Un dolor de cabeza

Desde hace años sufro de migrañas ocasionales. No es una situación constante, pero de vez en cuando viene el episodio de dolor de cabeza.

Antes eran más intensos y frecuentes. Se asociaban con bajas de tensión arterial.

Y por algo tan cotidiano como eso puedo observar las diferencias entre mi México y mi Francia. (El uso de los posesivos no es al azar. Soy firme creyente de que no existe un México ni una Francia. Son sitios diversos que cada quien vive a su manera y de acuerdo a sus posibilidades).

En mi México, en mi pueblito hidalguense y como profesora de escuela privada sin seguridad social ni muchos recursos económicos, habría ido al Centro de Salud en que no habría pagado consulta gracias a mi Seguro Popular. Pero no me habrían dado nada. En algún momento me recetaron suero oral para rehidratarme y subir mi tensión. O me recetarían paracetamol e ibuprofeno.

O al final, como muchos mexicanos, iría yo directamente a la farmacia a comprar genéricos de estos dos medicamentos. A la libre. A la loca. Sola y sin prescripción médica.

Acá en Francia, ya pasé por estos episodios de migraña tan intensa y fui con mi “médico familiar”. Este nombre se asigna al médico que te trata de forma regular. Si vas a consulta generalista con tu médico familiar, pagas menos caro. Puedes cambiar de médico familiar sin problema. Gracias a mi bretón, toda la familia cuenta con seguridad social. Estamos bajo su número de seguro y además, como él es empleado regular, tiene una “mutual” complementaria. El sistema de salud en Francia es así: yo voy con el médico y pago mi consulta. Pero doy mi número de seguridad (que está en una tarjeta verde que no debo olvidar si voy al doctor). Posteriormente el instituto que centraliza las aportaciones de trabajadores y patrones, la seguridad social en sí, me reembolsa un alto porcentaje de esa consulta.

Si tengo que comprar medicamentos, la seguridad social reembolsa menos, pero como nuevamente, tanto mi marido como trabajador como su patrón como empleador, pagan la “mutual” complementaria, entre ambas instituciones me reembolsan todo lo que gaste en medicamentos.

Hay servicios que no están tan cubiertos al 100%, como el dentista o los anteojos.

Pero volviendo a mi dolor de cabeza, la doctora me mandó a hacer diversos estudios. Afortunadamente, estoy muy bien de salud (no tengo problemas de colesterol, alta glucosa o anemia), me hicieron también una tomografía y mi cerebro está en buena forma. Me hicieron muchos exámenes y todo salió bien. Simple y sencillamente tengo una condición crónica de migraña. La doctora me envió con un fisioterapeuta que me dio 15 sesiones de masajes en el cuello y las sienes que funcionaron a las mil maravillas. Todo lo reembolsó la seguridad social. Y cuando recaigo, tomo un medicamento especial para migrañas intensas y pensado además para que no interfiera con mi lactancia (que sigue en forma 2 años y medio después).

Yo sé que el sistema de salud francés no es perfecto. Y que yo no experimenté la totalidad del sistema de salud mexicano (jamás tuve siquiera una hoja rosa del seguro… viví mi vida laboral en la frontera exterior del sistema local). También sé que tengo la fortuna de tener un esposo que acá sí forma parte del sistema y eso ha facilitado enormemente mi vida. Que él haya pagado sus cotizaciones puntualmente desde que empezó a trabajar. Que la doctora que elegí azarosamente (me queda cerca de casa) como médico de familia es genial e incluso apoya la lactancia con conocimiento de causa.

Pero también es verdad que este sistema, con fallas y todo, es más accesible que lo existente para una gran mayoría de la población en México. Hay lentitud burocrática, pero hay accesibilidad a tratamientos que allá sería imposible, al menos para mí y muchas de las personas que quiero y conozco.

Es raro des-acostumbrarse a ir a la farmacia y comprar cualquier cosa.

Como es raro acostumbrarse a atravesar las calles por el paso peatonal…

Como es raro vivir, día tras día, jugando de visitante. Pero acá seguimos.

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Hablar francés todos los días

“J’ai en marre”, dirían los franceses.

Escucho hablar a Emma, mi pequeña bilingüe en crecimiento, y cuando cuenta con su papá “un, deux, trois” su pronunciación, a sus dos añitos y medio, es millones de veces mejor que la mía.

Ya tengo tres años hablando francés todos los días. Cada día más, cada día mejor.

Y leo y releo las ventajas de una vida bilingüe, cómo sirve para el cerebro, que te ejercita, que te mantiene joven mentalmente… e igual hay días en que me siento tan cansada de esta vida lingüísticamente saltimbanqui.

Afortunadamente mi bretón habla cada vez mejor español, lo que me permite bajar la guardia y hablar en mi lengua materna cuando discutimos. Realmente, al calor de una plática intensa sobre decisiones vitales, me viene muy bien poder regresar de tanto en tanto a mi propio idioma, ese que habla mi corazón.

Después, debo reconocer que hace bien saber que puedo expresarme bien en este idioma. Que más allá de la curiosidad que despierta mi acento (y que haya muchas personas que todavía no me creen que hablo español y me siguen afirmando que hablo “mexicano”), las personas me entienden cuando hablo. Me entienden mis amigos (con los que puedo discutir de política y filosofía sólo preguntando o confirmando que tal o cual palabra se dice como yo creo), me entiende la chica del banco, la profesora de Antón, el presidente del club de esgrima y la empleada del municipio. La única que sigue haciendo gestos de no entender cuando hablo es mi suegra, pero bueno…

Incluso las personas que eran más críticas cuando empecé este periplo de comunicar cosas cotidianas en francés, reconocen el largo camino recorrido.

A veces me sorprendo a mí misma usando expresiones en francés en mi mente. De esas que no tienen traducción en español.

Ahora cuando leo una novela en francés, ya no sólo estoy descubriendo palabras. Ahora disfruto la lectura.

De hecho, ahora puedo tomarme unas cervezas y seguir hablando francés.

Aun me pone nerviosa hablar por teléfono, pero cada vez menos.

Ya no me descubro sorprendida cuando tomo un paquete o una caja con algún alimento y los ingredientes o explicaciones están en francés. Ahora lo leo con naturalidad.

Es un camino de todos los días. Es un esfuerzo adicional. Es una gimnástica mental. Es cansado a veces.

Y hay momentos en que envidio la naturalidad con que mis hijos van de un idioma a otro.

Pero yo me esfuerzo, escribo todos los días. Leo. Estudio. Repaso. Recomienzo.

Y de hecho, creo que esta situación me ha hecho más empática con mi pequeñita que apenas empieza a hablar.

Lo horrible que es querer decir algo y que no te salgan las palabras. Es estar encerrado de cierta forma. Dentro de tu cabeza.

Y para ella es así, porque a veces no logra darme a entender lo que desea. Y yo me siento y le digo que me señale. Muestro una paciencia que desconocía que tenía.

Et je fonce… dirían por acá.

Avanzo derecho y con fuerza, directo hacia la meta, que es poder expresarme en este idioma con la misma soltura que lo hago en español.

Paso a pasito…

10 años después

Hace 10 años yo vivía en México, en mi pequeño pueblo del estado de Hidalgo.  Tenía 8 años en un matrimonio que tras la muerte de nuestro hijo había quedado frágil y quebradizo.

No tenía un empleo fijo y trabajaba como escritora freelance y haciendo investigaciones académicas esporádicamente, además de tener una micro pizzería que mucho no vendía.

Y tenía más de 41 semanas de mi segundo embarazo.

Así, sin dinero, sin idea de a dónde me llevaban mis pasos, que jamás habían sido tan vacilantes e inseguros. Así, con una relación más que fría con el papá de mis hijos.

Pero con un Manolo que a sus casi tres años, ya estaba más que preparado para ser hermano mayor. Él con toda la ternura eligió el primer peluche de su hermanito y me acariciaba la enorme panza diciéndole “Atún” (por suerte antes que naciera ya le salía mejor “Antón”).

En ese embarazo tuve pánico cuando llegué a los 6 meses de embarazo, no quería otro parto prematuro.

En ese embarazo trabajé hasta el último día y desde el primer día después de que Antón naciera.

Los primeros años de ese pequeño fueron duros. Había muchas carencias. Problemas.

No tengo ni una foto de ese embarazo.

Diez años después veo a Antón y me parece increíble. Está por comenzar su último año de primaria (acá en Francia la primaria sólo llega hasta quinto porque la secundaria se extiende por cuatro años). Es independiente, obviamente bilingüe, y es un muchacho pavorosamente sano. Es tan saludable y se enferma tan esporádicamente que parece mentira. En cuatro años de vida en Francia, sólo ha contraido la varicela y una mini infección gastrointestinal (que al resto de la familia nos puso en cama). Es un chico minucioso y detallista, atento y feliz.

También me resulta increíble verme a mí misma 10 años después.

Ni aunque me lo hubieran creído habría aceptado el hecho de que viviría del otro lado del Atlántico y que a mis casi 40 años estuviera perfeccionando el uso de un idioma. Que volvería a embarazarme. Que tendría una nueva pareja, un nuevo hogar y una nueva vida.

Que tendría la oportunidad de enamorarme de otra tierra, y que viviría diariamente aprendiendo esta otra forma de ver la vida.

Hoy tomo muchísimas fotos de Antón y sus hermanos.

Es casi compulsivo, pero es que no quiero olvidar. Quiero fijar mis recuerdos de ellos.

Me duele no tener muchísimas fotos del bebé Antón con sus ojos gigantes y su mirada profundamente seria.

Pero tengo miles del Antón casi diezañero que se trepa a los árboles y se lanza desde piedras altas.

La vida cambia.

El idioma es otro.

Y la vida no deja de sorprenderme.

Tanto, que estoy dispuesta y lista para pedir la doble nacionalidad y ser un poquito francesa. Pero esa es otra historia.

Llenando espacios de amor

Mi hija Emma, mi bretoncita de dos años, y yo, volvimos a México.

Fue un viaje relámpago lleno de papeleos burocráticos, de delicias y reencuentros, y uno en el que no volvimos solas.

Mi tía, la persona con la que desde que era una niña he construido una relación de amor y amistad profunda e intensa, vino a llenar de vida nuestra casita francesa.

Un mes que se me escurrió entre los dedos y que se termina mañana, con otro viaje, una experiencia nueva para mi tía que atravesará de regreso el Atlántico sola.

Este mes me enseñó otra cara de la vida en el extranjero que desconocía.

Cómo los nuevos espacios pueden llenarse con sonidos de antaño.

Cómo la voz de una persona tan querida y tan llena de amor por mis hijos ahora vivirá por siempre en las paredes de este hogar que construí lejos de casa.

Su cariño, su paciencia, su ternura…han hecho de este verano uno muy especial para nosotros.

Han puesto a prueba nuevamente mi decisión de vivir tan lejos de mi lugar de origen.

Recorrer los paisajes deslumbrantes de la Bretaña dándole la mano a mi tía, fue diferente e intenso.

Refrescante y apasionante.

Que viera cómo a pesar de las dificultades que implica adaptarse a otro país y otra cultura, mis hijos y yo hemos aprendido a vivir aquí.

Que comprobara con sus propios ojos que no me estoy mintiendo a mi misma, y que mi relación con mi bretón no será perfecta, pero es un equipo que avanza y se mueve. Que se adapta y descubre, que se enoja y ama.

Duele muchísimo verla partir.

Duele en el corazón y en las tripas.

Pero me hace recordar que la vida no es rosa ni negra. Tampoco es gris. Es blanca.

El blanco, me recordó juiciosamente mi hijo mayor cuando mi quité el luto completo por la muerte de mi tía Susy, y empecé a usar blusas blancas con faldas negras, no es un color.  Es la suma de todos los colores.

Y eso es la vida. No es hermosa todo el tiempo, ni tristeza absoluta permanente. Es alegría y lágrimas. Es belleza y fealdad. Es dulzura y amargura.

Mañana voy a llorar en el tren de regreso a casa, después de dejar a mi tía en el aeropuerto. Pero también voy a sonreír para Emma, mi pequeña compañerita inseparable.

 

Vacaciones a la francesa

Hay una idea bien establecida en la mentalidad colectiva en Francia. Las vacaciones como punto en que todo mundo tiene derecho a descansar y a hacer un corte con la vida cotidiana. Existe incluso un verbo en francés que sirve para hablar de cuando pasas un tiempo fuera de casa y ello te permite olvidar la carga de trabajo del día a día en el hogar: “dépayser”. De hecho, hay una cierta idea de que todo mundo debería tener derecho a descansar.

Tristemente poco a poco el Estado social francés se ha debilitado, en esta época de globalización, pero ciertos elementos persisten y están bien anclados en la mentalidad social.

Para mí, mexicana de clase humilde, madre soltera trabajando con un contrato en negro en una escuela particular, la sola idea de llevarme a mis hijos de vacaciones, formalmente ir a otra ciudad, hubiera sido casi imposible. Íbamos al cine, o a hacer paseos de un solo día. Es caro viajar. Es caro tomar un autobús e ir a otra ciudad. Mis hijos mayores ni siquiera conocían el mar, descubrieron el océano en las costas bretonas. De Hidalgo, en el centro de México a la costa (cualquiera de las dos costas, la atlántica o la pacífica), hay una gran distancia que se traduce en miles de pesos para una pequeña familia.

Acá en Francia, no somos ricos, pero aun es posible para una familia humilde y trabajadora vacacionar porque hay muchas otras opciones. Por ejemplo, y puede parecer tonto, pero no lo es, hay muchas formas de hospedarse. No está el límite del hotel. Hay departamentos o casitas semi lujosas pero que al rentar por semana o incluso por mes, no es tan caro. Y existen, para la gente que no tiene muchos recursos, los campings.

En mi mente, un “camping” era solamente un lugar en donde plantar una tienda de campaña. Y sí, existe eso. Pero tienen baños y acceso regaderas, para empezar. Y en muchos campings, también existe la opción de rentar un “bungalo” en verano y desde la primavera, un “mobil home”. Esas dos opciones de mini-casitas con todos los servicios popularizan mucho la idea de ir de vacaciones. Ya contar con una cocina sencilla abarata los costos, pues no hay que comer fuera (o limitarse a comer sandwiches) todos los días. Para una familia de cinco, como nosotros, es una opción maravillosa.

Otro elemento que ayuda mucho es el estado de las carreteras. Para vacacionar, no es necesario tomar la autopista de paga: cuando vacacionas normalmente no llevas mucha prisa. Así que puedes ir por las carreteras “estatales” o “nacionales”, pequeñas rutas encantadoras que atraviesan sinuosamente la campiña francesa. Incluso tomar la autopista de paga se amortiza para una familia numerosa como la nuestra.

Y finalmente, está el hecho de que para bien o para mal, Francia es un país muy, muy turístico. En algunos momentos hay sitios tan turísticos que parecen museos vivientes. Pero esa importancia del turismo se traduce en mucha señalización para encontrar sitios encantadores, museos grandes y pequeños en cada rincón del país, tranquilidad y numoerosas opciones.

En primavera, para el cumpleaños de mi pequeñita bretona, viajamos al sur, dejando por unos días nuestra querida Bretaña. Salimos de la tierra de los techos de pizarra negra para pasar, al sur del río Loira, a la tierra de los techos de teja roja. Vimos el Atlántico en otra forma, la entrada maravillosa del río Garona (tan impresionante que posee su propio nombre: el estuario de la Gironda) y visitamos muchísimos museos pequeñitos y geniales.

No, no nos fuimos al Caribe como hacen muchos franceses con más recursos. Pero sí, pudimos “dépayser”. Salir de casa, recorrer el campo, la playa y ciudades con encanto.

Reconozco y acepto que amo la idea tan democrática de las vacaciones a la francesa.

Y me encanta la cara de mis hijos al descubrir nuevos rincones de este precioso país.

¿A dónde nos llevarán nuestros pasos en las próximas vacaciones? No lo sabemos. Otros países europeos son accesibles gracias a que no están tan lejos: Bélgica, España (¿por qué no Barcelona?), Italia. Poco a poco y ahorrando, iremos descubriendo más destinos hermosos. Y deseando que este entorno social que nos permite soñar, no desaparezca.

Un recorrido en dos idiomas

Mi pequeña bretoncita, Emma, acaba de cumplir 2 años.

Dos intensísimos años en que siento que me he “graduado” como madre. Las dos veces anteriores que recorrí este camino, el de ver a un bebé convertirse en niño, lo hice con ayuda. Fue el consejo, la compañía y la mano de mis tías la que me orientó y me dio fuerzas. Y si bien siempre fui yo la que se hizo cargo del trabajo que es cuidar a un niño pequeño: pañales, comida, baños, etcétera, el tenerlas ahí aunque fuera para respirar un poco, fue valiosísimo.

Yo trabajo en casa. Los muchachos van a la escuela, mi bretón trabaja desde muy temprano. Así que Emma y yo pasamos largas horas solas. Solas administrando nuestro tiempo: viendo cómo reunir trabajo y vida. Computadora y necesidades de una bebé se convierten en pelotitas con las que hago malabares para además, encargarme de una casa en que viven cinco personas.

¿Ha sido fácil?

No. No porque además al mismo tiempo me he sentido sola, he estado enojada con este país, he sentido lo que es estar tan lejos de las manos amigas y de los oídos que no sólo entienden cuando hablas, sino que además no te juzgan.

Pero también ha sido un viaje de descubrimientos maravilloso. Porque yo soy una persona que comunica todo el día. Escribo, hablo, grito, canto, gesticulo. Y hay una pequeña (justo ahora sentada en mis piernas) que ha estado absorbiendo esta ráfaga de palabras y expresiones de forma continua. Y el resultado es una vocecita que poco a poco nos va regalando más y más palabras. Para maravilla de todos, hay palabras en dos idiomas. Ella me dice “mamá”, con esa entonación que da una palabra aguda. No me dice “maman” con una a nasal y cerrada en francés. Pero juega con su papá y le dice con una sonrisa pícara “au revoir” cuando él se va a trabajar. E intenta decir “rojo”, y habla, habla, comunica, expresa.

Decidimos que queríamos eso para ella. Que fuera capaz de entender a mamá en su propia lengua. Así que aplicamos una versión casera de la técnica denominada “OPOL” (one parent: one language, por sus siglas en inglés). Mi bretón le habla en francés. Yo, en español. Y en este viaje bilingüe cuento con la ayuda de dos soldados incansables: mis hijos mayores. Que le cantan, le leen historias y le describen el mundo en español. Jamás doblo las manos y aun en público, cuando las personas a nuestro alrededor sólo hablan en francés, yo a mis hijos les hablo en español.

Tengo  amigas latinoamericanas viviendo en Francia que han logrado a los 5-6 años un bilingüismo funcional en sus hijos. No sé si es eso lo que busco. Busco sobre todo que ella me entienda. Que escuche y comprenda el idioma en el que habla mi corazón: y ese jamás será el francés. Leemos juntas libros en español, y si el libro está en francés, mamá hará la traducción instantánea y memorizará las palabras para leer igual la próxima vez.

En honor al viaje bilingüe de todos mis hijos, yo también estoy aprendiendo.

Igual que quiero que un día ellos puedan escribirme cartas en español, yo escribo en francés. Leo en francés. Escucho el francés. Pregunto, avanzo, estudio. Esta familia vive en dos idiomas. Incluso mi bretón cada vez habla mejor un español “a la mexicana” y nuestras conversaciones bailan entre palabras prestadas.

Hay mil actividades que hacemos y que podremos hacer a futuro para reforzar el español de Emma. Habla por teléfono con mi tía y le dice “hola” intentando contarle su día. Leemos, jugamos, cantamos (“cucurrrucucú paloma…”). Las idas a México (y quizá un día recorramos también otras ciudades hispanoparlantes, vayamos a Madrid o a Barcelona, volvamos a Buenos Aires…) son importantes. Y sobre todo, en casa hay respeto por los dos idiomas, pues si bien el francés es el idioma de la vida cotidiana para todos mis hijos, el español es el idioma de mamá. Y con ese idioma, les comunico mi historia, mi cultura, mis emociones y mi pasado, que en cierta medida, también es el suyo.

De más está decir que para transmitir todo eso que me hace yo misma, cuento con otras herramientas: mi cocina a la mexicana y una piñata cada cumpleaños están logrando que hasta los amigos de mis hijos y nuestros amigos sean un poquito mexicanos. Este viaje en dos idiomas es en realidad un viaje en dos culturas y es fascinante.

La secundaria

Vivir en Francia me ha dado la oportunidad no de comparar, sino de conocer otra forma de vivir la vida. A veces me sorprende lo diferentes que pueden ser las pequeñas cosas: las cosas de todos los días. La escuela ha sido una de estas cosas que cambian en detalles ínfimos pero que al final construyen algo muy distinto. Si yo pienso en mis años como mamá allá en la escuela mexicana hay dos palabras que vienen a mi mente (y no tienen nada que ver con nivel académico…): uniforme y útiles escolares.

Puede resultar absurdo, pero cuando eres madre soltera y los gastos educativos de dos hijos descansan sólo sobre tus hombros, estos pequeños detalles constituyen tu día a día. Las manualidades de todos los días, los dos-tres pares de zapatos que el niño necesita sólo para la escuela, muchísimos cuadernos y útiles. Vas remando día a día con estas cosas. Y no que lo académico deje de ser importante, para nada. Yo ya he hablado de lo bien que la escuela pública me trató en México como alumna y como mamá, y de lo dura que fue mi experiencia como mamá, profesora y alumna en el sector privado. Pero esa es mi experiencia y no se puede generalizar. Ahora que planchar camisas de uniforme, eso es algo parejo para todos. Y bolear zapatos negros… ay cuántos recuerdos.

En Francia la escuela pública también nos ha tratado bien. La primaria fue para mi Manolo, mi hijo mayor, una experiencia preciosa en los tres años que le tocó cursar acá. Y Antón, mi niño de enmedio que llegó acá a iniciar su primaria, la ha disfrutado enormemente.

Desde septiembre, también hemos experimentado ya la secundaria, y nuevamente la escuela pública de mi pueblito bretón no me ha decepcionado. Pasé el verano pasado con dolor de estómago de nervios: la secundaria no fue una etapa fácil para mí y tenía miedo por mi niño que además de todo, lo viviría como extranjero. Desconocía el sistema, las reglas, el funcionamiento.

Pero todo ha sido tan fácil de aprender, que resultó casi automático.

El collège, como se le dice coloquialmente a los “Colegios de Educación Secundaria” acá en Francia dura cuatro años. Y la nomenclatura no podría ser más divertida: empiezas en sexto y terminas en tercero…ehhh, si, es así. La educación post-primaria es una cuenta regresiva que termina el último año de bachillerato (terminal se llama) cuando haces EL examen, el examen del “bac” con el que inicias tu vida adulta e intentarás ingresar a la educación superior.

Entonces, Manuel empezó su “sixième”, y desde el primer día volvió feliz.

Feliz de que la escuela hace lo posible por guardar grupos de amigos que vienen de la primaria en la misma clase y él conservó a dos de sus mejores amigos con él.

Feliz con la pasión con la que la profesora de Historia (su asignatura preferida), imparte la clase.

Y feliz con la comida deliciosa que sirven en el “self” (el restaurante escolar, que como es de autoservicio…self service abreviado).

Evidentemente no vamos a hablar de la escuela perfecta. Hay bemoles y peros, como en todas partes. Hay profesores desmotivados, alumnos que hacen desorden…lo normal. Pero hay un equipo docente que lidia con sus clases con un compromiso que yo como docente no vi jamás allá en mi país.

Y eso que no lidiábamos con clases multinacionales como la de Manolo, en que además de él, hay una chica colombiana, dos nenes turcos, dos albaneses, dos iraquís y un niño chino. Hay además un niño con problemas de audición y dos niñas disléxicas. Y todos conviven. Y para los profesores ningún niño es más o menos importante que otro. Tuve la oportunidad de estar en un consejo de clase, en el que todos los profesores que imparten clase al grupo de Manolo discutieron las calificaciones de los chicos del grupo antes de enviar las boletas. Fue una experiencia muy interesante y enriquecedora.

Pero además de eso, están los detalles. La entrada es a las 8 am (yo en secundaria entraba a las 7 de la mañana). Tienen una pausa de 2 horas al medio día, para comer y además tener tiempo, ya sea para jugar, correr, charlar…o inscribirse a clubs diversos. Hay clubs deportivos, de tecnología, baile, canto, lectura… y tienen precios muy accesibles, de tal forma que si hay muchachos que en las tardes no tienen los recursos para realizar actividades deportivas o culturales, lo pueden hacer en ese horario.

Está el hecho de que estudian dos idiomas extranjeros. Sí, quizá es verdad que no todos los chicos salen bi o trilingües de la escuela al concluir el bachillerato, al menos tienen las bases de dos idiomas y pueden tener la curiosidad de profundizar en su aprendizaje. En el último año del collège los chicos realizan campamentos de idiomas en España o Inglaterra, o intercambios estudiantiles con chicos alemanes.

A diferencia de México (desconozco cómo se da en otros países de América Latina), todos los alumnos estudian juntos la misma clase de Tecnología, en la que se abordan distintas temáticas de áreas diferentes, de dibujo técnico a informática. Y todos los alumnos estudian Artes Plásticas y Música. Un horario cargado, pero pocas tareas en casa. Una experiencia que ha resultado más sencilla de vivir como mamá que lo que fue mi experiencia como alumna y profesora en México. Quizá ayuda la personalidad de Manolo, que es el amigo de todos y el alma de la fiesta.

Estamos terminando “la sixième” y el único gran pero (además de que la profesora de Artes Plásticas sospecha que Manolo tiene problemas artísticos porque prefiere dibujar en blanco y negro) ha sido el día de la “comida mexicana” que fue un absoluto desastre. Comida tex-mex, sombreros de charro coloridos que acá denominan simplemente sombreros… si ese día a Manolo no le dio un síncope, fue casi un milagro.

Perspectiva

Siempre pienso que no existe nada como “un solo México” como no existe tal cosa como “Francia”. Y eso aplica para todos los países en todas las latitudes. Expresamos nuestra experiencia personal del país que conocemos íntimamente, y éste puede diferir diametralmente del que otra persona experimentó, siendo el mismo país, la misma región, el mismo idioma.

Aun así, hay algo innegable. Hay una gran separación en la forma en que es posible vivir la vida entre el Norte y el Sur. Entre Europa y América Latina.

La última vez que fui a México, me tocó ver cosas que metieron toda mi estructura en perspectiva. Allá en mi pueblo mexicano, vi a ex-compañeros de escuela de mi Manolo, mi hijo mayor ya trabajando. Ayudando en el “puesto de tortas”, en la venta de barbacoa, en grandes cremerias… Y todo esto no se ve mal. Es normal. Es casi la regla que los chicos estudien y trabajen hasta la secundaria y después sólo si eres muy bueno en la escuela sigas estudiando.

No es que antes no viera estas cosas. Pero conforme mis propios hijos van creciendo, conforme la realidad cambia a mi alrededor, veo otras cosas. Ahora tengo un adolescente en la secundaria y quiero que tenga todas las oportunidades de aprender, descubrir, ser. Pero igual conocí a muchos de sus compañeros cuando estaban en prescolar porque fui su profesora. Y quisiera que todos tuvieran las mismas opciones.

Otra cosa que me dolió mucho fue recordar, pero de forma muy dura, dsc02615la ausencia de un entorno medicalmente apto para personas de bajos recursos o necesidades especiales en un pueblo como el mío. Mi tía que falleció hace cuatro meses tenía tiempo padeciendo artritis degenerativa y su movilidad era cada vez más complicada. ¿Hospital público? A 40 minutos de camino, sin ambulancias. ¿Medicina pública local? Casi inexistente. ¿Médicos privados? Caros, poco accesibles, poco empáticos, pues abusan de ser prácticamente la última y única opción de una población que no cuenta con alternativas.

Tengo una amiga argentina que vive acá en Francia que me dice que por algo las personas llegan en mejores condiciones a edades más avanzadas acá en Europa. El cuidado especializado de ancianos, desde el ámbito social, médico… si bien no es perfecto, existe. Existe incluso en comunidades apartadas y rurales. Hay redes. Hay alternativas.

Sé que son realidades incomparables.

Sé que no gano nada llenando mi cabeza de “hubieras”. “Si mi tía hubiera vivido acá”, “si yo hubiera podido…”.

Mi papá sabiamente decía que el “hubiera” es el tiempo pendejo.

Así que en lugar de concentrarme en los hubieras, me concentro en los “hay”.

Hoy por hoy vivo acá, en Francia. En la Bretaña. En un pueblo que ya aprendí a amar.

Hoy por hoy, aprendo. Que por cada ventaja siempre hay una desventaja y no por eso hay que doblar las manos y dejar de aprender, de luchar, de vivir.

Hoy por hoy, veo con otros ojos las realidades de ambos lados del Atlántico, sin un sentido fatalista, pero aprovechando lo que hay a mi alcance.

Me repito diariamente mi mantra para recordarme qué me hace feliz de vivir aquí (además del amor de mi bretón): la biblioteca pública, la piscina pública, mi doctora familiar, la secundaria de Manolo, vivir cerca del mar…

Y guardo en mi corazón el dolor por las diferencias, el respeto por las luchas de tantas personas, en sitios tan diferentes, por ser felices y disfrutar la vida.

Tres

Es curioso como los seres humanos medimos el tiempo: en el número de vueltas que la Tierra da alrededor del sol.

Pues bien, hace tres vueltas de este tipo que mis hijos y yo dejamos México para instalarnos en este rincón occidental de Francia.

Mis oídos aún no se acostumbran a escuchar francés día y noche. A pesar de ello, ya hay palabras de este idioma integradas en mi vocabulario mental. Cuando tomo un paquete de arroz o de pasta, todavía me sorprende ver los ingredientes escritos en francés. Pero ya soy capaz de mantener una conversación sin la ayuda de mi marido con extraños y amigos. Sí, ya tengo amigos franceses.

La sorpresa que me producen cosas tan simples como que amanezca a las 9 de la mañana en invierno o el sol se esconda a las 11 de la noche en pleno verano no se ha reducido en lo más mínimo. Vivir en otra latitud es magia y sigo agradecida con la vida por la oportunidad de descubrir este pequeño espacio verde del mundo.

¿Que si ya me acostumbré a la burocracia “à la française”? No, todavía no. La forma en que funciona, todo tan detallado, minucioso, elaborado, simplemente es complejo y duro de roer, incluso para los franceses. Pero ya memoricé (que no entendí…eso es otra cosa) los nombres extraños que los grados escolares poseen en Francia. ¿Que el primer grado de la educación secundaria se llama “sexto” y primero de primaria…CP (course preparatoire…)? Ya no lo reflexiono. Lo acepto y lo repito como perico, que es más fácil. Igual que mi año de nacimiento. A fuerza de repetirlo y repetirlo en francés, ya no pienso en la lógica extraña que los números tienen en este idioma.

Cuando llegué, traía de la mano dos niños pequeñitos que no hablaban francés. Hoy tengo un adolescente “collégien” que lleva excelentes calificaciones, mide más de 20 centímetros más que hace tres años y que disfruta su adolescencia, sus clases de esgrima y la cocina francesa. Hoy, tengo un niño de 9 años que ama tanto a la Bretaña que quiere aprender bretón. Ambos son felices, tienen amigos, conocen de memoria eventos de la historia local y hablan con tal fluidez ambos idiomas que puedo decir que son perfectamente bilingües. Y estamos aprendiendo a hablar alemán (Guten Tag!)

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Cuando llegué, no sabía a qué punto el ver los árboles de mi jardín llenarse de flores en primavera sería como renacer cada año después de los duros meses de frío y lluvias invernales.

Cuando llegué, no sabía cuánto se podía multiplicar la nostalgia cuando allá lejos en casa alguien que amas se va de forma definitiva y tú no estás para decir adiós.

Cuando llegué, amaba a mi bretón, pero hoy, hoy somos compañeros. Él me dio la mano mientras mi bretoncita adorada (que ya casi cumple sus 2 años) llegó a este mundo a iluminarnos con su sonrisa.

Cuando llegué, no sabía lo hermoso que sería escuchar con esa vocecita de bebé, algunas palabras en español, el idioma de mamá.

Hoy salgo de la mano de Manolo, mi hijo mayor, vemos el termómetro y si hace 0°C a medio día, decimos “no hace tanto frío”.

Cambio la ropa en los roperos al cambiar las estaciones.

Renuncié a usar paraguas…la lluvia bretona no es apta. Tengo un bonito impermeable, mucho más efectivo.

Hoy, todos los días por la mañana, me sigo repitiendo la lista de cosas que amo de este lugar, para que me ayuden a tolerar bien las que extraño tanto de mi pueblo allá en México. La piscina pública. La biblioteca. La calefacción en invierno. La facilidad de ser atendido por un médico cuando hace falta.

Ello no opaca que quiera escuchar el ruido de una máquina de hacer tortillas. O sentarme a la luz del atardecer en la cocina de mi tía y tomar un café con ella, acompañado de galletas marías. O escuchar la risa de mi hermana. Pero el resto, las cosas del diario, esas puedo no necesitarlas. Puedo vivir con lo que tengo acá, y ver su belleza. No tengo mangos, tengo frambuesas. No saben igual, pero ambos son deliciosos.

Todavía no aprendo a manejar: pero ya estoy tomando cartas en el asunto.

Sé que si volviera a México podría re adaptarme a la vida allá fácilmente.

Pero también sé que debería pasar algo muy fuerte para hacerme volver. Hoy por hoy, nuestra vida está aquí y seguimos aprendiendo a ser mexicanos en Francia. A no olvidar y a integrarnos al mismo tiempo. No es fácil, pero es posible.

Un brindis por estos tres, y a esperar lo que sigue.

 

Viajamos solas

Las cosas pasan y nosotros seguimos en movimiento.

En tanto nos mantenemos con vida, debemos continuar con este movimiento continuo y constante. Es parte del funcionamiento no sólo de la vida, sino de este universo, este mundo, este plano o como queramos definirlo.

Así que vestida de negro y con un agujero de dolor en el pecho, hice mi maleta y tomé a Emma, mi inquieta nena de 18 meses y viajé a México. Mis tres hombres (mi bretón y mis dos hijos mayores), se quedaron acá en Francia.

He leído muchísimos artículos, listas de consejos e ideas para viajar con un bebé.

En mi experiencia (limitada como es, ésta fue apenas mi segunda vez), lo único que realmente hace falta es mucha paciencia.

Paciencia no sólo con tu bebé. También con los empleados que NO son mamás y papás de un bebé que tiene que hacer un vuelo trasatlántico y estar encerrado 11 horas o más en un espacio diminuto.

Paciencia con las personas que atienden en migraciones, en la aduana, que tampoco acaban de pasar o están pasando por el estrés de viajar con un pequeñito.

Paciencia contigo mismo. No exigirte de más: es complicado y requiere más tiempo hacer las cosas si estás a cargo de un bebé. Está bien. No tienes que competir contra nadie.

Y si, paciencia y muchas explicaciones para el bebé. Cuando viajé con Emma y ella tenía 3 meses, fue sencillísimo. Ella durmió todo el vuelo, sin problemas.

Ahora fue más complejo.

Emma es una niña que empezó a caminar a los 10 meses. Tiene un control motor muy fino. Es curiosa, sube, baja, toma, toca, investiga. Así que estar atorada en un pequeño espacio por más de diez horas le suponía una tortura. Así que hice lo que siempre he hecho como mamá. No sé si es una locura o algo genial…es como yo funciono. Hablé con ella. Le expliqué que mamá estaba triste, que íbamos a viajar, que papá no iba con nosotras y que necesitaba que fuéramos un equipo. Y eso fuimos. Al final del viaje en avión Emma me miraba con una carita de tristeza increíble, pero nunca lloró. Ni gritó. Sólo pedía que nos moviéramos. O que le diera otro libro, otro juguete para ir pasando el tiempo.

Llegar allá fue difícil y cansado, pues mi familia no está de inmediato en la Ciudad de México, sino que hay que continuar el viaje.

Pero llegamos enteras y sin problemas.

A enfrentar el vacío que dejó mi tía al partir.

A visitar el cementerio.

A llenarnos de olores y colores, de sabores y texturas, no de “México” en general, sino de nuestro espacio, nuestras áreas, nuestra familia.

La vuelta fue diferente, pero Emma siguió portándose a la altura. En el aeropuerto de México no me permitieron pasar la carriola, que se embarcó como equipaje. Así que salimos del avión con maleta de mano y teniendo que caminar y hacer fila en migraciones, misma que Emma hizo sin quejarse, cargando su gatito de peluche que la acompañó todo el viaje. Complicado esperar 6 horas en el aeropuerto parisino hasta que saliera nuestro tren a la Bretaña, pero volvimos a llegar. A salvo, enteras, cansadas y con una maleta cargada de dulces tradicionales y recuerdos.

aeropuerto

¿Además de la paciencia qué más aconsejo, si cabe?

Viajar ligero. Entre menos se lleve, sobre todo en cabina, más fácil ocuparse del bebé. Una pañalera pequeña o mochila con los básicos y varios juguetes silenciosos que ayuden al bebé a pasar las horas.

Amor y paciencia, como en cualquier circunstancia.

¿Qué me dejó este micro viaje de luto a México?

Perspectiva.

Pero esa ya es otra historia…