios de comida que preparar un Curriculum Vitae pensado en un mercado laboral que no es el tuyo.

Yo extraño mil pequeños detalles que disparan recuerdos y emociones en mi día a día que ya está entrelazado con los “usos y costumbres” francesas, y más específicamente, bretonas.

Extraño tener chícharos frescos todo el año. Mis hijos mayores crecieron siendo ellos los que pelaban los chícharos para su ensalada rusa. Me acuerdo que tenía yo uno de esos dosificadores de medicamento infantil guardado y reservado para los chícharos recién pelados. De ahí los echábamos a hervir.

Extraño los mangos en primavera. Y el tamaño de las sandías. Y de los melones.

Extraño el ruido de la máquina de las tortillas. Y extraño el bullicio en el que se vive en México. Sales de tu casa y escuchas ruido. El camión del gas, un fino y refinado claxonazo que entona el tema de “El Padrino”, te saluda el barrendero y entras a la tiendita y hay gente esperando y charlando entre ellos.

Todavía me parece increíble vivir en un pueblo de aproximadamente las mismas dimensiones que mi pueblito hidalguense en el que no haya banquetas para caminar.

Extraño comer a las 2-3 de la tarde y no tener que cocinar para la cena, porque un pan dulce y un café con leche eran suficientes.

Extraño decir la hora en formato de 12 horas (porque al decirlo en formato de 24 todavía tengo la sensación de hablar de física cuántica).

Y al extrañar todo eso, pienso y pienso. Pienso en el reloj de pulsera que mi tía me regaló y que no tiene pila. Y acá hasta encontrar un relojero es complicado (y caro). Y acabo pensando en mi tía y en cuánto me hace falta.

Y pienso. Pienso en mi propia abuela paterna, que llegó a México desde el País Vasco español con más o menos la misma edad con la que mi Antón llegó acá a Francia.

Y Antón extraña los tacos y los helados de la plaza. ¿Qué extrañaba mi abuela? ¿Que singularidades y productos del País Vasco disparaban su memoria? ¿Y cuándo dejaría de extrañar? ¿Cuando todos sus hijos ya eran padres de familia? ¿Cuando se quedó viuda? ¿Cuando murieron sus padres y su vínculo con la tierra de origen?

¿Cuándo termina esta sensación de no estar en ningún lado y a la vez, en dos?

¿Se hereda?

Ojo que no hablo de un malestar cotidiano. Soy feliz con mi vida acá. Tanto como puede uno ser siendo eternamente el “de fuera”. Mis hijos están bien. Pero esa picazón, la nostalgia que se dispara con las cosas más absurdas (¿por qué no hay sopa de municiones?) esa hay días que siento que se intensifica con el paso del tiempo.

En Francés le dicen “le mal du pays“.

Pero de alguna forma, esas palabras todavía no me permiten atrapar ese extrañar cosas del diario que vive conmigo en mi cotidianidad de emigrante.

Francia, México y Uruguay

En la memoria de mis hijos, que llegaron de 6 y 9 años a vivir a Francia, México es un lugar lleno de buenos recuerdos y emociones hermosas, la mayor parte de ellas, ligadas al amor que les dieron mis dos tías tan queridas.

Sobre todo mi hijo mayor, que entró a la escuela tarde (sólo hizo un año de prescolar), pasó sus primeros años rodeado del amor de esas dos mujeres que si bien no tuvieron hijos propios, supieron darnos mucho a todas sus sobrinas y siguieron dando con los sobrinos-nietos. Los picnics con naranjas en el patio de la casa, cantando “Cielito Lindo”, son un espacio dorado en los recuerdos de mis hijos.

Para ellos, México también soy yo. Yo y mi cocina mixta, mis frijoles refritos, mis ejotes con huevo. Yo y mi amor por los nopales, mi forma de hablar español, mis historias y mis cuentos.

Pero son niños (¿muchachos?) con mucha suerte. Y de eso me di cuenta de forma muy evidente gracias al mundial de futbol. Yo había “perdido” el gusto por el futbol después de un doloroso divorcio, puesto que con el padre de mis hijos yo había disfrutado de ver numerosísimos partidos. Pero el futbol, en mi corazón, es de otro hombre que llegó mucho antes a mi vida: mi papá. Él fue jugador de futbol, periodista deportivo, y pocas cosas amó más en su vida que el deporte más popular del mundo.

Y a falta de hijos hombres…a mí me decía “Charly”, me sentaba en sus piernas y me explicaba cómo funcionaba el fuera de lugar.

Este verano, de la mano de la nostalgia de mis hijos por ese México de su pequeña infancia, sentados viendo el partido de la selección mexicana ante Alemania, me sentí nuevamente al lado de don Carlos, mi papá. Lo escuché narrándome el único campeonato del Atlas de Guadalajara en su historia, y el porqué era el equipo ideal para que yo me hiciera su seguidora. Y respiré aliviada, fue como curar una herida, una que tardó 10 años en sanar. Ese divorcio tan difícil parece que al fin está cicatrizando en mi corazón.

Pero estos muchachos míos no tienen sólo ojos para México. A pesar de que su papá vive tan lejos, ellos mantienen contacto con él. Y no solamente eso, yo misma he hecho un esfuerzo y les hablo de Uruguay, la tierra de su abuela paterna, un país que yo conocí hace casi 20 años y que me dejó la mejor de las impresiones. Fue el lugar en que no me sentí señalada por ser extranjera: me sentí bienvenida. Ni siquiera el divorcio pudo teñir de un color oscuro mis recuerdos de Uruguay. Al lado de mi escritorio, aún tengo un porta-lápices labrado a mano que compré en Colonia, muy cerca del Río de la Plata y de Montevideo.

Así que mis hijos, con ese amor charrúa en las venas, también vibraron (y sufrieron) con el paso de la celeste por el mundial. El futbol me abrió la ventana para hablarles más de ese lugar tan hermoso en el que también tienen raíces. Ellos nacieron en México, pero no son 100% mexicanos, y eso es una riqueza.

Y finalmente, hay otro espacio enorme en su corazón para este lugar en el que ahora formamos una familia. Hay un bretón, que es francés por supuesto, que les dio todo su corazón desde la primera vez que se vieron. Él los ama como si él los hubiera engendrado, él los cuida cuando se enferman, los acompaña a los entrenamientos y competiciones de esgrima y se sienta a hacer la tarea de matemáticas con ellos.

Leen juntos, cocinan juntos, y se divierten enormemente juntos.

En el corazón de mis hijos, Francia también son sus amigos, sus profesores, la historia y la naturaleza que han ido descubriendo al crecer aquí. Y su hermana, por supuesto, esa niña de cabellos rizados que vino a unir a todos los miembros de esta familia.

Así que mañana domingo, disfrutaremos juntos un partido más en que la selección que juega nos lleva a pensar en un sitio querido, un lugar en el que tenemos invertidas emociones, raíces, pasado y futuro.

Eso y mis hijos tienen amor para todo mundo, porque igual admiran y reconocen el esfuerzo del equipo croata con el que Francia jugará la final.

Muchas personas piensan que el futbol embrutece a la gente. Para nosotros, es simplemente un eslabón más en la cadena de cosas que nos unen con tantos lugares y nos hacen sentir amor por sitios diferentes. También es una herramienta de descubrimiento y aprendizaje. Y una oportunidad para pasar momentos en familia. ¿Quién me hubiera dicho, cuando mi papá me explicaba el futbol y yo era una niñita, que años y años después sería yo la que les explicara a mis hijos las reglas del juego? A veces la vida es en realidad cíclica y redonda como una pelota.

Manejar

Conducir en una zona rural francesa no es un gusto. No es un privilegio de ricos que puedan darse el lujo de tener un carro por adulto en la familia. Es una necesidad vital. Y un proceso que como migrante en este hermoso pueblito bretón, ya he pospuesto demasiado (aunque no sea por gusto).

Voy a tratar de explicar por qué es tan importante, porque en ocasiones incluso para quienes viven en Francia pero en zonas urbanas, es difícil de entender a qué punto es importante aprender a manejar aquí (y quizá la razón por la que los jóvenes empiezan a aprender apenas es legalmente posible).

Yo vivo en el borde de dos municipios. Uno de ellos es un poblado turístico, una pequeña aglomeración semiurbana con una muy buena y bien conectada estación de tren, escuelas, bancos, supermercados y todo lo que hace falta para la vida cotidiana. Eso y muchos, muchos turistas en verano. En el centro del pueblo hay edificios de departamentos y casas pegaditas entre ellas. Es fácil ir caminando a todos lados en un radio de 3-4 km.

Pero conforme te alejas del centro, las casas tienen jardines más grandes, están más separadas entre ellas y no encuentras ningún comercio a proximidad. No hay “tiendita de la esquina” como en México. No hay nada. Hay casas y más casas. Las escuelas empiezan a estar más lejos (no mucho, pero suficiente para que ir caminando con niños pequeños implique una cantidad de tiempo que raya en lo absurdo). Y muchas de las personas que viven en estas calles de casas grandes de techo de dos aguas y tejas de pizarra negra, no trabajan en este pueblo. Trabajan en alguna de las pequeñas ciudades o en las zonas industriales intermunicipales. Léase: todas las mañanas la gente sale a trabajar y desde que lo hacen, salen en coche.

Depositan a sus niños pequeños en la escuela (o en las guarderías que forman parte del sistema escolar si los tienen que dejar más temprano) y parten en auto a su trabajo. Vuelven a casa en auto. No pisan la banqueta más que para salir a tirar la basura.

El hecho de que la gran mayoría (realmente, un 99,9%) de la gente tenga coche, maneje y se desplace así, juega en contra de la idea del transporte colectivo. Existen líneas de autobús que pasan una vez cada 2 horas aproximadamente, y que salen de la estación de tren. Y que normalmente te llevan sólo a sitios turísticos o a contadas cabeceras de los municipios cercanos.

Es tal el nivel de absurdo que para mí, la cabecera del municipio al que en realidad está mi casa, es inalcanzable a pie. Está a unos 8 km y al menos la mitad del trayecto es ruta rural, sin banqueta o espacio alguno para que un peatón camine. Es más factible para mí recorrer los 4 km que me separan del centro del municipio vecino. Donde no puedo, evidentemente, realizar ni un trámite.

Ahora bien, el espíritu de vida “a la mexicana” diría que podría yo agarrar el coche y conducir sin licencia… bueno, ese no pasa muy bien acá. Acá las multas son generosas, y hay al menos un intento bastante efectivo de encuadrar a la población que maneja en reglas coherentes. Si conduces, debes tener tu coche funcionando (para eso hay que pasar un control técnico-mecánico bastante exigente, seguro al día y por supuesto, la licencia de manejo).

Y me parece perfecto. Yo nunca había manejado (una vez arranqué un coche en una emergencia…fin de la experiencia como chofer en mi vida), pero me parece lógico que andar empujando mecánicamente un armatoste que puede matarte y quitarle la vida a otros, se tome con pinzas y responsabilidad.

El asunto es que esta existencia de reglas se traduce en que sacar la licencia de manejo sea un proceso burocrático largo y caro. Pian pianito, como dijera mi papá, voy avanzando en los pasos que se requieren para obtenerlo y salir de este encierro.

Habiendo crecido en la caótica capital mexicana, jamás me había imaginado un sitio sin transporte público. Pero heme aquí, en el pueblito de las banquetas casi inexistentes, de los pocos peatones y la omnipresencia del automóvil que contrasta con las bellísimas carreteras rurales rodeadas de bosque. Y pues, a darle: licencia de manejo, voy por ti.

Vida Social

Desde hace 5 años (un poco antes de venir a residir a Francia), trabajo como freelance en marketing. Redacto, comparto, comunico.

Trabajo desde casa, y ello ha sido un privilegio porque he podido disfrutar de tres maravillosos años al lado de Emma, mi bretoncita que en septiembre ya se va a la escuela.

Pero trabajar en casa y en español no ha sido una ayuda significativa para mi construcción social en Francia. Vivo en las afueras de un pequeño poblado y todavía no he pasado el examen de manejo (aunque ya me estoy poniendo las pilas). Aquí en mi calle las casas son grandes y con jardines bonitos y amplios. La gente no sale caminando de su casa casi para nada, porque las escuelas están a dos kilómetros, el centro del pueblo está a unos 5 km, los supermercados, a unos 4 y medio…

Eso hace que la gente salga en coche, y no les ves el rostro.

Mi vida es sencilla y agradable. Levanto a los muchachos y ellos ya solos se van a la escuela, vuelvo y trabajo acompañada de Emma que colorea, dibuja y juega a Star Wars…

A la tarde, tomo mi café con mi bretón y mis hijos mayores, cocino, limpio…me voy a mis clases de karate dos o tres veces por semana.

Casi no charlo ni platico con nadie mas que con mi familia y eso es complicado.

Nunca he sido súper amiguera. En México creo que sólo dejé dos amigas de corazón que cada vez que viajo, procuro visitar. Ellas siempre están al pendiente de mí y yo de ellas.

Pero si creo que las pláticas superficiales son importantes para tener un cierto sentido de pertenencia social.

Había logrado un buen acercamiento y crear un lindo grupo de amigos, pero tuve un “paso en falso” social y el grupo se evaporó, lo que además, arrastró a una amistad de mis hijos en la caída, y ha generado mucha tristeza en mi hijo mayor.

De pronto me encuentro con que casi no practico mi francés (en mis clases de karate no platicamos mucho, lo que resulta normal).

Hablo en francés sólo con mi bretón y eso es en cierta medida “trampa”, porque de no conocer una palabra, puedo recurrir al inglés o al español.

No estoy triste, pero sí un poco preocupada por esta vida ermitaña que yo no elegí.

Así que como con cualquier problema de salud, estoy viendo formas de solucionarlo.

De momento, disfruto de estos últimos meses de tranquilidad con Emma en casita sin las prisas de la escuela, que a los 3 añitos no es lo mismo que mandar a dos adolescentes a la secundaria.