Sobre horarios y costumbres

Cuando cambias de país de residencia, hay muchas cosas que crees que representarán el mayor obstáculo a tu adaptación: el idioma, la búsqueda de empleo, desenvolverte económicamente en un sitio en el que no juegas de local.

Quizá.

No estoy negando estas complicaciones, ni las derivadas de la burocracia (tener siempre los papeles en regla es un vía crucis independiente de todo lo demás).

Pero hay todo un montón de pequeños ajustes a hacer en la vida diaria que son a la larga, los que más pesan.

Parece absurdo que sea más difícil acostumbrarse a no desayunar huevos revueltos con frijoles, que a hablar un idioma diferente en todas las interacciones que realizas fuera de tu casa. Que sea más duro cambiar tus horarios de comida que preparar un Curriculum Vitae pensado en un mercado laboral que no es el tuyo.

Yo extraño mil pequeños detalles que disparan recuerdos y emociones en mi día a día que ya está entrelazado con los “usos y costumbres” francesas, y más específicamente, bretonas.

Extraño tener chícharos frescos todo el año. Mis hijos mayores crecieron siendo ellos los que pelaban los chícharos para su ensalada rusa. Me acuerdo que tenía yo uno de esos dosificadores de medicamento infantil guardado y reservado para los chícharos recién pelados. De ahí los echábamos a hervir.

Extraño los mangos en primavera. Y el tamaño de las sandías. Y de los melones.

Extraño el ruido de la máquina de las tortillas. Y extraño el bullicio en el que se vive en México. Sales de tu casa y escuchas ruido. El camión del gas, un fino y refinado claxonazo que entona el tema de “El Padrino”, te saluda el barrendero y entras a la tiendita y hay gente esperando y charlando entre ellos.

Todavía me parece increíble vivir en un pueblo de aproximadamente las mismas dimensiones que mi pueblito hidalguense en el que no haya banquetas para caminar.

Extraño comer a las 2-3 de la tarde y no tener que cocinar para la cena, porque un pan dulce y un café con leche eran suficientes.

Extraño decir la hora en formato de 12 horas (porque al decirlo en formato de 24 todavía tengo la sensación de hablar de física cuántica).

Y al extrañar todo eso, pienso y pienso. Pienso en el reloj de pulsera que mi tía me regaló y que no tiene pila. Y acá hasta encontrar un relojero es complicado (y caro). Y acabo pensando en mi tía y en cuánto me hace falta.

Y pienso. Pienso en mi propia abuela paterna, que llegó a México desde el País Vasco español con más o menos la misma edad con la que mi Antón llegó acá a Francia.

Y Antón extraña los tacos y los helados de la plaza. ¿Qué extrañaba mi abuela? ¿Que singularidades y productos del País Vasco disparaban su memoria? ¿Y cuándo dejaría de extrañar? ¿Cuando todos sus hijos ya eran padres de familia? ¿Cuando se quedó viuda? ¿Cuando murieron sus padres y su vínculo con la tierra de origen?

¿Cuándo termina esta sensación de no estar en ningún lado y a la vez, en dos?

¿Se hereda?

Ojo que no hablo de un malestar cotidiano. Soy feliz con mi vida acá. Tanto como puede uno ser siendo eternamente el “de fuera”. Mis hijos están bien. Pero esa picazón, la nostalgia que se dispara con las cosas más absurdas (¿por qué no hay sopa de municiones?) esa hay días que siento que se intensifica con el paso del tiempo.

En Francés le dicen “le mal du pays“.

Pero de alguna forma, esas palabras todavía no me permiten atrapar ese extrañar cosas del diario que vive conmigo en mi cotidianidad de emigrante.

Anuncios

Francia, México y Uruguay

En la memoria de mis hijos, que llegaron de 6 y 9 años a vivir a Francia, México es un lugar lleno de buenos recuerdos y emociones hermosas, la mayor parte de ellas, ligadas al amor que les dieron mis dos tías tan queridas.

Sobre todo mi hijo mayor, que entró a la escuela tarde (sólo hizo un año de prescolar), pasó sus primeros años rodeado del amor de esas dos mujeres que si bien no tuvieron hijos propios, supieron darnos mucho a todas sus sobrinas y siguieron dando con los sobrinos-nietos. Los picnics con naranjas en el patio de la casa, cantando “Cielito Lindo”, son un espacio dorado en los recuerdos de mis hijos.

Para ellos, México también soy yo. Yo y mi cocina mixta, mis frijoles refritos, mis ejotes con huevo. Yo y mi amor por los nopales, mi forma de hablar español, mis historias y mis cuentos.

Pero son niños (¿muchachos?) con mucha suerte. Y de eso me di cuenta de forma muy evidente gracias al mundial de futbol. Yo había “perdido” el gusto por el futbol después de un doloroso divorcio, puesto que con el padre de mis hijos yo había disfrutado de ver numerosísimos partidos. Pero el futbol, en mi corazón, es de otro hombre que llegó mucho antes a mi vida: mi papá. Él fue jugador de futbol, periodista deportivo, y pocas cosas amó más en su vida que el deporte más popular del mundo.

Y a falta de hijos hombres…a mí me decía “Charly”, me sentaba en sus piernas y me explicaba cómo funcionaba el fuera de lugar.

Este verano, de la mano de la nostalgia de mis hijos por ese México de su pequeña infancia, sentados viendo el partido de la selección mexicana ante Alemania, me sentí nuevamente al lado de don Carlos, mi papá. Lo escuché narrándome el único campeonato del Atlas de Guadalajara en su historia, y el porqué era el equipo ideal para que yo me hiciera su seguidora. Y respiré aliviada, fue como curar una herida, una que tardó 10 años en sanar. Ese divorcio tan difícil parece que al fin está cicatrizando en mi corazón.

Pero estos muchachos míos no tienen sólo ojos para México. A pesar de que su papá vive tan lejos, ellos mantienen contacto con él. Y no solamente eso, yo misma he hecho un esfuerzo y les hablo de Uruguay, la tierra de su abuela paterna, un país que yo conocí hace casi 20 años y que me dejó la mejor de las impresiones. Fue el lugar en que no me sentí señalada por ser extranjera: me sentí bienvenida. Ni siquiera el divorcio pudo teñir de un color oscuro mis recuerdos de Uruguay. Al lado de mi escritorio, aún tengo un porta-lápices labrado a mano que compré en Colonia, muy cerca del Río de la Plata y de Montevideo.

Así que mis hijos, con ese amor charrúa en las venas, también vibraron (y sufrieron) con el paso de la celeste por el mundial. El futbol me abrió la ventana para hablarles más de ese lugar tan hermoso en el que también tienen raíces. Ellos nacieron en México, pero no son 100% mexicanos, y eso es una riqueza.

Y finalmente, hay otro espacio enorme en su corazón para este lugar en el que ahora formamos una familia. Hay un bretón, que es francés por supuesto, que les dio todo su corazón desde la primera vez que se vieron. Él los ama como si él los hubiera engendrado, él los cuida cuando se enferman, los acompaña a los entrenamientos y competiciones de esgrima y se sienta a hacer la tarea de matemáticas con ellos.

Leen juntos, cocinan juntos, y se divierten enormemente juntos.

En el corazón de mis hijos, Francia también son sus amigos, sus profesores, la historia y la naturaleza que han ido descubriendo al crecer aquí. Y su hermana, por supuesto, esa niña de cabellos rizados que vino a unir a todos los miembros de esta familia.

Así que mañana domingo, disfrutaremos juntos un partido más en que la selección que juega nos lleva a pensar en un sitio querido, un lugar en el que tenemos invertidas emociones, raíces, pasado y futuro.

Eso y mis hijos tienen amor para todo mundo, porque igual admiran y reconocen el esfuerzo del equipo croata con el que Francia jugará la final.

Muchas personas piensan que el futbol embrutece a la gente. Para nosotros, es simplemente un eslabón más en la cadena de cosas que nos unen con tantos lugares y nos hacen sentir amor por sitios diferentes. También es una herramienta de descubrimiento y aprendizaje. Y una oportunidad para pasar momentos en familia. ¿Quién me hubiera dicho, cuando mi papá me explicaba el futbol y yo era una niñita, que años y años después sería yo la que les explicara a mis hijos las reglas del juego? A veces la vida es en realidad cíclica y redonda como una pelota.

Manejar

Conducir en una zona rural francesa no es un gusto. No es un privilegio de ricos que puedan darse el lujo de tener un carro por adulto en la familia. Es una necesidad vital. Y un proceso que como migrante en este hermoso pueblito bretón, ya he pospuesto demasiado (aunque no sea por gusto).

Voy a tratar de explicar por qué es tan importante, porque en ocasiones incluso para quienes viven en Francia pero en zonas urbanas, es difícil de entender a qué punto es importante aprender a manejar aquí (y quizá la razón por la que los jóvenes empiezan a aprender apenas es legalmente posible).

Yo vivo en el borde de dos municipios. Uno de ellos es un poblado turístico, una pequeña aglomeración semiurbana con una muy buena y bien conectada estación de tren, escuelas, bancos, supermercados y todo lo que hace falta para la vida cotidiana. Eso y muchos, muchos turistas en verano. En el centro del pueblo hay edificios de departamentos y casas pegaditas entre ellas. Es fácil ir caminando a todos lados en un radio de 3-4 km.

Pero conforme te alejas del centro, las casas tienen jardines más grandes, están más separadas entre ellas y no encuentras ningún comercio a proximidad. No hay “tiendita de la esquina” como en México. No hay nada. Hay casas y más casas. Las escuelas empiezan a estar más lejos (no mucho, pero suficiente para que ir caminando con niños pequeños implique una cantidad de tiempo que raya en lo absurdo). Y muchas de las personas que viven en estas calles de casas grandes de techo de dos aguas y tejas de pizarra negra, no trabajan en este pueblo. Trabajan en alguna de las pequeñas ciudades o en las zonas industriales intermunicipales. Léase: todas las mañanas la gente sale a trabajar y desde que lo hacen, salen en coche.

Depositan a sus niños pequeños en la escuela (o en las guarderías que forman parte del sistema escolar si los tienen que dejar más temprano) y parten en auto a su trabajo. Vuelven a casa en auto. No pisan la banqueta más que para salir a tirar la basura.

El hecho de que la gran mayoría (realmente, un 99,9%) de la gente tenga coche, maneje y se desplace así, juega en contra de la idea del transporte colectivo. Existen líneas de autobús que pasan una vez cada 2 horas aproximadamente, y que salen de la estación de tren. Y que normalmente te llevan sólo a sitios turísticos o a contadas cabeceras de los municipios cercanos.

Es tal el nivel de absurdo que para mí, la cabecera del municipio al que en realidad está mi casa, es inalcanzable a pie. Está a unos 8 km y al menos la mitad del trayecto es ruta rural, sin banqueta o espacio alguno para que un peatón camine. Es más factible para mí recorrer los 4 km que me separan del centro del municipio vecino. Donde no puedo, evidentemente, realizar ni un trámite.

Ahora bien, el espíritu de vida “a la mexicana” diría que podría yo agarrar el coche y conducir sin licencia… bueno, ese no pasa muy bien acá. Acá las multas son generosas, y hay al menos un intento bastante efectivo de encuadrar a la población que maneja en reglas coherentes. Si conduces, debes tener tu coche funcionando (para eso hay que pasar un control técnico-mecánico bastante exigente, seguro al día y por supuesto, la licencia de manejo).

Y me parece perfecto. Yo nunca había manejado (una vez arranqué un coche en una emergencia…fin de la experiencia como chofer en mi vida), pero me parece lógico que andar empujando mecánicamente un armatoste que puede matarte y quitarle la vida a otros, se tome con pinzas y responsabilidad.

El asunto es que esta existencia de reglas se traduce en que sacar la licencia de manejo sea un proceso burocrático largo y caro. Pian pianito, como dijera mi papá, voy avanzando en los pasos que se requieren para obtenerlo y salir de este encierro.

Habiendo crecido en la caótica capital mexicana, jamás me había imaginado un sitio sin transporte público. Pero heme aquí, en el pueblito de las banquetas casi inexistentes, de los pocos peatones y la omnipresencia del automóvil que contrasta con las bellísimas carreteras rurales rodeadas de bosque. Y pues, a darle: licencia de manejo, voy por ti.

Vida Social

Desde hace 5 años (un poco antes de venir a residir a Francia), trabajo como freelance en marketing. Redacto, comparto, comunico.

Trabajo desde casa, y ello ha sido un privilegio porque he podido disfrutar de tres maravillosos años al lado de Emma, mi bretoncita que en septiembre ya se va a la escuela.

Pero trabajar en casa y en español no ha sido una ayuda significativa para mi construcción social en Francia. Vivo en las afueras de un pequeño poblado y todavía no he pasado el examen de manejo (aunque ya me estoy poniendo las pilas). Aquí en mi calle las casas son grandes y con jardines bonitos y amplios. La gente no sale caminando de su casa casi para nada, porque las escuelas están a dos kilómetros, el centro del pueblo está a unos 5 km, los supermercados, a unos 4 y medio…

Eso hace que la gente salga en coche, y no les ves el rostro.

Mi vida es sencilla y agradable. Levanto a los muchachos y ellos ya solos se van a la escuela, vuelvo y trabajo acompañada de Emma que colorea, dibuja y juega a Star Wars…

A la tarde, tomo mi café con mi bretón y mis hijos mayores, cocino, limpio…me voy a mis clases de karate dos o tres veces por semana.

Casi no charlo ni platico con nadie mas que con mi familia y eso es complicado.

Nunca he sido súper amiguera. En México creo que sólo dejé dos amigas de corazón que cada vez que viajo, procuro visitar. Ellas siempre están al pendiente de mí y yo de ellas.

Pero si creo que las pláticas superficiales son importantes para tener un cierto sentido de pertenencia social.

Había logrado un buen acercamiento y crear un lindo grupo de amigos, pero tuve un “paso en falso” social y el grupo se evaporó, lo que además, arrastró a una amistad de mis hijos en la caída, y ha generado mucha tristeza en mi hijo mayor.

De pronto me encuentro con que casi no practico mi francés (en mis clases de karate no platicamos mucho, lo que resulta normal).

Hablo en francés sólo con mi bretón y eso es en cierta medida “trampa”, porque de no conocer una palabra, puedo recurrir al inglés o al español.

No estoy triste, pero sí un poco preocupada por esta vida ermitaña que yo no elegí.

Así que como con cualquier problema de salud, estoy viendo formas de solucionarlo.

De momento, disfruto de estos últimos meses de tranquilidad con Emma en casita sin las prisas de la escuela, que a los 3 añitos no es lo mismo que mandar a dos adolescentes a la secundaria.

 

Hablar con los vecinos

Si vives en un pequeño pueblo francés, no es fácil hablar con los vecinos.

En el centro de un pueblo más “urbano”, se facilita porque hay personas caminando, entrando y saliendo de sus departamentos o de sus casas.

Más te alejas del centro, más las casas aún tienen un gran jardín, y más separadas están entre ellas. Al vivir en un punto borroso entre una zona urbana y el campo (campo-campo, digamos vacas y sembradíos de trigo y maíz, huertos de árboles frutales y bosques), el transporte público es casi inexistente. Todo mundo sale de su casa a trabajar o llevar a los niños a la escuela en coche. Todos manejan (menos yo), salen directamente en coche de su casa y normalmente, no ves a nadie. Mucho menos en los largos y oscuros meses de otoño e invierno, en que la lluvia es una constante amenaza.

Ese silencio de las calles poco transitadas porque hay pocos peatones es un cambio drástico. Mi pueblo allá en México debe tener aproximadamente la misma cantidad de habitantes que este pueblo bretón, pero allá hay gente en todas partes. Hay transporte público, taxis, autobuses para ir a Pachuca (la ciudad más cercana) y a la Ciudad de México…cada media hora. En las tiendas, en la calle, siempre verás gente caminando, charlando (y en voz bien alta).

Evidentemente yo no digo que en toda Francia reine este silencio. Las grandes ciudades son grandes ciudades, bulliciosas, con su metro y su tramway. Aquí no hay eso, y mi comparación es entre dos comunidades semi-rurales con la misma cantidad de habitantes, más o menos.

La cuestión es que 4 años después, ya he podido hablar con algunos de mis vecinos.

Hemos intercambiado mermelada casera, se han ofrecido a llevar a Antón a la escuela en los meses de lluvia y frío.

Me ha costado trabajo, pero he descubierto que no podemos encasillar a todos los franceses y europeos como gente fría simplemente porque no hablan tan fuerte como nosotros los latinos. Sí, hay más silencio y menos risas. Pero que la gente tenga una forma diferente de enfrentar el día al día no los hace gélidos ni malas personas.

Además, esa falta de convivencia espontánea, se sustituye con una rica vida asociativa.

Los pueblos y pequeñas ciudades bretonas explotan con asociaciones, clubes, actividades culturales, deportivas y recreativas.

Es en esos espacios que se puede hablar.

No forzosamente encontrar amistades íntimas, pero saludar, charlar e interactuar. Y darse cuenta de que si bien es uno siempre destaca con su acento, y que la primera pregunta que toooodo mundo te hace es “¿de dónde viene? porque noté que tiene un pequeño acento…”, no es tan difícil hablar con la gente.

Todavía no me es natural hablar en francés. Pero ya no me hace sufrir: finjo muy bien que hablo francés y eso es suficiente para quejarme del clima con los vecinos. Y ese salir del silencio de mi primer tiempo en Francia me ha hecho mucho bien.

¿Por qué quiere usted ser francesa?

Cierro los ojos y me parece imposible.

Ya hace cuatro años que vivo aquí, en un rinconcito bretón de Francia.

Parece increíble que en estos cuatro años hicimos crecer nuestra familia (Emma, mi bretoncita, está por cumplir tres años), construimos una casa, fabricamos una vida en muchos idiomas.

En estos cuatro años he tenido también la suerte de encontrar un lugar en el corazón de gente maravillosa que me permite formar parte de su vida: personas que me han demostrado que la gente buena (evidentemente) existe en todos lados.

En estos cuatro años también he pasado por momentos en que quisiera cerrar los ojos y reaparecer en mi lugar de origen. En donde todos hablen el mismo idioma que yo y sólo exista una “e” y no veinte mil.

Pero acá estoy.

Y como yo traje a mis hijos a vivir en este sitio y ellos se han esforzado tanto por ser parte de él, por amar al bretón que nos ofreció ser parte de su vida,  ya no hay vuelta atrás. Incluso en el peor de los casos, y que mi relación con el bretón se deslavara y terminara, yo ya no me puedo simplemente regresar a México. Tengo un adolescente plenamente adaptado al sistema escolar francés y otro que está pisándole los talones al “collège” (la secundaria). Ellos tienen un grupo de amigos, su credencial de la biblioteca y un gran amor por la Bretaña y su clima gris y sus largos inviernos.

También es verdad que mi firma está en cada una de las páginas del préstamo hipotecario que nos permitió construir nuestro hogar.

Y hay más.

En este lugar construí mi familia con parchecitos de acá y de allá.

Y al final, en el día a día, pasa muy bien. Hay dos o tres personas que se ríen de mi acento o que nos dicen cosas fuera de lugar, pero no son la mayoría.

Somos una familia reconstituida y no le sorprende a nadie. En la secundaria donde estudia Manolo, he visto cómo los profesores le dan la misma atención a un niño con dificultades que a uno que lleva buenas notas. A uno con un apellido bretón de pura cepa y a uno con un apellido turco o español.

De alguna forma extraña, a sabiendas que nunca seré verdaderamente una más por estos lares, formo parte. De un colectivo de personas que no son todas nacidas acá pero aman este lugar.

Y es por ello, y por la conciencia de que acá voy a pasar muchos años. Años en los que voy a trabajar, reir y llorar aquí. A comer, convivir y ayudar. A vivir simplemente… que me animé a hacer el trámite y demandar la doble nacionalidad.

Es, como cualquier trámite burocrático en cualquier parte del mundo, un papeleo largo y tortuoso.

Coronado por una visita de la gendarmería a mi casa y una entrevista personalizada en la prefectura.

Y justo el día que el gendarme vino a casa, yo estaba trabajando, con la aspiradora a medio pasar y Emma con su tiradero de juguetes en la sala. Cien por ciento auténtica vida normal y cotidiana de una familia.

Y me preguntó “¿por qué quiere usted ser francesa?”

Yo había preparado un gran discurso. Sólo me salió decir, con los nervios del momento “Porque ya parí aquí. Porque amo a mi marido y quiero pasar muchos años con él. Porque mis hijos aman este país”.

Y ahí es donde el gendarme me corrige diciendo “Aman la Bretaña más que Francia. Yo tampoco nací aquí, soy del este del país. Pero uno no sólo nace bretón: uno llega a ser bretón”. Al final me deseó buena suerte, acarició a mi gato Tequila y le dedicó una gran sonrisa a Emma.

¿Saldrá bien el trámite? No sé. Pero me siento muy contenta conmigo misma.

Porque después de cuatro años, ya tengo paz.

No somos ricos ni una familia perfecta, pero sé que hoy por hoy, es aquí donde quiero estar.

Que le vendría bien un poco de sol a mis días invernales: sin duda alguna.

Que extraño mi pueblo mexicano con cada fibra de mi corazón: también es verdad.

Pero no cambio la vista de mi ventana, con los perales y manzanos que mi bretón cuida con tanto cariño por ninguna otra.

Un dolor de cabeza

Desde hace años sufro de migrañas ocasionales. No es una situación constante, pero de vez en cuando viene el episodio de dolor de cabeza.

Antes eran más intensos y frecuentes. Se asociaban con bajas de tensión arterial.

Y por algo tan cotidiano como eso puedo observar las diferencias entre mi México y mi Francia. (El uso de los posesivos no es al azar. Soy firme creyente de que no existe un México ni una Francia. Son sitios diversos que cada quien vive a su manera y de acuerdo a sus posibilidades).

En mi México, en mi pueblito hidalguense y como profesora de escuela privada sin seguridad social ni muchos recursos económicos, habría ido al Centro de Salud en que no habría pagado consulta gracias a mi Seguro Popular. Pero no me habrían dado nada. En algún momento me recetaron suero oral para rehidratarme y subir mi tensión. O me recetarían paracetamol e ibuprofeno.

O al final, como muchos mexicanos, iría yo directamente a la farmacia a comprar genéricos de estos dos medicamentos. A la libre. A la loca. Sola y sin prescripción médica.

Acá en Francia, ya pasé por estos episodios de migraña tan intensa y fui con mi “médico familiar”. Este nombre se asigna al médico que te trata de forma regular. Si vas a consulta generalista con tu médico familiar, pagas menos caro. Puedes cambiar de médico familiar sin problema. Gracias a mi bretón, toda la familia cuenta con seguridad social. Estamos bajo su número de seguro y además, como él es empleado regular, tiene una “mutual” complementaria. El sistema de salud en Francia es así: yo voy con el médico y pago mi consulta. Pero doy mi número de seguridad (que está en una tarjeta verde que no debo olvidar si voy al doctor). Posteriormente el instituto que centraliza las aportaciones de trabajadores y patrones, la seguridad social en sí, me reembolsa un alto porcentaje de esa consulta.

Si tengo que comprar medicamentos, la seguridad social reembolsa menos, pero como nuevamente, tanto mi marido como trabajador como su patrón como empleador, pagan la “mutual” complementaria, entre ambas instituciones me reembolsan todo lo que gaste en medicamentos.

Hay servicios que no están tan cubiertos al 100%, como el dentista o los anteojos.

Pero volviendo a mi dolor de cabeza, la doctora me mandó a hacer diversos estudios. Afortunadamente, estoy muy bien de salud (no tengo problemas de colesterol, alta glucosa o anemia), me hicieron también una tomografía y mi cerebro está en buena forma. Me hicieron muchos exámenes y todo salió bien. Simple y sencillamente tengo una condición crónica de migraña. La doctora me envió con un fisioterapeuta que me dio 15 sesiones de masajes en el cuello y las sienes que funcionaron a las mil maravillas. Todo lo reembolsó la seguridad social. Y cuando recaigo, tomo un medicamento especial para migrañas intensas y pensado además para que no interfiera con mi lactancia (que sigue en forma 2 años y medio después).

Yo sé que el sistema de salud francés no es perfecto. Y que yo no experimenté la totalidad del sistema de salud mexicano (jamás tuve siquiera una hoja rosa del seguro… viví mi vida laboral en la frontera exterior del sistema local). También sé que tengo la fortuna de tener un esposo que acá sí forma parte del sistema y eso ha facilitado enormemente mi vida. Que él haya pagado sus cotizaciones puntualmente desde que empezó a trabajar. Que la doctora que elegí azarosamente (me queda cerca de casa) como médico de familia es genial e incluso apoya la lactancia con conocimiento de causa.

Pero también es verdad que este sistema, con fallas y todo, es más accesible que lo existente para una gran mayoría de la población en México. Hay lentitud burocrática, pero hay accesibilidad a tratamientos que allá sería imposible, al menos para mí y muchas de las personas que quiero y conozco.

Es raro des-acostumbrarse a ir a la farmacia y comprar cualquier cosa.

Como es raro acostumbrarse a atravesar las calles por el paso peatonal…

Como es raro vivir, día tras día, jugando de visitante. Pero acá seguimos.

Hablar francés todos los días

“J’ai en marre”, dirían los franceses.

Escucho hablar a Emma, mi pequeña bilingüe en crecimiento, y cuando cuenta con su papá “un, deux, trois” su pronunciación, a sus dos añitos y medio, es millones de veces mejor que la mía.

Ya tengo tres años hablando francés todos los días. Cada día más, cada día mejor.

Y leo y releo las ventajas de una vida bilingüe, cómo sirve para el cerebro, que te ejercita, que te mantiene joven mentalmente… e igual hay días en que me siento tan cansada de esta vida lingüísticamente saltimbanqui.

Afortunadamente mi bretón habla cada vez mejor español, lo que me permite bajar la guardia y hablar en mi lengua materna cuando discutimos. Realmente, al calor de una plática intensa sobre decisiones vitales, me viene muy bien poder regresar de tanto en tanto a mi propio idioma, ese que habla mi corazón.

Después, debo reconocer que hace bien saber que puedo expresarme bien en este idioma. Que más allá de la curiosidad que despierta mi acento (y que haya muchas personas que todavía no me creen que hablo español y me siguen afirmando que hablo “mexicano”), las personas me entienden cuando hablo. Me entienden mis amigos (con los que puedo discutir de política y filosofía sólo preguntando o confirmando que tal o cual palabra se dice como yo creo), me entiende la chica del banco, la profesora de Antón, el presidente del club de esgrima y la empleada del municipio. La única que sigue haciendo gestos de no entender cuando hablo es mi suegra, pero bueno…

Incluso las personas que eran más críticas cuando empecé este periplo de comunicar cosas cotidianas en francés, reconocen el largo camino recorrido.

A veces me sorprendo a mí misma usando expresiones en francés en mi mente. De esas que no tienen traducción en español.

Ahora cuando leo una novela en francés, ya no sólo estoy descubriendo palabras. Ahora disfruto la lectura.

De hecho, ahora puedo tomarme unas cervezas y seguir hablando francés.

Aun me pone nerviosa hablar por teléfono, pero cada vez menos.

Ya no me descubro sorprendida cuando tomo un paquete o una caja con algún alimento y los ingredientes o explicaciones están en francés. Ahora lo leo con naturalidad.

Es un camino de todos los días. Es un esfuerzo adicional. Es una gimnástica mental. Es cansado a veces.

Y hay momentos en que envidio la naturalidad con que mis hijos van de un idioma a otro.

Pero yo me esfuerzo, escribo todos los días. Leo. Estudio. Repaso. Recomienzo.

Y de hecho, creo que esta situación me ha hecho más empática con mi pequeñita que apenas empieza a hablar.

Lo horrible que es querer decir algo y que no te salgan las palabras. Es estar encerrado de cierta forma. Dentro de tu cabeza.

Y para ella es así, porque a veces no logra darme a entender lo que desea. Y yo me siento y le digo que me señale. Muestro una paciencia que desconocía que tenía.

Et je fonce… dirían por acá.

Avanzo derecho y con fuerza, directo hacia la meta, que es poder expresarme en este idioma con la misma soltura que lo hago en español.

Paso a pasito…

10 años después

Hace 10 años yo vivía en México, en mi pequeño pueblo del estado de Hidalgo.  Tenía 8 años en un matrimonio que tras la muerte de nuestro hijo había quedado frágil y quebradizo.

No tenía un empleo fijo y trabajaba como escritora freelance y haciendo investigaciones académicas esporádicamente, además de tener una micro pizzería que mucho no vendía.

Y tenía más de 41 semanas de mi segundo embarazo.

Así, sin dinero, sin idea de a dónde me llevaban mis pasos, que jamás habían sido tan vacilantes e inseguros. Así, con una relación más que fría con el papá de mis hijos.

Pero con un Manolo que a sus casi tres años, ya estaba más que preparado para ser hermano mayor. Él con toda la ternura eligió el primer peluche de su hermanito y me acariciaba la enorme panza diciéndole “Atún” (por suerte antes que naciera ya le salía mejor “Antón”).

En ese embarazo tuve pánico cuando llegué a los 6 meses de embarazo, no quería otro parto prematuro.

En ese embarazo trabajé hasta el último día y desde el primer día después de que Antón naciera.

Los primeros años de ese pequeño fueron duros. Había muchas carencias. Problemas.

No tengo ni una foto de ese embarazo.

Diez años después veo a Antón y me parece increíble. Está por comenzar su último año de primaria (acá en Francia la primaria sólo llega hasta quinto porque la secundaria se extiende por cuatro años). Es independiente, obviamente bilingüe, y es un muchacho pavorosamente sano. Es tan saludable y se enferma tan esporádicamente que parece mentira. En cuatro años de vida en Francia, sólo ha contraido la varicela y una mini infección gastrointestinal (que al resto de la familia nos puso en cama). Es un chico minucioso y detallista, atento y feliz.

También me resulta increíble verme a mí misma 10 años después.

Ni aunque me lo hubieran creído habría aceptado el hecho de que viviría del otro lado del Atlántico y que a mis casi 40 años estuviera perfeccionando el uso de un idioma. Que volvería a embarazarme. Que tendría una nueva pareja, un nuevo hogar y una nueva vida.

Que tendría la oportunidad de enamorarme de otra tierra, y que viviría diariamente aprendiendo esta otra forma de ver la vida.

Hoy tomo muchísimas fotos de Antón y sus hermanos.

Es casi compulsivo, pero es que no quiero olvidar. Quiero fijar mis recuerdos de ellos.

Me duele no tener muchísimas fotos del bebé Antón con sus ojos gigantes y su mirada profundamente seria.

Pero tengo miles del Antón casi diezañero que se trepa a los árboles y se lanza desde piedras altas.

La vida cambia.

El idioma es otro.

Y la vida no deja de sorprenderme.

Tanto, que estoy dispuesta y lista para pedir la doble nacionalidad y ser un poquito francesa. Pero esa es otra historia.

Llenando espacios de amor

Mi hija Emma, mi bretoncita de dos años, y yo, volvimos a México.

Fue un viaje relámpago lleno de papeleos burocráticos, de delicias y reencuentros, y uno en el que no volvimos solas.

Mi tía, la persona con la que desde que era una niña he construido una relación de amor y amistad profunda e intensa, vino a llenar de vida nuestra casita francesa.

Un mes que se me escurrió entre los dedos y que se termina mañana, con otro viaje, una experiencia nueva para mi tía que atravesará de regreso el Atlántico sola.

Este mes me enseñó otra cara de la vida en el extranjero que desconocía.

Cómo los nuevos espacios pueden llenarse con sonidos de antaño.

Cómo la voz de una persona tan querida y tan llena de amor por mis hijos ahora vivirá por siempre en las paredes de este hogar que construí lejos de casa.

Su cariño, su paciencia, su ternura…han hecho de este verano uno muy especial para nosotros.

Han puesto a prueba nuevamente mi decisión de vivir tan lejos de mi lugar de origen.

Recorrer los paisajes deslumbrantes de la Bretaña dándole la mano a mi tía, fue diferente e intenso.

Refrescante y apasionante.

Que viera cómo a pesar de las dificultades que implica adaptarse a otro país y otra cultura, mis hijos y yo hemos aprendido a vivir aquí.

Que comprobara con sus propios ojos que no me estoy mintiendo a mi misma, y que mi relación con mi bretón no será perfecta, pero es un equipo que avanza y se mueve. Que se adapta y descubre, que se enoja y ama.

Duele muchísimo verla partir.

Duele en el corazón y en las tripas.

Pero me hace recordar que la vida no es rosa ni negra. Tampoco es gris. Es blanca.

El blanco, me recordó juiciosamente mi hijo mayor cuando mi quité el luto completo por la muerte de mi tía Susy, y empecé a usar blusas blancas con faldas negras, no es un color.  Es la suma de todos los colores.

Y eso es la vida. No es hermosa todo el tiempo, ni tristeza absoluta permanente. Es alegría y lágrimas. Es belleza y fealdad. Es dulzura y amargura.

Mañana voy a llorar en el tren de regreso a casa, después de dejar a mi tía en el aeropuerto. Pero también voy a sonreír para Emma, mi pequeña compañerita inseparable.