Perspectiva

Siempre pienso que no existe nada como “un solo México” como no existe tal cosa como “Francia”. Y eso aplica para todos los países en todas las latitudes. Expresamos nuestra experiencia personal del país que conocemos íntimamente, y éste puede diferir diametralmente del que otra persona experimentó, siendo el mismo país, la misma región, el mismo idioma.

Aun así, hay algo innegable. Hay una gran separación en la forma en que es posible vivir la vida entre el Norte y el Sur. Entre Europa y América Latina.

La última vez que fui a México, me tocó ver cosas que metieron toda mi estructura en perspectiva. Allá en mi pueblo mexicano, vi a ex-compañeros de escuela de mi Manolo, mi hijo mayor ya trabajando. Ayudando en el “puesto de tortas”, en la venta de barbacoa, en grandes cremerias… Y todo esto no se ve mal. Es normal. Es casi la regla que los chicos estudien y trabajen hasta la secundaria y después sólo si eres muy bueno en la escuela sigas estudiando.

No es que antes no viera estas cosas. Pero conforme mis propios hijos van creciendo, conforme la realidad cambia a mi alrededor, veo otras cosas. Ahora tengo un adolescente en la secundaria y quiero que tenga todas las oportunidades de aprender, descubrir, ser. Pero igual conocí a muchos de sus compañeros cuando estaban en prescolar porque fui su profesora. Y quisiera que todos tuvieran las mismas opciones.

Otra cosa que me dolió mucho fue recordar, pero de forma muy dura, dsc02615la ausencia de un entorno medicalmente apto para personas de bajos recursos o necesidades especiales en un pueblo como el mío. Mi tía que falleció hace cuatro meses tenía tiempo padeciendo artritis degenerativa y su movilidad era cada vez más complicada. ¿Hospital público? A 40 minutos de camino, sin ambulancias. ¿Medicina pública local? Casi inexistente. ¿Médicos privados? Caros, poco accesibles, poco empáticos, pues abusan de ser prácticamente la última y única opción de una población que no cuenta con alternativas.

Tengo una amiga argentina que vive acá en Francia que me dice que por algo las personas llegan en mejores condiciones a edades más avanzadas acá en Europa. El cuidado especializado de ancianos, desde el ámbito social, médico… si bien no es perfecto, existe. Existe incluso en comunidades apartadas y rurales. Hay redes. Hay alternativas.

Sé que son realidades incomparables.

Sé que no gano nada llenando mi cabeza de “hubieras”. “Si mi tía hubiera vivido acá”, “si yo hubiera podido…”.

Mi papá sabiamente decía que el “hubiera” es el tiempo pendejo.

Así que en lugar de concentrarme en los hubieras, me concentro en los “hay”.

Hoy por hoy vivo acá, en Francia. En la Bretaña. En un pueblo que ya aprendí a amar.

Hoy por hoy, aprendo. Que por cada ventaja siempre hay una desventaja y no por eso hay que doblar las manos y dejar de aprender, de luchar, de vivir.

Hoy por hoy, veo con otros ojos las realidades de ambos lados del Atlántico, sin un sentido fatalista, pero aprovechando lo que hay a mi alcance.

Me repito diariamente mi mantra para recordarme qué me hace feliz de vivir aquí (además del amor de mi bretón): la biblioteca pública, la piscina pública, mi doctora familiar, la secundaria de Manolo, vivir cerca del mar…

Y guardo en mi corazón el dolor por las diferencias, el respeto por las luchas de tantas personas, en sitios tan diferentes, por ser felices y disfrutar la vida.

Tres

Es curioso como los seres humanos medimos el tiempo: en el número de vueltas que la Tierra da alrededor del sol.

Pues bien, hace tres vueltas de este tipo que mis hijos y yo dejamos México para instalarnos en este rincón occidental de Francia.

Mis oídos aún no se acostumbran a escuchar francés día y noche. A pesar de ello, ya hay palabras de este idioma integradas en mi vocabulario mental. Cuando tomo un paquete de arroz o de pasta, todavía me sorprende ver los ingredientes escritos en francés. Pero ya soy capaz de mantener una conversación sin la ayuda de mi marido con extraños y amigos. Sí, ya tengo amigos franceses.

La sorpresa que me producen cosas tan simples como que amanezca a las 9 de la mañana en invierno o el sol se esconda a las 11 de la noche en pleno verano no se ha reducido en lo más mínimo. Vivir en otra latitud es magia y sigo agradecida con la vida por la oportunidad de descubrir este pequeño espacio verde del mundo.

¿Que si ya me acostumbré a la burocracia “à la française”? No, todavía no. La forma en que funciona, todo tan detallado, minucioso, elaborado, simplemente es complejo y duro de roer, incluso para los franceses. Pero ya memoricé (que no entendí…eso es otra cosa) los nombres extraños que los grados escolares poseen en Francia. ¿Que el primer grado de la educación secundaria se llama “sexto” y primero de primaria…CP (course preparatoire…)? Ya no lo reflexiono. Lo acepto y lo repito como perico, que es más fácil. Igual que mi año de nacimiento. A fuerza de repetirlo y repetirlo en francés, ya no pienso en la lógica extraña que los números tienen en este idioma.

Cuando llegué, traía de la mano dos niños pequeñitos que no hablaban francés. Hoy tengo un adolescente “collégien” que lleva excelentes calificaciones, mide más de 20 centímetros más que hace tres años y que disfruta su adolescencia, sus clases de esgrima y la cocina francesa. Hoy, tengo un niño de 9 años que ama tanto a la Bretaña que quiere aprender bretón. Ambos son felices, tienen amigos, conocen de memoria eventos de la historia local y hablan con tal fluidez ambos idiomas que puedo decir que son perfectamente bilingües. Y estamos aprendiendo a hablar alemán (Guten Tag!)

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Cuando llegué, no sabía a qué punto el ver los árboles de mi jardín llenarse de flores en primavera sería como renacer cada año después de los duros meses de frío y lluvias invernales.

Cuando llegué, no sabía cuánto se podía multiplicar la nostalgia cuando allá lejos en casa alguien que amas se va de forma definitiva y tú no estás para decir adiós.

Cuando llegué, amaba a mi bretón, pero hoy, hoy somos compañeros. Él me dio la mano mientras mi bretoncita adorada (que ya casi cumple sus 2 años) llegó a este mundo a iluminarnos con su sonrisa.

Cuando llegué, no sabía lo hermoso que sería escuchar con esa vocecita de bebé, algunas palabras en español, el idioma de mamá.

Hoy salgo de la mano de Manolo, mi hijo mayor, vemos el termómetro y si hace 0°C a medio día, decimos “no hace tanto frío”.

Cambio la ropa en los roperos al cambiar las estaciones.

Renuncié a usar paraguas…la lluvia bretona no es apta. Tengo un bonito impermeable, mucho más efectivo.

Hoy, todos los días por la mañana, me sigo repitiendo la lista de cosas que amo de este lugar, para que me ayuden a tolerar bien las que extraño tanto de mi pueblo allá en México. La piscina pública. La biblioteca. La calefacción en invierno. La facilidad de ser atendido por un médico cuando hace falta.

Ello no opaca que quiera escuchar el ruido de una máquina de hacer tortillas. O sentarme a la luz del atardecer en la cocina de mi tía y tomar un café con ella, acompañado de galletas marías. O escuchar la risa de mi hermana. Pero el resto, las cosas del diario, esas puedo no necesitarlas. Puedo vivir con lo que tengo acá, y ver su belleza. No tengo mangos, tengo frambuesas. No saben igual, pero ambos son deliciosos.

Todavía no aprendo a manejar: pero ya estoy tomando cartas en el asunto.

Sé que si volviera a México podría re adaptarme a la vida allá fácilmente.

Pero también sé que debería pasar algo muy fuerte para hacerme volver. Hoy por hoy, nuestra vida está aquí y seguimos aprendiendo a ser mexicanos en Francia. A no olvidar y a integrarnos al mismo tiempo. No es fácil, pero es posible.

Un brindis por estos tres, y a esperar lo que sigue.

 

Viajamos solas

Las cosas pasan y nosotros seguimos en movimiento.

En tanto nos mantenemos con vida, debemos continuar con este movimiento continuo y constante. Es parte del funcionamiento no sólo de la vida, sino de este universo, este mundo, este plano o como queramos definirlo.

Así que vestida de negro y con un agujero de dolor en el pecho, hice mi maleta y tomé a Emma, mi inquieta nena de 18 meses y viajé a México. Mis tres hombres (mi bretón y mis dos hijos mayores), se quedaron acá en Francia.

He leído muchísimos artículos, listas de consejos e ideas para viajar con un bebé.

En mi experiencia (limitada como es, ésta fue apenas mi segunda vez), lo único que realmente hace falta es mucha paciencia.

Paciencia no sólo con tu bebé. También con los empleados que NO son mamás y papás de un bebé que tiene que hacer un vuelo trasatlántico y estar encerrado 11 horas o más en un espacio diminuto.

Paciencia con las personas que atienden en migraciones, en la aduana, que tampoco acaban de pasar o están pasando por el estrés de viajar con un pequeñito.

Paciencia contigo mismo. No exigirte de más: es complicado y requiere más tiempo hacer las cosas si estás a cargo de un bebé. Está bien. No tienes que competir contra nadie.

Y si, paciencia y muchas explicaciones para el bebé. Cuando viajé con Emma y ella tenía 3 meses, fue sencillísimo. Ella durmió todo el vuelo, sin problemas.

Ahora fue más complejo.

Emma es una niña que empezó a caminar a los 10 meses. Tiene un control motor muy fino. Es curiosa, sube, baja, toma, toca, investiga. Así que estar atorada en un pequeño espacio por más de diez horas le suponía una tortura. Así que hice lo que siempre he hecho como mamá. No sé si es una locura o algo genial…es como yo funciono. Hablé con ella. Le expliqué que mamá estaba triste, que íbamos a viajar, que papá no iba con nosotras y que necesitaba que fuéramos un equipo. Y eso fuimos. Al final del viaje en avión Emma me miraba con una carita de tristeza increíble, pero nunca lloró. Ni gritó. Sólo pedía que nos moviéramos. O que le diera otro libro, otro juguete para ir pasando el tiempo.

Llegar allá fue difícil y cansado, pues mi familia no está de inmediato en la Ciudad de México, sino que hay que continuar el viaje.

Pero llegamos enteras y sin problemas.

A enfrentar el vacío que dejó mi tía al partir.

A visitar el cementerio.

A llenarnos de olores y colores, de sabores y texturas, no de “México” en general, sino de nuestro espacio, nuestras áreas, nuestra familia.

La vuelta fue diferente, pero Emma siguió portándose a la altura. En el aeropuerto de México no me permitieron pasar la carriola, que se embarcó como equipaje. Así que salimos del avión con maleta de mano y teniendo que caminar y hacer fila en migraciones, misma que Emma hizo sin quejarse, cargando su gatito de peluche que la acompañó todo el viaje. Complicado esperar 6 horas en el aeropuerto parisino hasta que saliera nuestro tren a la Bretaña, pero volvimos a llegar. A salvo, enteras, cansadas y con una maleta cargada de dulces tradicionales y recuerdos.

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¿Además de la paciencia qué más aconsejo, si cabe?

Viajar ligero. Entre menos se lleve, sobre todo en cabina, más fácil ocuparse del bebé. Una pañalera pequeña o mochila con los básicos y varios juguetes silenciosos que ayuden al bebé a pasar las horas.

Amor y paciencia, como en cualquier circunstancia.

¿Qué me dejó este micro viaje de luto a México?

Perspectiva.

Pero esa ya es otra historia…

Un muro de cristal

Qué risa me da la gente que juzga a los migrantes. No siento ni odio ni desprecio. Me parece que hablan desde la ignorancia.

Porque no saben. No conocen cómo es dejar todo detrás, por cualquier razón, e imagino desde mi experiencia personal que entre más duro lo que dejas, entre más difícil la situación que viven tus seres queridos que se quedan, la preocupación y la tristeza deben ser peores.

Porque yo dejé mi país por amor, para construir una vida al lado de un hombre que me ama. Y he aprendido a amar este rincón del mundo, y tengo a mi Emma, mi bretoncita hermosa que está por cumplir año y medio.

Y aun así, duele.

Y hoy, duele más que nunca.

Porque allá en México dejé dos tías hermosas. Las dos hermanas de mi madre que desde hace 20 años vienen siendo el apoyo incondicional en cada buena o mala decisión que haya tomado. Jamás he escuchado de sus labios un juicio, un “te lo dije”. Ahí estuvieron el día que murió mi hijo. Ahí estuvieron para mi en las noches oscuras del divorcio. Y me animaron a venir a Francia y a re crear mi vida.

Y hoy una de ellas ya no está.

Hace una semana aún estábamos al teléfono, puntuales como todos los lunes, hablando de Emma, del jardín que dio tomatillos verdes y chiles de todas variedades. Del sol. Del jugo de manzana y del jugo de uva.

Pero hoy ya no está a la cita.

Se me fue, cuando yo tengo un boleto estúpido de avión para ir en 2 semanas a México. Teníamos un compromiso, ella quería ver caminar a Emma. La soñó. Y yo, la sobrina a la que tanto ayudó, a la que le obsequió su casa (la que le heredó su mamá), estaba del otro lado del mundo cuando ella se despidió de esta vida. No sostuve su mano. Y no caminé al cementerio al lado de mi otra tía.

Y las palabras que siempre son mis amigas y me ayudan a darle salida a todo lo que siento, hoy se quedan cortas.

No me alcanzan para expresar el vacío que siento. Lo mucho que me duele que ya nunca voy a oir su voz.

Lo enorme que es su ausencia a pesar de no estar ahí viendo su cama, sus cosas, las fotos de mis hijos que estaban al lado de su cabecera.

Quiero aferrarme a cada recuerdo.

A su voz que amaba cantar. A sus manos que al final le fallaron por su artritis degenerativa, pero que pintaron, aprendieron carpintería, eran excelentes para cortar el pelo y además, tiernas con los pajaritos y las plantas.

A su generosidad. Ella fue más que mi hada madrina. Ella no me reprochó nada.

A sus manías chiquitas por las que se peleaba con mi otra tía, como pelar los chícharos o las uvas. O cómo le encantaba renegar en voz baja, porque no le gustaban las discusiones.

A su shampoo de aceite de oliva rebajado con agua para que no dañara su cabello.

Al cómo enseñó a comer a Antón sus galletas Marías remojadas en leche.

A la forma tan tierna en que me decía Charlaicita…

No quiero que se me escapen. Quiero asirlos con fuerza, porque sólo así siento que la tengo aún conmigo.

Y quiero que Emma la conozca. La vea y casi la toque gracias a mis recuerdos de ella.

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Sufrir por su ausencia tras el muro de cristal que representa esta distancia, este océano que me separa de su tumba.

Amarla y extrañarla estando acá, sabiendo que no pude traerla a ver la playa bretona. Que ya no va a ver a Manolo adolescente. Que ya no va a tocar a Antón, que la adora.

Llorar y sentir que no avanzo. Que no puedo empezar un duelo que normalmente inicia cuando vas al entierro de tu ser querido.

El vacío. Todo tiene remedio en la vida, menos la muerte, decía mi abuela. Eso. La muerte es la que más nos enseña de la vida.

Adiós verano

Mi madre vivió seis meses en Londres para estudiar inglés. La becó el periódico para el que trabajaba. Siempre que cuenta la historia de su paso por esa ciudad narra con humor el cómo los londinenses ante el menor aviso de sol, sacaban sus toallas y tomaban el sol aún en los parques urbanos. Hacían días de campo y corrían a los sitios al aire libre. Ahora que vivo en Europa me he dado cuenta de que a ella le da risa porque su paso por este continente fue efímero. Cuando los meses se acumulan y sigues viviendo en esta parte del mundo, aprendes a conocer los largos inviernos. Las noches que inician a las 6 de la tarde y terminan hasta las 9 de la mañana. Las lluvias continuas y constantes de noviembre a abril o mayo. Entonces, te enamoras del verano y sus días de sol.

Y no es sólo porque hay vacaciones largas y maravillosos días largos. Ver anochecer a las 10 y media de la noche es algo mágico. Es simplemente que el sol se hace presente de forma más frecuente y es posible salir más. Disfrutar cosas que sólo pueden vivirse a plenitud con tibieza en el aire y con luz solar. El mar siempre es bello, pero el ver el atardecer sin veinte abrigos y bufandas, pasadas las diez de la noche, es mágico. Y si, dan ganas ridículas de hacer días de campo, y de tomar una cerveza fría (en eso aún no me he afrancesado y no he caído enamorada del vino) en el jardín. Y julio y agosto se llenan de encuentros, comidas al aire libre y días de descanso. Todo eso hace cada vez más duro despedirse del verano.

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No tiene nada que ver con mi fobia personal hacia los días lluviosos. Es simplemente que conforme septiembre transcurre y los días se van haciendo más cortos, el viento sopla más frío y la temperatura desciende, hay muchas cosas que se guardan. Las tardes invitan menos a la convivencia y más a permanecer en casa, sólo en familia. No es malo. Es diferente.

A mi me gusta la luz del sol. Los días calurosos, las sandalias, las bebidas frescas y los helados a la orilla del río me hacen feliz.

Puedo imaginar por qué los antiguos habitantes de estas latitudes poblaron las noches de brujas y hombres lobo. Hay que quedarse, sin casi ninguna fuente de luz, esperando la luz por tantas horas. Lo oscuro invita a la imaginación, intimida e impone respeto.

Con el fin del verano llega la vuelta a clases y nuevos ciclos.

En nuestro caso, estamos descubriendo la secundaria “a la francesa”: el collège. Mi hijo mayor ya no es un niño y eso es emocionante.

Pero toda la emoción de los nuevos comienzos no me es suficiente. Quisiera que la tibieza del sol siguiera acompañándome mientras trabajo, como lo hace en los inviernos gélidos pero soleados del Altiplano Central de México. Ese toquecito de nostalgia me calienta el corazón, pero no iluminará mi escritorio con la maravillosa luminosidad del sol veraniego.

Adiós verano. Gracias por esos momentos maravillosos y hasta el año entrante.

Fin de cursos

Quien haya crecido en México, habrá vivido una fiesta de fin de cursos a todo lo amplio.

Cuando sales del kinder (educación preescolar), te verás ataviado de una toga y un birrete, cual si hubieras finalizado la universidad.

Al egresar de la primaria o la secundaria, es muy común que se baile un vals, que se haga una fiesta con trajes de noche… se festeja. Y cada fin de ciclo se festeja a lo grande.

Como alumna, bailé mi vals al salir de sexto año de primaria (hace ya algunos que otros ayeres), con un bonito vestido de blanco de noche en el que me sentía incómoda. Era un vestido de mujer y yo todavía tenía cuerpo de niña. Aún así, bailé y celebré con mis compañeros en un lindo y sencillo salón de fiestas capitalino.

Como mamá, participé de la organización de dos salidas de preescolar y tengo hermosas fotos de mis pequeños, antes de entrar a la primaria, disfrazaditos de pequeños graduados, con enormes sonrisas y abrazando con amor a mis tías.

Hoy es el último día de clases para Manolo en la primaria y acá en Francia…pues que no hay nada especial.

Por un lado, extraño la parafernalia festiva que impera en México al fin de cursos. Los globos metálicos, los arreglos florales, la decoración… extraño que se le dé una gran importancia a la finalización de cada ciclo.

Por otro lado, amo la sencillez francesa. Para empezar, es más económico todo. No hay reunión para planear la graduación, ni gastos exagerados. No hay vestidos ni trajes caros.

Sí hay una foto de clase, como todos los años. La fiesta o kermesse de la escuela, con canciones, stands de juegos y pistolas de agua.

Sí hay dinámicas de despedida al interior de la escuela e involucrando a quienes son los auténticos interesados: los niños que salen de la primaria.

Hay lágrimas, y despedidas.

Pero no habrá una escuela entera entonando “Las Golondrinas” y deseándole buena suerte a sus egresados.

Las grandes diferencias en la forma en que vivimos la vida cotidianamente se hacen evidentes en momentos así. Allá en México, quizá la vida es más azarosa y entonces nos aferramos a cualquier pretexto para festejar. Acá se “reservan” para los grandes momentos.

A primera vista podría parecer insípido. Pero hay calidez en la sencillez en la forma en que acá se viven las cosas.

Hoy Manuel hizo por última vez el camino a pie que tantas alegrías y lágrimas nos ha dado estos dos años y medio. Casi dos kilómetros de caminata que hemos hecho bajo el sol, la lluvia, el viento o el frío, riéndonos, cantando, pisando charcos congelados o viendo volarse y romperse nuestros paraguas. Solos los tres, o ahora con Emma.

E iba feliz, sin presiones extras de practicar un vals…sin mochila y con un juego de mesa en las manos.

Me gusta esta austeridad…total, la fiesta la haremos en casa esta noche. Que no todos los días tu hijo mayor se va a la secundaria.

 

Ciclos

Hace seis años, en septiembre, llevé a un pequeño delgadito y más chiquito que sus compañeros a empezar la primaria.

Era un periodo difícil en nuestra familia, con la separación y el divorcio y los problemas que de todo ello se derivaron. Y ahí estaba él, con la mitad de su uniforme regalado y unos zapatos demasiado grandes para sus piesitos. Pero no había dinero para comprar otro par. Ahí estaba, sin conocer las letras, sin saber leer, pues por malas decisiones, sólo había hecho un año de educación preescolar, el cual fue caótico y complicado para él.

Y entró valiente y no dio vuelta atrás.

En dos meses aprendió a leer. Le ha llevado más tiempo mejorar su caligrafía y su motricidad.

Fue él el que en tercer año ya tenía calificaciones excelentes. Que a los ocho años descubrió su pasión por la lectura y ahora no para de leer.

Fue él quien, junto a su hermano pequeño, me impulsaron a tomar la decisión que cambió nuestra vida: casarme con mi bretón.

Y fue él quien se comió su orgullo, sus excelentes calificaciones, su beca y la promesa de ser el abanderado de la escuela, para repetir segundo y tercero de primaria, al mismo tiempo y en francés.

Y es él de quien profesores y asistentes en la escuela me dicen que es culto, agradable, bien educado y muy comprometido con aprender.

No, no estoy diciendo que mi hijo sea perfecto.

Ni es el más inteligente del mundo.

Pero es un héroe. Un camaleón y un luchador.

Él se levantó cuando todos se burlaban de él por ser el más blanco de su clase (sí, aunque no lo crean, en México también hay discriminación de ese tipo aunque muchos digan que no existe). Fue al psicólogo conmigo, salimos adelante. Él hacía su tarea solo y ayudaba a su hermano mientras yo trabajaba toda la tarde.

Él aprendió a hablar, a jugar y a vivir en francés al tiempo que aprendía a hacer operaciones con números decimales.

Él conoce la escuela en México, la escuela en Francia. Y no, señoras y señores, no extraña el uniforme, ni extrañamos las largas tardes haciendo tareas. Y aprende sin hacer mil manualidades y va bien.

Y porque quiso, de la nada, antes de finalizar su año escolar, hizo una exposición sobre México ante su clase. En francés.

Y ahora emprenderá la aventura del “collège”, la secundaria.

Un ciclo se cierra. Ahora él se irá solo a la escuela, tomando el autobús escolar.

Ya no irá pisando charcos congelados conmigo, como lo hizo todos estos años.

Entre dos realidades y dos países, él ha empezado a construir una personalidad que me encanta. Quizá porque se parece tanto a la mía.

El lee. Y hace esgrima. Y se enoja porque la gente desconoce la historia.

Él es mi Manolo, y ha terminado la escuela primaria.